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El calentamiento global vuelve la Antártida de color verde

Foto: Ricardo López
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La Antártida se vuelve verde. El cambio climático ha provocado el aumento exponencial de las extensiones verdes en el territorio helado desde hace años, han publicado científicos británicos en la revista Cell Biology.

Desde 1950, las temperaturas de la península antártica han ascendido medio grado al año durante una década, superando así, la rapidez del ascenso de temperaturas en el resto del mundo. El calentamiento global ha provocado que los niveles de musgo en la Antártida se hayan multiplicado por cinco durante ese tiempo a lo largo de 1,000 kilómetros.

Además del cambio de temperaturas, la extinción de ciertas especies de animales, los residuos plásticos y los restos de combustibles fósiles junto con las partículas de las pruebas nucleares hacen un daño permanente al futuro del planeta, según los científicos.

Los investigadores de las Universidades de Exeter y Cambridge en colaboración con la British Antarctic Survey, organización responsable de investigaciones medioambientales en la Antártida, han estudiado durante 150 años la evolución del crecimiento del musgo en la península. “Lo que hemos encontrado han sido cambios dramáticos en todo el material recogido. De media, los niveles de musgo antes y después de 1950, se han multiplicado cuatro o cinco veces”, ha declarado el doctor Matt Amesbury al diario inglés The Independent.

“Los resultados que hemos analizado nos llevan a creer que la extensión verde de la Antártida va a seguir expandiéndose en el futuro. En particular, el musgo llegará a colonizar las nuevas áreas de tierra descongelada que han creado las altas temperaturas y el retroceso del glaciar” ha concluido Amesbury.

Sin embargo, “aunque nuestros resultados son concluyentes , la Antártida aún seguirá en estado de congelación durante muchos años más, pues solo el 0.34 por ciento del continente carece de zonas heladas”, ha puntualizado el biólogo.

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Científicos revelan cómo el cambio climático afecta el lago más antiguo de África

Foto: Goran Tomasevic

El lago Tanganyika es el más antiguo de África y una importante fuente de alimentos para Burundi, Tanzania, Zambia y la República Democrática del Congo, al proveer el 60% de la proteína animal que consumen las poblaciones en su entorno. En las últimas décadas el número de peces en sus aguas ha descendido de forma preocupante, lo que era atribuido a la sobrepesca. Sin embargo, un estudio reciente ha dado con otro culpable: el cambio climático.

De acuerdo con la investigación, publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences de Estados Unidos, tras analizar los sedimentos en el fondo del lago, los científicos descubrieron que el número de peces ha estado descendiendo al mismo ritmo que han aumentado las temperaturas globales. Según los expertos, el calentamiento del lago ha reducido los nutrientes en sus aguas, lo que disminuye las algas y, por tanto, también la cantidad de alimento para los peces.

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Demasiado calor para dormir: el cambio climático también afecta a los osos

Foto: ILYA NAYMUSHIN

Este es Pamir. Un oso que juega en el zoológico de Royev Ruchey, en Krasnoyarsk, Rusia. De lo que no está consciente es que el calentamiento global ha cambiado la rutina de hibernación de la que ha despertado hace poco.

El cambio climático y la exposición del planeta a los componentes químicos no solamente está afectando al medio ambiente, como ha reseñado The Objective días atrás. También la fauna está sufriendo las consecuencias y así lo han confirmado los empleados del espacio en donde Pamir vive en cautiverio. “Los osos no solamente despiertan antes de lo debido, sino que también han retrasado su entrada en esta fase de hibernación y se les ha visto buscando alimento en enero”. Ha reseñado El Confidencial.

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Donald Trump contra el planeta

Jorge Raya Pons

El presidente Johnny Gentle dio una orden clara y sin interpretaciones a todos sus funcionarios: las calles de América deben ser limpias porque en América los gérmenes no son bienvenidos. Gentle es un personaje real pero ficcionado por David Foster Wallace en La broma infinita y guarda una larga serie de atributos comunes con el presidente de piel rojiza, Donald J. Trump, enamorado de sí mismo y rehén de sus complejos, quien confesó sin tapujos y ante las cámaras que padece una fobia incontenible hacia las bacterias: un infierno en sí mismo para quien vive estrechando manos. Con Gentle comparte una fama construida en platós y escenarios, un carisma de hombre de fortuna que besa a las damas en los mercados y crea complicidad en el americano medio: yo soy quien tú querrías ser. Y si bien los dos viven aislados del polvo y los gérmenes, la sátira está servida, no les importa que la basura y los desechos se amontonen en el campo ajeno: para la historia –literaria– queda la Gran Concavidad, aquel vertedero del que nacieron leyendas y que Gentle terminó por entregar a la siempre complaciente Canadá.

