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100 razones por las que me sigue gustando Europa a pesar de todo

Cristian Campos

Foto: Fabrizio Bensch
Reuters
1. Porque Europa no es lo mismo que la Unión Europea.
2. Porque los europeos solemos matarnos poco entre nosotros (al menos desde 1945).
3. Por La Primavera de Botticelli. Ningún ser humano ha vuelto a crear jamás nada tan bello como este cuadro.
4. …y por el Renacimiento entero.
5. Porque inventamos la democracia (fueron los griegos).
6. Porque inventamos las universidades (la primera fue la de Bolonia, en 1088).
7. Porque inventamos la imprenta y, por lo tanto, el libro.
8. Porque inventamos el periodismo y la prensa escrita.
9. Por París, a pesar de los parisinos.
12. Porque a pesar de que inventamos el comunismo y levantamos el Muro de Berlín, sin duda alguna el mayor acto criminal de la historia de la humanidad y merecedor por sí solo de que nos corran a gorrazos hasta que escupamos el cuello, también fueron europeos (Thatcher y el Papa Juan Pablo II) los principales responsables de que cayera en 1989. Aunque con la ayuda de un americano (Ronald Reagan). Eso también es cierto.
13. Por el Gran Colisionador de Hadrones de Ginebra.
14. Porque inventamos Occidente.
15. Por la operación Nimrod de mayo de 1980, cuando veinticuatro miembros del SAS (la unidad de fuerzas especiales contraterroristas del ejército británico, equivalente a los Navy Seal americanos) tomaron por asalto la embajada iraní en Londres, donde seis terroristas iraníes mantenían secuestradas a veintiséis personas. El asalto duró sólo quince minutos y acabó con cinco de los asaltantes muertos. El sexto fue condenado a cadena perpetua.
16. Porque descubrimos América.
17. Por la Pax Romana.
18. Por el palo cortado Leonor (un jerez que vale cien euros pero cuesta poco más de veinte).
19. Por los Beatles.
20. Y por los Rolling Stones.
22. Por la Sinfonía nº 3 de Henryk Górecki.
23. Por Winston Churchill y Margaret Thatcher.
24. Por Oriana Fallaci.
25. Por el Etna, el volcán (activo) más alto de la placa eurasiática.
26. Por la tipografía Bodoni, diseñada por Giambattista Bodoni en el siglo XVIII.
27. Por Senza un perché, de Nada.
28. Por el catálogo de imágenes de la British Library en Flickr. Todas ellas libres de derechos.
29. Por los insultos del Capitán Haddock: “Cyrano de cuatro patas”, “mercader de alfombras”, “hidrocarburo”, “papú de mil diablos”, “beduino interplanetario”, “palurdo de los Cárpatos”, “calabacín diplomado”, “sietemesino con salsa tártara”…
30. Por la inquietante escena de la posesión de Isabelle Adjani en Possession (Andrzej Zulawski, 1981).
31. Por las fotos de Marc Lagrange.
32. Por el Großes Schauspielhaus (Gran Teatro) de Berlín, diseñado por el arquitecto Hans Poelzig en 1919.
33. Por los bodegones de flores de Jan van Huysum.
34. Por Pierre-Jules Renard, William Butler Yeats y Evelyn Waugh. Y por Enrique García-Máiquez, al que tienen el inmenso (y gratuito) privilegio de leer aquí en esta misma casa.
35. Por Chvrches interpretando Clearest Blue en directo. Si no brincas como una rana con esto es que tienes una coliflor hervida en el hueco donde los demás tenemos el corazón.
36. Por el niñato ese genialoide, el Rimbaud.
37. Por esta maravilla de Savages.
38. Por los hooligans británicos cantando esa horterada llamada I Want to Stand With You on a Mountain a grito pelado en un pub.
39. Por el Napoleón de Ingres. Y por Napoleón, claro.
40. Por la victoria de Alejandro Magno en la Batalla de Gaugamela.
41. Por Isaac Newton.
42. Y por Galileo.
43. Y por Charles Darwin.
44. Por la Edad Media. La muy infravalorada Edad Media.
45. Por Voltaire.
46. Por la batalla de Trafalgar y la de Waterloo.
47. Por Pirlo, Ibrahimovic y Mourinho.
48. Por la victoria en “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”. Es decir la Batalla de Lepanto.
49. Por la Reforma de Lutero.
50. Por la Revolución Francesa.
