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Morir, vivir

Aurora Nacarino-Brabo

Era por la tarde, cuando el agua es más azul. Estábamos jugando a bulldog. Los concursantes deben cruzar el ancho de la piscina sin ser pillados por quien hace las veces de perro guardián. Cada vez que alguien es capturado, ha de unirse a las labores de vigilancia, hasta que solo queda un concursante victorioso.

En algún momento la partida terminó y nos quedamos sentados en el bordillo, con las piernas en remojo. No creo que lo hagan, dijo alguien. No serán capaces, lo siguió otro. Hasta los niños se habían enterado del secuestro de Miguel Ángel Blanco y de aquel ultimátum de ETA, inverosímil para los inocentes.

Luego mataron a Miguel Ángel Blanco. Aquel verano jugamos todos los días a bulldog.

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte. Lo dijo Spinoza y yo lo leí en mi adolescencia. Es una de las mayores verdades que se han escrito: qué otra forma cabe de vivir.

Ayer reflexionaba sobre todo esto cuando salía del trabajo, llegando a Banco de España. Entonces vi a ese señor. Estaba tendido en el suelo, junto a una bicicleta, detrás de un camión. La vida se le escapaba con prisa por la boca, en una colada abundante de eritrocitos.

Luego murió. Yo volví a casa, y jugué con Angie, y escogí, con la dedicación del frívolo, palabras para un texto: ¿eritrocitos o hematíes?

Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte. Pero han pasado veinte años y no he olvidado a Miguel Ángel Blanco. Y pasarán veinte más y su recuerdo seguirá ahí, unido ya para siempre al de un ciclista anónimo. Entre tanto, jugar, escribir: vivir.

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Querida Joan

Laura Ferrero

Foto: Kathy Willens
AP Photo, File

Querida Joan:

Cada vez que abro mi libreta, esa que siempre llevo en el bolso, me sorprende, anotada en una esquina, tu dirección postal. Hace un par de años, cuando trabajaba en una pequeña editorial de Nueva York, la encontré entre archivadores, papeles y contratos, y la apunté. Fue un instinto, algo que hice rápido como si hubiera cámaras y estuviera asumiendo un riesgo mortal.

Pero la historia no se quedó ahí. Un miércoles de agosto me armé de valor y me dirigí a tu casa y, al llegar al portal, me detuve y miré hacia dentro. Pasé tiempo ahí fuera tratando de imaginar cómo serían las paredes y los pasillos entre los que te moverías. Deseaba verte salir, pequeña y frágil, a través de aquella puerta simplemente para decirte: “Hola Joan, gracias por salvarme la vida”. Pero pasé cerca de dos horas ahí, sufriendo el calor, el bochorno y los nervios –¿alguien iba a desenmascarar a la chica que había robado una dirección y quería verte?– y no, claro. No apareciste.

De todas maneras, aunque lo hubieras hecho, no me hubiera atrevido a decirte nada.

Nunca llegué a entrar en tu casa pero ahora ya sé cómo son las paredes entre las que te imaginaba moviéndote y deslizándote de una estancia a la otra con sigilo, como si temieras despertar a los demás, a los que ya no estaban contigo.

Te vi. En el sofá, en la cocina. Y lo hice desde una ciudad extraña, muy lejos de Nueva York, sobre el cubrecama impoluto de un hotel.

Me emocioné al verte. Eran tus manos, la ternura con la que mirabas a tu sobrino, Griffin Dunne en The center will not hold, el documental que ha rodado sobre tu vida. Ese documental del que leí que solo era interesante para fans y del yo diría lo contrario: es una pieza interesante para todos aquellos que crean en la crónica, en el periodismo. Para todos aquellos que alguna vez se hayan preguntado cómo puede narrarse aquello que no tiene nombre, que se llama dolor y que es justamente lo que no puede compartirse.

Te vi: preparabas sándwiches de pepino quitándoles la corteza y yo, que apenas sé cocinar, me imaginé aprendiendo una receta, cocinando para ti para decirte que no sé si a los demás también, pero lo cierto es que a mí me salvaste la vida.

