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Dignidad en la granja

Aurora Nacarino-Brabo

¿Cuánto vale la vida de una persona? Quienes vivimos en democracias liberales pensamos que el valor del individuo tiende al absoluto. Pero no siempre ha sido así. Se trata de una convención. Históricamente, las personas no han gozado de los mismos derechos, ni siquiera de la misma dignidad. Aún es así en buena parte del mundo. Qué poco vale la vida de una mujer en Afganistán. La vida de una persona en Venezuela vale menos que un iPhone. Hay lugares donde los niños se tienen por cálculo de utilidad: son una fuerza de trabajo. Qué desgracia ser gitano en Hungría, homosexual en Pakistán, cristiano en Irak. Quién querría verse en la piel de un reo en Tailandia. Y en China, en India, nadie quiere hablar de la misteriosa desaparición de cien millones de niñas: según las estadísticas, la ratio de mujeres por cada hombre en estos países es de 0,94, mientras en el resto del mundo es de 1,05.

La elevación del umbral de lo que convenimos que es ético tiene que ver con el progreso material. Cuanto más opulenta es una sociedad, más se permite exigirse moralmente. Como si de una pirámide de Maslow de la ética se tratara, solo cuando uno tiene asegurando el bienestar propio puede preocuparse por el bienestar de los otros.

Y, ahora: ¿cuánto vale la vida de un animal? Las sociedades occidentales hemos alcanzado un nivel de desarrollo que nos permite establecer lazos empáticos con los animales. Comenzamos a ponernos en su lugar, tenemos dudas sobre si es digno el trato que les procuramos, entendemos que es convenientes evitarles el sufrimiento innecesario, queremos que vivan en las mejores condiciones, nos parece mal que se les maltrate, nos esforzamos por curar a los que enferman y buscamos adoptantes para los que quedan abandonados.

Dentro de un siglo, las condiciones en las que hoy se cría, transporta y sacrifica a los animales de granja se juzgarán como propias de pueblos bárbaros, y esas fotografías de pollos, cerdos y vacas hacinadas parecerán sacadas de un museo de los horrores. Nadie toreará astados y no habrá elefantes tristes en los circos. También cambiarán los patrones de consumo de alimentos de origen animal. Llegará un momento en que no se permitirá comer carne de animales que no hayan alcanzado una cierta edad. Y habrá un día en que podamos producir carne en laboratorios, sin necesidad de sacrificar a nadie.

El progreso avanza inexorablemente en esa dirección. Las principales empresas de supermercados de Francia han anunciado que pondrán fin a la venta de huevos de gallinas enjauladas. La dignidad que dispensamos a los animales habla también de nuestra propia dignidad. Y Occidente sigue siendo el lugar más digno de este sistema solar.

Ojos en el corazón

Lea Vélez

Foto: DENIS BALIBOUSE
Reuters

Año 2004. Viajábamos de Inglaterra a Madrid en coche, sin paradas. El viaje había sido incómodo, largo, cansado. Dejábamos Francia atrás. En cuando cruzamos la frontera de Irún y cogimos esa cuesta de pura curva y contra curva a 120 por hora, vimos los primeros coches quemados. Los restos de un horrible accidente. Cien metros más abajo, un camión volcado en la cuneta. Un kilómetro después, dos coches con los hierros entrelazados en un abrazo mortal, cristales rotos, esqueletos oxidados, restos de coches volcados, frenazos frescos sobre el asfalto, vehículos empujados de cualquier forma hacia el arcén. Durante las siguientes cuatro horas de viaje hasta Madrid, mi marido y yo nos encontramos con cada accidente, tragedia, despiste, con cada sueño agotado en los arcenes de aquel verano. Eran los restos de la guerra.
Alucinados ante aquel paisaje apocalíptico buscábamos explicación. ¿Hubo lluvias torrenciales? ¿Bancos densos de niebla? ¿Un loco al volante? Al fin, adivinamos la causa. No era cosa del clima, ni de que hubiera habido más despistes de la cuenta, ni más borrachos o chiflados o atentados terroristas. Es que existen las guerras constantes e invisibles. Esas que se barren cada día porque da miedo mirar. Las guerras que nadie sabe que existen hasta que el tipo al que le toca siempre barrer, recoger, ordenar y esconder los restos de todo lo malo, se planta. En el verano de 2004 hubo una huelga de conductores de grúa. Comenzó en el País Vasco y se extendió al resto de España. Nadie retiró los coches siniestrados durante más de un mes y en ese mes, las carreteras se llenaron de fantasmas. Aquel viaje me marcó para siempre, y el corazón, ese que si no ve no siente, aprendió a mirar lo que no está.
A veces hago ese ejercicio mental con otras cosas terribles, como el cáncer. Imagino todos los cuerpos graves, enfermos, asustados, los muertos que causa la enfermedad. Pienso en lo que no se ve y le doy la imagen metafórica de aquel cementerio de coches del verano del 2004.