51. Por la Revolución Industrial.
52. Por la invención de la ciencia financiera en Italia durante el siglo XV. Esa que permitió la expansión de Europa y su dominio absoluto sobre el resto del mundo durante los cinco siglos siguientes.
53. Por la Batalla de Kahlenberg, que frenó la expansión del imperio otomano por Europa.
54. Por Louis Pasteur.
55. Por Friedrich Hayek y Ludwig von Misses.
56. Por los diez principios del buen diseño de Dieter Rams.
57. Por el Club del Fuego Infernal.
58. Por ese hombre que, según aquellos que lo conocieron, llevaba siempre “una botella de láudano y en el corazón veneno de avispa”. Es decir Thomas de Quincey, autor de Sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes.
59. Por Christopher Hitchens.
60. Por los vikingos y su táctica militar (el strandhögg). Aunque nunca llevaran cascos con cuernos.
61. Por Cary Grant, el tipo más elegante del siglo XX.
62. Por Audrey Hepburn.
63. Porque fuimos los primeros en mirar al cielo y entenderlo.
64. Por los paisajes apocalípticos de la Isla de Skye. Y las Highlands en general.
65. Por la elegante y tranquila decadencia de Oporto.
66. Por la Toscana.
68. Por las playas griegas.
69. Por el monasterio de Strahov, en Praga.
70. Por ese experimento suicida en tiempo real que están llevando a cabo los suecos en este preciso instante y que servirá durante generaciones de perfecto ejemplo de cómo hundir un país renunciando a los valores y los derechos que ha costado siglos consolidar, y rindiéndose a las supersticiones de los bárbaros por un mal entendido concepto de la tolerancia.
71. Por el Siglo de las Luces.
72. Por Klemens von Metternich.
73. Por John Locke y Edmund Burke.
74. Por los mejillones con patatas fritas belgas.
75. Por las catedrales góticas. Y especialmente la de Santa Maria del Fiore en Florencia.
76. Por Jean Giraud, Moebius.
77. Por las colecciones de mujer de Valentino, Prada, Lanvin y Céline. Casi siempre.
78. Por tocarle las narices a Donald Trump.
79. Por tocarle las narices a Podemos.
80. Por Bach, Beethoven y Mozart. Y por Freddie Mercury.
81. Por la moda masculina italiana. Y por la de la aristocracia británica.
82. Por los funerales de Estado británicos (a partir del siglo XX: antes eran un desastre).
83. Porque nosotros inventamos el amor (aunque también, por desgracia, el sentimentalismo).
84. Por el uniforme negro con calavera de los Húsares de la Muerte franceses (en la parte superior izquierda de este cuadro de Jean-Baptiste Mauzaisse).
85. Porque hablamos decenas de idiomas diferentes y a pesar de ello nos entendemos todos en inglés, lo cual es una innegable señal de civilización.
86. Porque los europeos de hoy no tenemos ni la mitad del talento, el nervio, el empuje, la dignidad, o la firmeza de nuestros antepasados. Pero lo llevamos en los genes y quiero pensar que, en caso de necesidad, seremos capaces de hacerlo aflorar.
87. Por el lago Bled en Eslovenia.
88. Por ese país en el que ellos son tan guapos como ellas (no suele suceder). Me refiero a Noruega.
89. Por los restaurantes del Trastévere de Roma.
90. Por las tartas de Gildas Rum en Estocolmo.
91. Por Goran Bregovic y las películas de Emir Kusturica.
92. Por la ciclista de montaña en la especialidad de descenso Rachel Atherton, cuatro veces campeona del mundo y una vez campeona de Europa. Este vídeo de uno de sus descensos es puro cine de terror y lo más feroz que verán en mucho tiempo.
93. Por las cuatro estaciones que puedes vivir en un mismo día en Londres.
94. Porque inventamos los trenes.
95. Por la isla de Murano.
96. Por el art déco.
97. Por los cuernos del loaghtan manés.
98. Por el Torvosaurio gurneyi, el mayor dinosaurio carnívoro europeo que jamás haya existido. Con dientes de diez centímetros de longitud, diez metros de longitud y cuatro o cinco toneladas de peso. Una lagartija de concurso, en definitiva.
99. Por Carmen Amaya.
100. Por Monica Vitti, que me recuerda a ella en muchas fotos.

