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Historia de un Estado clandestino

Antonio García Maldonado

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

Ese es el título en español de las memorias de Jan Karski, uno de los líderes de la admirable resistencia polaca durante la Segunda Guerra Mundial. Karski narró el funcionamiento de una red que proveyó asistencia social y moral a los perseguidos, y soporte logístico a los que luchaban contra el terror nazi jugándose la vida. A través de Witold Pilecki (asesinado después de la guerra por los soviéticos), ese Estado clandestino del que habla Karski llegó a crear un sistema de inteligencia dentro de Auschwitz, a donde Pilecki había entrado voluntariamente haciéndose pasar por judío en una redada en Varsovia para ver y contar lo que allí pasaba. Era urgente confirmar o desmentir los rumores funestos que llegaban a la capital ocupada.

Desde allí, Pilecki escribió tres informes para el Gobierno polaco en Londres. Los conocidos como Witold´s Report (aún sin traducir al castellano, pero que se pueden leer aquí en inglés) fueron tan veraces y crudos que los servicios de inteligencia occidentales (y el Gobierno polaco en el exilio) los desecharon por exagerados e increíbles. Les parecía imposible que se estuviera masacrando a judíos en masa, asesinando a opositores, experimentando con niños para conseguir la perfección genética de la raza aria.

El Estado polaco, aun en unas condiciones de ocupación y represión inauditas, se mantuvo en pie más allá de lo simbólico, como única –e insuficiente– herramienta de defensa de oprimidos y perseguidos. Estamos por suerte lejos del nazismo, pero no ha cambiado en muchos en la izquierda española el recelo esteticista y politiquero ante una herramienta clave del progreso. Incluso, esta desconfianza ha aumentado pese a tantos años de democracia y avances innegables en todos los órdenes.

Defender un Estado democrático fuerte no es abogar por un Estado represor y vigilante. Sino por un contrapeso único y equilibrado a los abusos del poder, ayer de otras potencias hostiles, hoy de amenazas medioambientales, nucleares o terroristas, de los excesos y chantajes del poder económico-financiero, de la desigualdad que pone en peligro la paz social, o de la tiranía de mayorías caprichosamente abducidas por modas populistas o nacionalistas en épocas de incertidumbre. El Estado al que ayer representó trágicamente el piloto Borja Aybar en su último vuelo.

Se puede y se deben criticar las cargas policiales desproporcionadas sin decir que estamos a un paso de Turquía. Se puede y se debe criticar la lamentable “policía patriótica” que el anterior ministro del Interior impulsó con imprudencia en Cataluña sin descalificar al Estado como un ente asaltado “por corruptos y violentos” de extrema derecha o fascista.

Una de las imágenes más deprimentes para cualquier convencido de que sin Estado pierden aquellos a los que menos armas les han tocado en suerte para la vida en la jungla, fue la del ex JEMAD Julio Rodríguez paseándose en aquel sonrojanteTramabús criticando abiertamente las instituciones de seguridad y defensa del Estado. Organismos sobre los que él tuvo mando en plaza como máximo responsable.

Me pregunté por qué no lo dijo entonces, cuando su crítica desde el poder pudo haber sido decisiva para mejorar el Estado sin denigrarlo en pose de guía turístico enseñando el bunker de Hitler en Berlín. Igual que me lo pregunto ante tantos periodistas que, ya en la jubilación o cercanos a ella, con el patrimonio hecho y motivados por una etapa inesperada en las redes, retoman un discurso contestatario que callaron en sus puestos de responsabilidad mientras cotizaban al máximo, cobraban dietas generosas y sueldos hoy inimaginables.

El Estado es para los más vulnerables de la sociedad como la nostalgia para los que no tienen fe en el futuro: lo único a lo que pueden agarrarse para seguir tirando. Cualquier movimiento político que abogue arteramente por debilitarlo y descalificarlo identificando con malicia electoral el todo (el Estado) con una parte (la gestión del partido en el Gobierno), o que priorice cuestiones electorales o identitarias frente a él, será legítimo, pero que no venga con la monserga de que defiende “lo sensato”.

Y mucho menos lo de izquierdas.

