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Juego de tronos

Enrique García-Máiquez

Hace tres o cuatro años, el presidente de mi periódico me aconsejó ver Juego de tronos para entender a Podemos. Como soy humilde y jerárquico, me metí la serie entre pecho y espalda a contrarreloj con sentimientos contrapuestos, ideas contrariadas y juicios contrarios, y aquí sigo, encima, esperando la próxima temporada, contradictorio. Tras pasar por el trance, he notado que ahora la opinión política, en general, y los de Podemos, en particular, han parado en seco de hablar de Juego de tronos. ¡Vaya por Dios! No se sabe ni si Felipe VI ha visto la serie que le regaló Iglesias.

Sin embargo, no voy a pedir explicaciones a mi jefe, porque, en realidad, la serie Juego de tronos está de más actualidad que nunca. Si no se la nombra, es por eso. Por pudor. Desde fuera y en plan profesor colega de Políticas, tenían gracia las analogías. Cuando se convierte en tu espejo, mejor correr un tupido velo.

La gran baza de Juego de tronos nunca fue la profundidad teórica ni su perspicacia psicológica, sino la puesta en acción (¡en juego!) de un laberinto de ambiciones por el poder tan desbocadas como envasadas al vacío en los compartimentos estancos y paralelos de los Siete Reinos. En la política española de hoy mismo, miremos donde miremos, vemos esas luchas internas por el poder de cada partido y en cada autonomía trufadas de traiciones, estrategias enrevesadas y contratretas. En Podemos, han salido de sus corrientes para meterse en su autobús; en el PSOE, se acercan las primarias; dentro del descompuesto independentismo catalán, todo es desconfianza y desazón… Con un añadido que también remite a Juego de tronos: andan tan embebidos de su propia ansia de poder que son incapaces de atisbar los verdaderos peligros. En el panorama español, pasma la poca conciencia del tablero movedizo e inflamable que es la política internacional; y todavía pasma más, si cabe, la nula preocupación por el bien común.

Hay, por supuesto, libros y series mucho mejores, pero la que retrata el panorama global de nuestra vida pública no podía ser demasiado excelsa. Si quieren teoría política de la buena, ahí está, sin salirse del laberinto de espejos del poder, el Maquiavelo para el siglo XXI (Ariel) de nuestro Ferran Caballero. Si prefieren escaparse a la gran literatura contemporánea, háganse con el último poemario de Miguel d’Ors, titulado Manzanas robadas (Renacimiento). No hallarán en él ni el más mínimo reflejo de nuestros políticos. De ésos que han dejado de hablar de Juego de tronos sólo para disimular.

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Tras la legalización de las FARC, sus víctimas aspiran a conformarse en partido político

Anna Carolina Maier

Foto: John Vizcaino
Reuters

Jorge Vásquez permaneció cuatro años escondido pues la amenaza de las Fuerzas Armadas de Colombia (FARC) era que si se se lo encontraban “acababan” con él y con su familia. “Esa era la orden”, afirma 16 años más tarde.

Vásquez formó parte del primer grupo de 12 víctimas del grupo guerrillero que viajó en agosto de 2014 a La Habana para participar en los diálogos de paz. Fue a Cuba en el rol de coordinador de la Mesa Nacional de Víctimas.

Hoy en día, es secretario técnico de la Mesa Departamental de Fortalecimiento y forma parte del Comité Ejecutivo de la Mesa Nacional de Fortalecimiento con las que, entre otras cosas, se pretende hacer seguimiento a que los acuerdos logrados en La Habana sean cumplidos por las partes.

Vásquez recuerda que durante el viaje, uno de los comandantes de la guerrilla le había contado cómo había sido el entramado de las amenazas que por años le hicieron. “La verdad es que era un tema político”, afirma.

“El Desplazamiento forzado se da porque llegaban amenazas, panfletos, mensajes, cd’s y comunicados en los que señalaban que nosotros éramos objetivo militar de ellos”.

La decisión de dejar el departamento de Tolima en 2001 se concreta cuando el grupo armado amenaza con reclutar a uno de sus hijos.

Para formar parte de la mesa que fue a La Habana, se dio un proceso.  “En 2013, 900 organizaciones, a través de unas elecciones, me eligen como primer Coordinador de la Mesa Nacional de participación de víctimas. Por esa condición, por ser víctima de las FARC y por tener una posición política frente al proceso, me llevan a La Habana”.

Las FARC se constituyeron como una guerrilla campesina en la población de Marquetalia al sur de Colombia en 1964. 53 años más tarde, el pasado primero de septiembre, culminó el congreso nacional en el que pasaron a convertirse en partido político acordaron incluso el nombre y el slogan que utilizarán.

