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Democracia y entrañas

Andrea Mármol

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Don Javier Pérez-Cepeda –aka Churruca-, quien nos dejó hace ya más de dos años y a quien siempre reservaremos el mejor de nuestros recuerdos, sentenció con su habitual ironía de bisturí el que, a su juicio, debiera ser el artículo primero de la Constitución si procediera su reforma: “Por especial que te sientas, eres igual que todos”. A priori, si la afirmación encabezara un manifiesto, la mayoría se declararía partidaria de suscribirlo. Sin embargo, el éxito de los postulados políticos que exaltan la diferencia frente a la noción de ciudadanía hace pensar que lo que aseveraba Pérez-Cepeda requiere de dispensar al ser humano algo con poco predicamento en nuestro tiempo: tratarlo como mayor de edad.

Se ha escrito mucho y conviene seguir haciéndolo sobre cómo el auge de las políticas de la identidad tiene efectos funestos para la convivencia o la tolerancia a la diversidad, por cuanto el sujeto que se dibuja y al que se alude expulsa a parte del corpus de ciudadanía. Pero no es un asunto menor poner de relieve que algunas de las causas del triunfo de esos discursos forman parte de la condición humana. Al cabo, a todos nos ha resultado tentador alguna vez creer que nuestro origen, nuestra lengua o nuestro sexo, más allá de presentarnos al mundo, constituían elementos que decididamente habían de señalar nuestras particulares reivindicaciones colectivas. Lo difícil, lo menos confortable, es asumir la arbitrariedad de los mismos y participar en la vida pública al margen de ellos, por más que sean fuente de alegría, placer o dolor en nuestra vida privada.

Asumir que somos iguales a nuestros conciudadanos sobre el papel choca con nuestras entrañas, más satisfechas con el halago permanente que les proporcionan otras consignas de corte identitario. Lo humano es considerarse distinto del mismo modo que lo humano es amar a los tuyos por encima de la paz mundial. La esencia de una democracia pasa por comprender que, del fuero interno a la ley existe una línea divisoria muy clara que nos hace transitable y soportable la vida en común. Es ese bien mayor lo que nos lleva a aceptar nuestro compromiso como ciudadanos con unas normas que de mal grado aceptaríamos en nuestra vida privada.

Es un asunto que apuntó con lucidez María Zambrano en su siempre revisitable librito Persona y democracia. En él, la autora concluye que es el sistema democrático el que permite conciliar, a través de la igualdad y la libertad, la condición humana con la historia que escribimos de forma colectiva. La igualdad para evitar el endiosamiento –así se refiere ella al ‘sentirse especial’ de Pérez-Cepeda-, y la libertad para gestionar nuestros comprensibles anhelos de diferencia sin ocasionar daños a terceros. La lección es para nota, pero los tiempos exigen aprenderla.

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¿Por qué el metro de Madrid circula por la izquierda?

Redacción TO

Foto: Victor R. Caivano
AP

La sorpresa es común en el turista o en el recién llegado a Madrid. ¿Por qué el metro circula por la izquierda? Existen dos teorías principales.

La primera apunta a los látigos como causa fundamental de esta característica del suburbano de la capital. En el momento de la inauguración de la primera línea del metro, el 17 de octubre de 1919, los coches en Madrid circulaban por la izquierda, ya que los conductores de los carruajes llevaban las riendas de los caballos con la mano izquierda y los látigos para fustigarlos con la derecha. Por eso, para no darle un latigazo accidental a un peatón en la cara, se estableció que estos vehículos viajaran por el carril izquierdo. En consecuencia, el metro imitó esta característica y se decidió que el suburbano circulara por la izquierda. Posteriormente, cuando se estableció legalmente que el sentido de la circulación de los coches en la superficie sería el derecho, resultaba demasiado caro volver a señalizar toda la red del metro, así que la cosa se quedó como estaba.

