Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

Nuestro Héctor

Daniel Capó

Foto: Familia I. Echeverría
EFE

«Más que una conquista –escribe Rachel Bespaloff en De la Ilíada–, el sentido de lo verdadero es un don». El don es la dignidad humana, cuyo valor se asienta en los límites precisos de la experiencia concreta y no en el coro de los derechos abstractos. «Lo que Homero exalta y santifica frente a Nietzsche –prosigue la filósofa búlgara– no es el triunfo de la fuerza victoriosa, sino la energía humana en la desgracia, la belleza del guerrero muerto, la gloria del héroe sacrificado, el canto del poeta en los tiempos futuros; todo aquello que, vencido por la fatalidad, sigue desafiándola y la supera». La dignidad, de este modo, nos habla de ética más que de moral, del canto que celebra ese regalo más que de una estricta reglamentación. No admite comparaciones, ni siquiera juicios, ni por supuesto grados: tan sólo su exaltación en lo que tiene de buena, noble y heroica.

Otro judío, Jean Améry, aplastado por los torturadores nazis en los campos de concentración, reflexionó con una hondura inigualable sobre el sentido de lo humano en unas estremecedoras páginas de su libro Más allá de la culpa y la expiación. Somos hombres –nos viene a decir el autor austríaco– gracias a una peculiar certeza: que el otro no nos hará daño, que podemos confiar en los demás, sobre todo cuando nos enfrentamos al momento decisivo de la vida y de la muerte. Y, una vez que se rompe este pacto no escrito –como sucede, por ejemplo, con la tortura; o cuando se demoniza al adversario para convertirlo en enemigo–, la humanidad se agosta y resquebraja, al igual que sucede con el oscurecimiento de la conciencia y del alma. Dicho de otro modo, la dignidad exige en ocasiones el don de una nobleza valiente que desafíe la fatalidad de la historia. Sobrevivimos gracias al latido de los héroes.

Ignacio Echeverría ha sido nuestro último héroe, la encarnación de algo muy concreto que no se puede medir en pulgadas morales. Su gesto nos ha salvado a todos, porque ha hecho lo que tiene que hacer un hombre, incluso cuando sabe que su decisión le va a acarrear la muerte. «Que yo muera, pues, que la tierra sobre mí esparcida me cubra por entero, antes de oír tus gritos y de verte  arrastrar en vasallaje», leemos en la Ilíada. Son palabras de Héctor, el héroe troyano que se enfrentó a Aquiles. «En Héctor –subraya Bespaloff– la voluntad de grandeza nunca rivaliza con la voluntad de felicidad. Esa pequeña porción de felicidad auténtica, que importa por encima de todo pues coincide con la verdad de la vida, merecerá ser defendida hasta el sacrificio de la vida misma, a la cual habrá dado su medida, forma y valor». En Londres, Echeverría ha sido nuestro Héctor. Él nos ha entregado la medida, la forma y el valor de la dignidad humana.

Continúa leyendo: Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año

Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año

Redacción TO

Foto: Brent Stirton
Wildlife Photographer of the Year 2017

La fotografía ganadora del Wildlife Photographer of the Year 2017 es la imagen de la desolación. De la destrucción que crea el hombre. Un rinoceronte negro cazado, derribado y con su cuerno arrancado nos recuerda todo lo que los humanos somos capaces de arruinar. Tomada en la reserva natural Hluhluwe Imfolozi Park de Sudáfrica, esta imagen forma parte de la investigación del fotoperiodista Brent Stirton para denunciar el tráfico ilegal de cuernos de rinoceronte. El rinoceronte negro es una especie en peligro de extinción del que solo quedan 5.000 ejemplares en libertad.

“La imagen de Brent subraya la necesidad que tiene la humanidad de proteger nuestro planeta y las especies con las que lo compartimos. El rinoceronte negro ofrece la sombría contraparte a la historia de esperanza de la ballena azul. Igual que ahora el rinoceronte negro es una especie en peligro de extinción, las ballenas azules una vez fueron tan cazadas que estuvieron al borde de la extinción, pero la humanidad empezó a actuar a escala global para protegerlas. Esta imagen impactante de este animal destrozado sin su cuerno es una llamada para que empecemos a actuar todos nosotros”, ha defendido Michael Dixon, director del Museo de Historia Natural de Londres, donde están expuestas las fotografías ganadoras y finalistas.

