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El fin de una ficción y el fin de una esperanza

Antonio García Maldonado

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

A la ficción fantasiosa y emocional del procés se le contrapuso la esperanza ensayística y racional de los constitucionalistas. Los dos bloques polarizaron la campaña a tal extremo que el voto útil derivado de la misma ha terminado por distorsionar la fotografía y hacerla poco representativa. La primera plaza de Ciudadanos desmiente, de nuevo, la ficción del sol poble independentista. Pero el sorprendente resultado de Junts per Catalunya y la suma de escaños soberanistas nos abre los ojos frente a la esperanza de una vuelta al seny que parecía a la vuelta de la esquina.

En un escenario del bien contra el mal los matices suelen verse como tácticas del enemigo. Las medias tintas no se le permiten ni al calamar con anemia, papel que ha jugado un meritorio PSC y, en menor medida, los Comunes. El catastrófico resultado del PP y de la CUP no es tanto resultado de posiciones incomprendidas por los suyos como del deseo de éstos de otorgar relevancia directa a su papeleta “prestándosela” a otros partidos. Haríamos mal, por tanto, en extrapolar directamente estos resultados a nivel nacional. Pero que no haya una correlación directa no significa que no pueda haber consecuencias insospechadas si Ciudadanos juega bien sus bazas.

Todos los partidos tienen méritos o, en el peor de los casos, “disculpas”. Todo sigue como está en la fractura territorial que marca la agenda nacional, lo que quiere decir que hemos empeorado, en la medida en que el tiempo corre en contra. Con estos resultados, se puede decir que España cambia pero Cataluña sigue básicamente igual. Es fácil verlo ahora, aunque algunos lleven mucho tiempo –en este mismo medio– advirtiendo de ello discreta pero permanentemente: no hay solución táctica de legislatura para un problema estratégico que requiere un nuevo consenso generacional a muy largo plazo sobre el país para el que habría que haber empezado a trabajar hace años.

Tras muchos años en los que se ha dejado el desahogo emocional, la liturgia y la catarsis a los independentistas, es hora de que los constitucionalistas hagamos una autocrítica básica que hemos callado en el fragor del conflicto –pese a la enorme deslealtad de las declaraciones de Soraya o Albiol en el último minuto de campaña– y encaremos una verdad que todos, en privado, admitimos: nunca habrá solución a esta cuestión con Rajoy y su núcleo duro al frente del Gobierno. La mochila de sus años y desgastes varios, la corrupción extendida en una de las etapas del PP que él dirigió, unidas al factor generacional, hacen insostenible la situación.

En términos exclusivamente emocionales, Cataluña empieza a ser nuestro Vietnam. 1968 fue un año crucial en la configuración sentimental y política del final del siglo XX y, también, de nuestros días. El presidente Lyndon Johnson, que había sustituido al asesinado JFK en 1963, renunció a presentarse ese año a una reelección a la que tenía derecho por el Partido Demócrata. El conflicto en sureste asiático lo sobrepasaba. Había llegado a una conclusión: hizo mucho por su país, le dio unas leyes de protección social e igualdad racial inimaginables antes de que tomara el cetro; en cambio, y aunque se sentía incomprendido y estallaba en arrebatos de cólera por la ingratitud, sabía que, de haber una solución para el conflicto de Vietnam, no pasa por él y se retiró a su rancho. Injusto o no, él representaba una época desgajada de su tiempo político cambiante, y era incapaz de entenderlo y manejarlo.

A veces la sangre nueva, por el mero hecho de serla, sirve, aunque sea más sucia. No olviden que quien sustituyó a Johnson fue nada menos que Dirty Dick Nixon, que acabó con la pesadilla vietnamita y restableció las relaciones diplomáticas con China. Y visto lo visto con Trump y Rusia, ríete tú del Watergate.

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¿Tenemos tan claro que seremos demócratas?

Antonio García Maldonado

Foto: DAVID RYDER
Reuters

Uno de los logros más aplaudidos de nuestro tiempo confuso y pesimista es el de los millones de personas que han salido de la pobreza, o el de los que han abandonado su manifestación más extrema. Según el Banco Mundial, hoy hay 1.000 millones de pobres menos que en 1990. Pero estos datos suelen venir acompañados de una interpretación que conviene matizar.