Otra teoría tiene su epicentro en el Reino Unido. Según esta hipótesis, las infraestructuras del suburbano de la capital se compraron y se diseñaron imitando las inglesas, donde ya estaba establecido el carril izquierdo como norma de circulación, así que este sistema se importó a Madrid.

En la superficie, Madrid también circuló inicialmente por la izquierda. Pero no era así en otras ciudades españolas, como Barcelona, que siempre ha circulado por la derecha. En 1924, Madrid cambió su normativa y la circulación pasó a tener lugar por el carril derecho. No obstante, no fue hasta los años 30 del siglo pasado cuando se adoptaron normas nacionales que equipararan la circulación del tráfico en todo el territorio español.

Y el caso de los trenes no es el único en el metro de Madrid. Muchas de las escaleras mecánicas del suburbano de la capital circulan por la izquierda, pero en este punto el caos es mayor, ya que no todas lo hacen. Es decir, si uno ve un par de escaleras mecánicas en el metro, ha de prestar atención al sentido en el que circulan antes de subirse a ellas. E incluso una vez dentro de la escaleras, la dicotomía entre la izquierda y la derecha continúa: un viajero que desee quedarse parado y bajar o subir sin moverse, al ritmo de las propias escaleras mecánicas, debe arrimarse al lado derecho de las escaleras. Por contra, un viajero que tenga prisa y prefiera caminar por las escaleras mecánicas, debe hacerlo por el lado izquierdo.

Y la curiosidad del sentido de la circulación no es la única. La famosa estación fantasma de Chamberí también alimenta conversaciones entre los usuarios del metro, que diariamente cruzan una estación en la que nunca para el metro entre Iglesia y Bilbao. El motivo de que ya no esté operativa es la cantidad de usuarios que tiene el metro. Ante el aumento del uso del suburbano en los años 70, se decidió aumentar la capacidad de los trenes añadiéndoles más vagones. En consecuencia, hubo que ampliar todas las estaciones para que cupieran los nuevos trenes. La ampliación de la estación de Chamberí resultó imposible y Metro de Madrid decidió clausurarla. Eso sí, hoy sigue operativa como museo y como curiosidad histórica de la ciudad.

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Forges, medio siglo de historia a través de sus viñetas

Redacción TO

Foto: Juan Carlos Hidalgo
EFE

La muerte del humorista gráfico Antonio Fraguas ‘Forges’ ha conmocionado a España. Durante 50 años, Forges, que ha fallecido a los 76 años, llegó a varias generaciones a través de sus viñetas. En ellas, sus peculiares personajes de gran nariz y ojos saltones protagonizan escenas de la vida política y cotidiana, mostrando un retrato verdaderamente original de la sociedad española.

Las redes se han llenado tras su muerte de sus famosas viñetas, con las que consiguió, siguiendo el consejo de su padre, “ser un dibujante original”. “Que se reconozca un dibujo tuyo a quince metros”, le dijo su padre, y así lo hizo Forges.

Desde los episodios políticos más relevantes de la historia de España hasta situaciones cotidianas, que también evolucionaron con la sociedad, Forges retrató durante gran parte de su vida el país a través del humor y la crítica. En los últimos meses, Cataluña ocupó, como en la mayoría de medios de comunicación, una gran cantidad de viñetas del dibujante.

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Una de las viñetas de Forges, dedicada a Marta Rovira, la número dos de ERC. | Foto: Forges/ Twitter
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La situación de Puigdemont en Bruselas, retratada por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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El 155, otro de los protagonistas de las viñetas. | Foto: Forges/ Twitter

Pero tampoco se olvidó de retratar en sus viñetas, con un toque de denuncia social, otras situaciones políticas que preocupan a los ciudadanos.

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Forges critica la ley hipotecaria, como siempre, a través del humor. | Foto: Forges/ Twitter
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El dibujante recuerda que no todo es Cataluña. | Foto: Forges/ Twitter

Pero, sobre todo, Forges fue capaz de hacer que numerosos españoles se sintieran identificados con sus personajes, las situaciones que describían y las preocupaciones que mostraban. A través del humor, el original dibujante logró retratar los pensamientos de un gran número de personas.