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Vértigo

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: ANDREA COMAS
Reuters/File

Fue una imagen triste. El Pleno del Congreso de los Diputados rechazó este martes una proposición no de ley para cerrar filas en la defensa del Estado de derecho. Algunos señalaron la inconveniencia de la iniciativa planteada por Ciudadanos, y otros reprocharon a los socialistas su falta de arrojo para votar con populares y naranjas. No es el cometido de este artículo analizar las razones de una y otra posturas políticas, sino extraer conclusiones de ese desafortunado desencuentro que parece haber debilitado la acción constitucionalista en su misión de frenar el desafío independentista.

La primera de ellas tiene que ver con el alcance geográfico del problema secesionista. Hace ya muchas semanas que constatamos con dolor que, pasara lo que pasara en Cataluña en las próximas fechas, aquella sociedad y sus instituciones quedarían fracturadas y enfrentadas por largo tiempo. Ahora, esa quiebra amenaza con extenderse también al Parlamento nacional. Es cierto que la división no ha llegado a las calles de España, donde los ciudadanos siguen los acontecimientos con una mezcla distancia y desafección, pero la votación del martes ha puesto de manifiesto hasta qué punto el procés ha mediatizado a la cámara legislativa. Es como si ese eje centro-periferia que lleva décadas condicionando las elecciones autonómicas catalanas se hubiera trasladado al Congreso, afectando a la estrategia, el juego de alianzas y el equilibrio de fuerzas políticas, quién sabe si de forma permanente.

La segunda conclusión sugiere un viraje en las filas de la oposición. Aquella alianza moderada que hizo posible un pacto de gobierno, después frustrado, entre PSOE y Ciudadanos hoy sería irrepetible. Ambos partidos parecen haber derivado en oposiciones mutuamente excluyentes, tendencia que aleja la posibilidad de una alternativa al PP que pivote sobre el centro del espectro ideológico. El retorno de Pedro Sánchez al frente de la dirección socialista ha supuesto un desplazamiento hacia posiciones más escoradas a la izquierda, en un intento por recuperar a los votantes que se marcharon a Podemos en las últimas citas electorales, y una reacción casi alérgica a cualquier contacto con la derecha.

Con todo, los flujos de votos que se produzcan entre PSOE y Podemos no alterarán de forma sustancial el peso neto de la izquierda nacional parlamentaria. Así, una vez escenificada la ruptura con sus antiguos socios naranjas, es posible que Sánchez busque el apoyo de las formaciones independentistas para plantear una moción de censura con opciones de prosperar. Es posible también que ese apoyo tenga lugar a cambio de respaldar un gobierno tripartito en unas hipotéticas elecciones autonómicas, presidido por ERC y con PSC y Catalunya sí que es pot como socios comprometidos con la celebración de un referéndum pactado.

Por su parte, Podemos constituye un elemento de inestabilidad parlamentaria, habida cuenta de su carácter antisistema o semileal al sistema, y de su capacidad para condicionar la acción política. La formación no pudo acometer el desborde popular al que aspiraba en las pasadas elecciones y ha perdido apoyo social en los últimos meses. Íñigo Errejón atribuyó los límites electorales del proyecto populista a la ausencia de una crisis orgánica en España. Es decir, el descontento político y social no consiguió deslegitimar las instituciones democráticas, que continuaron contando con el respaldo y el reconocimiento de la mayor parte de los ciudadanos.

En este sentido, Podemos parece haber descubierto en el procés una ventana de oportunidad para desencadenar la anhelada crisis del sistema, y a este propósito parecen encaminadas sus acciones en el conjunto de España. Al mismo tiempo, la formación morada espera que las arriesgadas maniobras emprendidas por Pedro Sánchez y Miquel Iceta terminen por propiciar la ruptura del PSOE. Algo de eso se vislumbró también el pasado martes, cuando varios diputados socialistas rompieron la disciplina de partido para abstenerse en la votación de la iniciativa de Ciudadanos.