Explicabas en el documental que a los 28 años descubriste que no todas las promesas –tanto las que te habían hecho como las que te habías hecho–  iban a cumplirse. Que algunas cosas eran y son irrevocables y que los errores y evasiones también cuentan en ese camino que vamos trazando al que comúnmente llamamos vida. Cuando te escuché pensaba que hablabas de las evasiones y de aquel verbo que se ha puesto tan de moda, procrastinar, en un sentido negativo. Sin embargo, hace unos días entrevisté a un pintor de 94 años que me dijo que lo importante en la vida es la estructura y la perseverancia; la coherencia con el proyecto vital de cada uno. Al terminar, me acerqué, sibilina, por detrás, cuando nadie me escuchaba y le dije “perdón, maestro, yo es que siempre tengo muchas dudas”. Carlos, que así se llama, sonrió y me dijo que la perfección venía siempre por la acumulación: “la acumulación de errores”, matizó. Así que entendí, claro, que en el documental tú no hablabas de nada en negativo sino únicamente de asumir que la vida surge también de los caminos que no tomamos y de la responsabilidad frente a lo que uno renuncia y se le escapa.

Pero volvamos a esa tarde de agosto en la que me quedé detenida ante tu puerta. Sin saber qué decir, como canta Ariel Roth. Sin saber por qué sentía yo que me habías salvado la vida. El otro día, en mi hotel, mientras veía el documental a través de la pantallita del portátil, lo entendí por fin.

Verás, unos años atrás perdí a alguien muy importante para mí y durante un tiempo no quería, como tú, que el tiempo pasara. Era consciente de que el reloj y el calendario seguían avanzando pero cuando llegaban los grandes acontecimientos como las Navidades, fin de año, veranos y cumpleaños, lo pasaba mal. No podía celebrarlos. Me hablaba a mí misma en estos términos: hace seis meses que, hace nueve meses que, hace ya dos años que. Eran una suerte de fronteras con las que delimitaba mi tiempo y siempre pensé que la mía era una nostalgia extraña, una manera como otra de bajarme del tren y decir “seguid vosotros que yo aquí me quedo”.

En un momento dado de The center will not hold explicabas que no querías dar por concluido El año del pensamiento mágico porque terminarlo significaba decir adiós a John. A veces se escribe para estar cerca de los que se han ido, así que poner el punto final a un libro no deja de ser otra manera de estar lejos. Aún más lejos.

Joan, no puedo decir que te entienda del todo. No he sido madre ni he perdido tantas cosas como tú. Pero, ¿cómo decir entonces que te entiendo? ¿Cómo decir que sé cómo se resquebrajan las cosas hasta que un día desaparecen y ya no son tuyas porque dejan de existir?

Cuando terminó el documental, perpleja, sobre mi colcha blanca de hotel pretencioso, entendí por fin por qué quería darte las gracias aquella tarde de verano de Nueva York. Así que tarde pero aquí va: gracias, Joan Didion porque me hiciste entender que no estaba sola. Que si bien el dolor es una celda en la que cada uno gritamos sin que los demás puedan escucharnos, saber que hay gente allá fuera que también grita y se separa y no quiere que el tiempo pase, es un consuelo. Así que te abrazo desde aquí, Joan. Y que sepas que un día de estos volveré a tu casa para seguir esperándote, abajo, escondida. Me reconocerás pronto: seré la chica que no se atreverá jamás a saludarte pero que te seguirá con la mirada hasta que vayas desapareciendo. Entonces yo volveré a pensar en la receta que un día aprenderé a cocinar para darte las gracias por haberme salvado no solo la vida sino también de mí misma.

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Vox Dei

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: JUAN MEDINA
Reuters/File

Pedro Sánchez ha asegurado que “Ciudadanos es el Vox de la política”. Palabra de Dios. Es verdad que la frase no podría estar peor construida: ¿Qué otra cosa es Vox si no un partido político? Pero atendamos a la comparación. Las encuestas señalan que el procés ha espoleado el ascenso de Ciudadanos en el conjunto de España, mientras en Cataluña la candidatura de Inés Arrimadas se ha consolidado como primera fuerza del constitucionalismo.

