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La máquina que escribe poemas

Andrés Miguel Rondón

Foto: Mark Lennihan
AP

Se dice que el último rincón digno que nos queda ante las máquinas es el arte. Que los robots podrán hacer de todo (descubrir medicinas, calcular el infinito, simular la creación del universo) menos escribir poesía. Pero esta semana Alpha Zero, la inteligencia artificial desarrollada por Google que ya nos destronó el año pasado en el juego de Go, continuó su cruzada humillante destrozando al mejor jugador de ajedrez del momento –Stockfish, un software open source que es el campeón mundial de los ordenadores ajedrecistas— ya no con una serie de victorias, sino con un poemario.

Resalto lo segundo porque, veinte años después de la victoria del IBM DeepBlue sobre Kasparov en aquel match infame de 1997, ya no es noticia que los computadores sean mejores a nosotros en el tablero. Magnus Carlsen, el noruego millenial actualmente campeón mundial (y según muchos el mejor ajedrecista de la historia) no puede, por más que lo intente, ganarle siquiera un juego con blancas al software más débil del circuito de computadores ajedrecistas. Él lo sabe y el resto del mundo también. Lo que sí nadie, hasta este martes, se esperaba, y que tiene por tanto a toda la afición conmocionada (para no decir consternada), es que los propios ordenadores podían verse, de la noche a la mañana, humillados en magnitudes similares.

Les relato el crimen: a escasísimas cuatro horas de Alpha Zero haber sido encendido por primera vez, (tiempo durante el cual se enfrentó a sí mismo en cuatro millones de partidas, aprendiendo y mejorándose continuamente) le pusieron a jugar con Stockfish, un potentísimo software que ha sido programado obsesivamente por ingenieros en los cuatro rincones del planeta desde hace casi diez años y que se ha aprovechado –por tanto y para colmo— de los consejos que ha extraído la humanidad del ajedrez en milenio y medio de historia: la enciclopedia de las salidas, las estrategias del fin-de-juego, la valoración relativa de las piezas… Cosas que, resumiendo, de nada le valieron: la paliza que le propinó Alpha Zero fue de una monumentalidad insobornable. En una serie de cien partidas, Alpha Zero ganó veintiocho (cuatro con negras) y no perdió ni una sola. Es decir, se lo merendó. Esto es, sin exagerar, como si le soltaras una maraca a un bebé recién nacido y a la hora regresase el muy bribón con el Clavecín Bien Temperado bajo el hombro.

Lo espeluznante y conmovedor del asunto es la belleza del linchamiento. Hasta ahora las partidas entre ordenadores nadie las veía por ser sumamente largas, monótonas y aburridas. Pero en estas breves victorias de Alpha Zero abundan los sacrificios (de caballo, de torre y hasta de reina), los destellos de tácticas profundas (peones que se mueven ahora sin ceremonia para en veinte turnos sorprender, en un rincón lejano, a un rey corriendo por su vida), las defensas desnudas pero impenetrables, el repudio de todos los preceptos establecidos (reinas en la esquina del tablero, reyes que se unen al frente de batalla) y la violencia sin temor y sin escrúpulos. Es decir, abunda la poesía.

Duchamp decía que las piezas del ajedrez son el alfabeto de unos pensamientos que: “a pesar de dejar marcas visuales en el tablero, expresan su belleza abstractamente, como en un poema“. Desconozco el pensamiento que dio voz a estas poesías. También la moraleja. Solo sé que su alfabeto son los unos y los ceros, su representación la danza de las blancas y las negras, y que son, sencillamente, de las cosas más bellas que he visto en mi vida. Ojalá esto nos sirva de consuelo. Pues para eso también está la poesía.

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Cataluña para los catalanoparlantes

Ricardo Dudda

Foto: Bernat Armangue
AP

El debate lingüístico en Cataluña nunca ha tenido que ver con la lengua, sino con la cultura.
Un ejemplo es una frase como “Cataluña es el catalán”, que se ha usado en los debates
sobre la inmersión lingüística esta semana y que difícilmente puede defenderse como una
idea liberal (lo digo porque quien la ha usado es un liberal socialdemócrata, y porque un
partido progresista como el PSC es un gran defensor del monolingüismo en la escuela).

La defensa de una sola lengua en una sociedad plurilingüe va contra el pluralismo liberal, y
en cierto modo recoge el argumentario nacionalista, que considera la lengua uno de los
hechos diferenciales. Para los clásicos nacionalistas, como Herder, la lengua refleja un
modo de pensar y una forma de ser. La lengua es la esencia del nacionalismo: una nación
para cada lengua.