En resumen, la votación del pasado martes nos deja la imagen de un bloque constitucionalista dividido que ha de hacer frente a un independentismo sin fisuras. Estas diferencias dan cuenta de que la cuestión nacionalista no ha conseguido difuminar los matices del discurso político de los grandes partidos, pero también evidencian que el eje centro-periferia se ha instalado en el Congreso y que va a debilitar la respuesta común que exige el reto secesionista. Hace unos meses, despedíamos con optimismo un bipartidismo de décadas para dar la bienvenida a un pluralismo que creíamos moderado. Sin embargo, los últimos acontecimientos nos hablan de polarización y crisis orgánica. Nos hemos instalado en el vértigo.

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Choque de trenes

Gregorio Luri

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Una parte de Cataluña, convencida de que representa a la Cataluña genuina, ha decidido crear una situación constituyente para dar forma de Estado a lo que tiene por patria. No soy tan ingenuo como para no saber que las naciones suelen cubrir sus orígenes con un velo púdico, porque así como la moralidad surge con frecuencia de la inmoralidad, la legalidad más de una vez ha nacido de la ilegalidad. No estamos viviendo el primer intento histórico de crear un momento constituyente. Léase a Kelsen o a Schmitt.

Todo momento constituyente es un acto de violencia fundadora que no necesariamente ha de ser sangriento, pero que inevitablemente deja heridas, porque pretende instaurar un nuevo orden jurídico fuera del marco jurídico existente, precisamente porque éste último no contempla otro momento constituyente legítimo que el que de su autoconstitución. Es una apelación a la fuerza de los hechos para romper, de facto, con el orden jurídico que hasta ese momento se había acatado; un intento de crear un contrapoder capaz de impugnar la legalidad imperante por medios no legales para fundar así una fuente legítima de derecho. Se pretende, en suma, imponer la voluntad sobre la legalidad mediante el recurso de presentar a la primera como “voluntad popular”.

En agosto del 2011 Jordi Pujol advirtió: “cal que passi alguna cosa, ni que sigui en forma de xoc de trens, en els anys immediats”. La profecía se ha cumplido. Pero en la Europa actual a nadie le gusta ser señalado como el responsable de un choque de trenes o, de lo que es lo mismo, de un momento constituyente. Por eso hay que presentar verosímilmente el encontronazo como un acto de justicia e incluso como un deber moral. No lo crítico. Lo constato. También constato la torpeza del Estado que, no solamente ha ido siempre detrás de los acontecimientos sino que se muestra incapaz de desarrollar un discurso retórico y simbólico que pueda enfrentarse al discurso independentista. Parece carecer de recursos ideológicos para hacerlo, quizás porque lo que llaman “régimen del 78” los hijos mimados del mismo, sólo supo desarrollar un argumento absurdo para desmontar ideológicamente el nacionalismo vasco y catalán: criticar el nacionalismo.

Pierre Vilar recordaba que mientras Menéndez Pelayo inventaba a “España como ideología”, Michelet, en Francia, se sacaba de la chistera a “Francia como persona”. Quizás por eso cuando hemos querido saber qué era España nos hemos perdido en enigmas, problemas y “vividuras”, mientras que Rovira i Virgili o Soldevila creaban una historia nacional en la que “Cataluña es una persona, no un problema”.

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Es la hora de los pelotas: carta abierta al lameculos ibérico

Lorena G. Maldonado

Los conocimos en el colegio y llevan subiéndose a nuestra chepa toda la vida, trepando las espaldas como monos tristes, mamando con pasión el genital del más fuerte, serviles y risueños hasta el empacho, perseverantes en la grima. Los pelotas nos rodean y habitan nuestras tierras, nuestros pupitres, nuestros recreos, nuestras familias y amistades, nuestras empresas e instituciones; beben en nuestros bares y a veces duermen en nuestras camas, que esto último ya manda cojones. Son legión y a ratos nos la pegan con su aura de insignificancia, pero no se dejen engañar: es por ellos que carbura el sistema, hijos hábiles del capitalismo, fáciles de detectar pero imposibles de cercar, porque nadie reconoce a las bravas su condición pelotuda.

