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Salir de uno mismo (también en política)

David Blázquez

La política –liberal, conservadora o progresista – ha tenido siempre como uno de sus atributos más nobles la capacidad de abrir el horizonte de los ciudadanos, llevándolos de lo particular a lo común. Los partidos necesitaban dar con elementos compartidos y llegar a acuerdos para definir objetivos y estrategias compartidas. Fuera por convencimiento o necesidad electoral, los políticos se veían obligados a reflexionar y hablar del “bien común”.

Los avances tecnológicos permiten hoy rastrear cada vez con mayor éxito nuestras huellas digitales, consintiendo a los equipos de campaña de los partidos políticos (con la ayuda de empresas como Cambridge Analytica) identificar con precisión quirúrgica nuestros desvelos y preocupaciones. La inagotable información acerca de las preferencias de los potenciales votantes de la que disponen los partidos ha ido transformando el discurso político: ya no se trata de convencerte de algo distinto de lo que piensas, sino de reforzar tu convencimiento acerca de lo que ya saben que te preocupa, de manera que termines “comprando” el proyecto que responda con más precisión a tu “necesidad”.

Empujados por los datos, los partidos han ido mutando su estructura, pasando de ser plataformas en las que confluían diversidades que tenían que persuadir y ser persuadidas para converger, hasta convertirse en agrupaciones de particularidades cada vez más polarizadas y amalgamadas por un único cemento común: el sentimiento de agravio. Lo importante no es lograr que te identifiques con un proyecto potencialmente interesante para otros, sino que encuentres un rincón para tu insatisfacción y alguien contra quien gritarla. La tendencia introspectiva e individualizadora de las campañas y de los partidos aglutinadores de “movimientos”, encuentra un terreno fértil en sociedades como la nuestra en las que la propia identidad está cada vez más definida por la interacción con otros en términos de autorreferencialidad. Todo esto suena a la enésima vuelta a la tuerca del individualismo del que hablaba Tocqueville en 1840, ese pecado democrático que “elimina la fuente de las virtudes públicas y termina, a la larga, por destruir el resto de virtudes y desembocar en el egoísmo”. Mark Lilla lo ha llamado “el modelo Facebook de personalidad”: el otro es importante no porque me saque de mí mismo y amplíe mi horizonte –esa debería ser la función primordial de la amistad y la política–, sino porque, like tras like, refuerza mi personalidad en los términos en que yo la imagino y la presento en mi muro.

En un momento en que todo parece empujarnos hacia nosotros mismos, urgen iniciativas sociales y políticas que compensen la fuerza centrípeta de la tecnología, recuperando la pasión por encontrar lo que nos une y favoreciendo el encuentro con quien piensa y siente diferente.

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Cambio climático: la mayor amenaza a la humanidad en números

Redacción TO

Foto: Fernando Bustamante
AP

Cada época tiene su gran mal, el de la nuestra es el cambio climático. Pese a que crece la conciencia sobre esta amenaza, no está entre las prioridades de la amplia mayoría. Muestra de ello no hay que buscarla muy lejos: el último barómetro del CIS perfiló las grandes preocupaciones de los españoles, y ninguna de ellas tenía que ver con el medio ambiente.

“Si no reducimos drásticamente la dependencia de los combustibles fósiles y las emisiones de gases de efecto invernadero, las consecuencias del cambio climático pueden ser devastadoras”, advierten desde Greenpeace, la organización que ecologista por excelencia que lleva luchando por el medio ambiente desde 1971.

A la lucha contra el cambio climático no ayudan decisiones como la del presidente norteamericano Donald Trump, que en 2017 retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París, el pacto global contra el cambio climático más ambicioso hasta la fecha. Esta era de una de sus promesas electorales más polémicas, pues podría tener graves consecuencias diplomáticas y medio ambientales. Para los escépticos, como Donald Trump, hay una serie de datos de obligado conocimiento:

– La concentración atmosférica de dióxido de carbono, gas que atrapa más calor en las capas bajas de la atmósfera, ha aumentado en más de un 30% desde los tiempos anteriores a la revolución industrial, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), que apunta también que:

– El 95% de las muertes en desastres naturales relacionados con las condiciones meteorológicas fue en países subdesarrollados.

Más de la mitad de la población mundial vive en una franja costera de 60 kilómetros de ancho, un dato preocupante dada la elevación del nivel del mar, una de las principales consecuencias del cambio climático.