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La señal de la anormalidad

Jordi Amat

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Tal vez hoy empiece a cambiar ese gris panorama, pero las últimas semanas ha sido más bien desagradable pasear por el Parc de l’Escorxador, cerca de donde vivo. Hacía frío, pero no llovía y todo se iba haciendo cada vez más seco, sucio, más inhóspito. Al pasear por la arena levantabas algo de polvo mientras los perros campaban a sus anchas minando la zona por la que mi Jordi Jr. me humilla con la pelota regateándome sin excesiva piedad. El estanque que rodea la Biblioteca Joan Miró –uno de los centros pioneros de la renovación de las bibliotecas en Barcelona– sigue vacío y los pobres condenados a la intemperie, cuando pueden dejar el carro del supermercado donde acumulan su miseria, se resguardan en la zona que queda algo protegida por el techo de las placas solares.

En la pared que separa los dos edificios de la biblioteca –libros para niños y la mediateca, libros para adultos-, la señal permanente de la anormalidad en la que seguimos: la pintada a través de la cual se autoafirma el Comitè per la Defensa del Referèndum (reconvertido en Comitè per la Defensa de la República).

De todas las consecuencias políticas sufridas aquí durante los últimos tres meses, una de las más significativas y menos conocidas ha sido la aparición de estos grupos: los CNR. Emanan de la CUP, pero no sólo de la fuerza anticapitalista que más arraigo ha tenido en Catalunya desde la guerra civil. Su transversalidad es notable. Diseminados por casi todo el territorio, a través de todos los canales digitales posibles tienen una capacidad de movilización inmediata. Su misión es la preservación o la consolidación de los espacios de ruptura institucional. Siguen activos y preparan su reaparición para el día de las elecciones. Ya son más de 250 y surgieron para hacer posible el 1 de octubre.

Uno de los problemas determinantes para comprender el fracaso del gobierno a la hora de impedir esa trepidante jornada de movilización –no un referéndum de autodeterminación, claro que no, pero sí una experiencia política esencial para la gente que estuvo implicada en ella– fue su desconocimiento de la mecánica asociativa que funciona en gran parte de Cataluña. Pero fue así como llegaron en silencio las urnas a los colegios. Esa mecánica tiene tejida una auténtica malla civil que durante los últimos años se ha volcado en hacer posible la capilarización del movimiento soberanista entre la parte más activa de la sociedad que así se ha refundado como comunidad. La vanguardia de esa mecánica la constituyen, desde el verano, dichos comités, que germinan precisamente en un terreno social que es vivo porque es ajeno a las instituciones.

Mientras no se comprenda la profundidad y el compromiso sostenido de ese movimiento, la pintada seguirá allí y con su simplicidad todo seguirá igual de gris, seco e igual de inhóspito.

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La máquina que escribe poemas

Andrés Miguel Rondón

Foto: Mark Lennihan
AP

Se dice que el último rincón digno que nos queda ante las máquinas es el arte. Que los robots podrán hacer de todo (descubrir medicinas, calcular el infinito, simular la creación del universo) menos escribir poesía. Pero esta semana Alpha Zero, la inteligencia artificial desarrollada por Google que ya nos destronó el año pasado en el juego de Go, continuó su cruzada humillante destrozando al mejor jugador de ajedrez del momento –Stockfish, un software open source que es el campeón mundial de los ordenadores ajedrecistas— ya no con una serie de victorias, sino con un poemario.

Resalto lo segundo porque, veinte años después de la victoria del IBM DeepBlue sobre Kasparov en aquel match infame de 1997, ya no es noticia que los computadores sean mejores a nosotros en el tablero. Magnus Carlsen, el noruego millenial actualmente campeón mundial (y según muchos el mejor ajedrecista de la historia) no puede, por más que lo intente, ganarle siquiera un juego con blancas al software más débil del circuito de computadores ajedrecistas. Él lo sabe y el resto del mundo también. Lo que sí nadie, hasta este martes, se esperaba, y que tiene por tanto a toda la afición conmocionada (para no decir consternada), es que los propios ordenadores podían verse, de la noche a la mañana, humillados en magnitudes similares.

Les relato el crimen: a escasísimas cuatro horas de Alpha Zero haber sido encendido por primera vez, (tiempo durante el cual se enfrentó a sí mismo en cuatro millones de partidas, aprendiendo y mejorándose continuamente) le pusieron a jugar con Stockfish, un potentísimo software que ha sido programado obsesivamente por ingenieros en los cuatro rincones del planeta desde hace casi diez años y que se ha aprovechado –por tanto y para colmo— de los consejos que ha extraído la humanidad del ajedrez en milenio y medio de historia: la enciclopedia de las salidas, las estrategias del fin-de-juego, la valoración relativa de las piezas… Cosas que, resumiendo, de nada le valieron: la paliza que le propinó Alpha Zero fue de una monumentalidad insobornable. En una serie de cien partidas, Alpha Zero ganó veintiocho (cuatro con negras) y no perdió ni una sola. Es decir, se lo merendó. Esto es, sin exagerar, como si le soltaras una maraca a un bebé recién nacido y a la hora regresase el muy bribón con el Clavecín Bien Temperado bajo el hombro.