Nos hemos vuelto permisivos con la masa pelota, nos ha acobardado su influjo. Fíjense que el niño juzga más al pelota que el adulto, porque el niño es digno y salvaje y reniega aún de adaptarse a las convenciones, de ceder ante las jerarquías. El chiquillo, que guarda litros de franqueza, señala al pelota y lo marca con una cicatriz invisible, certerísima, cada vez que adula al profesor, cada vez que suplica por estar en el equipo de fútbol del líder, cada vez que la magia de su talante le sube tres puntos las notas de final de curso.

El pelota, en realidad, es el mediocre motivado, el miembro social débil que ha entendido la ley natural: todos los depredadores comienzan devorando a su presa por el sexo, que para eso es la parte más blanda del cuerpo. Lo hacen los lobos, los osos, los cocodrilos y el intrépido pelota, abriendo bien los labios, salivando y succionando, devoto perdido. El pelota sabe también que hay que acariciar al caballo si uno quiere montarlo y lleva entrenándose en la hípica desde crío, despeñando muchas veces.

Es extenuante ser pelota, pero funciona. Porque el eslabón recio prefiere ascender a los seres vulgares antes que a los brillantes, no sea que le eclipsen. Con esta coñita encontramos al pelota siempre cerca del reino, incluso a veces, en un alarde de suerte, portando el cetro. Los pelotas secundan las guerras, como Aznar en Irak. Los pelotas son como las muñecas rusas: siempre hay uno más pequeño que tú destinado a sucederte. Miren que después del bigotes irrumpió Rajoy, pelota nuestro de cabecera, siempre obedeciendo no se sabe a qué mano negra con un ahínco envidiable. Porque el pelota no tiene ideología, sólo acata con rectitud, con tecnocracia, con la sonrisa servil de Pedro Sánchez -pelota converso, en rebelión después de tragar carros y carretas-.

En la izquierda hay pelotas excelsos. Pienso en Ada Colau, pelota traicionera del independentismo, al que le come la oreja a fin de recaudar votos pero no le da la parte del pastel que quiere, no sea que tenga que renunciar a sus 100.000 pavos anuales. “Vamos a hacer todo lo posible para que el que quiera, pueda votar en Barcelona el 1 de octubre”, dice, la simpática, mientras cierra filas para no cederle locales al referéndum.

Yo sé que en todos los oficios hay pelotas y que ustedes tendrán que lidiar con muchos de ellos, pero les digo que en la industria cultural el peloteo es como el oxígeno. Alguna vez he entrado a entrevistas en grupo y me he sonrojado al ver a algunos de mis compañeros aplicados en la genuflexión, con el “maestro” en la boca, con la reseña preconcebida, impermeables al espíritu crítico. El pelota es gloria bendita para la promoción, porque te teje hagiografías, como Bertín en su programa. Te pregunta por la infancia y mira, qué gustazo. Te dice que si estás ilusionado con este proyecto, que cuál fue el mayor reto de tu último trabajo. Ahí nadie falla.

Es todo lo contrario a “dignidad”, el pelota, pero es verdad que esa es una palabra vieja, y ay, qué dolor: practicable sólo desde el“no”, asequible sólo desde la renuncia. Muera el lameculos ibérico y resurja el niño íntegro con sus certezas dolorosas. Recuerdo cuando, no hace mucho, mi prima pequeña me dijo que estaba “muy fea” con un vestido. Me dejó noqueada: no saben qué alegría.

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El verano de Piglia

José Antonio Montano

Foto: JORGE SILVA
Reuters

No hay nada como tener un autor para un verano lector. Yo este verano he tenido a Piglia. Ha sido, para mí, el verano de Piglia.

Recuerdo otros veranos: el verano de Jünger (1991), el verano de Bernhard (2004). Ernst Jünger, con su fama de frío, me estuvo calentando después todo el invierno; sentía vivamente la brasa de aquella lectura –el calor del verano y el calor de ‘Radiaciones’–, como una estufita para los días desapacibles. Y Thomas Bernhard dejó electrificados, tensos y sin grasa, vigorosos, regocijantes, los meses (¡y años!) que siguieron.