Quienes recuerdan estos datos ante discursos críticos suelen hacerlo desde la defensa de la democracia liberal, el Estado derecho, el libre comercio, e incluso el Estado del bienestar europeo. La reducción de la pobreza sería la enésima manifestación de la superioridad y la eficiencia de nuestras sociedades abiertas, plurales y democráticas, gracias a su expansión por el mundo con la globalización, las telecomunicaciones y el comercio. Por tanto, el “fin de la historia” de Fukuyama se habría desviado ligera y temporalmente del camino, pero su premisa seguiría siendo válida.

Sin embargo, si sacamos a la dictadura China de la ecuación, así como a otros Estados autoritarios o con democracias de baja calidad o en retroceso, las cifras no impresionan tanto, e incluso retroceden en algunos lugares. La vuelta a la pobreza de millones de personas en países como Brasil (hasta hace poco, ejemplo de caso de éxito), o en la UE de la austeridad, ha sido muy intensa estos últimos años, con fenómenos desconocidos o antes muy infrecuentes como el de los trabajadores pobres.

El comportamiento más eficiente en la competición global del experimento autoritario de Singapur (que un liberal como Vargas Llosa aplaudió en una tribuna periodística), y en general en China y parte del sudeste asiático, es un peligro por comparación para la reputación de nuestras democracias, incapaces de ofrecer horizontes de expectativas razonables en la globalización hipertecnológica y el desplazamiento del eje económico hacia Asia.

Cabe preguntarse, entonces, si seguiremos siendo demócratas por el mero hecho de serlo, por su superioridad moral intrínseca, a costa de la propia competitividad y, por tanto, de nuestras expectativas económicas y de bienestar. La democracia occidental, liberal, republicana y bienestarista juega en campo contrario, con reglas ajenas a sus fundamentos filosófico-políticos.

La respuesta en otros momentos complejos de la historia (clásica y contemporánea) fue un no catastrófico a esa pregunta por la pervivencia de la democracia sí o sí, y el marco global sin gobernanza no invita al optimismo. Y me pregunto si los votos a tantos partidos, candidatos o movimientos xenófobos, populistas y reaccionarios (aún con ropajes parlamentarios y retórica democrática radical) no muestran ya que un porcentaje muy alto de nuestras sociedades está respondiendo negativamente a la pregunta.

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Scott Kelly, el hombre transformado que regresó tras 340 días en el espacio

Jorge Raya Pons

Foto: Alfonso Monteserín
Penguin Random House

Es fascinante el interés que despiertan los astronautas: captan la atención de los héroes. Scott Kelly está en Madrid para presentar su libroResistencia (Debate)– en la Fundación Telefónica y la cola en la calle es inmensa: algunas personas llevan incluso chupas y accesorios variados de la NASA y parece más una convención intergaláctica que una conferencia literaria. Eso revela la dimensión del personaje.

Scott Kelly nació en un pequeño pueblo llamado Orange, en Nueva Jersey, y tiene el confuso aspecto de un hincha inglés: es bajo de estatura y tiene la piel rojiza y una prominente barriga. Sin embargo, este estadounidense ha orbitado la Tierra sin pisar el suelo y en compañía de nadie durante 340 días, lo que le convierte en el único hombre en conseguirlo de manera continuada. Habitualmente pensamos en las condiciones físicas que requiere un reto como este, pero ¿cómo se prepara a una persona para vivir en completa soledad y en el vacío durante tanto tiempo sin desmoronarse?

Kelly parece tener la situación bajo control, se siente cómodo ante la insistencia mediática. “Es un placer estar aquí con ustedes”, dice, a modo de presentación. “Es más, es un placer estar en cualquier lugar donde hay gravedad”. [¿Cuántas veces habrá empleado esta broma?]. Una de las preguntas obligadas al astronauta llega a las primeras de cambio: ¿sufres las secuelas físicas y psicológicas de volver del espacio? Kelly responde con una mueca, dice que todo está bien, que le gusta la Tierra, y mientras el público ríe, matiza que solo el tiempo determinará el impacto de la radiación en su organismo. El entrevistador le plantea, entonces, otra cuestión: ¿sigues disfrutando de los amaneceres y de los anocheceres en la Tierra, o son, para ti, nada más que una minucia? Kelly finge perplejidad y sonríe levemente: “Prefiero los anocheceres: falta más tiempo para despertarme”.