Entonces a Pedro Sánchez se le ocurre establecer esa equivalencia, Ciudadanos es Vox. Situar a la formación naranja a la derecha del PP no se compadece con la realidad programática ni parlamentaria, pero además sugiere una estrategia inquietante: la de equiparar la crítica al independentismo con el extremismo ideológico. Ciudadanos es el partido que más ha combatido el nacionalismo y, por tanto, según el líder del PSOE, solo cabe concluir que es un partido de extrema derecha. Sin embargo, me inclino a pensar que el líder del PSOE no se cree lo que dice.

¿O acaso hemos de pensar que el PSOE firmó un acuerdo de gobierno “reformista y de progreso” con Vox? Un pacto que incluía medidas tan reaccionarias como “reformar la Constitución para asegurar eficazmente los derechos sociales y completar el funcionamiento federal de la organización territorial de nuestro Estado”. Un pacto por una Europa “más social y más solidaria”, que diera respuesta a la emergencia que viven los refugiados. Un pacto por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres. Un pacto contra la pobreza. Un pacto por la ciencia.

¿Firmó un acuerdo de gobierno Sánchez con un partido de extrema derecha? Y, en Andalucía, ¿gobierna el PSOE gracias al apoyo del Vox de la política? ¿Compartirá Susana Díaz las palabras de su secretario general?

En realidad, atendiendo a su posición sobre derechos civiles y libertades individuales, Vox se parece mucho más a Uniò, el partido que se integrará en las listas del PSC de cara a las elecciones del 21 de diciembre, contrario al aborto y que presentó un veto en el Senado contra el matrimonio gay.

Las encuestas coinciden en señalar una tendencia: la subida de los partidos más próximos al centro político, PSOE y Cs, y el retroceso de PP y, sobre todo, Podemos. Aunque sin elecciones generales a la vista es pronto para lanzar vaticinios, no es descabellado pensar que, de cara a un adelanto electoral, PSOE y Cs sumarían más escaños de los que tenían cuando pactaron, tras los comicios de diciembre de 2015.

Eso plantea una posibilidad real de articular una alternativa progresista a Mariano Rajoy. De confirmarse el declive de Podemos, Pedro Sánchez necesitará contar con Ciudadanos si aspira a gobernar algún día, razón por la que haría bien en ser más prudente en sus comparaciones. Le ha dicho a sus votantes que Rivera es el líder de una formación de extrema derecha y, aunque sabemos que en los días de la política líquida las palabras se las lleva el viento, eso dificulta la capacidad de maniobra de cara a una eventual negociación. Así que mejor dejemos que sean los ciudadanos quienes decidan en qué lugar ponen a cada partido. Vox populi, vox Dei.

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La víctima de “La manada” merece respeto

Melchor Miralles

Foto: J. Diges
EFE

Imagino a la joven víctima de “la manada”, cómo debe estar pasándolo durante el juicio contra los cinco hombres que abusaron de ella, la vejaron y la violaron, y encima ha de soportar escuchar sandeces y barbaridades como que si no tenía lesiones y arañazos es porque no se resistió, y que no debía estar muy traumatizada cuando desde que ocurrieron los hechos hasta la fecha, según el informe de unos detectives, salió a veces con amigos a tomar una cerveza o a alguna fiesta. Imagino a esta joven de 18 años, lo que estará viviendo, e imagino su voz, y en ella todo el dolor y la rabia concentrados.

¿Es que una mujer violada por cinco tipejos, no tiene derecho a seguir viviendo y a tratar de salir adelante? ¿En qué país vivimos? La imagino culta, ilustrada, y lúcida, pero no amnésica ni indiferente. Ella estaba tranquilamente sentada y cinco hombres que pretextaron acompañarla a su casa la metieron en un portal y le reventaron la vida, seguro. ¿Tiene encima que pedir perdón por algo? Para ella seguro que dese entonces los días son todo noche, y las noches pesadillas hasta que llega de nuevo el día. Y encima, ahora, cuando llega el juicio, la Justicia siempre tan tarde, soportar el escarnio, aguantar lo que está aguantando. Una Justicia que se precie ha de ser rápida, y ha de proteger a las víctimas, y la impresión que tengo en la distancia es que no está siendo así. Hemos leído los mensajes que se enviaban por whatsapp los criminales, presumiendo de su “hazaña”, me cuentan el contenido de las imágenes de video. Y encima algunos actúan como si la víctima debiera disculparse por algo. Qué asco, qué inmenso asco. Esta mujer merece un respeto que no se le está teniendo. ¡Qué asco! Le queda quizá a ella el consuelo, triste e injusto consuelo, de que, como escribió Marat, “el que ha sufrido algún mal puede olvidarlo, pero jamás el que lo ha causado”.