Ahora ha sido el escritor argentino Ricardo Piglia, que murió a los setenta y cinco años en enero de este 2017. Yo no lo había leído, porque por lo que había leído sobre él pensaba que era un autor programático. Es decir, de los que tienen una teoría y luego escriben sus obras como ‘ejemplos’ de su teoría; obras que salen entonces medio muertas y como forzadas: aquejadas de abstracción. Pero Piglia no es eso. Tuve la suerte de empezar por ‘Los diarios de Emilio Renzi’ (y no porque me interesara Piglia, sino porque me interesan los diarios) y ahí me encontré su relación apasionada y nada programática con la literatura. También me había hecho la idea de que Piglia era pomposo y tampoco: como todos los maestros, es ligero, juguetón. Abre más que cierra.

Los dos primeros tomos de los diarios los leí a principio de julio. Para finales de agosto me había leído en total once libros de Piglia. El duodécimo ha sido el tercer y último tomo de los diarios, que se ha publicado en septiembre. He vuelto ahora a Piglia para terminar el verano y que sea así, definitivamente (¡programáticamente!) el verano de Piglia.

De los diarios me ha gustado su textura: cómo da cabida al ruido diarístico, el ruido de la escritura sin pulir; y que eso funcione. He leído diarios así que no funcionan, que se hacen aburridos. El de Piglia no, por puro mérito literario. Todo diario trabajado es un jardín, y la mayor sofisticación es que ese jardín retenga su aspecto agreste. Piglia lo consigue. Y además introduce variables estructurales que constituyen (¡por decirlo con el lenguaje de los profesores!) una reflexión sobre el género diarístico.

Los elementos del mundo de Piglia son limitados, controlables. Por eso se familiariza uno enseguida con él y los disfruta. Profundizando en ellos, naturalmente: son elementos contados pero fecundos. Escribe sobre la relación entre la ficción y la verdad (sobre el secreto, el enigma y el misterio, y sobre lo que él llama “la ficción paranoica”), sobre el acto de la lectura y sobre el lector como personaje, sobre el escritor también como personaje, sobre el escritor como crítico, sobre el amor y la pérdida, sobre el dinero, sobre filosofía, sobre psicoanálisis, sobre las quiebras del sujeto, sobre la vida en los márgenes, sobre la incidencia de la política en la vida (algo particularmente abrasivo en Argentina; se aprecia como en ningún otro sitio en la primera parte del tercer tomo de sus diarios, titulada “Los años de la peste”). De su mundo forman igualmente parte ‘sus’ escritores: los argentinos Borges, Arlt, Sarmiento, Alberdi, Macedonio Fernández o Manuel Puig; los extranjeros que vivieron en Argentina Gombrowicz o Hudson; y Kafka, Hemingway, Pavese, Joyce, Faulkner, Brecht o Bernhard, al que imita a veces.

En una de las anotaciones diarísticas, escrita cuando arrasa la moda del ‘boom’, se dice (y le dice al lector futuro) que debe mantenerse apartado de esa moda, trabajando a su ritmo y en su silencio. Uno de los gustos de leerlo ahora es comprobar que acertó: sus libros se mantienen cuando muchos de los otros han pasado.

¿Qué le aconsejaría al lector que quiera iniciarse en Piglia (¡aunque sé que son muchos los lectores ya iniciados en Piglia!)? Propongo los tres tomos de los diarios (o al menos el primero); el libro de cuentos ‘Nombre falso’, que incluye la novela corta de igual título; la novela ‘Respiración artificial’; y los libros de ensayos ‘Formas breves’ y ‘El último lector’. (De entre sus numerosos vídeos, recomiendo también las conferencias sobre Borges).

Por mi parte, tengo aún tres libros de Piglia sin leer, tres novelas: ‘La ciudad ausente’, ‘Plata quemada’ y ‘Blanco nocturno’. Me las dejo ya para el invierno. O sea, para el verano austral.

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