El Subjetivo
Dignidad en la granja
Charlie Neibergall / AP
12.01.2017 ¿Cuánto vale la vida de una persona? Quienes vivimos en democracias liberales pensamos que el valor del individuo tiende al absoluto. Pero no siempre ha sido así. Se trata de una convención. Históricamente, las personas no han gozado de los mismos derechos, ni siquiera de la misma dignidad. Aún es así en buena parte del mundo. Qué poco vale la vida de una mujer en Afganistán. La vida de una persona en Venezuela vale menos que un iPhone. Hay lugares donde los niños se tienen por cálculo de utilidad: son una fuerza de trabajo. Qué desgracia ser gitano en Hungría, homosexual en Pakistán, cristiano en Irak. Quién querría verse en la piel de un reo en Tailandia. Y en China, en India, nadie quiere hablar de la misteriosa desaparición de cien millones de niñas: según las estadísticas, la ratio de mujeres por cada hombre en estos países es de 0,94, mientras en el resto del mundo es de 1,05.

La elevación del umbral de lo que convenimos que es ético tiene que ver con el progreso material. Cuanto más opulenta es una sociedad, más se permite exigirse moralmente. Como si de una pirámide de Maslow de la ética se tratara, solo cuando uno tiene asegurando el bienestar propio puede preocuparse por el bienestar de los otros.

Y, ahora: ¿cuánto vale la vida de un animal? Las sociedades occidentales hemos alcanzado un nivel de desarrollo que nos permite establecer lazos empáticos con los animales. Comenzamos a ponernos en su lugar, tenemos dudas sobre si es digno el trato que les procuramos, entendemos que es convenientes evitarles el sufrimiento innecesario, queremos que vivan en las mejores condiciones, nos parece mal que se les maltrate, nos esforzamos por curar a los que enferman y buscamos adoptantes para los que quedan abandonados.

Dentro de un siglo, las condiciones en las que hoy se cría, transporta y sacrifica a los animales de granja se juzgarán como propias de pueblos bárbaros, y esas fotografías de pollos, cerdos y vacas hacinadas parecerán sacadas de un museo de los horrores. Nadie toreará astados y no habrá elefantes tristes en los circos. También cambiarán los patrones de consumo de alimentos de origen animal. Llegará un momento en que no se permitirá comer carne de animales que no hayan alcanzado una cierta edad. Y habrá un día en que podamos producir carne en laboratorios, sin necesidad de sacrificar a nadie.

El progreso avanza inexorablemente en esa dirección. Las principales empresas de supermercados de Francia han anunciado que pondrán fin a la venta de huevos de gallinas enjauladas. La dignidad que dispensamos a los animales habla también de nuestra propia dignidad. Y Occidente sigue siendo el lugar más digno de este sistema solar.