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Scott Kelly, posando en la Fundación Telefónica. | Foto: Alfonso Monteserín/Penguin Random House

Las respuestas de Kelly son siempre escuetas y apenas se alargan si la pregunta la plantea él mismo. Tiene un sentido del humor muy ácido y agudo, casi cínico, y una gran inteligencia. Hay una circunstancia que define con precisión su carácter, a menos que todo se trate de una escenificación. Cuando le piden que explique cómo fue la despedida con su mujer y sus hijos antes de introducirse en una nave que podía estallar con toneladas de combustible en su depósito, Kelly responde con frialdad: “No recuerdo demasiado de aquello, quizá con un ‘Hasta luego’”. Se escucha una breve carcajada de fondo y el entrevistador le recuerda que aquella misión era altamente peligrosa: su vida estaba en juego. Kelly le resta importancia y dice que asumir riesgos nunca fue un desafío para él: “Nunca tuve miedo al fracaso. Sé que no soy el mejor en nada, salvo en no rendirme nunca”.

“Necesitamos cuidar de este planeta porque no encontraremos un ambiente mejor en el que vivir”

La sala de conferencias está llena de niños y es reconfortante: no es extraño que mientras Kelly relata su aventura en el espacio, se escuche el susurro de unos niños sentados al final de la sala, un bebé reclamando la atención de su padre. Están presentes, también, algunos adolescentes probablemente entusiasmados por su historia y escuchando en silencio. Kelly fue un adolescente como ellos, rendido al romanticismo de viajar por el espacio, y cuenta cómo el descubrimiento de un libroThe Right Stuff, de Tom Wolfe–, que describe la formación de los primeros astronautas de la NASA, le condujo a la determinación de hacia dónde dirigirse. Hasta entonces fue un mal estudiante que invertía más tiempo observando el movimiento de las agujas del reloj que escuchando las lecciones de clase. Kelly le debe tanto a Wolfe que decidió llamarle desde el espacio para agradecerle que su vida nació de la inspiración de su libro.

Debido a esa revelación, Kelly descubrió la belleza de las grandes extensiones verdes del planeta, de la intensidad del azul en los océanos, del rojo violento de los desiertos. “La Tierra es increíblemente bonita desde el espacio”, asegura. “Pero también parece muy frágil”. Kelly lamenta la falta de compromiso de la Administración de Donald Trump hacia la conservación del medioambiente –el público responde con un aplauso– y sostiene una afirmación que preocupa: “Necesitamos cuidar de este planeta, debemos frenar su destrucción, porque no encontraremos un ambiente mejor en el que vivir”.

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Scott Kelly, durante la conferencia. | Foto: Jorge Raya Pons/The Objective

El entrevistador, recogiendo el guante, le comenta que Trump –pese a todo– plantea un regreso temprano a la Luna. Kelly considera que el presidente no cumplirá con las condiciones de tiempo y dinero que requiere una misión tan importante: “No tengo esperanzas de que ocurra pronto”.

–¿Ni siquiera con proyectos como el de Elon Musk? –le replantea.

Entonces sonríe y mira al público, y dice que la primera vez que se anunció el lanzamiento de un cohete de SpaceX, pensó que Musk estaba loco. Sin embargo, tantos despegues y aterrizajes exitosos después, piensa que simplemente es ambicioso. “Y es bueno ser ambicioso”, añade.

–¿Volvería usted al espacio? –le pregunta el entrevistador.

–Sí –responde Kelly.

–¿Por un año? –insiste.

Kelly concede un par de segundos y responde con un rotundo “Sí” que acompaña con la cabeza.

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Por qué el Ministerio de Defensa quiere que adoptes un pingüino

Redacción TO

Foto: Mark Baker
Reuters/Archivo

En su afán y compromiso por salvaguardar la Antártida y el medio ambiente, el Ministerio de Defensa puso en marcha hace ya años una curiosa y original campaña de apadrinamiento de pingüinos. La de esta edición hace el número 31 y comenzó el 8 de enero y finalizará el 15 de Marzo.

Apadrinar un pingüino es muy sencillo, además de gratis, ya que se trata de rellenar un formulario que el personal de Defensa encargado de la campaña se ocupará de gestionar lo antes posible, aunque ante la avalancha de peticiones ya ha indicado que el proceso puede sufrir algún retraso.

En la ficha debes incluir el nombre que quieres que lleve tu pingüino. Defensa te enviará un diploma con tus datos y los de tu pingüino.

¿Qué supone apadrinar un pingüino?