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Las inundaciones son desastres naturales cada vez más frecuentes. | Foto: Doug Mills / AP

– El nivel del mar subió por término medio entre 10 y 20 centímetros durante el siglo XX.

– La escasez de agua afecta ya a un 40% de la población mundial.

– Entre 2007 y 2016 hubo 196 grandes incendios forestales en España, sólo el 37% sucedió en condiciones meteorológicas extremas de temperatura, viento y humedad.

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El cambio climático también incide sobre la virulencia de los incendios. | Foto: Keith D. Cullom / AP

– Las pérdidas por los desastres naturales alcanzan los 3,8 billones de dólares desde 1980, según el Banco Mundial.

– El promedio global en la superficie del planeta ganó cerca de 1°C entre 1880 y 2015.

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Una imagen de archivo del embalse de Entrepeñas, situado en la Alcarria Baja de Guadalajara, en el cauce del río Tajo, en 2006. | Foto: Bernat Armangue / AP

– El incremento de temperatura global es el mayor de los últimos 10.000 años.

– El aumento de temperatura podría llegar a los 4,8ºC para final de siglo, según Greenpeace.

– El Acuerdo de París de 2015 fija la meta de limitar el crecimiento de las temperaturas globales medias a 2ºC.

– El dióxido de carbono (CO2) es el principal gas de efecto invernadero de origen antrópico: supone el 76% de las emisiones.

– Las energías fósiles y la industria representaron el 78% de las emisiones entre 1970 y 2010.

– Los principales países emisores son China (alrededor de 24%), Estados Unidos (15,5%), el conjunto de la Unión Europea (11%), India (6,5%) y Rusia (5%).

– Todavía en 2016, el 85% de la energía usada en España provenía de combustibles fósiles o energía nuclear, según Greenpeace.

– Unas 90 empresas son responsables de casi las dos terceras partes de las emisiones mundiales, también según Greenpeace.

Estos datos son solo algunas de las evidencias que hay sobre la mesa en torno a la mayor amenaza a la que nos enfrentamos. De esto depende mantener nuestro planeta, donde vivimos, en pie y hacer habitable nuestro mundo.

El sector energético, debido a su uso de energías sucias —petróleo, carbón y gas—, es uno de los mayores contribuidores al calentamiento global, según apuntan desde Greenpeace. “En España, las grandes eléctricas —Endesa, Iberdrola y Gas Natural Fenosa— siguen apostando por una energía contaminante en la que no tienen cabida las renovables, por eso trabajamos para que este modelo insostenible cambie”, asegura la organización verde.

Los ecologistas defienden que “la revolución energética en manos de la ciudadanía es el camino” para luchar contra el cambio climático. Con las energías renovables se conseguirán paliar los efectos del cambio climático y lograr una eficiencia energética que “generará puestos de trabajo y reducirá los costes de electricidad”, afirman.

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Cataluña para los catalanoparlantes

Ricardo Dudda

Foto: Bernat Armangue
AP

El debate lingüístico en Cataluña nunca ha tenido que ver con la lengua, sino con la cultura.
Un ejemplo es una frase como “Cataluña es el catalán”, que se ha usado en los debates
sobre la inmersión lingüística esta semana y que difícilmente puede defenderse como una
idea liberal (lo digo porque quien la ha usado es un liberal socialdemócrata, y porque un
partido progresista como el PSC es un gran defensor del monolingüismo en la escuela).

La defensa de una sola lengua en una sociedad plurilingüe va contra el pluralismo liberal, y
en cierto modo recoge el argumentario nacionalista, que considera la lengua uno de los
hechos diferenciales. Para los clásicos nacionalistas, como Herder, la lengua refleja un
modo de pensar y una forma de ser. La lengua es la esencia del nacionalismo: una nación
para cada lengua.

Uno puede usar argumentos pragmáticos para defender la inmersión lingüística, como la
idea de que es una manera de elevación social (los castellanoparlantes catalanes tienen
mayores cifras de fracaso escolar que los catalanoparlantes). También se suele decir que la
inmersión es el gran consenso de la sociedad catalana, pero un estudio de Roberto Gravia y
Andrés Santana muestra que es falso: “existe un alto nivel de consenso sobre el modelo
lingüístico de las escuelas, pero el rasgo definitorio de dicho consenso es la pluralidad
lingüística, no la posición hegemónica de ninguna de ellas: los votantes de todos los
partidos coinciden en que al menos un 28% de las clases deben ser en catalán, un 25 % en
inglés, y un 20 % en castellano; y difieren en cómo debe impartirse el 27% restante de
horas.” Gravia y Santana afirman que “la sociedad catalana está muy lejos del amplio
consenso a favor de la inmersión lingüística, que más parece ser un mantra que reflejo de
las preferencias de la sociedad catalana”.

