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Democracia de ultratumba

Enrique García-Máiquez

Quien sabe de esto me aconseja que aproveche estos días efervescentes para escribir artículos de actualidad política. Ya vendrá, después, la rutina, pero ahora todo está fraguándose: alianzas, posiciones, discursos, ministerios, secretarías generales, etc. Claro que, coincidiendo con el día de difuntos, tras el día de todos los santos, ¿quién no habla de la eternidad política?

La Edad Media se recreó en una idea extraordinariamente igualitaria: la democracia de ultratumba. La muerte era para príncipes y siervos, para obispos y mendigos, inexorable, idéntica e impasible. Aquello compensaba de una sociedad jerárquica y estamentalizada. Véase a Jorge Manrique: “Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ qu’es el morir;/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ e consumir;/ allí los ríos caudales,/ allí los otros medianos/ e más chicos,/ allegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ e los ricos”. La idea venía de la Antigüedad, pero en el Medievo gustó tanto que se le quitó el austero manto estoico y se transformó en una danza.

La modernidad, que está hecha, parafraseando a Chesterton, de ideas medievales que se volvieron locas, ha llevado al paroxismo la idea de la muerte como epítome de la democracia. Tras el frenesí de muertes a millones que ha acompañado a toda revolución, empezando por la francesa y siguiendo por las socialistas y las nacionalsocialistas, puede verse la impaciencia del igualitarismo por extender su nivelado ideal. Visto así, cualquier diferencia se convierte de inmediato en una muestra de vitalidad y en una salvaguarda de libertad. ¿Cómo no amarla? Por la igualdad, tan mortecina en el fondo, no hay prisa ninguna, diría uno, si le dejasen votar.

Un teórico político neo-güelfo-blanco tendría, pues, que desplazar la apoteosis democrática del día de los difuntos al día de todos los santos, tratando de reflejar en el mundo la estructura del reino eterno. Tendríamos entonces jerarquías, al estilo de las descritas por Dante, con la democrática denominación de origen, además, de que el punto de partida sería la igualdad de la muerte, sólo que trascendida. El gran inconveniente, en cambio, es ¿que a quién le importa nada de esto, tan pendientes como estamos de alianzas, posiciones, discursos, ministerios, secretarías generales, etc? Hay días en que la visita a los cementerios, más que una costumbre, es una necesidad. La de hallar una audiencia receptiva.

Y entretanto, Sevilla...

Jesús Nieto Jurado

Y Sevilla. Dicen que en Sevilla hay que morir, que Dios descansó a las orillas del Padre Betis, que si te atropella un coche en Sevilla probablemente la culpa, la culpita, sea del chófer de un ‘diresto generá’ que dicen por ahí abajo de los gerifaltes de la Junta. En abril, Atocha es ya la previa de la caseta y el recuerdo de ese tiempo risueño del felipismo que te ponía un pabellón en la Expo 92 y te tapaba la “cal viva”: magia pura. Pero en Sevilla hay que morir, que Sevilla es Castilla frutalmente propagada. La ciudad de Juan Joya “Risitas” y de Machado. La ciudad de Jaime Moreno y de Murillo, la barroca y la de los chabolos. La de la Macarena y la Triana  (topicazo que queda bien). La Sevilla dual que sesea o cecea según el barrio o los barros del Aljarafe. La de Joselito y Belmonte. La ciudad donde Javier Arenas nunca fue victorioso y donde todo tiene calor de ‘servesita’ y sueño perdido. En Sevilla hay que morir, si es posible en Feria y convidado por un capillita al que probablemente no vuelvas a ver. A Sevilla iba yo convocado por Griñán antes de que saliera su quilombo, y allí había compadreo entre los ERES y los plumillas, que la Justicia es lenta y la Feria corta. Y el gobierno autonómico del mismo color siempre, vestido de faralae en una imagen que nunca olvidaré.

A la gloria, sevillanos, a la gloria, que cantó Carlos Herrera a una ciudad donde la pena lleva farolillos.  Veo la foto que ilustra este texto y veo a Silvia, mi primer amor sevillano bajo los arcos de la Plaza del Salvador. Y veo la Feria, tras Cristo Resucitado y una trianera, muy suya, a la que llaman Susana y rumorean que sabe las cuatro reglas. En Sevilla hay que morir, y lo dice un madrileño que veranea en Málaga y llora cera en Sevilla.

Un madrileño, yo, que quiere el “Romero Murube” o se la corta -la coleta- y la tira al Río. Ese río donde Morante sueña versos hechos marisma y oro.

