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Es agotador ser mujer

Eugenia Karolyi Popcev

Cada día somos más y mas fuertes… Cada día sabemos más y no tenemos miedo a demonstrarlo. En un mundo de hombres, cada vez se impone más la feminidad, que no es lo mismo que el feminismo.

Cada día somos más y mas fuertes… Cada día sabemos más y no tenemos miedo a demonstrarlo. En un mundo de hombres, cada vez se impone más la feminidad, que no es lo mismo que el feminismo. Pero, ¿saben realmente los hombres lo que se siente ser una mujer de verdad? La mayoría no, sin importar la orientación sexual, la mayoría no comprende lo que implica subir los cientos de escalones del Estadio Vicente Calderón para llegar al palco de prensa… ¡En tacones!

Dios fue sabio a la hora de asignarle a la mujer la maravillosa tarea de dar vida, el hombre jamás sería capaz de soportar el dolor de un parto, y el macho vernáculo que no me tome la palabra que se lo pregunte directamente a Matthew Attonley, que decidió cambiar de sexo y hoy, trás siete años de maquillaje y tacones asegura que “es agotador ser mujer”. Ahora, el transexual ha pedido a la sanidad del Reino Unido que le pague 18.000 euros en operaciones para recuperar su identidad original. Ja ja, mi rey… ¡no aguantas nada!

El misterio de la mujer va más allá del salón de belleza, el pinta labios rojo y la mini falda que deja a más de uno queriendo ver a donde llegan las largas piernas sobre un par de agujas, que incluso ni tu misma entiendes de donde sacaste el balance para caminar sobre ellas. El corazón de una mujer no se puede cambiar, y una operación solo te puede llevar a conseguir la tortura que nos auto adjudicamos cada día para realzar nuestro misticismo.

La endometriosis, algo más que un dolor de regla

Lidia Ramírez

Foto: Flickr
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“Queremos que nos dejen de tratar como si estuviésemos locas y se comience a investigar esta enfermedad”, es la reivindicación que hacen desde la Asociación Afectadas Endometriosis Estatal (ADAEC). La endometriosis, también conocida como cáncer veneno, ya que su forma de reproducción es similar a la de un cáncer, es una enfermedad crónica en la que el tejido endometrial crece fuera del útero provocando la atrofia de otros tejidos y órganos generando intensos dolores pélvicos a las mujeres que la sufren.

Según datos de la Asociación más de 170 millones de mujeres y niñas en el mundo –en España unos dos millones , el 10% de la población femenina– sufren esta enfermedad. Una patología que no es reconocida, se diagnostica tarde y sobre la que no hay suficiente investigación. “Reivindicamos la aplicación de la vía clínica estatal y una unidad de referencia en España para tratarla”, apunta María Antonia Pacheco Cumbre, vocal de ADAEC,  que asegura que se tarda entre cinco y seis años en detectar la enfermedad ya que “los médicos no saben valorarla porque no hay investigación sobre ella”.

Desconocimiento médico

En España son contados los profesionales médicos y técnicos que tienen formación sobre ello, lo que provoca que los diagnósticos tarden años y existan innumerables listas de espera de mujeres que necesitan ser atendidas. De hecho la Asociación recoge en su web tan sólo una veintena de profesionales especializados en endometriosis con clínicas en Madrid, Cataluña, Baleares, Valencia, Asturias, País Vasco, Galicia y Canarias. “A pesar de ser la primera enfermedad en número ginecológica, apenas se sabe nada”, apunta María Antonia, y recalca: “estamos siendo tratadas con fármacos que son recetados a personas con cáncer de próstata avanzado, con los efectos secundarios que eso conlleva”.

Y es que la investigación sobre ‘enfermedades de mujeres’ es en muchos casos olvidada y discriminada. “Hay una clara perspectiva de género: mujer + dolor + regla… Hay médicos que han llegado a decir a afectadas que vayan al psicólogo porque el dolor no era real”, señala la vocal, quien asegura que en muchos casos no sólo sufren incomprensión por parte de los profesionales sino también del entorno familiar. “Si un médico te dice que no tienes nada ¿cómo le explicas tú a tu pareja que no puedes tener relaciones sexuales porque el dolor te lo impide?”