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Los modales y la educación son uno de los temas recurrentes en sus viñetas. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges critica el ‘cuñadismo’ en sus viñetas. | Foto: Twitter
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La economía también era uno de los temas retratados por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges muestra la situación de muchas mujeres en España. | Foto: Twitter

La sociedad ha avanzado mucho a lo largo de los años en numerosos aspectos, pero las viñetas de Forges demuestran que hay cosas que no cambian y que los ciudadanos siguen teniendo las mismas preocupaciones y carencias a pesar del paso del tiempo.

Ya en los años 80, Forges mostraba la preocupación social por la integración de España en Europa y, principalmente, por las consecuencias económicas que esto tendría.

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La situación económica de España tras su integración en Europa fue una gran preocupación. | Foto: Twitter

En 1995, publicaba su primera viñeta en El País, y retrataba una situación que bien podría referirse al año 2018.

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Forges, en 1995, retrataba situaciones que bien podrían ocurrir en 2018. | Foto: Twitter

Además, Forges también retrató los problemas internacionales que a menudo olvidamos y trató de recordar a través de sus viñetas que hay una parte del mundo que sobrevive a guerras, hambrunas y una gran pobreza.

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Las guerras y los refugiados aparecen retratados en muchas viñetas del dibujante. | Foto: Twitter
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Durante años, Forges recordó también los problemas que sufren otros países, especialmente en África. | Foto: Twitter
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El hambre, otra de las grandes retratadas en sus viñetas. | Foto: Twitter

Ahora la sociedad se despide de Forges, un gran dibujante que durante años logró sacar una sonrisa a los lectores de los diferentes diarios en los que publicó sus viñetas. Sus personajes y su humor quedarán en el recuerdo durante mucho tiempo y, con ellos, las sonrisas y reflexiones que provocaron en el momento de su publicación.

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En el aniversario de Frankenstein

Gregorio Luri

Foto: Universal Pictures

La primera vez que los del Círculo Filosófico Soriano se pusieron en contacto conmigo, me dejaron muy claro que “en Soria sólo nos interesa lo eterno”. Desde entonces voy a hablar con ellos cada año y a repetir un paseo esencial: el que resigue el perfil del Duero desde San Saturio a Numancia. Este año hablé de Frankenstein, para celebrar su bicentenario, y de nuevo sentí que se encendía en nosotros la chispa del entusiasmo.

Mary Shelley nos ofrece en Frankenstein o el moderno Prometeo un mito posmoderno, moderno y precristiano. Lo posmoderno es la concepción terapéutica de la existencia; lo moderno, la reflexión sobre las consecuencias morales de la técnica; lo precristiano, el canto a la dignidad del sacrilegio, porque para ser sacrílego de verdad hay que enfrentarse a los dioses, no limitarse a dejar escapar una ventosidad ante los lares familiares.

El doctor Frankenstein, impulsado a la par por sus conocimientos científicos y su filantropía, se pone a alterar la naturaleza humana, ignorando que toda esperanza tiene un punto ciego, más grande y más ciego cuando mayor es la esperanza. De ahí que cuando descubre que sus buenas intenciones han incubado un monstruo, no pueda ni soportar su presencia ni satisfacer la demanda que le dirige: “Dadme la felicidad y seré virtuoso”.

En Vindication of the Rights of Woman, Mary Wollstonecraft, la madre de Mary Shelley, defiende que la virtud es el premio del esfuerzo personal convertido voluntariamente en hábito. Por eso “es inútil esperar la virtud de las mujeres hasta que sean en cierto grado independientes de los hombres”. Hay que asumir los riesgos de la libertad para ser virtuoso. Esta fue la opinión ortodoxa durante siglos. “Los demás bienes son de burlas” y sólo la virtud “es de veras”, decía Gracián. Por eso la instituye en El Criticón como “centro de la felicidad”.