Más de 50.000 fotografías son enviadas cada año a este prestigioso certamen que busca mostrar la diversidad y la belleza natural de nuestro planeta. La exposición se podrá ver en el museo de Historia Natural de Londres hasta el 28 de mayo y desde el 23 de octubre estará abierta la convocatoria para participar en la próxima edición de Wildlife Photographer of the Year 2018. Estas son algunas de las fotografías ganadoras de este año:

Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año 1
Esta es la segunda imagen ganadora del Wildlife Photographer of the Year 2017 en categoría Joven. Fue tomada por el holandés de 16 años Daniël Nelson en la República Democrática del Congo. | Foto: Daniël Nelson/Wildlife Photographer of the Year 2017
Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año 2
Imagen ganadora de la categoría “Animales en su ambiente”. Tomada en Brasil. | Foto: Marcio Cabral/Wildlife Photographer of the Year 2017

Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año 5
Imagen ganadora de la categoría “Comportamiento: anfibios y reptiles”. Tomada en las Islas Vírgenes. | Foto: Brian Skerry/Wildlife Photographer of the Year 2017
Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año 6
Fotografía ganadora de la categoría “Retratos animales”. La imagen muestra a un chimpancé en Uganda. | Foto: Peter Delaney/Wildlife Photographer of the Year 2017

Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año 7
Imagen ganadora de la categoría “Ambientes de la Tierra”. Muestra un gigante bloque de hielo submarino en la Antártida. Foto: Laurent Ballesta/Wildlife Photographer of the Year 2017
Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año 8
Imagen ganadora de la categoría “Fotoperiodismo”. Muestra a un grupo de elefantes en Malasia intentando atravesar una plantación de aceite de palma. |
Foto: Aaron ‘Bertie’ Gekoski/Wildlife Photographer of the Year 2017
Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año 9
Imagen ganadora de la categoría “Comportamiento animal: mamíferos”. Muetsra un grupo de ballenas en Sri Lanka. | Foto: Tony Wu/Wildlife Photographer of the Year 2017
Wildlife Photographer of the Year 2017, las imágenes de animales más espectaculares del año
Foto ganadora en la categoría de Niños de 11 a 14. La autora es una estadounidense de 14 años. | Foto: Ashleigh Scully/Wildlife Photographer of the Year 2017

Continúa leyendo: Palabras que valen más que mil imágenes

Palabras que valen más que mil imágenes

Carlos Mayoral

Foto: JUAN MEDINA
Reuters

epónimo, ma

adj. cult. Dicho de una persona o de una cosa: Que tiene un nombre con el que se pasa a denominar un pueblo, una ciudad, una enfermedad, etc.

El otro día, mientras hojeaba el libro ‘50 fotografías con historia’ que edita Signo Editores (recomendadísimo), me dio por pensar en la extraordinaria habilidad que tienen algunos nombres para permanecer en el recuerdo, anclados en una imagen. Algunos, incluso, traspasan el objetivo para colarse en los diccionarios, quedándose para siempre en el imaginario popular. Son los llamados epónimos, y no descarto que por culpa de este contexto que hoy pisamos heredemos un “rajoyesco”, un “puigdemontar”, o vaya usted a saber. Vivimos en un mundo que cada día tiene más capacidad de asimilar epónimos, sobre todo si el que lo inspira es un personaje que transmita surrealismo, absurdez, locura, irracionalidad, insensatez. Así que, mezclando epónimo y contexto, me dispuse a buscarle título a esta columna. Rápido surgió la primera opción, que rezaba: “Política kafkiana”. Si kafkiano es, según la RAE, “Dicho de una situación: Absurda, angustiosa”, pensé yo que con el epónimo bastaba para definir el escenario. No parecía buena idea: sobraban cerca de cuatrocientas noventa palabras para completar las quinientas que me exige el editor para cobrar debidamente por un texto.