 “1 de cada 10 mujeres sufren endometriosis”

Según la Asociación, la única manera de diagnosticar la endometriosis con seguridad es mediante procedimientos quirúrgicos, ya sea laparoscopia o laparotomía. Ambas técnicas permiten evaluar los endometriomas grandes y las lesiones superficiales diseminadas en la pelvis; sin embargo, los pequeños y algunas lesiones profundas pueden escapar a la observación. “Son en estos casos, en los endometriomas pequeños, cuando los médicos nos dicen que vayamos al psicólogo porque no lo ven, y no lo ven porque no saben diagnosticarlo”. Además, en este proceso de diagnóstico también es importane valorar la fertilidad de las personas que la padecen, ya que se señala que entre el 30% y 40% de las pacientes con infertilidad tienen endometriosis y que aproximadamente la mitad de las mujeres que presentan esta patología son infértiles.

La endometriosis, algo más que un dolor de regla 1
El mes de marzo es el mes de la endometriosis, con actividades que están teniendo lugar en todo el mundo. | Foto: Flickr

El dolor menstrual NO es normal

Como la enfermedad está relacionada con la sangre menstrual, esta patología puede comenzar con la primera regla –aunque es más común que se manifieste entre los 25 y los 35 años–. Hay niñas que desde pequeñas ya sufren estos fuertes dolores y tienen que faltar al colegio. “Muchos padres incluso son denunciados por absentismo escolar”, apunta la vocal. Así, desde el momento de nuestro primer periodo las mujeres aprendemos que los cólicos y el dolor son parte de la menstruación; sin embargo, el dolor no es normal. Éstas son sólo algunas de las teorías machistas que han imperado en la sociedad y en el universo médico hasta la actualidad sin tener en cuenta las necesidades de la mujer. “Necesitamos difusión para que estas situaciones no sigan ocurriendo”, apunta la vocal de ADAEC que asegura que hay muchos mitos sobre la endometriosis, como que desaparece tras la menopausia. “Esto es absolutamente falso. Lo puedo demostrar yo con mi propio cuerpo”, asegura María Antonia que sufre una endometriosis nivel 4 – la más elevada – y que tras quitarle los órganos reproductores sigue teniendo obstrucciones intestinales y problemas de uretra.

“Estamos siendo tratadas con fármacos que son recetados a personas con cáncer de próstata avanzado”

Así, María Antonia anima a todas las mujeres a visitar la página web de la Asociación –adaec.org– donde se puede encontrar todo tipo de información sobre la endometriosis así como testimonios de otras afectadas: “para que las mujeres no se encuentren ni tan solas ni tan locas como las quieren hacer sentir”.

Durante todo este mes y bajo el hashtag #endomarch se está llevando a cabo una iniciativa mundial en la que se ofrecen charlas, jornadas, protestas y mesas informativas para tratar de dar mayor visibilidad a esta afección. En Madrid, hasta el sábado 25 de marzo se realizarán una serie de actividades a través del equipo Endomarch Team Spain. Puedes consultar el programa aquí.

Día de la mujer: nuevo plebiscito

Andrea Mármol

Foto: Clara Paolini
The Objective

Es algo que una comprueba -no sin la pertinente damnificación de su sentido de la responsabilidad- una vez cumplido un tiempo prudencial en su desempeño como contribuyente, en la medida que sea, al debate público. El avance del antiliberalismo en sus múltiples formas, lo venimos contando hace meses, mina las posibilidades de pluralismo la democracia representativa a través de planteamientos dicotómicos, y por ende excluyentes, del relato común.

La naturaleza plebiscitaria que sin duda será uno de los grandes temas del tiempo nuestro, redunda sin embargo en otras esferas. Pienso, por ejemplo, y espero que el lector disculpe el meta-comentario, en los foros en los que a través de los medios de comunicación se debaten asuntos del discurrir público. Desconozco si existe relación de causalidad con el auge de los espacios dedicados a tal labor con la polarización política, pero la traslación del plebiscito y el desecho de los pormenores son habituales.

