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Si no cumples tus promesas, otro lo hará

Cristian Campos

Dice Ferran Caballero aquí mismo: “Cuando el público de Le Pen grita ‘Estamos en casa’, le está regalando al Frente Nacional y a su líder y candidata algo que sus rivales harían muy bien en tratar de disputarle. Algo que es fundamental en democracia y que por eso no le pertenece y mucho menos en exclusiva. Le está regalando la promesa de un hogar donde el hombre y su trabajo tendrán sentido”.

Se podría escribir una enciclopedia entera con las promesas que las democracias liberales le han regalado a los populismos. Empezando por las estéticas, como la del amor romántico, la de la belleza y la de unas ciudades habitables engendradas orgánicamente por la sociedad civil y no académicamente por planificadores estatales. Porque ni el amor romántico ni la belleza ni la necesidad de un espacio habitable y no simplemente vivible son construcciones sociales: son necesidades grabadas a fuego en nuestra codificación genética. La negación radical de la naturaleza humana, y no sólo de sus peores instintos como pretenden los defensores de la ingeniería social, engendra monstruos de los que se aprovecharán los peores de entre nosotros.

Lo mismo ocurre con la seguridad. Frente al mito de que el mejor remedio contra la violencia es la educación y la redistribución de la riqueza se interpone la realidad. Esa que dice que las tasas de violencia jamás han disminuido tan abruptamente como cuando se ha incrementado la represión armada por parte de un tercero imparcial. Es decir del Estado.

Politólogos y políticos se suelen sorprender cuando los ciudadanos occidentales dicen percibir un incremento de la inseguridad ciudadana al mismo tiempo que las tasas de delincuencia permanecen estables o incluso disminuyen. Olvidan la diferencia entre violencia e impunidad. En un estado de anarquía, el ciudadano medio se resignará a la violencia e intentará sobrevivir como buenamente pueda. En democracia, y cuando hasta el más mínimo de nuestros movimientos está controlado, fiscalizado y tasado por las autoridades competentes, el ciudadano da por descontada la seguridad y lo que no tolera son más bien las bolsas de impunidad.

En el caso de la India, la percepción de impunidad se centra en los crímenes sexuales. En el caso europeo, en determinadas burbujas de alegalidad con las que se beneficia a colectivos concretos. Los okupas son un caso de manual: leyes ad hoc españolas toleran su delito siempre y cuando hayan pasado 48 horas entre la comisión de este y la denuncia de la víctima.

Olvidan politólogos y políticos que el rechazo de la inequidad también tiene raíces biológicas y que no es posible educar a los ciudadanos para que la acepten civilizadamente. Ojo con cederle también la promesa de justicia a los populismos. Porque esa no es una promesa meramente estética sino primaria y eso ya son palabras mayores.

Flatulencia política

Daniel Capó

Foto: Ballesteros
EFE/Archivo

Leo en la Wikipedia que las ventosidades se componen en su mayor parte de nitrógeno, hidrógeno, dióxido de carbono, metano y oxígeno, y que su característico mal olor se debe a una proporción muy reducida de ese conjunto de gases –inferior al 1 %–, formada por distintos compuestos del azufre y del ácido butírico. Diríamos que las flatulencias no matan, pero sí incomodan e importunan, e incluso, en raras ocasiones, pueden ser el síntoma de alguna afección más grave. Como metáfora –Dante hablaba del culo como trompeta– sirve para ilustrar el estado político de nuestro país mejor que otras ocurrencias de brocha gorda con las que topamos a menudo. Me temo que, sin un barniz de humor, el uso de la escatología conduce a alguna que otra modalidad de mesianismo mal entendido.