Así que intenté avanzar y, fíjense, que se cruzó por mi horizonte el siguiente encabezamiento: “Escenario dantesco”, pero de nuevo el problema se me presentó en forma de concreción. Sólo hay que echarle un ojo a la definición académica: “Que causa espanto”. Asustado por el poder de la palabra, que por sí sola estaba bastando para resumir el sindiós, decidí elegir cualquier otra, que de epónimos está lleno el mundo. Sin tardar me crucé con una nueva posibilidad en el horizonte: “Realidad maquiavélica”. En este caso, el problema era contrario, el titular se mostraba poco concreto. Dado que “El Príncipe” de Maquiavelo es un tratado para gobernantes canallas, no supe bien a cuál de los actores asignar un papel tan predominante. Fíjense que es todo tan rocambolesco, que siguen sobrando decenas de palabras. Por cierto, también hubiera sido una opción utilizar este adjetivo, “rocambolesco”, que según la Academia etiqueta a todo lo exagerado e inverosímil, palabras rabiosamente actuales, y que nos llega gracias a Rocambole, personaje creado por Ponson du Terrail, aquel novelista francés. Intentando no perderme entre escritores decimonónicos comprendí que, como en cualquier pregunta moderna, la respuesta tenía que estar en los clásicos, Así me topé, debo reconocerlo, con el epígrafe perfecto: “Futuro pírrico”. Muy certero este Pirro, que dejó escrito en el diccionario que pírrica es esa victoria que acaba con más daño para el vencedor que para el vencido. Con esta conclusión tan cruel cubrí el número de palabras exigido por el editor. Una cosa quedaba clara: hay palabras e imágenes que valen más que mil columnas.

Continúa leyendo: Mantener corazones 'dormidos' en una caja puede salvar vidas

Mantener corazones 'dormidos' en una caja puede salvar vidas

Redacción TO

Foto: Majdi Mohammed
AP

Una nueva forma de mantener dormidos corazones de una persona fallecida durante un día o más tiempo puede suponer poner punto final al número de personas que mueren a diario esperando por un trasplante, según la revista británica de divulgación científica New Scientist. El sistema fue probado por primera vez el pasado agosto, pero, en ese caso, el corazón solo se mantuvo en ese estado durante tres horas.

El experimento volverá a probarse en cinco personas más durante el mismo tiempo y, si funciona, se incrementará gradualmente el periodo hasta llegar a las 24 horas. El científico de la Universidad de Lund Stieg Steen, en Suecia, que ha desarrollado la técnica, cree que se podría usar este sistema durante periodos incluso más largos, de hasta varios días. Cualquier sistema que consiga prolongar la vida de un órgano más tiempo una vez se ha extirpado al donante dispara el número de órganos disponibles para el trasplante y por lo tanto frenaría considerablemente los fallecimientos de personas que están en lista de espera.

Con los corazones, en concreto, la distancia entre el donante y el receptor es un problema mayor, ya que los corazones solo se pueden mantener con vida fuera del cuerpo humano durante unas horas antes de debilitarse. “Ahora estamos diciendo que no a un montón de corazones buenos”, dice Steen en declaraciones a New Scientist. “Con el nuevo sistema, podemos coger corazones en teoría de todo el mundo. Podemos conseguir el órgano perfecto para cada paciente”.

Con todo, el nuevo sistema, por ambicioso que sea, no frenaría en seco las muertes de personas en lista de espera para recibir un órgano ya que solo muere en el hospital un número limitado de personas. De ellas, solo una fracción tiene órganos adecuados para la donación. Y, además, aunque estén registrados como donantes, los familiares pueden revocar la voluntad del fallecido.

La situación en España

España, en concreto, sigue revalidando su liderazgo como país con más donaciones de órganos de todo el mundo. Solo en el primer semestre de 2017 las donaciones aumentaron un 10,2% y los trasplantes en un 11,5% con respecto al mismo periodo del año anterior, según anunció en junio la directora de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), Beatriz Dominguez-Gil, con motivo del Día Nacional del Donante de Órganos y Tejidos.

“El sistema español de trasplantes es un ejemplo a seguir para el resto del mundo”, declaró, por su parte, el secretario general de Sanidad y Consumo, Javier Castrodeza, a la vez que informó de que España albergaría por primera vez los Juegos Mundiales de Trasplantados, “que contribuyen a la proyección internacional de nuestro país y potencian la imagen de nuestro modelo de donación y trasplante”.

También en el trasplante de médula ósea mejoran las cifras. Según un balance publicado el mes pasado, con motivo del Día Internacional del Donante de Médula, España cuenta ya con cerca de 340.000 donantes de médula, con un aumento de un 20% en los primeros siete meses del año. En concreto, los datos de la ONT- REDMO (Registro Español de Donantes de Médula Ósea) cifran en 55.796 los nuevos donantes inscritos por las Comunidades Autónomas en los siete primeros meses de 2017, una cifra muy por encima de los 40.000 previstos para todo el conjunto del año.