Un ministro del Interior para la política exterior

Antonio García Maldonado

Ha vuelto a suceder con las elecciones francesas. En los medios españoles han proliferado los análisis que partían o concluían con semejanzas con nuestra política doméstica. Al parecer, Albert Rivera sería Macron, Sánchez sería Hamon y Mélenchon es Pablo Iglesias. Que no haya un Fillon o un Le Pen claros en nuestra política no ha impedido que las comparaciones se hayan dado en medios y redes sociales. Periodistas, analistas y líderes políticos han comenzado a extraer conclusiones no tanto apresuradas como inservibles. Porque se pasa por alto el detalle de que no somos franceses.

Si bien la comparación puede ser útil para visualizar tendencias muy generales y comunes, el abuso de la misma ha revelado cierto narcisismo, una tendencia extendida a pasar por el filtro local situaciones exteriores que poco tienen que ver con nuestra coyuntura. Cuando se pasa de la comparación de las corrientes de fondo a poner nombre y apellido a quién sería el equivalente en nuestro país, el análisis desbarra. España no es el centro del mundo, ni su mentalidad y formas políticas sirven de base para analizar países políticamente tan singulares como Francia o Reino Unido. Es comprensible que esto ocurra en la batalla política diaria, aunque más inexplicable es que desde el periodismo se insista tanto en esta visión provinciana de la política internacional.

Esta incapacidad para analizar la política exterior sin el filtro del debate doméstico también se ve en la mezquindad con la que Podemos y sus periodistas afines despachan el asunto de Venezuela cuando se les pregunta. Aunque sus principales líderes no hubieran trabajado asesorando a aquel Gobierno, la pregunta es pertinente en un país hermano. Pero habiéndolo hecho, es obligada. Sin embargo, la respuesta suele ser la de acusar al periodista o al rival político de hablar de eso “para no hablar de la trama” española, o cosas parecidas. La falta de generosidad con los venezolanos y la falta de autocrítica son buena muestra de lo que ocurre cuando se unen las anteojeras ideológicas con el localismo analítico.

Cuando en 1998 la India lanzó la Operación Shakti con la que el Gobierno llevó a cabo ensayos nucleares, los servicios de inteligencia occidentales se quedaron estupefactos. A pesar de que los responsables de la India llevaban amenazando y anunciando que lo harían durante años, casi nadie se había tomado en serio la posibilidad. Los análisis se basaban, grosso modo, en que la India “no se va a arriesgar a perder el favor de Occidente”, en que “no le hace falta”… Hay un libro seminal en la materia que estudió este caso de la India para hablar de lo equivocado de analizar situaciones ajenas con las gafas culturales y políticas propias. En Psychology of Intelligence Analysis, el ex analista de la CIA Richard Heuer Jr. argumenta la necesidad de ser conscientes de nuestros sesgos para intentar atenuarlos en el análisis de la realidad de otros países. Justo lo contrario de lo que solemos ver y leer aquí.

Esta tendencia a ver la política exterior a través de lo más coyuntural de nuestra política interna no deja de ser, además de equivocado en términos analíticos, una muestra del trabajo que aún debemos hacer en nuestro país para cambiar una mentalidad de ‘España First’, políticamente provinciana, con la que es difícil ser competitivo. No todo pasa por España, aunque sí le influya, y por eso se llama política exterior.

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’

Cecilia de la Serna

Foto: Netflix

Cuando en octubre de 2015 Netflix llegó a España ya se empezaba a rumorear -y a soñar- con una producción del gigante del streaming en nuestro país. Las producciones españolas destacan por su increíble relación calidad-precio, como demuestra el interés de gigantes del audiovisual como HBO, que lleva temporadas rodando su ‘buque insignia’, Juego de Tronos, en territorio hispano. Bien, pues un año y medio después del aterrizaje de Netflix en los dispositivos españoles, la plataforma presenta su primera producción made in Spain: Las chicas del cable.

Esta serie, que ha firmado por dos temporadas de ocho episodios, llega este viernes 28 de abril de la mano de los creadores de la súper exitosa producción de Antena 3, Velvet. La historia está protagonizada por cuatro jóvenes actrices con gran proyección internacional: Maggie Civantos (en el papel de Ángeles), Ana Fernández (como Carlota), Nadia de Santiago (interpretando a Margarita) y Blanca Suárez (en el rol de Alba). Las chicas del cable se desarrolla en el Madrid de finales de los años 20, y sus protagonistas encarnan a unas chicas de toda índole y condición que comienzan a trabajar en una moderna empresa de telecomunicaciones.