Los continuos casos de corrupción que nos asedian desde hace años –el último, el que afecta al PP madrileño con la operación Lezo– vendrían a ser algo parecido a una digestión difícil. Y su pestilencia invita a creer que nos hallamos ante una especie de enfermedad terminal del sistema para la que no hay solución viable. Así, los profetas del apocalipsis definen España como un Estado fracasado y hablan de la corrupción endémica de los partidos y de la necesidad de superar el “régimen del 78”. Sin embargo –y a las pruebas me remito–, también cabe hacer la lectura contraria: las instituciones funcionan, la economía se recupera, hay debate parlamentario, los partidos buscan lentamente  adaptar y modernizar sus discursos y, por supuesto, se consolida el relevo generacional. En realidad, y a pesar del potente hedor de los gases de la corrupción, la historia de éxito de la España democrática –con todas sus imperfecciones– no es, ni mucho menos, desdeñable.

La loción de censura de Pablo Iglesias

Gorka Maneiro

A pesar de todo el ruido mediático que acompaña cada representación teatral de Pablo Iglesias, esta vez le ha vuelto a salir el tiro por la culata. Algunas de sus decisiones son tan torpes, que he llegado a pensar que el actual líder supremo de la formación morada tiene como firme propósito perjudicar gravemente a Podemos, desprestigiarlo y que, con el pasar del tiempo, termine perdiendo su fuerza inicial y toda la credibilidad de la que gozaba. A veces ocurre: a veces los líderes, rodeados de una cohorte de palmeros y libres de todo aquel que ose llevarle la contraria, toman decisiones incomprensibles que solo entienden o los muy despistados o los de su propia secta.

Ya sabemos que en política todo es discutible y que hay o puede haber distintas fórmulas para desplegar una determinada estrategia comunicativa y lograr un objetivo político. Y ya sabemos también que el marketing y la propaganda son consustanciales a la actividad política… salvo que uno pretenda lograr el apoyo ciudadano y cambiar el país a base de proposición no de ley registrada en el parlamento que corresponda. Pero es que resulta que, en este caso, y en algunos otros bastantes casos anteriores, Pablo Iglesias vuelve a errar en aquello en lo que más ha destacado: la propaganda para llamar la atención de los medios y de los ciudadanos… y salir fortalecido. Y en lugar de salir fortalecido como consecuencia de una jugada que ponga en un brete al gobierno de turno o a sus rivales políticos, sale profundamente tocado. Porque se está equivocando en las formas… y en el fondo.

En el caso de la moción de censura presentada por Pablo Iglesias, se condensan todos los atributos del líder carismático venido a menos: obviando por completo a parte de los diputados de su propio grupo, presenta ante la opinión pública una supuesta moción de censura contra Rajoy y su gobierno sin disponer de candidato alternativo que haya sido pactado con aquellos a los que necesita para sacarla adelante, sin mayoría absoluta y sin programa de gobierno que sustente la iniciativa. De tanto querer salir en los medios para, seguramente, tapar sus problemas internos y el último ridículo protagonizado por Irene Montero, se olvida que si sales a los medios sin contenido y solo con continente (o ni eso), es decir, desnudo políticamente, el ridículo puede ser de órdago… por mucho que goces del trato condescendiente de muchos de ellos.

Una moción de censura es una cosa seria pero es que una cosa seria lo es la propia actividad política, hoy convertida en un instrumento para el postureo y el espectáculo circense por muchos de nuestros representantes políticos. Hoy Pablo Iglesias y Podemos vienen a convertirse en uno de los actores principales que la desprestigian… en lugar de regenerarla con todos sus 71 diputados presentes en el Congreso de los Diputados, nada menos. Quién los tuviera. Y, consecuencia de su efectista pero ineficaz acción política y propagandística, en lugar de fortalecer una posible alternativa al Gobierno de Rajoy… lo que logra es fortalecer al propio gobierno. Y lo hace justo ahora en el que se acumulan las razones de todo tipo para sustituirlo. Por cierto, la moción de censura contra Mariano Rajoy y el PP se presentó hace un año… y Pablo Iglesias y Podemos votaron en contra.