Sucede que incluso los defensores del matiz como garante de la discusión sosegada nos vemos obligados a la asunción de postulados rotundos, algunas veces en aras de la contundencia, que conlleva a menudo mayor aceptación, otras por una cuestión tan sencilla como la zona de confort. Cuando el debate identitario o tribal, en su más amplio sentido, copa la batalla retórica, resulta incómodo no encontrar rápidamente un pack argumentativo en el que encajarse.

Me ha costado animarme a exponer las dudas que me suscita la celebración del día de la Mujer. Es ciertamente desalentador asistir a foros en los que una conmemoración transversal se convierte en una competición para ver a quién le repugna más la violencia de género. Tampoco me satisface, todo lo contrario, la idea de excluir a los hombres del debate cuando se trata de hablar de cuestiones como la conciliación laboral, la brecha salarial, o la corresponsabilidad entre padres y madres. Por eso prefiero hablar del día de la igualdad entre hombres y mujeres en lugar de reservar para nosotras un día especial, como si hubieran de protegernos de nuestra propia condición.

Y sin embargo, aunque conozco y valoro la igualdad de derechos independientemente de cuestiones como el género, la religión o el origen recogida en la Constitución española, me resultan insuficientes las aseveraciones que niegan la brecha salarial y reducen la cuestión a la libre elección de las mujeres para con sus prioridades. Si se realiza una inspección de honestidad intelectual parece complicado afirmar sin más que no existe desagravio alguno porque la decisión de la mujer de prescindir de ser madre se toma libremente. Cuanto menos, es revelador que donde existe una brecha salarial a favor de las mujeres, sea precisamente en los grupos de adultos sin hijos.

Yo no soy madre, y no me atrevo a sentenciar hasta qué punto es viable la corresponsabilidad absolutamente ecuánime entre papás y mamás. Creo que tiene sentido que la cuestión de la igualdad siga estando sobre la mesa mientras quede camino por recorrer y a la vez no puedo evitar una incomodidad latente cuando se me aparta un día al año exclusivamente por una arbitrariedad en mi identidad. En mi caso, poco preeminente frente a otras.

Un feminismo

Gonzalo Gragera

Hoy es 10 de marzo de 2017, un día, supongo, anodino, rutinario, pasajero, propicio al olvido, como los rostros de los compañeros de viaje en el vagón del metro; un día sin expectativas de género épico o de mayores victorias, a lo sumo una noche de concupiscencias o desenfreno de las pasiones, de certezas universales e inconfesables, de todo lo que bajo la etiqueta de humano nos hace divinos. Pero eso acaso sea esperar demasiado. Hoy, que no hay cifra ni fiesta de calendario, leo una noticia en la que el alto comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos apunta un dato bastante crudo: en varios países, Burundi o Rusia, dos ejemplos, uno lejano y otro más próximo, hay leyes que culpan a la mujer de la violencia doméstica; es decir, la mujer es la responsable de que cualquier animal denigre sus derechos fundamentales, su dignidad, su libertad, su igualdad.

Tanto asombra la noticia como su escasa difusión, aunque estos sean, cabe decir, asombros de distinta naturaleza. El primero se debe a la estupefacción, repulsa, rechazo; el segundo, más leve, de ahí lo secundario, lo accesorio, al modo en que lo afrontamos. Y es que no se suelen leer, ya sea en debates, exhortaciones políticas, comentarios… sucesos de este alcance. Sí abunda, al menos en lo que se puede comprobar desde la experiencia, la discusión feminista de tintes partidistas, o de sesgos ideológicos, en donde las propuestas –estamos en el incómodo campo de las intuiciones, de las sensaciones- no dirimen y centran su contenido en la mujer, sino en hacer de ellas un instrumento con el que ofrecer una conveniencia, un interés propio. Social, cultural, político. Como cuando alguien afea a una política una conducta o una mala gestión, y esta recrimina al contrario, para así evadir su supuesta responsabilidad, una actitud machista. No es la defensa de la igualdad formal lo que aquí importa, sino un sutil ejercicio de dialéctica cuyo fin es dar la vuelta a la tortilla. Esto no quita, claro está, un ápice de verdad a los que así defienden el feminismo, aunque lo estimen como un adorno snob; sin embargo, la honestidad, la otra cara de toda causa noble, se pierde. Una pérdida, simulemos un agujero, por la que entran tantos argumentos reaccionarios, aprovechando que la credibilidad pasa por Valladolid.