Víctima de las FARC: Estamos conversando sobre la posibilidad de conformarnos en partido político
Un militante de las FARC escucha el líder del movimiento Rodrigo Londoño durante el lanzamiento del nuevo partido político llamado Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. | Foto: Jaime Saldarriaga / Reuters

¿Cómo fue el proceso para que las FARC llegara a convertirse en partido político?

Todo lo que está sucediendo no es otra cosa sino parte de los acuerdos que se hicieron en La Habana entre el Gobierno Nacional y el grupo de las FARC. Es parte de los acuerdos. Nosotros hicimos parte inicial del proceso. En este momento, nos estamos conformando como comité verificador de la implementación de los acuerdos logrados allí.

Nosotros creemos que, como víctimas, debemos seguir haciéndoles un seguimiento porque allí se dan garantías, tanto a las víctimas del conflicto armado como a la guerrilla. Es la única forma de que se normalice (la situación) para que el proceso tenga un buen final en la región, que es donde se ha sentido el dolor, el desarraigo y la pobreza.

Queremos que (lo sucedido) pase a la Historia y haya una nueva forma de vivir para los campesinos en Colombia.

¿Qué piensa usted de la entrada a la política de parte de las FARC, conociendo el pasado violento y siendo usted una víctima?

Hay varias posiciones y yo como dirigente tengo que hablar de las dos que más escucho entre las víctimas. Una parte está muy dolida por todo el daño que se hizo, por las muertes de sus familiares, de sus seres queridos, por el desarraigo de la región, de esa real cantidad de cosas que pasaron allá, inhumanas producto de la guerra.

La otra posición, es que sabemos que es mejor eso (su legalización como partido) que el que sigan secuestrando a niños, adolescentes y pensar que se puedan seguir haciendo tantas cosas como las que se hicieron siempre: descuartizamientos de personas, tiros de gracia, secuestros, mutilaciones.

Mi posición personal es que es una gran oportunidad para Colombia, a pesar de todas las diferencias existentes, para que de alguna manera se pueda vivir más tranquilo. Que se pueda ir al campo. La idea aquí es que todos cabemos en Colombia.

Yo hace mucho rato superé la situación de tenerles a ellos fobia. Inclusive, antes de viajar a La Habana yo pensaba que cuando me encontrara con ellos iba a tener una reacción diferente. Pero lo he superado porque la vida nos enseña que tenemos una familia, que tenemos que trabajar por ella y que hay que salir adelante.

Tenemos, además, una familia que es Colombia, tenemos un trabajo que hacer.

¿Entre las propuestas de las víctimas ha estado el de la participación de ustedes en la política? Sobre todo, ahora tras la legalización de las FARC.

Nosotros llevamos esa propuesta a La Habana. Fue un escrito que pusimos en la mesa. Nosotros manifestamos que las víctimas teníamos igual o mayor derecho de participar en política ya que hoy los políticos utilizan a las víctimas para sacar sus votos pero no les interesa el proceso.

Es una gran oportunidad para que las mismas víctimas representen a las víctimas. No hay nadie que sienta más el dolor que una víctima. Por eso, buscamos la oportunidad de que se diera esa cosa que terminó siendo la Circunscripción Especial para la Paz pero donde, de alguna manera, condicionan la elección porque se limitaron a cuatro municipios del sur. Allí no quedamos muy conformes con el mecanismo pero algo se logró.

La creación de las denominadas Circunscripciones Especiales de Paz -pactadas en Cuba- darían, durante la transición, representación adicional en la Cámara de Representantes a las zonas más afectadas por el conflicto armado.

De acuerdo a una entrevista del medio colombiano El Tiempo hecha a Fernando Giraldo, profesor investigador del Departamento de Ciencia Política de la Universidad del Norte, estas circunscripciones “serían creadas de manera transitoria para brindar participación política a aquellas poblaciones cuyos territorios han sido históricamente afectados por la guerra”.

Tres características serían decisivas a la hora de escoger las zonas que las integrarían: “que sean lugares donde la presencia el conflicto armado haya sido considerable; que sus poblaciones hayan sido víctimas de condiciones de abandono y pobreza muy fuerte; y donde la presencia institucional del Estado es muy débil o inexistente”, explicó a ese medio el profesor. Por su parte, Vásquez considera que faltaron zonas por incluir.