La trama feminista de Las chicas del cable fue lo que más atrajo al gigante del streaming

Las chicas del cable es, a fin de cuentas, una historia de superación y búsqueda de independencia por parte de cuatro mujeres -lo que ahora llaman “empoderamiento femenino”-, y se ve envuelta en no pocos líos amorosos, incluida una relación homosexual -todo un reto para dos mujeres de aquella época-. Lo que une realmente a Ángeles, Carlota, Margarita y Alba, es -aparte de su puesto laboral como telefonistas- la amistad, y la búsqueda incansable la realización de sus sueños. Las chicas del cable es la primera historia española que podrá verse a escala global en Netflix, y su trama feminista fue lo que más atrajo al gigante del streaming.

Netflix estrena ‘Las chicas del cable’, su primera serie ‘made in Spain’ (Pipocas) 1
Las chicas del cable mostrará la España de los años 20 al mundo entero. | Foto: Netflix

Iniciativas que marcan la diferencia

La entrada de Netflix en España fue un acierto. Acabamos de conocer que la piratería descendió en 2016 en nuestro país por primera vez en diez años, según un informe del Observatorio de la Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales. Este dato revela que la irrupción de ésta y otras plataformas digitales es beneficiosa en términos de derechos de autor. Ahora, además, Netflix se convierte en un gran escaparate para el talento patrio, pudiendo elevar al cielo a intérpretes y realizadores españoles. ¿Serán las cuatro chicas del cable mundialmente conocidas como las reclusas de Litchfield? El tiempo sentenciará.

Macron y sus posibilidades

Gonzalo Gragera

Foto: BENOIT TESSIER
Reuters

De todas las opciones posibles y probables, la más favorable. Hablamos de Francia, país en donde se está debatiendo, como ya sucediera en otros países de Europa, España entre ellos, el careo entre la democracia liberal y representativa y su ocaso, debacle que responde al nombre del populismo, la xenofobia, el euroescepticismo, el nacionalismo y el proteccionismo, con media dosis de modelo asambleario y de políticos que se atribuyen el don de ser los verdaderos representantes de los intereses de una nación. Intereses que, oh casualidad, suelen coincidir con su ideario. Estos políticos, se llamen Le Pen o Iglesias, una francesa y el otro español, convergen en un mismo idioma. Si no, que le pregunten al periodista Rubén Amón, quien, con tergiversación como medio y finalidad, ha tenido que soportar el ninguneo y la caricatura de Iglesias en el único formato, junto con la televisión, en el que gana público: la red social. Luego está la realidad, pero ese es un campo que suele decepcionar a los que tratan de ver el mundo desde la óptica del prejuicio y del sesgo.

Pero de esa dialéctica entre democracia liberal –con su imperio de la ley y la conciencia de su vulnerabilidad, consecuencia, por otra parte, de su humanidad- y populismo, parece que apoyamos la primera opción, pese a todas las adversidades que han acompañado a Europa en la última década. Primero Holanda y ahora Francia. Si bien es cierto que el recorrido es aún largo y la incertidumbre considerable, todo apunta a que Macron saldrá victorioso de esta competición con Le Pen. Al menos en cuanto al voto y al discurso de sus políticas. Acaso será más complicado implantarlas. Mucho más, me temo, hacerlas efectivas. Pero lo dijo el escritor: todo es probable y nada es seguro.

De Macron esperan, esperamos, mucho. Sobre todo de su perfil liberal y progresista, un perfil que en España escasea, que incluso suena, para los Le Pen y los Iglesias, a contradicción. Quizá porque ahí vean a su primer adversario; su primer adversario con posibilidad material de tumbar las propuestas del populismo. Por otra parte, esa actitud y ese discurso de corte reformista y liberal brilla más, al menos hoy día, por la abstracción de las ideas que por la concreción formal de un partido, de una estructura, de un programa. Como sucede con Ciudadanos. Esa concreción formal de las ideas –saber a qué atenerse, primer requisito para saber adónde vamos- es el primer paso que deberían afrontar. Más aún cuando los otros, los del proteccionismo y el nacionalismo, lo tienen tan claro. Es evidente: destruir y cerrar siempre fue más sencillo que elaborar y crecer. Que proponer medidas originales, posibles, difíciles y constructivas. Que progresar.

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