Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

El dios invicto

Daniel Capó

Para los clásicos el sol constituía un dios invicto a cuyo paso afloraba la belleza de la luz, la vida y la muerte. Como un memento mori, su lento movimiento al surcar los cielos reflejaba el inexorable paso del tiempo para los hombres. “Mueran los soles y retornen”, le escribió el ardoroso Catulo a su amante Lesbia, “nosotros, breve luz, cuando muramos, habremos de dormir noche perpetua”.

Según el estudioso de las religiones Mircea Eliade, el sol representaba antiguamente el eco de la eternidad sobre la vida, como si fuese un dios metafísico e inmutable que pautara sin piedad el paso de las horas, frente a la Luna, carnal y mutante, femenina, fértil y fecunda. Heródoto cuenta que los persas exponían sus cadáveres al sol para que las aves carroñeras hicieran su trabajo. El ciervo era un animal solar; la serpiente, en cambio, obedecía al influjo de la Luna. Se trataba de un mundo mítico, previo a la Historia.

Si Predrag Matvejevic cantó la belleza oriental del mar Mediterráneo, uno no puede dejar de pensar en el azul que emerge como un reflejo del sol. La pintura es el arte de testimoniar esa extraña gradación de la luz que hace que el cielo de Madrid –teñido de intensidad velazqueña– no sea el azul dorado de Venecia ni el añil excesivo de la sabana africana. Los astrónomos saben que llegará el día en que el sol se irá apagando lentamente, sembrando la muerte en nuestro planeta. Quizás para entonces ya hayamos colonizado otros mundos. O sencillamente la vida, esta luz, los versos de Catulo, el goce de la carne, los viejos credos y los fotogramas antiguos perdurarán en el universo, codificados por algún tipo de inteligencia artificial: un testamento escrito para la inmensidad vacía del espacio.

Continúa leyendo: Contra la navidad

Contra la navidad

José María Albert de Paco

Foto: JON NAZCA
Reuters

Cuánto añoro las Navidades sin afeites ni plusvalías, aquellas en que sólo se celebraba eso, la Navidad, y  que habrían de pasar a la historia por frugalidades como los tortazos de Lussón a Codeso, las empanadillas de Encarna o que una niña de San Ildefonso fuera negrita. Aquellas Navidades, en fin, cuya luz se descomponía en expectación, contento y melancolía, y que apenas precisaban de alegorías mundanas, como no precisa el fútbol del rugido de la vida. Un Belén entrañaba la posibilidad de que los niños rehiciéramos el mundo con arreglo a un orden que intuíamos trascendente, y Dios atendía la disposición de los patitos en el río con el mismo celo con que hubo de velar la construcción de las más excelsas catedrales góticas, siendo así que el poblado entero parecía hallarse bajo una tutela cenital, un ojo de halcón hogareño que nos impelía, al pasar frente a la librería, a mover unos milímetros una oveja rezagada, evitando así su descarrío, o a enderezar la fila por la que discurrían los Reyes Magos, en un vívido remedo de la Cabalgata que en la noche del 5 recorrería la ciudad. O a abrigar al Niño, no fuera a coger frío. Nunca tuve la impresión de estar ante una maqueta. Y sí la tengo hoy, en cambio, al ver los belenes institucionales, esas soft parades inclusivas, transgresoras, sostenibles y aun antifascistas, inequívocamente comprometidas con la política de déficit cero y quién sabe si portadoras, a modo de pasatiempo infantil, de un mensaje cifrado de solidaridad con los presos.

Unas Navidades que son, definitivamente, más, mucho más que unas Navidades. O lo que es lo mismo: menos.

Continúa leyendo: En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo

Redacción TO

Foto: Julio Cortez
AP

La madrugada del domingo al lunes se pudo ver la luna más grande del año. Este fenómeno, conocido como la Superluna, se da cuando el satélite se acerca en su punto máximo a la Tierra y además coincide con el periodo de Luna llena o Luna nueva. Debido a estos dos factores el satélite pudo verse un 14% más grande de su tamaño habitual y alrededor de un 30% más brillante. El año pasado se dio el 14 de noviembre y se convirtió en la superluna más grande en 70 años.

Te mostramos una selección de las fotos más impresionantes.

