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¿Estamos a rolexs o a setas?

Cristian Campos

Foto: Costas Baltas
Reuters
La Guerra Civil se comprende mejor desde la sección de comentarios de una noticia cualquiera de un diario español cualquiera. Ahí andan los dos españoles de siempre con sus tres opiniones de siempre (eso lo cantaba Vainica Doble en 1973) metiendo ideología donde cinco minutos antes de su llegada sólo había una anécdota ascendida a categoría de escándalo de la década por algún periodista con hambre de clics fáciles. Léase, por ejemplo, esto: la noticia de la destitución de un entrenador de fútbol infantil porque su equipo goleaba “demasiado” a los rivales. El escándalo, por lo visto, no es que lo hayan destituido sino que hayan tardado tanto en hacerlo.
El artículo, quizá por pereza o quizá porque eso le quitaría todo potencial cismático a la historia, no explica a qué se deben esas diferencias entre equipos. Con lo fácil que resultaba preguntarle al entrenador destituido y a sus destituidores el porqué de tanto gol. Quizá el equipo ganador ha entrenado más y mejor que el perdedor, y entonces el 25-0 se antoja corto como reflejo de las diferencias entre un equipo de chavales que ha sudado para ganar en la vida real y otro que se ha conformado con ganarle a un puñado de polígonos en el Fifa17. Quizá la media de edad del equipo ganador es de 16 años y la del perdedor, de 14, y entonces la solución sería tocarle la cresta a los organizadores del torneo e informarles de que a esas edades un puñado de meses se convierten en una diferencia física insalvable.
Sea cual sea la explicación al 25-0 el artículo no la cuenta, lo que deja el campo abierto a una batalla del Ebro dialéctica en la que uno de los bandos, el beato, cae en la apología de esa mediocridad que no le toleraría a su cirujano, mientras que el otro, el darwinista social, cae en la exaltación de ese Superhombre de Nietzsche que, caso de existir, muy posiblemente le consideraría un infrahumano merecedor de fosa común. Uno de los comentaristas incluso menciona irónicamente la posibilidad de que el ritmo de aprendizaje en la escuela lo marquen los tres mejores alumnos de cada clase (los que las aprovechan) y que ondulen a los peores (los que las revientan). De lo cual se infiere que es mucho mejor que el ritmo lo marquen los tres peores, o los tres del medio que para el caso suele ser lo mismo, y que ondulen a los mejores.
Pero sé lo que están pensando. Los niños no juegan a fútbol para convertirse en cirujanos. Lo cual es una verdad a medias porque un cirujano no es sólo un tipo que aplica el manual del buen cirujano sino el resultado de un lento destilado de aprendizaje técnico pero también moral en el que la voluntad de mejora y de perfeccionamiento, es decir la autoestima y la vergüenza torera que nos empuja hacia ella, juega un papel central. Pero aceptando que los niños no juegan a fútbol para convertirse en cirujanos, ¿para que juegan entonces a fútbol los niños? Si es para competir, el escándalo frente al 25-0 sobra. Lisa y llanamente, uno de los dos equipos es mucho mejor que el otro.
Pero si es para “jugar”, entonces una de dos. O aceptamos que el 25-0 es el resultado de un “juego” y en ese caso no tiene mayor importancia (aunque ya me dirán con qué cara le negamos a los ganadores su derecho a jugar a meterle dos docenas de goles al contrario), o llevamos al equipo perdedor a una piscina de bolas de colores en vez de a un campo de césped y les ahorramos la humillación de perder con un equipo de chavales que está en esta vida a rolexs y no a setas.

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Los beneficios de hablar solo

Néstor Villamor

Foto: Noah Silliman
Unsplash

Hablar solo sigue siendo una actividad polémica. Por una parte, la percepción general es que se trata de un síntoma de inestabilidad mental o emocional; por otra, la ciencia no deja de tumbar ese estereotipo. Un estudio publicado en la revista Nature ha concluido que conversar con uno mismo ayuda a regular las emociones y mantener el autocontrol.

Pero este estudio, a diferencia de otros publicados anteriormente, da una nueva vuelta de tuerca al asunto. Para empezar, plantea que es preferible que el soliloquio no sea en voz alta, así que adiós al estigma. Y además, sugiere que estos beneficios aparecen cuando la persona habla consigo misma en tercera persona. Es decir, en lugar de preguntarse “¿Cómo me siento?”, es más beneficioso plantearse “¿Cómo se siente Carlos?”. De ese modo, sugieren los investigadores, Carlos tendrá un mejor control sobre sus sentimientos al poder percibirse con la distancia que siempre se tiene con cualquier interlocutor.

