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El despliegue público contra crisis privadas

Antonio García Maldonado

Foto: Francisco Seco
AP Photo

La intervención de Electricaribe por parte de las autoridades colombianas es un ejemplo interesante de una de las debilidades empresariales españolas en su proceso de internacionalización, que además afecta a eso que hemos dado en llamar Marca España. La mala gestión privada se convierte en un problema público para el país de origen de la inversión, no sólo para el de destino. Pensemos en el deterioro internacional de la imagen de España tras el caso de Panamá y Sacyr, o el de OHL y el AVE a la Meca.

Las ayudas explícitas, discretas o directamente opacas que el Estado provee a muchas empresas en sus grandes inversiones se basan también en el Too Big to Fail, esto es, en el chantaje. Todo un país se convierte en rehén de decisiones corporativas erradas fruto bien de malas prácticas habituales (como la de acudir a concursos internacionales con precios artificialmente bajos) o bien de una pésima o inexistente gestión de la anticipación de riesgos. La diplomacia española lidia con demasiadas crisis privadas cuando ya se han convertido en problemas políticos de todos.

No es tanto que el gasto público de dinero y esfuerzo en estas crisis sea cuestionable –que lo es– sino que el Primo de Zumosol público entra cuando el daño ya está hecho y dejará cicatriz. Solo queda, por tanto, minimizarlos, no evitarlos. Y existe el coste de oportunidad: mientras el Estado saca las castañas del fuego a quienes no debe, deja de atender otras obligaciones que se le presuponen más propias. Habría que comenzar por endurecer y redefinir qué debe considerar el Estado de “intereses estratégico” cuando una compañía privada de las dimensiones de las que hablamos pide ayuda de forma pública, tácita u opaca.

En el caso Electricaribe, Colombia acusa a la filial de Gas Natural de no invertir en mejoras de un suministro malo y que ve peligrar. La empresa replica que los impagos de organismos públicos y clientes privados hacen inviables esas inversiones. ¿Quién tiene razón ante el próximo arbitraje del Banco Mundial? En parte, los dos. Gas Natural reclama 355 millones de euros a organismos públicos morosos, cifra que Colombia reduce a 50. Unos blanden contadores, otros, libros contables. ¿No sabía Gas Natural en qué región colombiana entraba? ¿Creyó en las cifras de los registros públicos y libros contables privados con los que estudió la operación? ¿Alguien con hilo directo con la empresa se dio un paseo en coche durante unos días por la zona para comprobar de primera mano que lo que se observaba concordaba con lo que se leía en los panfletos de los intermediarios? Cuesta imaginar a empresas estratégicas francesas cometiendo estos errores en África, o a las alemanas en el este de Europa, sus zonas naturales de influencia económica. En el contexto de la expansión internacional llevan décadas de ventaja en la recogida y utilización eficiente de información con unidades internas de inteligencia competitiva. Prevén y previenen más crisis. No se las endosan al Estado y a los contribuyentes.

La implicación de cualquier organismo público para ayudar en casos como los de Gas Natural en Colombia, Sacyr en Panamá, OHL en Arabia Saudí o Unión Fenosa en Nicaragua deberían ser objeto de debate e investigación natural en el Congreso de los Diputados, no con intención punitiva sino pedagógica sobre el valor de la información corporativa. Se trata también de prever y prevenir riesgos en vez de gestionar crisis que afectan a nuestra reputación como país. No se puede competir en una economía globalizada con algunas de las prácticas con las que lo hacen algunas grandes empresas españolas. Y si se puede, no se debe, porque afecta a las arcas y a la reputación pública de todos. Esta debería ser la tarea principal del Alto Comisionado para la Marca España. Un vistazo rápido a algunos Consejos de Administración de las grandes no ayuda a ser optimista.

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Tener pene

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Para esa mitad aproximada de la población que dispone de uno, tener pene puede parecer algo más o menos trivial. En realidad no lo es. Tener pene es importante. O, mejor dicho, no tenerlo lo es. Cuando empecé a relacionarme con politólogos e intelectuales en seguida noté algo extraño: era como si no existiera. Los corros siempre se cerraban ante mis narices, casi nadie prestaba atención si me atrevía a decir algo y con frecuencia no llegaba a terminar mi excurso porque alguien me interrumpía antes.

Era una situación desconcertante por nueva. Nunca me había pasado en un aula, donde uno sabe que se sienta entre semejantes y donde la brillantez de las ideas y la cuantía de los conocimientos las examina un evaluador externo al grupo: un profesor.

Al principio achaqué estas reticencias a mi edad. Era un poco más joven que la mayoría de ellos, así que pensé que quizá se tratara de eso. Y, claro que tenía que ver, pero pronto noté que había otros chavales a los que se integraba y se dispensaba el trato considerado que a mí me negaban. Aquel entorno era muy masculino, pero imagino que muchas mujeres habrán vivido experiencias similares en ámbitos distintos.

Yo decía algo y nadie se dignaba mirarme. Un rato después, algún tenedor de pene repetía el mismo argumento y era recibido con asentimiento y celebración. Así asumí que mi problema era no tener pene. La otra opción era aceptar que era más tonta que el resto, y yo, que me tengo por una persona segura, alguna vez dudé de mí, y me avergoncé de mis opiniones y pensé que quizá no estuviera a la altura.