La Torre Eiffel se iluminó de verde para celebrar el éxito del Acuerdo de París. (Jackie Naegelen/Reuters)
La Torre Eiffel se iluminó de verde para celebrar el éxito del Acuerdo de París. (Jackie Naegelen/Reuters)

Pero abandonando la ficción y sumergiéndonos en la realidad, tan decepcionante, encontramos que Trump es un quiste molar para el planeta: su escepticismo y arrogancia respecto al cambio climático pone en peligro el futuro del Acuerdo de París, el pacto históricamente más ambicioso en la lucha contra el calentamiento global. Lo firmaron 195 países –incluyendo Estados Unidos, China e India, los principales emisores de gases de efecto invernadero: todo un logro– y trata de limitar el aumento de la temperatura de la Tierra a 1,5 ó 2 grados centígrados de aquí a final de siglo –una locura irremediable, algo mejor que nada–.

Un acuerdo extraordinario salvo por la letra pequeña en el contrato: si el señor Trump decidiera archivar la transición hacia las energías renovables y descartar así toda posibilidad de recortar el ritmo actual de emisiones de dióxido de carbono, metano, etcétera, no tendría por qué abandonar el pacto –una actitud poco decorosa, a todas luces impopular–, le bastaría con incumplirlo: el Acuerdo no contempla sanciones.

[El incumplimiento sería posible, por ejemplo, mirando hacia otro lado mientras sus empresas sobrepasan todos los límites de emisiones establecidos en Francia. O recortando la financiación de proyectos de apoyo a las energías limpias en países tan contaminantes como India, altamente dependiente del carbón, que no cuentan con medios propios para renovar un sector energético que debe abastecer a una industria cada vez  más grande].

Así que Trump buscó un hombre dispuesto a ensuciarse las manos.

Caballo de Troya

Donald Trump es el presidente heterodoxo que defrauda a sus rivales: el magnate comete la extravagancia de cumplir cada una de sus promesas. Con la elección de Scott Pruitt, Trump no enseñó su mano sino la baraja: escoger a Pruitt para dirigir la Agencia para la Protección del Medio Ambiente es escoger al lobo feroz para cuidar de Caperucita.

Scott Pruitt, un negacionista climático, será el hombre de Trump para dirigir la oficina contra el cambio climático. (Nick Oxford/Reuters)
Scott Pruitt, un negacionista climático, será el hombre de Trump para dirigir la oficina contra el cambio climático. (Nick Oxford/Reuters)

Antes de regresar a la serenidad de una vida despreocupada, Obama dejó en herencia un programa llamado Clean Power Plan (Plan de Energías Limpias, en castellano), un rayo de luz en un país juzgado por su indiferencia. Se trata de un conjunto de medidas que persigue combatir el calentamiento global mediante la financiación de proyectos que impulsan el desarrollo de energías renovables en detrimento de las energías fósiles. Un planteamiento que lamentaron angustiosamente los sectores afectados, como el de Pruitt y sus amigos de Oklahoma, señores del petróleo, que apretaron los puños e iniciaron batallas judiciales –cuatro– que terminaron por fracasar en cada uno de sus intentos. Tuvieron que esperar meses, años, hasta encontrar un modo de hacerse valer: fue entonces cuando comenzaron a esculpir y dar forma a su caballo de Troya, que con el tiempo fue cobrando la silueta del senador Scott Pruitt.

Tuvieron que esperar meses, años, para esculpir y dar forma a su caballo de Troya, que con el tiempo fue cobrando la silueta de Scott Pruitt.