Mientras tanto, tal como relatan en la ONU, en países como Bangladesh o Burundi, sus códigos penales miran de soslayo cuando el asunto trata violaciones o desprecios varios a la mujer por el simple hecho de ser mujer. Pero eso no copa el retuit ni el mensaje viral; de eso no nos ocupamos, preocupamos, como conjunto; no son, en la generalidad, los temas sobre los que planteamos y en los que debatimos. Y ya sea de manera consciente o pecando de ingenuidad, pasan desapercibidos. Como este 10 de marzo de 2017.

Mi abuela es más feminista que Simone de Beauvoir

Lorena G. Maldonado

Mi abuela me deja en el contestador mensajes larguísimos, atropellados, que luego me llegan en forma de SMS y eso no hay Dios que lo transcriba. Cómo va a entender esa máquina estúpida su acento granaíno. Ella siempre avisa, como si no me saliese su número: “Lorena, soy la abuela”, así, reina y señora del sustantivo, matriarca del mundo. La Francis es niña de la posguerra. Hace muy poco, mi madre se enteró de que nunca había tenido una muñeca y le regaló una, a sus 73 años. Me mandaron fotos del encuentro tardío entre la anciana y el juguete y me pareció hermosísimo y triste.

Mi abuela nació en Loja, en una familia de once hermanos, y sabe bien lo que es el hambre. Se enamoró de mi abuelo siendo una cría, porque vivían en cortijos vecinos, y a los dieciséis se quedó embarazada. Suerte que dio con un héroe: Emilio arregló con sus propias manos y sin tener ni pajolera idea una moto que había allí tirada, en el campo, subió a su novia encima y se fugaron a Málaga, a buscarse la vida y a huir de las vergüenzas. La vergüenza aquí era mi santa madre, claro, un bombo antes de la boda. Pero yo dudo mucho que haya alguien en el planeta engendrado con un amor tan atávico, tan cómplice y desafiante. Un amor más antiguo que la tierra.

La Francis no sabía leer ni escribir. Trabajó como costurera hasta que pudieron abrir Los Villares, un restaurante de barrio, y lleva curtiéndose el lomo como cocinera desde entonces, echando más horas que un reloj. Aún hoy no hay quien la arranque de su infernillo. Qué raza, mi abuela. Qué hembra.  Qué croquetas de jamón, qué carnes, qué guisos. Y cuántos años, cuánto dolor, cuántas varices. La recuerdo siempre con las piernas hinchadas y el delantal manchado. Salía del humo de los fogones, como un hada madrina con cortes en los dedos, y me besaba muy apretado y muy rápido cuando volvía del colegio. El bar siempre estaba lleno y ella nunca tenía tiempo.

La Francis es una fiera. No sabe hacer otra cosa más que trabajar, más que seguir adelante, más que sortear desgracias con elegancia aristócrata. Tiene lunares en los brazos, como yo, y los ojos claros muy pequeños y escurridos de haberse tragado tantas lágrimas. Mi abuela, jefa ecuménica, es dignidad y ovarios férreos. Ella dice“tó el mundo es bueno” y la vida se oxigena. Dice “lo primero es la salud” y calla a los economistas. Dice “¿el mejor de los hombres? Colgao’ de un pino”, y le cura el corazón a las nietas. Nosotras nos reímos, porque sabemos que es mentira: lleva toda la vida dejándole claro a las vecinas que ella a su marido lo ama igual que a sus hijos, y las señoras se escandalizan en los rellanos.

Mi abuela se mete en el agua agarrada a un espegueti hinchable y surca la piscina que da gusto. Se emociona con las coplas, idolatra a Juan Y Medio, riega el porche a manguerazo limpio y le hace promesas a Fray Leopoldo. Le gusta vernos comer sin ella probar bocado. La Francis es  apretá suya,  leona. Catedrática sin libros, académica sin pelos en la lengua, sagrada emperatriz de la Cruz de Humilladero. La Francis es más feminista que Simone de Beauvoir, joder, y ustedes me darán la razón: ella escribe textos fundacionales sólo existiendo.

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