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Protoperiodismo

Enrique García-Máiquez

El repaso de The Objective a los últimos premios Pulitzer salvó de la riada del tiempo la fotografía ganadora de 2009. No la recordaba. Un obrero trata de rescatar a una mujer que ha caído a una presa. Los brazos de ella, casi desfallecidos, se ven entre la espuma. El rescatador alarga el suyo, enérgico, mientras cuelga de un arnés improvisado con cadenas.

A diferencia de mucha fotografía que se resigna a testimoniar la desgracia o la desolación, en ésta hay una fuerza que resiste, una apología de la acción, un vértigo.

A menudo, el periodismo tiene que conformarse con dar fe, claro, pero eso no quiere decir que no prefiramos sumarle —cuando se pueda— también la esperanza y, por tanto, la caridad. Todo está en esta foto. Es el arquetipo de mi protoperiodismo. Si hablo más de política nacional que de política internacional, es porque sobre la de aquí podemos influir algo, aunque sea muy poco (a poco). Un análisis ha de arrojar una luz que pueda transformarse en una energía transformadora. Y si reincido periódicamente en el costumbrismo será para tratar de cambiar alguna costumbre y, sobre todo, por mantener otras que no tendríamos por qué perder en el río revuelto de los tiempos que corren. Mis artículos culturales no quisieran perder nunca la urgencia de que hay un humanismo que se ahoga.

Intento —colgando— alargar un poco más el brazo contra las aguas salvajes. Aquel obrero de 2009 hace un excelente escudo heráldico quijotesco bajo el que echarse sobre la actualidad. Aunque quién sabe si (con la escritura vemos como a través de un espejo) no soy yo el que necesita ser rescatado, y es lector el que me tiende una mano in extremis. Igual que en esos dibujos que producen ilusiones ópticas reversibles, un instante soy el socorrista; el otro, el socorrido, como en la vida.

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Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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El artista que cubre tatuajes gratis para acabar con el racismo

Redacción TO

Foto: Southside Tattoo Parlour

Muchos han aprendido a vivir con un tatuaje que no quieren en su cuerpo. Ya sea porque ya no se corresponde con la persona que eres ahora o porque te lo hiciste un día de fiesta por Ibiza y ahora te arrepientes. Redibujar la tinta del tatuaje es una opción si crees que la eliminación por láser es cara, como demuestra el artista Dave Cutlip, que ha llegado aún más lejos en su estudio de Baltimore: ayudar a las personas con tatuajes racistas a deshacerse ellos gratuitamente”.

Para algunos de los clientes de Cutlip, los tatuajes fueron un símbolo de supervivencia, cuando llevar una esvástica o una bandera confederada significaba la diferencia entre la vida y la muerte. “Todo empezó cuando una persona me llamó para ver si podía redibujarle unos tatuajes que se había hecho cuando estaba en una banda callejera”, explica Cutlip a la revista digital Good, “Podía ver el daño que se le había hecho a esa persona, pero sinceramente, no quería ayudarle”.

Normalmente, cubrir un tatuaje por otro es una labor tediosa y, sobre todo, bastante cara. Después de hablar con aquel hombre durante 45 minutos Cutlip entendió la razón detrás de esos tatuajes, y al terminar la conversación, el tatuador y su pareja decidieron que podían ayudar a gente así. El resultado fue un crowfunding viral que recaudó lo suficiente, unos 21.000 dólares, para permitir a Culpit la cobertura de 15 tatuajes.

El estudio que cubre tatuajes racistas gratis

Al principio todo comenzó con pequeñas donaciones para agujas y papel, pero finalmente la campaña despegó y ahora espera poder ingresar 60.000 dólares con los que piensa ayudar a financiar sus servicios.

El estudio que cubre tatuajes racistas gratis 2

Una sesión de láser, que eliminaría por completo todo rastro de tinta del cuerpo, cuesta alrededor de 500 dólares la sesión y se necesitan entre cinco y siete. Cubrir el tatuaje puede costar entre 1.000 y 2.000 dólares dependiendo del tamaño. Cutlip argumenta que su manera de hacer las cosas no tiene nada que ver con el dinero, si no que él se compromete a ayudar a aquellas personas que ya se han comprometido con el cambio.

El estudio que cubre tatuajes racistas gratis 1

“Los medios de comunicación me han preguntando cuál es el tatuaje más memorable con el que he trabajado”, dice Cutlip. “Pero para ser sincero, todos han sido memorables. Todas estas personas, no creo que fueran racistas para empezar. Creo que hicieron lo que tuvieron que hacer para sobrevivir en el lugar que estaban en ese momento de su vida”.

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El caso en contra de la izquierda

Axel Capriles

Foto: Palacio de Miraflores
Gobierno de Venezuela

Venezuela se ha convertido en una papa caliente para la izquierda política.
Es un caso embarazoso, incómodo. A pesar de que ser de izquierdas es un
significante vacío y el término nacido del lugar en que se sentaron los diputados franceses con respecto al presidente de la Asamblea Nacional Constituyente del 14 de julio de 1789 ha perdido todo sentido en los tiempos contemporáneos, una especie de atonía o inercia intelectual hace que la gente de izquierdas se vea a sí misma como progresista. No es inusual escuchar a miembros de partidos socialistas definirse como reformistas, vanguardistas, democráticos, plurales, a declarar como valores propios la igualdad, el pacifismo, la honradez, el altruismo, la defensa de los menesterosos, el ecologismo. Venezuela aparece, entonces, en el escenario mundial para poner en duda todos esos principios, como evidencia empírica del fraude y fracaso del socialismo, como prueba fehaciente del engaño ideológico. Si la revolución cubana ya había servido como demostración suficiente, la revolución bolivariana actualizó y descubrió de manera burda y escabrosa la devoradora pasión que utiliza los ideales más excelsos para asaltar y preservarse en el poder.