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 1
La Superluna vista desde la Pagoda Uppatasanti, en Naipyidó, la nueva capital del país asiático de Birmania. | Foto: Aung Shine Oo/ AP

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 2
Vista de la luna tras el Edificio del Tribunal del Condado de Erie, en Buffalo, Nueva York. | Foto: Julio Cortez/ AP
En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 4
La luna llena fotografiada detrás de las luces de Navidad en Marsella, Francia. | Foto: Jean-Paul Pelissier/Reuters

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 5
Una de las medias lunas que culminan los minaretes de la gran mezquita Faisal, en Islamabad, se interpuso entre los habitantes de la capital pakistaní y la luna celestial. | Foto: Anjum Naveed/AP

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 6
La Superluna se asienta sobre la iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación al amanecer en Olvera, Cádiz. | Foto: Jon Nazca/Reuters

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 7
La luna, parcialmente oscurecida por las nubes, detrás del monumento al Cristo de La Habana, en La Habana, Cuba. | Foto: Ramon Espinosa/AP

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 8
La luna se eleva detrás del Propileo en la colina de la Acrópolis en Atenas. | Foto: Yorgos Karahalis/AP

En imágenes: así se vio la Superluna en el mundo 10
La luna llena fotografiada junto al volcán Monte Agung, en Karangasem Regency, Bali, Indonesia. | Foto: Darren Whiteside/Reuters

Continúa leyendo: El biombo

El biombo

Daniel Capó

Foto: Regis Duvignau
Reuters/Archivo

En una conferencia de 2006 pronunciada en la Fundación March, el escritor José Carlos Llop habló de Lord Byron, de la memoria y la poesía. “Byron tenía un biombo –explicaba el autor palmesano– en el que iba pegando con goma arábiga fragmentos de crónicas de la época, siluetas de boxeadores y recortes de bustos y figuras literarias, filosóficas o aristocráticas de entre los siglos XVII y XIX. Luego se tumbaba a descansar junto a él. Desde que descubrí la existencia del biombo de Byron, pensé que ese biombo era una suerte de poética contemporánea, porque la vida de un hombre contemporáneo es una vida hecha a base de fragmentos y el tiempo el diván donde a veces nos tumbamos para contemplarla”. El collage, en definitiva, como característica de un mundo sin raíces. O de unas raíces que no han llegado a crecer.

Al releer la conferencia, años más tarde, pensé en la memoria fragmentaria -que es la que utilizaba Byron en su biombo-, como el eco de un tiempo perdido del cual únicamente recreamos sus ruinas. Del pasado nos llegan escenas –no sólo recuerdos personales– que coloreamos con el cristal de los deseos. El uso de la Historia para la construcción nacional o identitaria sería un ejemplo: el esqueleto de la arqueología y la mitificación simbólica de algo acontecido hace siglos nos proporciona unas pocas fotografías que agrupamos en forma de escenografía en un biombo. Luego nos tumbamos a descansar junto a él. Y allí vemos lo que deseamos ver –hasta que el espejo de Blancanieves, que no es otro que el reflejo de la realidad, desvanece el hechizo.

Los coleccionistas de recuerdos amamos la impronta del pasado en los objetos: un fósil que descubrimos en una playa, el grabado de un puerto del XVIII, la mesa de un bisabuelo, una acuarela japonesa, el retrato de un gentilhombre, la partitura de una sinfonía… El biombo de Byron sería el refugio del hombre civilizado que ama la cultura, pero también lo puede ser del populismo y la demagogia, cuando –perdido ya todo refinamiento- se utiliza con fines partidistas para embrutecer al pueblo. La barbarie asoma allí donde la memoria deja de ser un destilado de las formas clásicas. Y sin una tradición, los rituales de la santidad se repiten inútilmente en una tierra yerma que desconoce los efectos balsámicos de la prudencia, el consenso y la moderación.

Continúa leyendo: El Mediterráneo que les engulle

El Mediterráneo que les engulle

Melchor Miralles

Foto: Santiago Ferrero
Reuters/File

Rescatados más de 100.00 inmigrantes en el mediterráneo en un solo día. Otro titular. Ocupa escaparate un rato y nos olvidamos. Pero ellos no se olvidan. Nos ocupamos solo delos que rescatan el Ejército español (sí, el Ejército español) y las ONG, los voluntarios. Pero cada día se ahogan decenas. El Mediterráneo es un gran cementerio de sueños, de niños, mujeres y hombres que se embarcaron en manos de mafias sin alma rumbo a una vida que era mentira, que era la muerte, y antes les sacaron el dinero que no tenían.

Sucede como con los atentados. Nos altera e indigna cuando nos toca, y no queremos saber que cada día sucede en otras latitudes, y mueren musulmanes y cristianos, pero no sucede en Madrid, Barcelona o París. Es en África, en lugares a los que solo vamos de turismo exótico, y no nos afecta.

El Mediterráneo, que cada día nos alegra la vista cuando estamos a su lado disfrutando de sus olas, de su olor, de su magia, es una gran trampa para centenares de miles de seres humanos que creen que al otro lado les espera el edén, sin saber que les espera solo el final de su vida aunque no hayan vivido, porque desde que nacen mueren la vida, no la disfrutan. El mar que les engulle, en vez de acurrucarles y bañarles como a nosotros.

TOP