Al defender el modelo monolingüe se defiende la idea nacionalista de que la lengua catalana
ha de preservarse per se, sin importar su número de hablantes (son más los
castellanoparlantes en Cataluña que los catalanoparlantes). La lengua se defiende porque es
un bien en sí mismo. De ahí a preservarla para que no se contamine de otras lenguas (que
es lo que hacen las lenguas y así es como se forman) hay muy poco.

Esto crea situaciones difícilmente explicables, como explica Félix Ovejero: “que la lengua
mayoritaria y común en Cataluña sea el castellano y que sin embargo no sea la que
proporciona identidad nos lleva a situaciones conceptualmente complicadas”. La lengua va
antes que la ciudadanía. Es un argumento nacionalista. Al defender la lengua se defiende
una especie de esencia y cultura inmutable. Es una lógica peligrosa, que los más radicales
han usado para defender su idea de “Cataluña para los catalanes”.

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Me llena de odio -y de satisfacción-

Gonzalo Gragera

Foto: Sipi
EFE

Estrategia de comunicación: irritar al contrario. Lo vimos hace unos años en la acción política de Podemos, partido cuyo ejercicio de propaganda aprovechaba el odio visceral –como todos, supongo- que despertaba en sectores más o menos conservadores y liberales para introducir y difundir sus ideas en el conjunto de la sociedad española. De ahí, claro, que acudieran a tertulias de cadenas con público de derechas, donde de sobra sabían, y de manera inteligente, que el precio de lo viral era más asequible. De esas ya antiguas luchas dialécticas sacarían mucho más provecho que de mesas redondas de cualquier facultad o de ponencias académicas y eruditas de pasillos universitarios, e incluso más que de su capacidad de convocatoria en las redes sociales. Y es que nada como el odio, su impulso, para transmitir un mensaje; nada como la crispación del enemigo para alimentar una idea.  Rufián es otro que supo de la lección en los meses –pasados, creo, espero- más complicados de la secesión orquestada en los partidos independentistas catalanes. Mientras todos compartían, en actitud de desprecio, sus desvaríos y ocurrencias, tales desvaríos y ocurrencias circulaban, con notable éxito y acogida, por todo el país. Un diputado de un partido de escueta representación parlamentaria en el Congreso, principal imagen –discurso- de buena parte de la política española.

Y es que el público necesita –necesitamos- del odio para multitud de asuntos, pero quizá el principal es el hecho de afirmarse, el hecho de confirmarnos en nuestra propia personalidad. El odio nos aleja de aquello que no queremos ser, nos marca distancias respecto de aquello a lo que le tenemos fobia, lo que nos causa rechazo, aquello que consideramos malo incorrecto equivocado Un lector de tendencia izquierdosa necesitará compartir entre sus amigos virtuales las barbaridades que escriba un autor o periodista o columnista partidario de cualquier tesis histórica sobre –tema facilón- el franquismo y las cosas buenas que nos dejó. También al contrario, evidente: la autora de derechas se rasgará las vestiduras ante el párrafo de intención polémica de cualquier firma de izquierdas. Se intuye: en cuanto hay lucha de posiciones, o disparidad de criterios, además de argumentar el error ajeno, necesitamos, para quedar tranquilos con nuestra conciencia y con nuestro criterio, ridiculizarlo, denostarlo. Y es entonces cuando vamos a la búsqueda del odio, a ese interés por leer opiniones que consideramos irrisorias, infantiles, descabelladas; y también el interés en difundirlas, en hacer ver a los demás la estupidez en la que otros –siempre los otros- están inmersos. Un denunciar la estupidez del prójimo que es, más bien, un favor hacia este: lo vemos a diario en el periodismo sensacionalista, ahora llamado de clickbait.