Uno puede usar argumentos pragmáticos para defender la inmersión lingüística, como la
idea de que es una manera de elevación social (los castellanoparlantes catalanes tienen
mayores cifras de fracaso escolar que los catalanoparlantes). También se suele decir que la
inmersión es el gran consenso de la sociedad catalana, pero un estudio de Roberto Gravia y
Andrés Santana muestra que es falso: “existe un alto nivel de consenso sobre el modelo
lingüístico de las escuelas, pero el rasgo definitorio de dicho consenso es la pluralidad
lingüística, no la posición hegemónica de ninguna de ellas: los votantes de todos los
partidos coinciden en que al menos un 28% de las clases deben ser en catalán, un 25 % en
inglés, y un 20 % en castellano; y difieren en cómo debe impartirse el 27% restante de
horas.” Gravia y Santana afirman que “la sociedad catalana está muy lejos del amplio
consenso a favor de la inmersión lingüística, que más parece ser un mantra que reflejo de
las preferencias de la sociedad catalana”.

Al defender el modelo monolingüe se defiende la idea nacionalista de que la lengua catalana
ha de preservarse per se, sin importar su número de hablantes (son más los
castellanoparlantes en Cataluña que los catalanoparlantes). La lengua se defiende porque es
un bien en sí mismo. De ahí a preservarla para que no se contamine de otras lenguas (que
es lo que hacen las lenguas y así es como se forman) hay muy poco.

Esto crea situaciones difícilmente explicables, como explica Félix Ovejero: “que la lengua
mayoritaria y común en Cataluña sea el castellano y que sin embargo no sea la que
proporciona identidad nos lleva a situaciones conceptualmente complicadas”. La lengua va
antes que la ciudadanía. Es un argumento nacionalista. Al defender la lengua se defiende
una especie de esencia y cultura inmutable. Es una lógica peligrosa, que los más radicales
han usado para defender su idea de “Cataluña para los catalanes”.

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Me llena de odio -y de satisfacción-

Gonzalo Gragera

Foto: Sipi
EFE

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo incorrecto equivocado Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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Estos son los sectores laborales más prometedores del futuro

Rob Smith

Foto: Mel Evans
AP Photo, File

La Inteligencia Artificial (IA) y los robots, han llegado para quedarse y automatizar el trabajo. Los trabajadores del futuro tendrán que adaptarse rápidamente y adquirir un amplio conjunto de habilidades si quieren sobrevivir al gran cambio que experimentará el mercado laboral mundial durante los próximos 10 años. Para ayudar a preparar a la fuerza de trabajo futura, un nuevo informe del World Economic Forum (WEF) y Boston Consulting Group ha analizado 50 millones de ofertas de trabajo online de Estados Unidos. Basándose en el trabajo actual de una persona, el conjunto de habilidades, la educación y la capacidad de aprender, los investigadores establecen caminos desde los trabajos que existen hoy hasta los nuevos trabajos que se espera que existan en el futuro.

La resolución de problemas, el pensamiento crítico y la creatividad, además del hábito de aprendizaje permanente, son solo algunas de las nuevas capacidades que los trabajadores deberán lograr para adaptarse al nuevo mercado laboral. WEF evalúa a continuación el trabajo que se desea realizar en función de la similitud que existe con el trabajo existente y con la cantidad de oportunidades laborales que es probable que ofrezca en el futuro.

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David Hanson, el fundador de Hanson Robotics, trabaja en el robot insignia de su compañía, Sophia. | Foto: Kin Cheung/AP Photo

Los sectores con más oportunidades

Para evaluar la compatibilidad de diferentes trabajos, el informe utiliza “puntajes de similitud”, que muestran la superposición entre educación, experiencia, capacitación, habilidades y conocimiento con un valor numérico entre 0 y 1. Los puntajes altos de similitud se describen en el informe como 0,9 o superior, mientras que los trabajos de baja similitud son los que están por debajo de 0,85. Así que los programadores, por ejemplo, se consideran aptos para trabajos en desarrollo web (0,92), pero no en antropología (0,82).

Según un análisis reciente, los trabajadores de la línea de ensamblaje, que se encuentran entre los que se consideran en mayor riesgo de perder sus empleos por la automatización, tienen 140.000 oportunidades de transición en total, la mayoría de cualquier grupo de trabajadores.

Los que tienen menos oportunidades – alrededor de 5.000 -, incluyen fabricantes de herramientas y operadores de máquinas de procesamiento, según el informe.