Escribir se convirtió en la única forma de poder expresarme sin interrupciones, sin sonrisas paternalistas ni gestos de desdén. Después, claro, mis artículos no se leían como los de ellos y mucho menos se compartían. Todavía es así. Cuando eres mujer es duro labrarte un espacio propio. Tienes que ganarte el respeto de todos: de los desconocidos, de los amigos y hasta de tu novio. Aprendí que, a veces, para obtener la bendición de los cercanos tienes que conquistar primero el favor de los extraños. También, que es más fácil conseguir el aplauso de los próceres que de quienes creen competir contigo. Pero sería injusto generalizar y no admitir que me he cruzado con hombres estupendos que me han tratado como a una igual y que hoy me son muy queridos.

Como soy muy cabezota, no dejé de escribir. Me dije: “Te va a costar un poco más que a ellos, pero, al final, llegarás tan lejos como te propongas”. Sigo convencida de ello. No me malinterpreten: no creo en esas frases de autoayuda barata que lo conminan a uno a perseguir sus sueños, como si la intención forjara el éxito. Pero creo tener algún talento, aunque publicarlo sea probablemente pretencioso y poco femenino. No escribo esto buscando explotar el victimismo con el que tontea algún feminismo. No soy débil. Me gustan las personas fuertes. Me gustan las mujeres fuertes.

Una vez, cuando era pequeña, una mujer (una amiga de mi familia, además) me preguntó, casi retóricamente, si yo quería ser un chico. Supongo que lo decía porque me pasaba el día saltando, trepando, corriendo, jugando al fútbol. No me gustaban las muñecas ni esos vestidos incómodos. Me identificaba con personajes como Peter Pan, Tintín, Basil, aquel ratón émulo de Sherlock Holmes, o Arturo, en la película que Disney dedicó al mago Merlín. Me aburrían los cuentos de princesas, pobres muchachas pasivas a la espera de un señor guapo, y me daban miedo las brujas. Nunca respondí a aquella pregunta, “¿A que te gustaría ser un chico?”, porque me quedé sin palabras. El mensaje era aterrador: todo lo que me hacía feliz era impropio de una chica. Estaba íntimamente escandalizada y furiosa, aunque fui incapaz de manifestar escándalo o furia.

La contestaré hoy, cuando han pasado más de veinte años y tengo, por fin, algún público que me lea: no quiero ser un chico. No queremos ser hombres. Solo queremos ser iguales.

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La retirada melancólica

Ricardo Dudda

Foto: SUSANA VERA
Reuters

Es difícil ser optimista con el problema del independentismo catalán. El procés puede durar eternamente porque es un fenómeno retórico, eufemístico, una sucesión de escenificaciones. Pero sus efectos en la sociedad catalana son reales y se perciben. Aunque las sociedades son muy volubles y nada es nunca irreversible, el esfuerzo de unir a las dos Cataluñas será enorme; el esfuerzo del independentismo para reconducir el entusiasmo hacia cauces menos rupturistas también.

Es posible que, del mismo modo que desde 2012 hasta hoy el independentismo ha crecido radicalmente, podrá retroceder. Pero tardarán en desaparecer el victimismo, el resentimiento y el rencor, la cultura del agravio, el uso de la memoria, siempre selectiva, la política como un acto expresivo, épico y “divertido”, más allá de la transacción y la negociación. Vivimos una época en la que cada generación necesita un momento épico fundacional, una Transición a nuestra medida. Como escribía un difunto tuitero, cada nueva generación piensa que el colectivismo (y puede sustituirse con cualquier otro ideal político) falló porque no lo lideraron ellos.

El procés vive jornadas históricas casi cada semana; acostumbrados a esto, los independentistas, y quizá no solo ellos, exigirán algo más que bienestar o reconocimiento. Quizá exijan entretenimiento, emoción, pasión. Durante años, millones ciudadanos catalanes han depositado mucho capital emocional en el procés. El processisme le ha devuelto eufemismos, hipérboles, momentos históricos, pero es posible que su impresionante capacidad para renovarse llegue a su fin. Difícilmente habrá un momento de responsabilidad colectiva de las élites, y dudo que llegue el momento de la rendición de cuentas. El procés intentará sobrevivir. La sociedad civil se decepcionará. Y, cuando esto ocurra, quizá lo mejor sea una lenta y melancólica retirada.

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Hacia dónde va el procés

Aurora Nacarino-Brabo

El su columna de hoy Aurora Nacarino-Brabo habla de la situación de la coalición independentista en un momento en el que parece que desescalar la tensión parece difícil.

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Vídeo: Museo Guggenheim Bilbao, el arte de cambiarlo todo

Redacción TO

Hace 20 años se inauguró el Museo Guggenheim Bilbao, un proyecto ambicioso situado junto a la ría de la capital vizcaína, una ciudad principalmente industrial que hasta entonces vivía un poco de espaldas al turismo, más allá de su excepcional oferta gastronómica. Dos décadas después queda la esencia de sus gentes y, por supuesto, su oferta gastronómica, pero su transformación ha sido tal, gracias al museo, que la ciudad puede estar orgullosa de ser uno de los destinos turísticos por excelencia, con visitantes procedentes de todas partes del planeta.

Puedes leer el reportaje completo aquí.

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