Lo escribe Ricardo Dudda en Letras Libres: “Hay una parte de construcción del enemigo para justificar las propias acciones. Al elaborar un hombre de paja y luchar contra él, además, uno construye su identidad a medida. Uno puede moldear al enemigo para moldearse a sí mismo”. Necesitamos consumir el odio, y odiar, para convencernos de que no somos aquello que odiamos. El odio como bienestar narcisista de saberse distinto, seguro, cómodo –pleno convencimiento- en la idea propia. El odio como emoción para establecer la diferencia con el adversario. O con la actitud moralmente reprochable. El odio que nos llena de odio, y de satisfacción.

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Forges, medio siglo de historia a través de sus viñetas

Redacción TO

Foto: Juan Carlos Hidalgo
EFE

La muerte del humorista gráfico Antonio Fraguas ‘Forges’ ha conmocionado a España. Durante 50 años, Forges, que ha fallecido a los 76 años, llegó a varias generaciones a través de sus viñetas. En ellas, sus peculiares personajes de gran nariz y ojos saltones protagonizan escenas de la vida política y cotidiana, mostrando un retrato verdaderamente original de la sociedad española.

Las redes se han llenado tras su muerte de sus famosas viñetas, con las que consiguió, siguiendo el consejo de su padre, “ser un dibujante original”. “Que se reconozca un dibujo tuyo a quince metros”, le dijo su padre, y así lo hizo Forges.

Desde los episodios políticos más relevantes de la historia de España hasta situaciones cotidianas, que también evolucionaron con la sociedad, Forges retrató durante gran parte de su vida el país a través del humor y la crítica. En los últimos meses, Cataluña ocupó, como en la mayoría de medios de comunicación, una gran cantidad de viñetas del dibujante.

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Una de las viñetas de Forges, dedicada a Marta Rovira, la número dos de ERC. | Foto: Forges/ Twitter
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La situación de Puigdemont en Bruselas, retratada por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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El 155, otro de los protagonistas de las viñetas. | Foto: Forges/ Twitter

Pero tampoco se olvidó de retratar en sus viñetas, con un toque de denuncia social, otras situaciones políticas que preocupan a los ciudadanos.

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Forges critica la ley hipotecaria, como siempre, a través del humor. | Foto: Forges/ Twitter
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El dibujante recuerda que no todo es Cataluña. | Foto: Forges/ Twitter

Pero, sobre todo, Forges fue capaz de hacer que numerosos españoles se sintieran identificados con sus personajes, las situaciones que describían y las preocupaciones que mostraban. A través del humor, el original dibujante logró retratar los pensamientos de un gran número de personas.

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Los modales y la educación son uno de los temas recurrentes en sus viñetas. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges critica el ‘cuñadismo’ en sus viñetas. | Foto: Twitter
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La economía también era uno de los temas retratados por Forges. | Foto: Forges/ Twitter
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Forges muestra la situación de muchas mujeres en España. | Foto: Twitter

La sociedad ha avanzado mucho a lo largo de los años en numerosos aspectos, pero las viñetas de Forges demuestran que hay cosas que no cambian y que los ciudadanos siguen teniendo las mismas preocupaciones y carencias a pesar del paso del tiempo.

Ya en los años 80, Forges mostraba la preocupación social por la integración de España en Europa y, principalmente, por las consecuencias económicas que esto tendría.

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La situación económica de España tras su integración en Europa fue una gran preocupación. | Foto: Twitter

En 1995, publicaba su primera viñeta en El País, y retrataba una situación que bien podría referirse al año 2018.

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Forges, en 1995, retrataba situaciones que bien podrían ocurrir en 2018. | Foto: Twitter

Además, Forges también retrató los problemas internacionales que a menudo olvidamos y trató de recordar a través de sus viñetas que hay una parte del mundo que sobrevive a guerras, hambrunas y una gran pobreza.

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Las guerras y los refugiados aparecen retratados en muchas viñetas del dibujante. | Foto: Twitter
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Durante años, Forges recordó también los problemas que sufren otros países, especialmente en África. | Foto: Twitter
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El hambre, otra de las grandes retratadas en sus viñetas. | Foto: Twitter

Ahora la sociedad se despide de Forges, un gran dibujante que durante años logró sacar una sonrisa a los lectores de los diferentes diarios en los que publicó sus viñetas. Sus personajes y su humor quedarán en el recuerdo durante mucho tiempo y, con ellos, las sonrisas y reflexiones que provocaron en el momento de su publicación.

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