Vista la trama de corrupción urdida por la izquierda latinoamericana, la red
de cohechos entre Hugo Chávez, Ignacio Lula da Silva, Néstor y Cristina Kirchner, Evo Morales y Daniel Ortega, ser de izquierdas en América Latina ha pasado a significar ser autoritario, corrupto y farsante, ser depredador de su propio país. Venezuela es la yaga, el espejo en el que deben reflejarse los cómodos coqueteos con las veleidades revolucionarias. Ser de izquierdas significa saquear al pueblo en nombre del pueblo, empobrecer a la gente para dominarla, darle dádivas para subordinarla. El Socialismo del siglo XXI arrasó con los medios de producción y la economía hasta producir una rara especie de escasez y hambre en medio de una abundancia y riqueza natural poco frecuente. No sólo repotenció el personalismo y el caudillismo, sino que comerció con la dignidad humana y desintegró la hebra y los nudos que constituyen la trama social. La revolución bolivariana hizo realidad las profecías fatalistas de Simón Bolívar en su carta al general Juan José Flores, en 1830: “este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad…” volverá al caos
primitivo.

A pesar de que el caso Venezuela luce una caricatura, más que una
realidad, y se ha convertido en un compendio de los vicios humanos ocultos tras una doctrina política, su ejemplo ha servido para desenmascarar la sustancia de la izquierda política: ser el escondrijo de los complejos históricos y las fuerzas regresivas de la sociedad. Si la política es un terreno marcado por la distancia entre la palabra y los hechos, la izquierda es su más eximio representante. Lejos de ser una vanguardia reformista, los partidos socialistas, aún los más democráticos y modernos, defensores del Estado prestacional, son los principales obstáculos de la sociedad abierta capaz de auto-organizarse y auto-regularse al margen del dominio del Estado. Son el impedimento para el ajuste de la sociedad a los avances tecnológicos, la innovación y la evolución de la consciencia.

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El ciudadano lee

Valenti Puig

Foto: MIGUEL VIDAL
Reuters/Archivo

La política a golpe de “twitter” subordina aún más el ejercicio de la ciudadanía al todo a un euro o al “fast-food”. De forma más súbita que paulatina, dejamos de leer. Aunque un poco más comedido en los últimos tiempos, Donald Trump tuitea ahí donde Demóstenes o Lincoln recurrían a la grandeza de la palabra. Entre las últimas patologías tan agresivas del “twitter”, el nuevo director de los “mossos d’esquadra” en Cataluña hace un año tuiteó que ya era hora de irse de España porque los españoles le daban pena. ¿Qué historia de España habrá leído? ¿Conoce los artículos fundamentales de la Constitución de 1978? ¿Ha leído algo de provecho en toda su vida de agitador independentista?

Nuevos planes para la promoción de la lectura aparecen y reaparecen sin más resultado que la fotografía del político que la lanza, sin más beneficio que el de quienes lo organizan como “marketing” de un evento y con un coste económico tan estéril como erosivo para el dinero público. Así pegamos calcomanías de versos en los cristales del metro, repartimos versiones “soft” de Esquilo y explicamos los lugares comunes de la lectura a adolescentes que están más pendientes de su iPhone. Al hablar del sistema educativo finlandés como modelo a veces se deja de lado que la buena competencia lectora de los alumnos finlandeses algo tiene que ver con el vasto sistema bibliotecario finlandés, muy bien interconectado, de acceso fluido, hasta el punto de que el 80 por ciento de los finlandeses hacen uso regular de las bibliotecas.

También se olvida que en la Europa del siglo XIX, especialmente en Gran Bretaña, la novela era entretenimiento y a la vez un canal para la transmisión de las ideas reformistas. Por ejemplo: viajar en tren duplicó la demanda de novelas y sí fue como aparecieron las librerías en las estaciones ferroviarias, hasta el punto de que en Francia –por ejemplo- surgió una “littérature de gare”, asequible, de lectura placentera aunque con un nivel de estilo que hoy no mantienen ni los autores más celebrados. En la “littérature de gare” se transmitía más una idea del goce que una idea de la reforma. Todo eso desembocó en uno de los grandes inventos del siglo XX que fue el libro de bolsillo.

Las cosas han cambiado. No se ven lectores de libros ni en los trayectos de Vueling ni en los vagones del AVE. Prácticamente, tampoco se ven lectores de prensa. En los chiringuitos de estación hay más chuches que incentivos para la lectura. Sin embargo, la ciudadanía consiste en conocer los problemas de la
sociedad en la que uno vive –algo que favorecían las novelas decimonónicas- y contrastar las distintas formas de solventarlos. ¿Cómo conocer y contrastar según simplifiquen las mínimas pulsaciones de un “twitter”? A diferencia del nuevo director de la policía autonómica de Cataluña, un ciudadano lee. Con
Gutenberg llegó la posibilidad de libre examen. Era una práctica hoy obsoleta, especialmente cuando se es director de los “mossos d’esquadra”.

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