Cuando uno cumplimenta el formulario está adquiriendo un compromiso personal de “cuidar el medio ambiente” en general. Es una manera, aseguran los responsables de la campaña, de garantizar que nuestros pingüinos apadrinados y sus crías puedan seguir viviendo en la Antártida.

En esta ocasión y como novedad respecto a las anteriores campañas, esta edición va acompañada por otra buena causa. El ‘RETO DE 5.000 pingüinos contra el Cáncer‘, cuya finalidad es recaudar fondos para la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), donde se podrán hacer fácilmente donaciones a esta asociación. “El 100% del dinero recaudado será entregado a dicha asociación”, asegura Defensa, quien anima a todos a colaborar.

Científicos y militares españoles en la Antártida

La pregunta es ¿qué tiene que ver el Ministerio de Defensa con los pingüinos? Lo cierto es que el origen de estas campañas está directamente relacionado con la presencia del Ejército de Tierra en la base española Gabriel de Castilla situada en la Isla Decepción, en el archipiélago de la Sethland del Sur, donde científicos y militares realizan diversas actividades en el marco de la Campaña Antártica.

Por qué el Ministerio de Defensa quiere que adoptes un pingüino
Investigadores del proyecto PINGUFOR estudianel comportamiento y fisiología de los pingüinos barbijos en relación con el cambio climático. Foto: Campaña Antártica ET / RRSS

Algo que ocurre desde 1988 en colaboración con el Ministerio de Educación y Ciencia y el Comité Polar Español. “Nuestra misión en la Antártida tiene como finalidad proporcionar apoyo logístico a la investigación científica en la base Gabriel de Castilla y realizar proyectos de investigación y experimentación de interés para el Ejército en las áreas de transmisiones, medio ambiente, sanidad, bromatología o vestuario y material de campamento”, explica el ministerio.

El Comité Científico para la Investigación en la Antártida, órgano en el que están representados 32 países, recibió el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 2002, como “reconocimiento al conjunto de la investigación científica en la Antártida, el único continente virgen, libre de tensiones políticas y económicas, y dedicado a la ciencia”.

La representación de España en el continente se encuentra en la base Gabriel de Castilla de la isla Decepción y, según Defensa, es “un símbolo de las capacidades de nuestras Fuerzas Armadas para desempeñar misiones a gran distancia, en condiciones climatológicas extremas, y en cooperación con otros sectores muy diversos de la sociedad como los investigadores científicos y universidades de toda España”.

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El quinto mandamiento

José Carlos Rodríguez

Foto: Alessandro Bianchi
Reuters

No sé si Francisco es capaz de realizar milagros, pero sí ha logrado obrar maravillas, como tenernos a los agnósticos rezando por su conversión. El Vicario de Cristo es un hombre muy mundano. Está apegado a esta tierra como el catoblepas; con un ojo mirando al frente y otro al suelo. Aquí abajo se manifiesta sobre las cuestiones que nos interesan a los pecadores. Cristina Kirchner buena, Mauricio Macri malo. Nicolás Maduro bueno, Sebastián Piñera malo. En este sentido, el de la comunicación, es un hombre eminentemente moderno. Contemporáneo. Digital. Atrás quedan las tortuosas sutilidades del escolasticismo. El pensamiento hashtag es lo que se lleva. Manes tuitero.

Los cascotes del materialismo forman parte de su dialéctica. El evangelio de Francisco es el nuevo Libro verde de Gadafi, el nuevo Libro rojo de Mao. Francisco es el nuevo líder moral de los no alineados. Y así aprendemos que el hombre ya no es el guardián de la Tierra, como ha defendido la Iglesia hasta Benedicto XVI, sino su devorador malvado e inconsciente. Y la libertad humana ya no está cerca de la verdad. La verdad de la doctrina social de Francisco es que la libertad de producir e intercambiar el fruto de ese esfuerzo es el camino hacia el mal.

Ahora sabemos que de las interioridades de la conciencia de Francisco sale el juicio moral según el cual los terroristas de Sendero Luminoso son mejores que las “monjas chismosas”. Será una broma. Cabe pensar que lo es. Cabe pensar que no lo es. Y que en su escalafón moral las bombas que sueltan las monjas cotillas son comparables a las del grupo terrorista, con sus 70.000 muertos.

El escándalo y el oxímoron han formado parte del mensaje cristiano desde su mismo profeta. Pero dejan de hacer gracia cuando la chanza se refiere al quinto mandamiento.

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