Susana Díaz: vivir es decidir

David Martínez

Foto: GERARD JULIEN
AFP PHOTO
“Se vive durante 20 años; luego, se sobrevive”, escuché defender una vez a Felipe González. Las preocupaciones de la vida adulta, la toma de conciencia sobre los aspectos más dolientes de la existencia -“envejecer, morir es el único argumento de la obra”, enseñó Gil de Biedma- nos estrechan el camino y lo condicionan todo una vez doblada la esquina de la madurez. Es entonces cuando acaba el prólogo alegre de la infancia y primera juventud para dar paso a lo serio: concatenar golpes, decepcionar, ser decepcionado y embarcarse en el frenesí imparable de la toma de decisiones, que no otra cosa es vivir. Casi siempre, por cierto, dejando con cada una de ellas un notable parte de daños colaterales. Esto es lo sustancial y por eso la psicología nos dice que la felicidad se manifiesta por momentos, nunca como un estado duradero; Cervantes escribió que esta se halla en el camino y no en la posada; o el catolicismo justifica el “valle de lágrimas” con el argumento de que precede a la vida eterna. Y también por eso nos esforzamos en buscar evasiones que nos distraigan de lo mollar, así sea circunstancialmente -excusas para no pensar-.

Decidir, decidir y decidir. No paramos de tomar una alternativa u otra en el laberinto de la vida, sabiendo además que el final será el mismo en cualquier caso, dotando así de una trascendencia a nuestros movimientos que por supuesto no tienen. (¿O sí la tienen?) Esta columna iba a versar sobre la decisión política más importante en la carrera de Susana Díaz, que es la de lanzarse a una batalla que en el mejor de los casos le otorgará el mando de un partido roto y reducido a la mitad de lo que era hace pocos años, con la seguridad de que perderá las próximas elecciones generales. Porque ni ella ni nadie puede remontar 14 puntos en menos de un ciclo electoral.

Iba a ir de eso, pero qué pequeña se queda la contienda política patria cuando se amplia el foco para conseguir una panorámica más completa. Díaz ha tomado una decisión que marcará toda su trayectoria y también -al menos durante un tiempo- la del PSOE y la de la política nacional, pero ninguna decisión de ninguna otra persona te afectará tanto como la menor de las que tomes tú mismo hoy. Será difícil, quizá, probablemente dañes a alguien, y después de ella tampoco te librarás del acoso de la memoria, pertinaz en esa misión de recordarnos que nos estamos muriendo, como supo ver Michi Panero. O que vamos sobreviviendo, que diría el más optimista González. Sí, vivir es decidir y autoengañarse, pero todo vale la pena cuando la elección de turno te lleva a empezar de nuevo. Porque Pavese tenía razón: La mayor alegría del mundo es comenzar.

Sí, habrá un robot al volante

José Carlos Rodríguez

Foto: HANDOUT
Reuters

Un conductor toma la decisión de saltarse un ‘ceda el paso’, y el Volvo que intentaba cambiar el sentido choca contra él. La noticia no habría aparecido siquiera en la prensa local si el segundo vehículo hubiese estado conducido. Pero es uno de esos drones sobre ruedas que constituyen la promesa de un mejor transporte; un coche que se gobierna de forma autónoma, sin conductor. Como la tecnología no está madura, circulan con un piloto que, llegado el momento, retoma el control. En esta ocasión, la precaución no ha sido suficiente.

El coche forma parte de la flota de coches autónomos de Uber en la ciudad de Tempe, Arizona. La compañía ha suspendido su programa de pruebas con coches autopilotados, como primera providencia. Pero volverá a retomarlo. Uber ve un futuro de coches que funcionan sin horario, y en los que todos los ingresos van para la compañía.