Lo espeluznante y conmovedor del asunto es la belleza del linchamiento. Hasta ahora las partidas entre ordenadores nadie las veía por ser sumamente largas, monótonas y aburridas. Pero en estas breves victorias de Alpha Zero abundan los sacrificios (de caballo, de torre y hasta de reina), los destellos de tácticas profundas (peones que se mueven ahora sin ceremonia para en veinte turnos sorprender, en un rincón lejano, a un rey corriendo por su vida), las defensas desnudas pero impenetrables, el repudio de todos los preceptos establecidos (reinas en la esquina del tablero, reyes que se unen al frente de batalla) y la violencia sin temor y sin escrúpulos. Es decir, abunda la poesía.

Duchamp decía que las piezas del ajedrez son el alfabeto de unos pensamientos que: “a pesar de dejar marcas visuales en el tablero, expresan su belleza abstractamente, como en un poema“. Desconozco el pensamiento que dio voz a estas poesías. También la moraleja. Solo sé que su alfabeto son los unos y los ceros, su representación la danza de las blancas y las negras, y que son, sencillamente, de las cosas más bellas que he visto en mi vida. Ojalá esto nos sirva de consuelo. Pues para eso también está la poesía.

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Bitcoin y Harriet Martineau

José Carlos Rodríguez

Foto: KARENBLEIER
AFP

En 1832 Harriet Martineau publicó una colección de cuentos con el improbable título Illustrations on Political Economy. Los relatos exponían los principios, mecánicos y desalentadores, que David Ricardo había expuesto 15 años antes. Su éxito fue enorme; el título volaba de los escaparates de las librerías de toda Gran Bretaña. “Ahora se considera de gran elegancia entre las marisabidillas hablar de economía política”, dijo con desdén María Edgeworth. Seguro que la lectura de Martineau era menos agria que la del propio Ricardo.

Bitcoin necesita su Martineau; alguien que saque a la moneda virtual del arcano en el que habita. Culmina dos décadas de búsqueda de un dinero que no pudiese caer en las garras del Estado. Se crea de forma colaborativa, y el control de su funcionamiento está distribuido entre todos los que quieran participar en el proceso. Es imposible de controlar por una gran empresa o por ningún gobierno, y no hay forma real de prohibirlo. Su cantidad está limitada a 21 millones de unidades, para que la abundancia no arruine su valor, y por si cada uno alcanza el precio de un piso en Manhattan, cada bitcoin se puede dividir por una fracción cien millones más pequeñas.

En los últimos meses su cotización ha dibujado una hipérbole que casi miraba hacia el infinito. Ha acabado por quebrarse, y queda la duda de si está formando una escalera hacia el cielo o un único y vertiginoso pico que recuerda otros furores pasajeros. Esa duda se despejará cuando sepamos qué responder a la única pregunta importante: ¿Es bitcoin dinero?

El dinero es un bien que, por sus características y por su gran presencia en el mercado, se ha convertido en un bien de intercambio aceptado de forma generalizada. Una vez un bien es dinero, adquiere ciertas características. Como es denominador común de los precios, es útil como unidad de cuenta. Como es un bien líquido y su valor no cambia mucho en un tiempo breve, es un buen depósito de valor. Pero el Bitcoin no se puede utilizar en cualquier mercado; de hecho en una fracción muy pequeña de donde hacemos las compras. Y el hecho de que su valor fluctúe con tanta violencia es una muestra de que, hoy, el Bitcoin no es aún dinero.

Si llega a serlo, habrá muy pocos que puedan ahorrar un solo bitcoin a lo largo de su vida. Y entonces habrá cientos de Harriet Martineau contándonos su periplo como un cuento.

Continúa leyendo: Comienza el Hanukkah, la fiesta judía de las luces

Comienza el Hanukkah, la fiesta judía de las luces

Natalia Salguero

Foto: Natalia Salguero
The Objective

El Hanukkah o fiesta de las luces, es un evento judío que se celebra este año del 12 al 20 de diciembre, lo equivalente al día 25 del mes hebreo de Kislev (mes abundante de lluvia), que tiene su origen en la época de los griegos. Cuando estos reinaban prohibieron a los judíos que practicasen su religión y que leyeran la Torá, el libro sagrado de la religión judía.