Como dice el estudio, “todos tenemos un monólogo interno en el que nos sumergimos de vez en cuando; una voz interior que guía nuestras reflexiones cotidianas”. Pero el modo en el que nos dirigimos a nosotros mismos tiene efectos diferentes en función de qué pronombre utilicemos. “Concretamente”, observa la investigación, “utilizar el propio nombre para referirse a uno mismo durante esta introspección en lugar del pronombre de primera persona ‘yo’ aumenta la habilidad de las personas de controlar sus pensamientos, sus sentimientos y su comportamiento bajo situaciones de estrés”.

Dos experimentos

Para llegar a tales conclusiones, los autores del estudio -liderados por el investigador de Psicología Jason Moser, de la Univeresidad Estatal de Míchigan- llevaron a cabo dos experimentos. En el primero, los investigadores pidieron a 37 voluntarios que hablaran consigo mismos acerca de lo que sentían cuando les enseñaban imágenes desagradables. Midiendo la actividad cerebral con un electroencefalograma, los científicos descubrieron que cuando la conversación se producía en tercera persona no solo se conseguía reducir la ansiedad antes, sino que se reducía en menos de un segundo.

“Los resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”

En el segundo experimento, los investigadores pidieron a los participantes que reflexionaran en silencio sobre experiencias dolorosas de su vida, tanto en primera como en tercera persona. Utilizando esta vez escáneres cerebrales, los científicos descubrieron que, de nuevo, la segunda opción ayudaba a los participantes a regular mejor sus emociones. “Juntos, estos resultados sugieren que un hablar solo en tercera persona puede constituir una forma de autocontrol relativamente fácil”.

Los beneficios que ha encontrado este estudio se suman a muchos otros sobre el mismo tema, del que la ciencia se está empezando a preocupar. Una investigación de hace cinco años publicada en The Quarterly Journal of Experimental Psychology mostraba que hablar solo (pero esta vez en voz alta) ayuda a encontrar objetos perdidos. El motivo, según los investigadores, es que oír en alto el nombre del objeto que se busca crea una asociación visual más poderosa.

Continua leyendo: Elvis Presley: 7 cosas que quizá no conocías sobre el Rey

Elvis Presley: 7 cosas que quizá no conocías sobre el Rey

Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo

La sombra de Elvis es alargada: no solo ha vendido entre 500 y 600 millones de discos —parece imposible dar una cifra exacta—, sino que se ha convertido en una referencia cultural básica del siglo XX. Con su pelo engrasado, los mechones meciéndose en su frente cuando movía las rodillas y las caderas. Antes de morir el 16 de agosto de 1977, hace 40 años, Elvis apenas podía respirar cuando se presentaba ante el público, obeso y cansado, pero conservaba ese atributo hipnótico y nada común de absorber todas las miradas. Desde entonces nadie ha conseguido alcanzarle y, a día de hoy, mantiene el trono del rock and roll.

Si quieres conocer un poco más sobre el Rey, te contamos siete cosas que quizá no conocías sobre él.

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El tamaño no importa

Jesús Montiel

Un paseo por el barrio pijo de La Herradura sirve como polígrafo del alma. Para quien ande geográficamente despistado, La Herradura es un pueblo de la costa granadina frontero con Málaga que muchos extranjeros con parné eligen como diana vacacional. Se nota en los coches que pululan sus caminos asfaltados, en las propinas que uno ve en los chiringuitos con luces tropicales y también en los negros que cantan Sinatra para niños rubísimos en esos mismos chiringuitos.

Digo que mis paseos por el barrio más pijo de La Herradura me sirve como polígrafo del alma porque muchas veces, durante los mismos, me sorprendo soñando con que una de esas casas será mía cuando me haga millonario gracias a mi quehacer literario (no se rían que esto es serio). A la vuelta del paseo, no obstante, cuando entro en la casa que ocupo por dos semanas y que es la de mi abuelo paterno, me ocurre todo lo contrario: que dejo de soñar con casas a lo Bertín Osborne. Mi abuelo compró ésta con su trabajo y yo me siento culpable por ocuparla y tumbarme sobre su esfuerzo. La ocupo porque que mi abuelo ya no viene, no puede, su casa es la farmacia. A punto de cumplir noventa veranos, él y mi abuela van aprendiendo forzosamente a desprenderse de todo, son alumnos de la pérdida  porque a la muerte se entra sin piso playero, y sin libros (hace poco mi abuelo me entregó los suyos con expresión tristona).