En nuestra ciudad habrá decenas, centenares de coches fantasma, que reaccionarán como autómatas a un par de toques en la pantalla de nuestro teléfono móvil. Alquilaremos el uso de los coches para la ciudad. Nos recogerán, y por un módico precio nos dejarán donde queramos. Más adelante, sólo habrá vehículos autónomos, que se comunicarán entre ellos. Los atascos serán menos frecuentes. Y no habrá multas, porque los vehículos no se saltarán el código. Los ayuntamientos, como venganza, nos prohibirán conducir por el centro de las ciudades. Leeremos camino del trabajo, si es que entonces todavía se estila esta milenaria costumbre. Los metros de las ciudades se cerrarán y se convertirán en museos o centros de ocio.

Es un futuro que casi podemos tocar con la punta de los dedos, pero que aún se nos hace lejano. Es normal que la transición cause accidentes. En la I Guerra Mundial, el índice de mortalidad de los aviones, en sus primeros vuelos, era de más del 70 por ciento a los tres meses. Los pasos que vamos a dar a esta nueva forma de transporte no van a ser tan traumáticos.

Al fin una buena razón para frecuentar librerías

Joaquín Jesús Sánchez

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

A una librería no hay que ir (¡contra todo pronóstico!) a comprar libros. No, al menos, desde que el progreso nos permite comprar cualquier cosa en pijama y babuchas. Es cierto que el librero te recomienda buenos libros, pero, ¿no hay algoritmos de publicidad mucho más documentados (y con mucho más empeño)? La única diferencia es eso que se llama «el toque humano». Y no exageres: todavía existen los culturales y la crítica; y algún amigo lector tendrás, digo yo.

Por eso, a las librerías no hay que ir a comprar libros: hay que ir a husmear. Verás: la gente que sigue comprando libros, ahora que se puede tener la biblioteca de Alejandría en una pantallita, establece unas relaciones curiosísimas con estos objetos. ¡Objetos! Un libro no es un texto: un libro es una cosa. Por eso importa el gramaje del papel, el tipo de impresión, el modo en que está encuadernado, la tipografía y la portada. ¡Qué divertido es verlos escoger! Los tocan, los abren, los comparan. Preguntan alguna cosa al librero. Los vuelven a mirar. Hay una multitud de gestos a los que hay que estar atento: cómo se pasan las yemas por el papel, cómo se arquean los dedos al abrir las páginas, cómo se entornan los ojos al examinar las tapas. ¡Estás siendo testigo de un momento privadísimo! Y completamente a salvo, haciendo como que estás a otra cosa; como en esas películas de espías de sombrero y gabardina, que se refugian detrás de un periódico (qué grandes eran esos periódicos, ¿no?).

Y si la librería no es la sucursal de una cadena, ¡qué gran felicidad! ¡También se puede diseccionar al librero! ¿Qué extraña sucesión de apetencias le habrá hecho tener esos libros y no otros? ¿Y ese orden? Si el orden de una biblioteca pretende ser científico, el de una librería no sólo eso, ¡también mercadotécnico! Repasar los estantes es como oír una confesión o jugar al psicoanalista (¿hay entre estas cosas alguna diferencia?). Si se busca con atención, en algún momento aparece el ejemplar a la moda, desentonando: ah, ¡el deseo de vender!¡Los vicios del mundo! Qué gran consuelo encontrar la bajeza ajena.

Es difícil curiosear en las bibliotecas ajenas, salvo que uno pertenezca a una experimentada estirpe de atracadores nocturnos. Mayorga, el dramaturgo, me hablaba hace unas semanas de un supuesto coleccionista que no enseña su colección, porque el que la viese accedería a algo íntimo, como un retrato; porque el coleccionista, para acrecentarla, habría cometido, en algún momento, hechos vergonzosos. Pero tú, frecuentador de librerías, puedes disfrutar del momento inicial, de los detalles de la adquisición de una nueva pieza: de los titubeos, del entusiasmo o de la resignación. ¡Ni todos los Amazones del mundo pueden procurar eso! Así que ve a hacer de mirón y no te preocupes con moralinas: ¿cree que los otros no te observan?

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