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España: una vuelta a la vocación exterior

Antonio García Maldonado

Para García Maldonado de la resolución, buena o mala, del problema catalán depende el futuro de España como proyecto. Es un buen momento, añade, para replantearnos y relegitimar la idea de España en todo el país.

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La ruta Pla

Jaime G. Mora

Tengo por costumbre matar a todos mis ídolos cada 31 de diciembre, y luego voy renovando la fascinación por ellos, si se lo merecen, poco a poco. Para volver a admirar a Josep Pla me marché a Palafrugell recién comenzado el año, a hacer la ruta del escritor, con la idea de conocer la Costa Brava con el autor catalán como anfitrión. En el primer día de la escapada M. y yo caímos en la plaza Nova para comer en el Centro Fraternal, mientras los abuelos echaban la partida. Allí Pla se estrenó en el arte de la tertulia. “Al atardecer voy al café del Centro Fraternal. Encuentro a casi todos mis amigos —escribió—. Larga conversación sobre mujeres. La conversación de siempre”.

La plaza Nova es el tercero de los diez puntos de la ruta Pla. El itinerario comienza en la casa natal del autor: “Nací en el Carrer Nou, que es una calle muy triste y larga, derecha como una vela, que va desde la calle de la Caritat a la vía del tren de PalamósAllí se ubica hoy la fundación Pla, que el escritor impulsó diez años antes de su muerte con la donación de parte de su biblioteca particular. Otros puntos de la ruta llevan a otra residencia de su familia, que hoy es un restaurante exquisito, varias playas que acostumbraba a visitar, el imponente faro de Sant Sebastià, el cementerio donde lo enterraron, en Llofriu, y el mas Pla.

“Hace ya muchos años —en realidad, desde que me organicé una habitación y una pequeña biblioteca en el mas Pla, en la parroquia de Llofriu— que llevo la misma vida. En este caserón hecho un considerable desbarajuste, frío en invierno, agradable en verano, vivo completamente solo”, dice en ‘El cuaderno gris’.

La masía está indicado como uno de los puntos de la ruta por motivos obvios, pero no se puede visitar, pues en la enorme casa donde el escritor se recluyó las cuatro últimas décadas de su vida viven ahora familiares. Quizá por eso no hay indicaciones, y llegar a ella no es nada fácil. Para hacerlo es necesario tomar un desvío en medio de una carretera y no hacer caso al cartel que avisa que es una propiedad privada, y que no está permitido el paso. Allí dejamos el coche, mientras intentábamos cotejar con las fotos colgadas en internet si lo que se veía al otro lado de la verja era en efecto el mas Pla.

No es, ¿no ves que no es igual?

—Pero tiene que ser esto, no puede ser otra cosa.

Me subí a unos altos, por si veía algo más claro. El sol se estaba despidiendo del díaBusqué la placa con la que se indica cada punto de la ruta. Nada. Miré los nombres del timbre. Y cuando ya nos rendíamos apareció al otro lado de la finca un hombre, rodeado de dos perros. Le hice una señal, abrió la puerta de la entrada y se acercó a nosotros. En efecto, esa mole era el mas Pla. Ahora vive allí un sobrino, y la casa suele estar vacía entre semana.

En esa casa Pla leía y leía, y escribía, al lado de la chimenea y en su cama, vestido con una chaqueta de comando y cubierto por una manta eléctrica: “Me levanto entre la una y las dos, aunque a veces estoy tan dormido que son las dos y media. Debido a mis largos años de periodismo nocturno, siempre he considerado la mañana como la parte más inútil del día. Cuando madrugo, encuentro que el día tiene demasiadas horas, que es demasiado largo, que su dilatación es excesiva. Es un inmenso error, pero la desagradable realidad es esta. Una vez levantado, almuerzo bajo la campana de la chimenea. Hasta el atardecer, paso las horas escribiendo una cosa u otra, un artículo u otro, o bien leyendo lo que tengo en curso, o contestando a alguna carta”.

¿Queréis entrar? —nos ofreció el hombre—. Meted el coche y os dais una vuelta, aunque ya esté oscuro.