La alternativa a un gobierno conservador o conservador-liberal cuando llegue no son laslociones de censura, los selfies o los tuits más o menos ingeniosos pero en el fondo inofensivos sino una propuesta política progresista que sepa emplear, claro que sí, las nuevas formas de comunicación política, sea cercana a los ciudadanos y despliegue un amplio abanico de propuestas políticas progresistas en las instituciones.

Antes o después, esa alternativa llegará.

¿Quienes son Emmanuel Macron y Marine Le Pen?

Néstor Villamor

Foto: CHRISTIAN HARTMANN
Reuters

Los resultados han dado la razón a los sondeos. El centrista Emmanuel Macron y la ultraderechista Marine Le Pen han sido, con un 23,75% y un 21,53% de los votos, respectivamente, los candidatos que se disputarán la presidencia de Francia en la segunda vuelta de las elecciones. De momento, las encuestas son poco optimistas para la representante del Frente Nacional (FN), pero Le Pen ha conseguido apuntalar, con unos resultados históricos, la presencia de un partido que nunca había pisado tan fuerte como ahora. Y poco después de la celebración de la primera vuelta anunció que aparcaba la presidencia de la formación para dedicarse por completo a preparar la segunda. “Las elecciones han reflejado una gran polarización del voto entre los partidos extremistas y los moderados. La ruptura ahí no es tanto entre partidos tradicionales y partidos nuevos, sino entre el voto extremista radical antieuropeo y el voto moderado reformista proeuropeo”, considera José María Peredo, catedrático de Comunicación y Política Internacional de la Universidad Europea de Madrid, que analiza para The Objective los resultados de los comicios.

Emmanuel Macron

Con los números a su favor (The Economist vaticina su victoria con más de un 99% de probabilidades), Emmanuel Macron está llamado a convertirse a sus 39 años en el presidente más joven de la Quinta República Francesa. Es licenciado en Filosofía, con una tesis sobre Hegel, y graduado en Ciencias Políticas. Inspector de finanzas adinerado, hijo de una familia de médicos de Amiens, ha trabajado tanto en el sector privado, en la banca de inversión, como en el público, donde ha ejercido de asesor del todavía presidente François Hollande y de ministro de Economía en su gabinete. En el Partido Socialista (PS) francés militó hasta 2016, año en que puso en marcha el movimiento ¡En marcha!, de tendencia económica más liberal, que creó para acercar a la izquierda y a la derecha de su país y bajo cuyo paraguas se presenta ahora al Elíseo. De salir elegido presidente, ocuparía por primera vez un cargo sometido a elección popular. “Es el voto moderado, el voto europeísta y el voto reformista”, considera Peredo, que añade que este “líder de reciente creación” tiene un mensaje que “puede ser capaz de aglutinar al voto europeísta y al voto centrado, tanto de derecha como de izquierda”.

Entre las medidas propuestas por el socioliberal están avanzar en la integración europea, rebajar los impuestos de los franceses -que viven en uno de los países con presión fiscal más alta-, recortar hasta 120.000 puestos del funcionariado e imponer un modelo económico de corte más liberal que el de sus excompañeros del PS y similar al de los países nórdicos. El éxito de Emmanuel Macron es la cara de una moneda cuya cruz es el batacazo histórico de los socialistas, que solo han conseguido arañar un 6,30% de los votos. “El gran hándicap que puede tener Macron es que el partido que le ha llevado a estar en esta elección se tiene que transformar de movimiento popular en una entidad política más amplia y solvente”, valora el catedrático.

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Emmanuel Macron, en un acto de campaña. | Foto: Robert Pratta / Reuters

Marine Le Pen

La candidata del Frente Nacional ha heredado el partido ultraderechista de su padre, Jean-Marie, que lo fundó en 1972 y lo presidió hasta 2011. La candidatura de Marine Le Pen, al igual que la de Donald Trump en Estados Unidos, es personalista y está muy basada en el carisma de su representante. Tanto, que Marine ha terminado por fagocitar todo el partido al suspenderle la militancia a su fundador en 2015. Saturno devorando a su padre. Lo hizo porque este había declarado que las cámaras de gas fueron un “detalle” de la Segunda Guerra Mundial.