De modo que propusieron que las víctimas también crearan un partido político…

Sí, estamos en esa idea. Estamos hablando con algunos departamentos donde nosotros estamos conversando sobre la posibilidad de conformarnos en partido político. En Colombia, a pesar de que es tan limitante la participación ciudadana, pues los partidos políticos han absorbido el proceso y no dejan que se constituya uno nuevo, nosotros estamos en esa gran tarea.

Hacia el final de la página, sostenemos que las víctimas, que somos ocho millones y medio de personas, algún día podamos andar como un partido político y tener nuestros parlamentarios e inclusive un aspirante a la Presidencia.

¿Cree posible que las FARC llegue al poder en algún momento?

Va a ser muy difícil porque hay mucho escepticismo en la población. Incluso en las zonas donde ellos estuvieron. Hay mucho dolor en ese proceso. Pero por eso es un proceso. Nada más importante y claro es que uno se mide con los hechos. Entonces vamos a mirar, seguramente, en las próximas elecciones cómo será la opinión de los colombianos ante la constitución de las FARC como partido.  Ahí vamos a hacer una medición de aceptación o no de un grupo de izquierda que llega a legalizarse en estos tiempos y en estos escenarios participativos.

Entre los políticos se rumorea que el nuevo partido que el 1 de septiembre se bautizó como Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común -manteniendo así sus siglas originales- no va a presentar a candidatos para las próximas elecciones de 2018 pero sí dará apoyo a algunos como, posiblemente, Piedad Córdoba.

El 30 de mayo, concluyó el desarme de la guerrilla bajo la supervisión de la Organización de Naciones Unidas y el presidente Juan Manuel Santos ese día proclamó que el conflicto con las FARC, que durante medio siglo desangró, a Colombia “realmente” había terminado. Tras la legalización de las FARC comienza una nueva historia. 

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Vértigo

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: ANDREA COMAS
Reuters/File

Fue una imagen triste. El Pleno del Congreso de los Diputados rechazó este martes una proposición no de ley para cerrar filas en la defensa del Estado de derecho. Algunos señalaron la inconveniencia de la iniciativa planteada por Ciudadanos, y otros reprocharon a los socialistas su falta de arrojo para votar con populares y naranjas. No es el cometido de este artículo analizar las razones de una y otra posturas políticas, sino extraer conclusiones de ese desafortunado desencuentro que parece haber debilitado la acción constitucionalista en su misión de frenar el desafío independentista.

La primera de ellas tiene que ver con el alcance geográfico del problema secesionista. Hace ya muchas semanas que constatamos con dolor que, pasara lo que pasara en Cataluña en las próximas fechas, aquella sociedad y sus instituciones quedarían fracturadas y enfrentadas por largo tiempo. Ahora, esa quiebra amenaza con extenderse también al Parlamento nacional. Es cierto que la división no ha llegado a las calles de España, donde los ciudadanos siguen los acontecimientos con una mezcla distancia y desafección, pero la votación del martes ha puesto de manifiesto hasta qué punto el procés ha mediatizado a la cámara legislativa. Es como si ese eje centro-periferia que lleva décadas condicionando las elecciones autonómicas catalanas se hubiera trasladado al Congreso, afectando a la estrategia, el juego de alianzas y el equilibrio de fuerzas políticas, quién sabe si de forma permanente.

La segunda conclusión sugiere un viraje en las filas de la oposición. Aquella alianza moderada que hizo posible un pacto de gobierno, después frustrado, entre PSOE y Ciudadanos hoy sería irrepetible. Ambos partidos parecen haber derivado en oposiciones mutuamente excluyentes, tendencia que aleja la posibilidad de una alternativa al PP que pivote sobre el centro del espectro ideológico. El retorno de Pedro Sánchez al frente de la dirección socialista ha supuesto un desplazamiento hacia posiciones más escoradas a la izquierda, en un intento por recuperar a los votantes que se marcharon a Podemos en las últimas citas electorales, y una reacción casi alérgica a cualquier contacto con la derecha.

Con todo, los flujos de votos que se produzcan entre PSOE y Podemos no alterarán de forma sustancial el peso neto de la izquierda nacional parlamentaria. Así, una vez escenificada la ruptura con sus antiguos socios naranjas, es posible que Sánchez busque el apoyo de las formaciones independentistas para plantear una moción de censura con opciones de prosperar. Es posible también que ese apoyo tenga lugar a cambio de respaldar un gobierno tripartito en unas hipotéticas elecciones autonómicas, presidido por ERC y con PSC y Catalunya sí que es pot como socios comprometidos con la celebración de un referéndum pactado.