Mary Shelley cambian las tornas y anuncia nuestra convicción contemporánea: si no somos felices, es inútil empeñarse en ser virtuosos. Por eso recurrimos con nuestra alma dañada a los terapeutas. Sin felicidad, sólo nos vemos como víctimas inocentes de un infortunio inmerecido. Habiendo sido hechos para vivir, tememos vivir a medias y morir sin haber vivido.

Más allá de las fronteras de nuestra sociedad terapéutica, las inquietudes de Frankenstein son otras. Ahmed Saadawi lo describe en su novela Frankenstein en Bagdad como una amalgama de los miembros humanos amputados por las bombas indiscriminadas de Bagdad. Al estar hecho de los segmentos corporales de personas de diferentes orígenes –etnias, tribus, razas y clases sociales-, representa una síntesis imposible y por eso, se dice a sí mismo, “Soy el primer ciudadano genuinamente iraquí”.

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Entre Espronceda y Marta Sánchez

Carlos Mayoral

Foto: Ivan Pierre Aguirre
AP

Quiero dejar claro antes de comenzar a escribir que no he escuchado (y probablemente no escucharé) la versión del himno de España que Marta Sánchez ha perpetrado. También quiero dejar claro que me importan un carajo los juicios que sobre él se lleven a cabo. Porque tengo por seguro que a algunos les habrá sentado mal esta letra, como tengo por seguro que les hubiera sentado igualmente mal de haber resucitado Lorca para escribirlo, de haberlo interpretado Mercury con Caballé o de haberlo compuesto el mismísimo Mozart. Y, por supuesto, tengo por seguro que a otros les habrá sentado bien la nueva versión, como les hubiera sentado bien si la letra pidiese la vuelta del esclavismo a Occidente o la abolición del modelo turístico en el Mediterráneo. Qué más da. Me atrevo a ir más lejos: es muy probable que estos ofendidos de una u otra orilla tampoco hayan escuchado la dichosa versión del himno.

Como ocurre con todos los símbolos que en algún lugar fueron utilizados para unir, en España el himno sirve para todo lo contrario, es decir, crear división y, lo que es más importante, para dejar patente esa división. Pienso ahora ese movimiento llamado Volksgeist, nacido en el XIX de manos del Romanticismo alemán, y que basa la identidad de los pueblos en su lengua, en su literatura y en otros rasgos culturales, dando pie al nacionalismo moderno. Bien, esta tendencia entró en España bajo la pluma del escritor de origen alemán Böhl de Faber (no confundir con su celebérrima hija Cecilia), quien se refirió a este “Espíritu del pueblo” como un movimiento que espolease al hombre de manera “individual e íntima”, para completar el sentido “colectivo y cívico” del ser. Idea que caló en toda Europa, pero ¿calaría en España? Con datos objetivos, la realidad es que no. El Romanticismo apenas dejó un par de bosquejos nacionalistas dignos de llevarse a la boca. Alguna composición de Espronceda, la muerte de Larra (que llevaba la situación de España marcada en el revólver) y pequeñas reivindicaciones de Goya. Nada más. Y mira que la situación era perfecta en el XIX: un pueblo masacrado por unas tropas que hablaban otro idioma, la pérdida del continente allende los mares, guerras entre hermanos por este u otro monarca… Pero nada, ni siquiera la tragedia consiguió reunir las cenizas de España.

Termino volviendo a esa reflexión de Böhl de Faber que ve en el nacionalismo un chispazo “individual e íntimo”. Es imposible asimilar esta reflexión en el país cainita que habitamos. Nada es individual, nada es íntimo. Vuelvo a la frase que dejé escrita párrafos atrás: lo importante es dejar patente la división. Nada es individual porque el señor que acude a la final de la Copa del Rey no silbaría el himno si no supiera que le molestará a su vecino, del mismo modo que su vecino no alabaría las virtudes del himno de Marta Sánchez si no supiera que habrá de incomodarle al que renglones atrás silbaba. Dicho de otro modo: España es un país que se vertebra gracias a la desunión.

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