En 2011 había expulsado a Alexandre Gabriac tras salir a la luz una foto en la que el joven militante del FN aparecía haciendo un saludo nazi con una bandera con una esvástica de fondo. Porque Marine Le Pen, abogada y eurodiputada nacida en 1968 en una localidad cercana a París, representa la cara amable y sonriente de un partido que ha planteado rescatar la pena de muerte y la cadena perpetua, abandonar la Unión Europea y la moneda única, restablecer las fronteras, prohibir el matrimonio gay -aunque manteniendo la vigencia de los enlaces ya celebrados-, impedir que los hijos nacidos en Francia de inmigrantes irregulares accedan a la escuela pública, agilizar la expulsión de extranjeros y facilitar el cierre de mezquitas extremistas, entre otras medidas.

Con todo, Le Pen, que en 2013 aplaudió la idea del PVV del neerlandés Geert Wilders de prohibir el Corán, rechaza la etiqueta de ultraderecha. “Soy la candidata del pueblo”, se define. José María Peredo califica al Frente Nacional de “partido contrario a los principios sobre los que ha avanzado Europa en los últimos 60 años y, por consiguiente, rupturista con esa realidad” y augura que la derrota que los sondeos otorgan a Le Pen “sería un revés muy importante a los movimientos antieuropeístas”.

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Simpatizante de Marnie Le Pen. | Foto: Eric Gaillard / Reuters

Y entretanto, Sevilla...

Jesús Nieto Jurado

Y Sevilla. Dicen que en Sevilla hay que morir, que Dios descansó a las orillas del Padre Betis, que si te atropella un coche en Sevilla probablemente la culpa, la culpita, sea del chófer de un ‘diresto generá’ que dicen por ahí abajo de los gerifaltes de la Junta. En abril, Atocha es ya la previa de la caseta y el recuerdo de ese tiempo risueño del felipismo que te ponía un pabellón en la Expo 92 y te tapaba la “cal viva”: magia pura. Pero en Sevilla hay que morir, que Sevilla es Castilla frutalmente propagada. La ciudad de Juan Joya “Risitas” y de Machado. La ciudad de Jaime Moreno y de Murillo, la barroca y la de los chabolos. La de la Macarena y la Triana  (topicazo que queda bien). La Sevilla dual que sesea o cecea según el barrio o los barros del Aljarafe. La de Joselito y Belmonte. La ciudad donde Javier Arenas nunca fue victorioso y donde todo tiene calor de ‘servesita’ y sueño perdido. En Sevilla hay que morir, si es posible en Feria y convidado por un capillita al que probablemente no vuelvas a ver. A Sevilla iba yo convocado por Griñán antes de que saliera su quilombo, y allí había compadreo entre los ERES y los plumillas, que la Justicia es lenta y la Feria corta. Y el gobierno autonómico del mismo color siempre, vestido de faralae en una imagen que nunca olvidaré.

A la gloria, sevillanos, a la gloria, que cantó Carlos Herrera a una ciudad donde la pena lleva farolillos.  Veo la foto que ilustra este texto y veo a Silvia, mi primer amor sevillano bajo los arcos de la Plaza del Salvador. Y veo la Feria, tras Cristo Resucitado y una trianera, muy suya, a la que llaman Susana y rumorean que sabe las cuatro reglas. En Sevilla hay que morir, y lo dice un madrileño que veranea en Málaga y llora cera en Sevilla.

Un madrileño, yo, que quiere el “Romero Murube” o se la corta -la coleta- y la tira al Río. Ese río donde Morante sueña versos hechos marisma y oro.

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