Por su parte, Podemos constituye un elemento de inestabilidad parlamentaria, habida cuenta de su carácter antisistema o semileal al sistema, y de su capacidad para condicionar la acción política. La formación no pudo acometer el desborde popular al que aspiraba en las pasadas elecciones y ha perdido apoyo social en los últimos meses. Íñigo Errejón atribuyó los límites electorales del proyecto populista a la ausencia de una crisis orgánica en España. Es decir, el descontento político y social no consiguió deslegitimar las instituciones democráticas, que continuaron contando con el respaldo y el reconocimiento de la mayor parte de los ciudadanos.

En este sentido, Podemos parece haber descubierto en el procés una ventana de oportunidad para desencadenar la anhelada crisis del sistema, y a este propósito parecen encaminadas sus acciones en el conjunto de España. Al mismo tiempo, la formación morada espera que las arriesgadas maniobras emprendidas por Pedro Sánchez y Miquel Iceta terminen por propiciar la ruptura del PSOE. Algo de eso se vislumbró también el pasado martes, cuando varios diputados socialistas rompieron la disciplina de partido para abstenerse en la votación de la iniciativa de Ciudadanos.

En resumen, la votación del pasado martes nos deja la imagen de un bloque constitucionalista dividido que ha de hacer frente a un independentismo sin fisuras. Estas diferencias dan cuenta de que la cuestión nacionalista no ha conseguido difuminar los matices del discurso político de los grandes partidos, pero también evidencian que el eje centro-periferia se ha instalado en el Congreso y que va a debilitar la respuesta común que exige el reto secesionista. Hace unos meses, despedíamos con optimismo un bipartidismo de décadas para dar la bienvenida a un pluralismo que creíamos moderado. Sin embargo, los últimos acontecimientos nos hablan de polarización y crisis orgánica. Nos hemos instalado en el vértigo.

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Pielfinismo en pleno siglo XXI

Carlos Mayoral

Foto: Vincent West
Reuters/Archivo

Créanme, hay un momento al día en que pienso que no podemos tensar más la piel, fina piel, que cubre esta sociedad moderna y avanzada y renovadora y revolucionaria y bla, bla, bla. Pero luego llega la noche para recordarme que siempre hay tiempo para un penúltimo estirón. Es ésta una sociedad ofendida de base, que cree en la ofensa como método para exhibir cualidades morales que no hacen falta ser exhibidas, y que eleva al ofendido a un altar donde será venerado por remover pijiconciencias ocultas. Pero lo peor en esta peligrosa deriva es la tendencia que empieza a calar en el ánimo del pueblo: nada ofende tanto al hombre medio como el arte. Es extraño, pues el arte, elemento disruptivo por excelencia, ha bombardeado otras corazas, pero pocas veces las del pueblo, que suele aliarse con él para enderezar tuertos y desfacer agravios.

Sí, el arte está más perseguido que nunca, los hostigadores son aquellos que siempre estuvieron de su parte. Sin ir más lejos, días atrás, una noticia corría como la espuma por todas las cabeceras nacionales: un colectivo de payasos de no sé qué país europeo exigía la retirada inmediata de la película ‘It’, basada en una novela de Stephen King, por “denigrar la profesión” y, ojo, por “ofender sus sentimientos”. Vaya, la figura ofendida es esta vez, nada más y nada menos, que el payaso, el pilar en el que se apoyó, por ejemplo, Chaplin para darle vida a Charlot, el maravilloso personaje que con tanta elegancia enarboló la bandera de la crítica social y de la ofensa (aquí sí) conveniente. No, señores payasos, el arte, esa arma que ustedes mismos empuñan, no puede censurarse porque la quemadura en la piel fina de esta sociedad lo exija. El arte está muy por encima de eso.

Pero no todas las censuras se cocinan en “no sé dónde”. España, país de extremos, eleva este pielfinismo a la categoría de costumbre. Sin ir más lejos, hace unos días, artistas como Loquillo, Alejandro Sanz o los chicos de Radio Futura veían cómo ciertas canciones de su autoría eran excluidas de las fiestas de un pueblo de Toledo porque herían la piel del concejal de turno. Este concejal, supongo, no sabe que a menudo el arte vive precisamente de eso, de la herida que provoque. De hecho, y volviendo al asunto de los payasos, precisamente el ‘clown’ en el que se apoyó Chaplin para desarrollar su carrera era español, de Jaca, respondía al nombre de Marcelino Ordés y llegó a convertirse en un icono de la sociedad cultural británica y norteamericana en las primeras décadas del siglo XX. Años más tarde, una criada se encontró el cuerpo de “Marceline“ sobre la cama de un modesto hotel de Manhattan, perforada la sien por una bala funesta. ¿El porqué del suicidio? El payaso consideraba que su arte había dejado de herir. En el entierro, allá en el cementerio de artistas de Kensico, Nueva York, una corona de flores destacaba sobre el resto. La enviaba Charles Chaplin, el hombre que pocos años más tarde hirió de muerte al nazismo con el aire cómico de su gran dictador. Y es que la herida, insisto, está por encima del herido.