Estos son los sectores laborales más prometedores del futuro 3

Es probable que los trabajos de las mujeres se vean desproporcionadamente afectados por la automatización, al menos a corto plazo. De los 1,4 millones de empleos en EE.UU. que se prevé serán interrumpidos entre ahora y el 2026, más de la mitad (57%) son realizados por mujeres, un problema que también se refleja en el informe de Global Gender Gap Report 2017 del World Economic Forum.

Si bien se prevé que los empleos disminuyan en algunos de los sectores analizados en el informe, se espera que haya un aumento neto de empleos para el 2026 en todas las industrias, excepto en la producción, donde se pronostica que más de 360,000 empleos desaparecerán.

En la categoría de educación y capacitación, por ejemplo, se espera generar alrededor de 790,000 puestos de trabajo para el año 2026, mientras que en la sanidad habrá hasta 2,3 millones. En general, el informe predice que en los próximos años se crearán alrededor de 11 millones de empleos solamente en los Estados Unidos.

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Trabajadores en la sección de empaquetado de una fábrica en Ohio, EEUU. | Foto: John Minchillo/AP Photo

Para coincidir con el informe, el Foro publicó un estudio complementario – Ocho futuros del trabajo: escenarios y sus implicaciones – que imagina varios escenarios sobre cómo sería el futuro del trabajo para el año 2030, y cuáles son las principales implicaciones hoy.

Como era de esperar, la necesidad de anticipar los cambios en el mercado laboral y prepararse para volver a capacitar a los trabajadores, así como para ayudarlos en la transición a nuevos empleos, son las principales prioridades.

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

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En el aniversario de Frankenstein

Gregorio Luri

Foto: Universal Pictures

La primera vez que los del Círculo Filosófico Soriano se pusieron en contacto conmigo, me dejaron muy claro que “en Soria sólo nos interesa lo eterno”. Desde entonces voy a hablar con ellos cada año y a repetir un paseo esencial: el que resigue el perfil del Duero desde San Saturio a Numancia. Este año hablé de Frankenstein, para celebrar su bicentenario, y de nuevo sentí que se encendía en nosotros la chispa del entusiasmo.

Mary Shelley nos ofrece en Frankenstein o el moderno Prometeo un mito posmoderno, moderno y precristiano. Lo posmoderno es la concepción terapéutica de la existencia; lo moderno, la reflexión sobre las consecuencias morales de la técnica; lo precristiano, el canto a la dignidad del sacrilegio, porque para ser sacrílego de verdad hay que enfrentarse a los dioses, no limitarse a dejar escapar una ventosidad ante los lares familiares.

El doctor Frankenstein, impulsado a la par por sus conocimientos científicos y su filantropía, se pone a alterar la naturaleza humana, ignorando que toda esperanza tiene un punto ciego, más grande y más ciego cuando mayor es la esperanza. De ahí que cuando descubre que sus buenas intenciones han incubado un monstruo, no pueda ni soportar su presencia ni satisfacer la demanda que le dirige: “Dadme la felicidad y seré virtuoso”.

En Vindication of the Rights of Woman, Mary Wollstonecraft, la madre de Mary Shelley, defiende que la virtud es el premio del esfuerzo personal convertido voluntariamente en hábito. Por eso “es inútil esperar la virtud de las mujeres hasta que sean en cierto grado independientes de los hombres”. Hay que asumir los riesgos de la libertad para ser virtuoso. Esta fue la opinión ortodoxa durante siglos. “Los demás bienes son de burlas” y sólo la virtud “es de veras”, decía Gracián. Por eso la instituye en El Criticón como “centro de la felicidad”.

Mary Shelley cambian las tornas y anuncia nuestra convicción contemporánea: si no somos felices, es inútil empeñarse en ser virtuosos. Por eso recurrimos con nuestra alma dañada a los terapeutas. Sin felicidad, sólo nos vemos como víctimas inocentes de un infortunio inmerecido. Habiendo sido hechos para vivir, tememos vivir a medias y morir sin haber vivido.

Más allá de las fronteras de nuestra sociedad terapéutica, las inquietudes de Frankenstein son otras. Ahmed Saadawi lo describe en su novela Frankenstein en Bagdad como una amalgama de los miembros humanos amputados por las bombas indiscriminadas de Bagdad. Al estar hecho de los segmentos corporales de personas de diferentes orígenes –etnias, tribus, razas y clases sociales-, representa una síntesis imposible y por eso, se dice a sí mismo, “Soy el primer ciudadano genuinamente iraquí”.

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