El pasado martes –7 de febrero de 2017– Donald Trump, en una reunión con empresarios del sector del automóvil, manifestó que “el ecologismo está fuera de control”–aludiendo a un ecologismo desbocado más que a un ecologismo fuera de su radio de influencia–.

Horas después del encuentro, el presidente firmó dos órdenes ejecutivas para reanudar dos proyectos controvertidos que Obama detuvo en su momento y que la justicia podría congelar nuevamente. El primero de ellos, el Dakota Access, pretende abrir un conducto que traslade petróleo desde los yacimientos de Dakota hasta la (casi) vecina Illinois –atravesando el río Misuri y varias hectáreas veneradas por los sioux, que alargaron los dientes y se rebelaron con fervor contra la medida del hombre blanco; hoy en día siguen en pie de guerra, literalmente–.

Los manifestantes de Filadelfia se solidarizaron en diciembre con la comunidad sioux de Dakota del Norte. (Matt Rourke/AP)
Los manifestantes de Filadelfia se solidarizaron en diciembre con la comunidad sioux de Dakota del Norte. (Matt Rourke/AP)

Los sioux, que con mucho esfuerzo y tras años de disputa sobre el terreno y en los tribunales consiguieron la paralización de las obras, tuvieron un éxito inesperado por la imprudencia del propietario del suelo, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, quien autorizó la construcción del Dakota Access sin atender a las leyes federales de protección histórica.

El segundo, el Keystone XL, es un mastodonte de casi 2.800 kilómetros –como de Madrid a Varsovia– que conduciría petróleo de Alberta, Canadá, al golfo de México a un ritmo de 830.000 contaminantes barriles diarios. Los ecologistas, que se llevaron las manos a la cabeza, trataron de impedir la continuación de las obras y finalmente lo lograron: el conducto está a medio hacer y solo ha cubierto el 30% del recorrido previsto.

Escribió DFW que Johnny Gentle –ficción– fue el primer presidente en dar su discurso de investidura tomando el micrófono por el cable. Donald Trump, producto –real– del show business, ha demostrado ser un riesgo: ignorando todas las conclusiones científicas sobre el calentamiento global, anulando toda transición hacia las energías limpias, apostando, “como en los viejos tiempos”, por el carbón y el petróleo. Y sin embargo hay motivos para la esperanza: las posturas ecologistas crecen con fuerza en Estados Unidos y China se ha propuesto liderar la revolución energética internacional.

Aunque seguimos hablando de Trump.

Continúa leyendo: El hielo del Ártico podría desaparecer aunque se cumplan los objetivos contra el cambio climático

El hielo del Ártico podría desaparecer aunque se cumplan los objetivos contra el cambio climático

Foto: JOHN MCCONNICO
AP Photo

El hielo del Ártico podría desaparecer en los veranos de este siglo incluso si los gobiernos logran cumplir los objetivos para limitar el cambio climático fijados por casi doscientos países, según explica un nuevo estudio científico. La cantidad de hielo ha ido reduciéndose de manera ininterrumpida durante las últimas décadas, dañando los entornos vitales tanto de los indígenas como de la fauna y la flora de la zona.

En el Acuerdo de París de 2015, los gobiernos de más de 190 naciones fijaron la meta de limitar el crecimiento de las temperaturas globales medias a 2 grados por encima de la era preindustrial, con la aspiración de llegar como mucho a los 1,5 grados.

¿Qué probabilidad hay de que desaparezca? 

Un crecimiento de dos grados podría significar aún un riesgo del 39% de que el hielo desaparezca en el Océano Ártico durante los veranos, han explicado James Screen y Daniel Williamson, de la Universidad de Exeter, en un estudio publicado en la revista Nature Climate Change. “El objetivo de los dos grados podría ser insuficiente para prevenir un Ártico sin hielo”, han afirmado. Sin embargo, con un calentamiento de 1,5 grados sí que se conseguiría mantener el hielo.

Los científicos estiman que las temperaturas crecerán unos tres grados si continúan las tendencias actuales, por lo que calculan que hay un 73% de probabilidades de que desaparezca el hielo si los gobiernos no recortan más las emisiones.

Este mes, la extensión de hielo del Ártico es similar a la de 2015, la menor en esta época del año desde que comenzaron los registros por satélite alrededor de 1970.

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