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Garzón en Münzer

José Carlos Rodríguez

Foto: Luca Piergiovanni
EFE

Bernt Rothmann, amigo de Lutero, sufrió una violenta conversión a la nueva fe desde su acendrado catolicismo. Era un hombre elocuente, y forjó una pléyade de seguidores en Munzer que creían a pies juntillas la necesidad de imponer el comunismo más estricto. Ya no había tuyo, o mío. Jan Matthys, anabaptista, envió a sus “apóstoles” a la ciudad para que bautizasen a todo Münzer. Rothmann volvió a convertirse y abrazó la fe anabaptista. Aquél 1534 la ciudad alemana era ya un hervidero religioso cuando otro hombre, Jan Bockelson, con el apoyo de un rico industrial inició su apostolado particular. Andaba por las calles profiriendo alaridos y llamando a los vecinos al arrepentimiento por sus pecados. A su paso se retorcían los cuerpos de los vecinos, atormentados por las imágenes de un apocalipsis inminente. En ese ambiente de excitación, los anabaptistas, apoyados por los gremios, tomaron el ayuntamiento. Muchos luteranos, aterrorizados, abandonaron Münzer. La ciudad veía la llegada de anabaptistas procedentes de otros lugares, ávidos por ver con sus propios ojos la Nueva Jerusalén. Se hicieron con el control de la ciudad, lo que celebraron con una inmensa pira de libros, pinturas, estatuas. Una revuelta, una locura, que sólo necesitaba de un líder para que su éxito fuera completo. Fue entonces cuando llegó el propio Jan Matthys.

Matthys se convirtió en el dictador de la ciudad. Ordenó el degollamiento de católicos y luteranos, pero oyó los consejos que le decían que una mera expulsión crearía menos recelos en el negro mar que rodeaba la isla de santidad que era Münzer. Confiscó la propiedad de los expulsados. Un herrero protestó por la política impuesta por un extranjero (Matthis era de Haarlem), y pagó con una ejecución pública su atrevimiento. El terror se combinaba con severas advertencias de que poseer dinero atentaba contra el cristianismo.

La ciudad estaba sitiada por fuerzas católicas. Matthys salió de la ciudad para librarla del cerco junto con unos cuantos hombres, pero fue aplastado. Entonces Münzer cayó en manos de Bockelson. Él abolió todas las instituciones municipales e instituyó un gobierno formado por doce ancianos y él mismo, a los que confirió poder absoluto sobre la vida y la propiedad de los vecinos. La pena capital era la respuesta a cualquier tipo de insubordinación.

Cuando cedió el cerco sobre la ciudad, Bockelson se proclamó Rey y Mesías de los Últimos Días. Comenzó a vestir con todo lujo. Colocó en el centro de la plaza un trono revestido de paño de oro. Bockelson ordenó cambiar los nombres de todas las calles. Confiscó todos los caballos y se los entregó a sus hombres, que pronto comenzaron a compartir los frutos del expolio. Se imponían trabajos forzados y cualquier “excedente” en manos de un ciudadano era penado con la muerte.

El entusiasmo del pueblo por el anabaptismo y la Nueva Jerusalén empezó a brillar mucho menos. Entonces, Bockelson expuso ante todo Münzer cuál era la justificación del nuevo sistema. Él, y los suyos, habían muerto al mundo y a la carne. Eran, pues, espíritus “puros”. Y no importa lo que hicieran, eran incapaces de pecar. Los que aún albergasen alguna duda sólo debían esperar, pues Bockelson y los suyos eran sólo la avanzadilla de un nuevo orden, en el cual también ellos podrían disfrutar de esos lujos. Un nuevo cerco a la ciudad dio fin al régimen del amor impuesto en Münzer, un año después. El final fue agónico para la población, que veía cómo los dictadores de la ciudad comían con desmesura los víveres que a ellos les faltaban.

Predicar el comunismo, la justicia infinita y el gobierno basado en el amor y seguir personalmente un comportamiento contrario no es un invento de Alberto Garzón.

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