Continúa leyendo: Tener pene

Tener pene

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Erol Ahmed
Unsplash

Para esa mitad aproximada de la población que dispone de uno, tener pene puede parecer algo más o menos trivial. En realidad no lo es. Tener pene es importante. O, mejor dicho, no tenerlo lo es. Cuando empecé a relacionarme con politólogos e intelectuales en seguida noté algo extraño: era como si no existiera. Los corros siempre se cerraban ante mis narices, casi nadie prestaba atención si me atrevía a decir algo y con frecuencia no llegaba a terminar mi excurso porque alguien me interrumpía antes.

Era una situación desconcertante por nueva. Nunca me había pasado en un aula, donde uno sabe que se sienta entre semejantes y donde la brillantez de las ideas y la cuantía de los conocimientos las examina un evaluador externo al grupo: un profesor.

Al principio achaqué estas reticencias a mi edad. Era un poco más joven que la mayoría de ellos, así que pensé que quizá se tratara de eso. Y, claro que tenía que ver, pero pronto noté que había otros chavales a los que se integraba y se dispensaba el trato considerado que a mí me negaban. Aquel entorno era muy masculino, pero imagino que muchas mujeres habrán vivido experiencias similares en ámbitos distintos.

Yo decía algo y nadie se dignaba mirarme. Un rato después, algún tenedor de pene repetía el mismo argumento y era recibido con asentimiento y celebración. Así asumí que mi problema era no tener pene. La otra opción era aceptar que era más tonta que el resto, y yo, que me tengo por una persona segura, alguna vez dudé de mí, y me avergoncé de mis opiniones y pensé que quizá no estuviera a la altura.

Escribir se convirtió en la única forma de poder expresarme sin interrupciones, sin sonrisas paternalistas ni gestos de desdén. Después, claro, mis artículos no se leían como los de ellos y mucho menos se compartían. Todavía es así. Cuando eres mujer es duro labrarte un espacio propio. Tienes que ganarte el respeto de todos: de los desconocidos, de los amigos y hasta de tu novio. Aprendí que, a veces, para obtener la bendición de los cercanos tienes que conquistar primero el favor de los extraños. También, que es más fácil conseguir el aplauso de los próceres que de quienes creen competir contigo. Pero sería injusto generalizar y no admitir que me he cruzado con hombres estupendos que me han tratado como a una igual y que hoy me son muy queridos.

Como soy muy cabezota, no dejé de escribir. Me dije: “Te va a costar un poco más que a ellos, pero, al final, llegarás tan lejos como te propongas”. Sigo convencida de ello. No me malinterpreten: no creo en esas frases de autoayuda barata que lo conminan a uno a perseguir sus sueños, como si la intención forjara el éxito. Pero creo tener algún talento, aunque publicarlo sea probablemente pretencioso y poco femenino. No escribo esto buscando explotar el victimismo con el que tontea algún feminismo. No soy débil. Me gustan las personas fuertes. Me gustan las mujeres fuertes.

Una vez, cuando era pequeña, una mujer (una amiga de mi familia, además) me preguntó, casi retóricamente, si yo quería ser un chico. Supongo que lo decía porque me pasaba el día saltando, trepando, corriendo, jugando al fútbol. No me gustaban las muñecas ni esos vestidos incómodos. Me identificaba con personajes como Peter Pan, Tintín, Basil, aquel ratón émulo de Sherlock Holmes, o Arturo, en la película que Disney dedicó al mago Merlín. Me aburrían los cuentos de princesas, pobres muchachas pasivas a la espera de un señor guapo, y me daban miedo las brujas. Nunca respondí a aquella pregunta, “¿A que te gustaría ser un chico?”, porque me quedé sin palabras. El mensaje era aterrador: todo lo que me hacía feliz era impropio de una chica. Estaba íntimamente escandalizada y furiosa, aunque fui incapaz de manifestar escándalo o furia.

La contestaré hoy, cuando han pasado más de veinte años y tengo, por fin, algún público que me lea: no quiero ser un chico. No queremos ser hombres. Solo queremos ser iguales.

TOP