El Subjetivo
La agenda holandesa
Peter Dejong / AP
09.01.2017 No es necesario acudir a la malograda historia del Imperio español para situar a Holanda en el eje del mapa europeo. Holanda resume el sustrato calvinista del comercio y la luz burguesa de los interiores; la elevada ética de Spinoza y la pintura intimista de sus maestros; la tolerancia generosa en las costumbres y la libre iniciativa empresarial; el Concertgebouw, Rembrandt y Ruysdael; y también la proyección de una ciudad abierta, culta y cosmopolita como Amsterdam. Holanda configura una de las Europas posibles y seguramente no la peor. Aliada histórica de Inglaterra, sede de potentes multinacionales, de vocación atlántica a la vez que pieza central en los equilibrios de la Europa alemana, Holanda constituye –en palabras de mi amigo, el gestor de bolsa Josep Prats– “el gran país pequeño de la Unión y, en este sentido, un eslabón más frágil que los grandes Estados: Alemania o Francia”. Hablamos de peso económico, de ejemplaridad pública y de riesgo político en 2017.  

Si, según Pierre Manent, el judío fue el primer pueblo que decidió salirse de Europa para fundar el Estado de Israel, quizá se pueda aventurar que el Reino Unido ha sido el segundo en querer renacionalizar sus políticas y recuperar parte de la soberanía. Detrás de la victoria de Trump también se ocultan algunas tendencias similares a las que motivaron el Brexit: la desconfianza hacia la burocracia, el deseo de potenciar las instituciones más cercanas, el rechazo de la inmigración descontrolada, el temor que suscitan en las clases medias algunas de las consecuencias de la globalización. En la agenda de 2017 se anuncian tres citas electorales en Europa que no podemos separar del momento populista: Francia, Alemania y Holanda. Hay que anotar, por tanto, este nombre: Geert Wilders, candidato del partido de la extrema derecha neerlandesa, que encabeza todas las encuestas de voto en su país. Entre sus propuestas, la salida inmediata –sin necesidad de referéndum– de la zona euro y de la Unión. En ocasiones, la geoestrategia de los grandes depende de las decisiones de los pequeños. “El futuro inmediato de Europa se juega en Holanda, tanto o más que en Alemania y Francia”, me explica Prats. Y tiene razón.