Un árbol de Navidad iluminaba la sala de la entrada principal de la casa. El escritor murió en esa masía el día del libro de 1981, y por esa puerta sacaron su cadáver. Cuando rodeamos la esquina de la famosa foto de Pla, esa en la que lo retrataron con una mano en el bolsillo y un abrigo en el otro brazo, vestido con chaleco y corbata y por supuesto con boina, un escalofrío nos recorrió el espinazo. La sensación de haber estado ahí, con ese grado de exclusividad, es una cosa indescriptible, que diría Pla. La masía de Llofriu es el Vaticano de los defensores de la frase inteligible.

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El dilema de Rivera

David Blázquez

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Decía san Pablo en una de sus cartas que quien está en pie debe cuidar de no caer. Otro Pablo, santón para los suyos, parece que no supo –o no pudo, paradojas del lenguaje– mantenerse en pie. Al espaldarazo interno del Bis de Vistalegre le siguieron trompicones varios hasta que Cataluña le dio la puntilla. Puntilla política, se entiende, que la taurina habría obligado a los Mossos a llevar a alguno a la cárcel.

El domingo pasado El País publicaba una entrevista con Albert Rivera, la primera desde que Metroscopia situara a Ciudadanos como primera fuerza política en España, casi cuatro puntos por delante del Partido Popular. Descontemos o no el margen de posible patinazo metroscópico, los resultados de la encuesta marcan sin duda, como dice bien Rivera, “una tendencia”. Ciudadanos se sitúa por primera vez como alternativa de gobierno al PP, lo que podría ser una tentación demasiado grande para un buen número de votantes de centro-derecha que llevan años depositando su papeleta con una sola mano, ocupada como tienen la otra en taparse la nariz.

En Ciudadanos saben que la euforia desmedida podría pasarles factura, como ya sucedió en diciembre de 2015, cuando el partido se desinfló en una recta final de campaña de pesadilla, justo antes de Navidad. Escribe Camus, precisamente en La Caída, que “no hay que esperar al Juicio Final, porque éste se celebra cada día”. Albert sabe que el orgullo puede enfadar a los dioses y por eso predica la modestia y habla de prudencia. En el partido saben, además, que demasiada exposición podría dañarlo, por lo que algunos hablan ya de “congelar al líder” para evitar reveses imprevistos antes de las próximas generales. Pero Albert, que ya presumió de físico, es consciente de que la naturaleza, como el poder, aborrece el vacío y que, dicen los chismosos, una ausencia demasiado grande podría dejar demasiado espacio a la popularidad a otros dentro del partido.

Hasta el momento, Ciudadanos ha sabido tocar el segundo violín y no ha aventado luchas intestinas significativas. Los excelentes resultados en Cataluña y la proyección a nivel nacional invitan a Rivera a asumir mayor protagonismo. Sin embargo, el riesgo de la sobreexposición existe y una nota mal dada podría pasar factura a un partido con un doloroso historial de volatilidad y al que se acusa en ocasiones de depender demasiado del liderazgo de Rivera. La opción de recular tiene su sentido estratégico, pero podría suponer un incentivo demasiado grande para algunas figuras, deseosas quizás de arrimarse a las ascuas del poder interno del partido. Pero quizás esas sospechas no sean más que eso, chismes.

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Cataluña: el fratricidio no es ahora

Andrea Mármol

Foto: JON NAZCA
Reuters

Ya sucedió tras las elecciones catalanas de 2015, cuando la aritmética parlamentaria quiso que fuera la CUP quien tuviera en su mano dar el beneplácito al eventual morador de la Generalitat. Tras aquellos azares, por cierto, nadie puede negarle a los antisistema, a la luz de los acontecimientos, ciertas dotes como cazatalentos: el elegido entonces, Carles Puigdemont, ha resultado ser el más fiel discípulo de la doctrina antiparlamentaria e insurreccional, hasta el punto de haber relegado a los cuperos a seis asientos menos en el nuevo Parlament.

Durante aquellas semanas se sucedieron triquiñuelas y ajustes de cuentas precipitados entre las distintas familias independentistas. Algunas crónicas relatan aquellos días como una negociación, término no sólo impreciso sino desmesuradamente generoso para describir un diálogo entre partes cuyo objetivo es idéntico, como ha quedado evidenciado tras el golpe parlamentario que dieron los separatistas al unísono. De todos modos, hay una imprecisión lingüística que fue todavía más reveladora y que se repite estos días: el fratricidio.