Me encuentro entonces con dos sentimientos contrarios: de una parte mi afán de riqueza durante mis paseos matinales por el barrio más opulento de La Herradura; y de la otra un deseo de no atesorar si pienso en mi abuelo y en el piso que ocupo y que fue suyo. Quiero decir que dentro de mí anida un ansia de atesorar lo que perece, y fuera encuentro una ley antónima que me invita al desprendimiento porque nada se lleva uno más que el amor que ha procurado.

Precisamente hoy he bajado a las ocho para mi paseo por el barrio pijo y me esperaba al pie del ascensor el cadáver de un hombre que, aun con los ojos cerrados, sin vida que los abriera, me miraba con fijación a medida que yo bajaba las escaleras y los del 061 intentaban resucitarlo con desfibriladores. Afuera, su mujer gimoteaba arropada por otros vecinos disimulando el terror con palabras que todos aprendemos para momentos de catástrofe humana. Escribo ahora con los ojos del muerto delante de mí, sobre la mesa, como los cráneos que coronaban aquellas de los antiguos anacoretas. El tamaño no importa, me dice el cráneo mientras mis hijos me importunan con sus requerimientos, lo importante es que haya un hogar al otro lado de la puerta de entrada y no solo una casa.

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Turismofobia

Juan Claudio de Ramón

Foto: Khairil Yusof
Flickr

Recién salida de la ceca, turismofobia es ya la palabra del verano. Querría acertar a decir algo sobre el asunto y advierto de entrada un sesgo perturbador: yo adoro a los guiris, esa nación itinerante que orea naciones, ciudades y pueblos. Lo que arruinan o afean es seguramente menos de lo que resucitan o conservan y aunque no son mejores ni peores que nosotros, nos recuerdan que no somos tan malos y lo mucho bueno que tenemos: gran clima y bellos paisajes, pero también alta cultura y gastronomía, servicios de calidad, calles seguras y carácter acogedor. Además de ser ya la primera industria española, no se debe desdeñar el efecto benéfico que el turismo ha tenido en nuestra mortificada autoestima, desde aquel primer viento fresco que entró por el boquete abierto en plena dictadura por unas suecas. Por mucho sol y playa que se tenga, 80 millones de personas al año no visitan un país que no sea afortunado en más de un sentido.

Pero hoy toca encararse con el aspecto menos amable del fenómeno, que una xenofilia ingenua haría mal en minimizar. Si la convivencia entre turista y residente ha podido ser hasta ahora cordial y provechosa, es porque, en cierto modo, uno y otro vivían en ciudades distintas. La ciudad real y la turística se solapaban en algunos puntos, pero los respectivos ámbitos de influencia estaban claros: el hotel y el monumento, de un lado, el barrio y los pisos, de otro, con un amplio lugar de encuentro en la playa. La posibilidad abierta por la economía digital de que cualquier vivienda se convierta en alojamiento turístico lo cambia todo. Al contraer el menos lucrativo mercado de alquiler residencial, los locales se ven obligados a pagar rentas astronómicas por vivir en su ciudad o a marcharse a una periferia cada vez más lejana. Se quedan, literalmente, sin espacio.

Así las cosas no es difícil comprender el malestar de los afectados ni tampoco la necesidad de regular el mercado de forma que se restaure un cierto equilibrio. No es sencillo conciliar la libertad económica de los propietarios con la función social que, según nuestra Constitución, debe tener la propiedad, pero hay fórmulas sensatas para hacerlo que ya están poniendo en práctica algunas ciudades. Sin olvidar que esta polémica es otro avatar más del cuadro general de precarización de la economía, una tendencia de largo alcance que se deja sentir en numerosos debates y cuya solución duradera todavía no se avizora.

Por lo demás, tan sólo una catástrofe ecológica planetaria podría detener el triunfal avance del turista. Entre otras razones, porque el turismo es una consecuencia de la democracia. Desde los lejanos días del granturista inglés, descargando con sus criados y baúles en un palazzo romano, hasta hoy, lo que ha mediado es la gran democratización del mundo. En la medida en la que este proceso sigue en marcha, es previsible que nuevos contingentes de turistas se incorporen a la marea guiri. Y, huelga decirlo, en algún lugar de esa muchedumbre con sombrero mexicano y palo para selfies, felices y despreocupados, también estaremos nosotros.

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