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La abuela de Leo Strauss

Gregorio Luri

Foto: Paul Hanna
Reuters/File

No hay que descartar la posibilidad de que Maquiavelo estuviera guiado por un impulso piadoso al escribir El Príncipe y que su pretensión fuera hacernos creer que los gobernantes son “maquiavélicos”, para evitarnos tener que aceptar que no van sobrados de inteligencia. Quizás, en definitiva, creyó que era noble ocultarnos todo cuanto la vida política tiene de vodevil.

George Anastaplo sugiere que su maestro Leo Strauss –gran lector de Maquiavelo- solía recordar en sus clases de la universidad de Chicago el consejo que le daba su abuela en Alemania: “Te sorprenderías, hijo mío, si supieras con qué poca sabiduría está gobernado el mundo.”

Daniel Capó, que es un sabio, me aseguró que esta cita era en realidad “un aforismo político del valido sueco del rey Gustavo Adolfo, Axel Oxestierna -de la época de Richelieu y Olivares-, una de las grandes figuras políticas en la historia de Suecia. La cita original, en la correspondencia a su hijo Johann, parece ser que es esta: “An nescis, mi fili, quantilla prudentia mundus regatur.”

Pero la fuente de Oxestierna pudo haber sido el lúbrico papa Julio III, que tenía datos más que suficientes para dar fe de los límites de la inteligencia política. Precisamente por eso, es imprescindible que el político esté al servicio de ese refuerzo de la inteligencia que es la ley, en lugar de poner la ley a su servicio. Como Joan Maragall defendía en 1906, las leyes no pueden ser un instrumento de gobierno, sino que el gobierno ha de ser el instrumento de la ley.

Como queriendo darle la razón a la abuela de Strauss, en un mismo día los residentes en Cataluña hemos asistido a un espectáculo bastante clarificador de esto que estamos tratando.

El diputado Joan Tardà declaró por la mañana que “gracias al 1-O, somos república. Ahora hace falta pasar a estar en república. Por eso es básico ganar las elecciones en sufragios y escaños.” El mismo Tardà admitió por la tarde que “Cataluña será independiente si los catalanes quieren que lo sea. Por cierto, ¿saben por qué todavía no somos independientes? Porque no ha existido la mayoría de catalanes que así lo haya querido”. Francesc Homs, del partido de Puigdemont, replicaba inmediatamente a Tardà: “Acusar a Puigdemont de traidor cuando planteó hacer elecciones para evitar el 155 y ahora decir que no estábamos preparados, es insólito (y me quedo corto).” Pero son varios los exconsejeros de Puigdemont que han reconocido en los últimos días que “no estábamos preparados”. O sea, que para evitarse la acusación de traidor, Puigdemont, en lugar de hacer lo que creía que tenía que hacer, hizo lo que sabía que no tenía que hacer.

Acabo de leer L’ordre du jour, el libro que le ha merecido el Goncourt a Éric Vuillard. Una escena me ha turbado profundamente. Tiene por protagonista a Éduard Daladier, jefe del gobierno francés. Está descendiendo del avión que lo trae de la reunión que ha celebrado en Munich con Chamberlain, Mussolini y Hitler y en la que, aparentemente, han garantizado la paz en Europa. Mientras es aclamado por una multitud de franceses, se le escapa un lamento sottovoce: “¡Ah! ¡Qué ingenuos! ¡Si supieran…!”

¡Vete a saber si la función de las ideologías es hacernos ignorar lo que sabemos!

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