En 2015 fue el hoy diputado a Cortes por ERC Gabriel Rufián quien pedía a la CUP que cesara en lo que él denominó una “lucha fratricida”. Un término que hoy no es sólo usado por independentistas para describir también el episodio que marca la actualidad en Cataluña, a saber: el estira y afloja entre puigdemonistas y el resto de partidarios de la ‘república catalana’. Si el fratricidio equivale, pues, a la división entre independentistas, estamos aceptando que la mayoría de catalanes contrarios a la secesión no formarían parte de la eventual hermandad catalana sino que estarían relegados, en el mejor de los casos, a meros espectadores de la aventura rupturista que les excluye.

Es cierto que las metáforas de los afectos familiares no son nunca las más atinadas para explicar con precisión los asuntos públicos, pero viendo su éxito, cabe preguntarse por qué no se ha hablado nunca de ‘fratricidio’ para describir la fractura social y emocional que entre catalanes ha provocado el nacionalismo y sí se rescata la fórmula cada vez que los separatistas se sumergen en un solipsismo particular que copa el debate público entero. De nuevo, la parte por el todo.

La ya discutida batalla lingüística es fundamental para consolidar en el debate público lo que la política catalana ha acabado poniendo de manifiesto: que Cataluña es tan o más plural que el conjunto de España. Centenares de miles de catalanes contrarios a la independencia han llenado las calles, el partido que ha cuestionado con más firmeza y rigor los abusos del nacionalismo es el primer partido en Cataluña y el satanizado ‘bloque constitucional’ ha crecido por tercera vez consecutiva en unos comicios. El momento actual deja el protagonismo en manos de los líderes independentistas: asumamos esa mayoría parlamentaria, pero no asumamos más.

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Lo que el 'procés' se llevó

Manuel Arias Maldonado

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Ha dicho Artur Mas, en su despedida de la política activa, que el independentismo carece de mayoría suficiente para imponer nada. ¡Albricias! He aquí una verdad palmaria, incuestionable: hora era de que el nacionalismo la hiciera suya. No es que hubiera permanecido oculta a la opinión pública hasta ahora, pero que Arrimadas o Iceta la formularan es una cosa y otra bien distinta es que lo haga Mas: no se escucha igual a Agamenón que a su porquero. Así que la frase de Mas pone a disposición del nacionalismo un argumento que pertenecía al otro bando. Que a estas alturas sirva para algo es cuestión distinta.

En realidad, no podía llegar antes. Sin la ensoñación plebiscitaria que ha animado a la base social del independentismo, el procés no habría existido. Por eso, quienes desde el poder han propagado la especie de que la causa separatista era justa -afirmando implícitamente que romper una sociedad por la mitad y privar de sus derechos a una mayoría de la población es un objetivo legítimo en un marco democrático- han incurrido en una grave falta moral. Eso no significa que del procés no se deduzcan responsabilidades políticas o penales; significa que hay un problema moral de fondo sobre el que preferimos no hablar demasiado por estar convencidos de que si se respetan los procedimientos una democracia puede decidir cualquier cosa.

En una escena de Lo que el viento se llevó, un grupo de caballeros sureños discute la creciente presión que ejerce un Lincoln dispuesto a abolir la esclavitud. Se muestran convencidos de que no hay otra salida que ir a la guerra: habrán de defender a tiros una próspera forma de vida que depende de la explotación económica de la población negra. Solo el capitán Rhett Butler se muestra escéptico y les advierte de que, a pesar de tanta fanfarronería, el Norte goza de superioridad militar. No sirve de nada: el discrepante es visto como un traidor a la causa y unas semanas después el estallido del conflicto es saludado con entusiasmo. Para Butler, que pese a todo combatirá valerosamente en las filas sureñas, una guerra inmoral solo podía significar el comienzo de la larga decadencia del Sur. Y no se equivocaba.

Artur Mas no es Rhett Butler, sino lo contrario: fue él quien condujo el catalanismo burgués hacia el precipicio secesionista. Solo cabe esperar que su tardía rectificación llegue a tiempo para evitar un declive regional cuyos primeros signos se hacen ya evidentes.

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