En aquella época los Macabeos, un grupo reducido de hebreos, lucharon contra los griegos para recuperar el templo y devolverle al pueblo judío la libertad de practicar su religión. “Los judíos no solemos celebrar los milagros bélicos, aunque en este caso sí que lo fue”, cuenta a The Objective Carolina Aguilar, practicante del judaísmo. “Un ejército tan grande como el de los griegos fue vencido por un grupo de hebreos sin recursos”, añade.

Al recuperar el templo, los Macabeos encontraron una vasija con aceite de oliva virgen refinado, con el que se encendían las luces del templo para poder venerar a Ashem, el dios judío, suficiente para un sólo día de alumbrado, aunque se necesitaban ocho días de lumbre para volver a refinar el aceite.

“El milagro fue que el aceite se pudo usar durante los ocho días que necesitaban y la luz del templo nunca estuvo apagada”, cuenta Carolina que, a continuación, nos explica los objetos sagrados con los que los judíos celebran la fiesta del Hanukkah estos días.

La Hanukkiyah

La hanukkiyah es un candelabro de nueve brazos, a diferencia de la menorah, que solo tiene ocho. En la hanukkiyah los ocho brazos simétricos representan los ocho días que pasaron los Macabeos defendiendo el templo y la vela del noveno brazo, que es el central, se usa para encender todas las demás. Las velas se colocan de izquierda a derecha y se encienden de derecha a izquierda.

“Existe un enorme respeto por las velas en el judaísmo, por lo que no se puede usar la luz de ninguna de ellas para otra cosa, como leer o encender otras velas”, explica Carolina.

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Ornamento para la oración en el judaísmo. | Foto: Natalia Salguero / The Objective

Cada noche de Hanukkah se coloca en la hanukkiyah la vela central y la vela correspondiente a cada día de los ocho que dura. En este proceso se reza la Berajá, que es una oración de bendición, que exclusivamente se pronuncia en esta fiesta. “Cuando enseñamos esta oración a los niños, se dice una variante que no es la real, para no mancillar la Berajá y no decirla en vano”, subraya.

El sebibón

Es una peonza de madera que usaban los judíos para estudiar la Torá y rezar, debido a que los griegos no les permitían tener contacto con su religión. “Cuando pasaban los griegos, los judíos hacían como que jugaban con el sebibón, pero en realidad estaban estudiando la Torá”, tal y como explica la hija de Carolina, Galit Chocrón, de siete años de edad.

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Dos sebibones. | Foto: Natalia Salguero / The Objective

En el sebibon hay escritas cuatro letras, una en cada cara, y cada una tiene un significado. “La Nun, que equivaldría a la palabra Nes, la letra Gimel, que equivale a Gadol, la letra Hei, que equivale a la palabra Hayah y por último el símbolo Pei que significa Poh”, cuenta Galit con todo detalle. “Todas esta palabras se unen y forman la frase Nes Gadol Hayah Poh que se traduce en “el gran milagro ocurrió aquí”, añade la joven practicante.

La comida

La comida es considerada una manera de alegrar el alma, por lo que en Hanukkah, como fiesta que celebra el milagro del aceite, se cocinan platos elaborados en aceite. Según su procedencia de Europa del Este o de Sefarad (la Península Ibérica), los judíos pueden ser ashkenazi o sefardíes. Estos últimos son aquellos procedentes de Marruecos, España o Portugal, entre otros países, y tienen una dieta repleta de especias, cus cus, o cordero.

El plato por excelencia para ellos son los sufganiyot, una especie de donut que se prepara en aceite y se rellena con mermelada, chocolate o pueden ir sin rellenar, simplemente espolvoreados con azúcar glass. Para los ashkenazi, el plato típico en esta fiesta son los latkes, unas tortitas saladas de patata y cebolla fritas en aceite.

Los macabim

Son aquellos que salvaron a los judíos de los griegos y, al ser los salvadores, son los que traen cada Hanukkah un único regalo por noche a los niños. Los primeros siete días dejan un regalo pequeño, y el octavo y último día, un regalo grande.

Ellos se guían por la luz de las velas encendidas en la hanukkiyah para llegar a cada casa que celebra esta fiesta de las luces. “Si os preguntáis como nos traen los regalos, pues nadie lo sabe excepto ellos, porque lo traen por la noche cuando estamos durmiendo”, revela Galit.

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Galit jugando con el sebibón. | Foto: Natalia Salguero / The Objective

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