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Banderas de nuestros amos

Ferrán Caballero

Foto: ALBERT GEA
Reuters

La imagen más significativa del pleno fue probablemente la de una señora diputada retirando las banderas españolas que los populares habían dejado en su retirada. La señora diputada no era independentista, sino de Cataluña Sí Que Es Pot, la coalición electoral que integra a Podemos. Y con su gesto dio una buena muestra del papel que su partido, o su coalición, ha tenido y sigue teniendo en el proceso independentista. Ella es capaz de retirar la bandera española y dejar la catalana, pero sólo en ausencia de los afectados. Nunca jamás se le ocurriría arrancársela de las manos a un diputado unionista, pero si se van se crece. 

Porque su partido está aquí para recoger las sobras, y sabe Dios que sobras habrá. Poco antes, o poco después, su partido se abstuvo en la votación de la ley del Referéndum, porque una cosa es jugar a romper España y otra cosa es jugar a que Cataluña sea independiente. Como los buenos conservadores, saben bien que es más fácil destruir que construir. Pero, a diferencia de los buenos conservadores, prefieren la destrucción de España a la creación de una Cataluña independiente.

Hace pocos días, el teniente de alcalde de Barcelona Gerardo Pisarello despertó las iras de muchos unionistas al declarar que había que ir a votar el 1 de Octubre, pero que había que hacerlo en clave de protesta contra el Partido Popular. Quieren votar en el referéndum, pero no votar a favor del referéndum. Es una posición que irrita por igual a independentistas y unionistas pero que no debería. Porque, pierda quien pierda, siempre los tendrá a ellos para pactar o para culpar según convenga. Y no debería porque, gane quien gane, lo hará aprovechándose de ellos. 

Si el independentismo tiene alguna posibilidad de celebrar un referéndum con credibilidad internacional que pueda forzar una negociación y/o blablabla depende precisamente de que vaya a votar mucha gente y que una parte significativa de esa gente vote que No. Y la única gente que puede ir a votar que No en masa son los comunes y podemitas. Si el Estado es capaz de evitar las votaciones, no tiene nada que temer de esta posible participación y podrá cobrarse su deslealtad. Si, por el contrario, el Estado no es capaz de pararlas, necesitará a alguien que desvirtúe la radicalidad del acto, folklorizando y banalizando las votaciones al negarse a reconocer el resultado como vinculante. Lo que va quedando claro es que en esta tragedia a los comunes les ha tocado el papel de tontos útiles, pero todavía no se sabe de qué causa.

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El comportamiento “burbujeante” de la economía actual

Luís Torras

Foto: STAFF
Reuters

Hace ya casi diez años desde que la gran crisis financiera asoló la economía global en el año 2008. La recuperación desde entonces ha sido débil, frágil, y muy desigual. Como ya ocurrió en 1929, no contamos con un diagnóstico adecuado y, aunque el grueso de las medidas permitió salvar “la bola de partido”, no se han llegado a corregir las causas que nos han traído hasta aquí.

Aunque sí hemos experimentado un periodo de leve crecimiento, igual que mientras duró la burbuja inmobiliaria, ha sido a expensas de generar inflación en los activos financieros, llevar al límite los mercados de crédito, poner en peligro la sostenibilidad de las finanzas públicas o seguir engordando la bolsa de la deuda, por mencionar solo algunos de los elementos que subyacen bajo la superficie aparentemente tranquila caracterizada por subidas en bolsa, y de prácticamente casi todo tipo de activos, en un entorno de baja volatilidad. Este patrón “burbujeante” hunde sus raíces más recientes en el abandonó por parte de Nixon de la convertibilidad del dólar con el oro en 1971.

Desprovistos de ningún anclaje para con la oferta monetaria, la economía mundial ha visto como ineluctablemente el crédito no paraba de crecer. Un crédito alimentado por una constante política acomodaticia, salvando en algunos aspectos el paréntesis de Volcker; una política demasiadas veces más orientada a los intereses de corto plazo de Wall Street (por ejemplo, “Greenspan Put”) que de salvaguardar el poder adquisitivo del dinero. La economía mutaba peligrosamente de un patrón inevitablemente cíclico, del que ya da cuenta la Biblia, a uno esquizofrénicamente burbujeante. En la base de todo lo anterior nos topamos con una arquitectura financiera que adolece de graves problemas estructurales que hasta la fecha nos resistimos a corregir.

El comportamiento “burbujeante” de la economía actual
En billones de USD. En gris, los periodos de recesión. | Gráfico: Federal Reserve, vía World Economic Forum

Diego Parrilla, gestor de fondos y con una amplia trayectoria dentro del mundo de la inversión y el análisis financiero, hace un sintético y rico recorrido por este complejísimo estado de las finanzas globales, caracterizado por una fuerte y generalizada inflación, y nos da algunas de las claves de cómo protegernos al respecto en su último y muy recomendable libro The Anti-Bubbles, con prólogo del economista Daniel Lacalle. Armado con el potente instrumental de la teoría del crédito y del dinero de la Escuela Austriaca de Economía, Parrilla ofrece una visión de gran angular sobre los motivos últimos de la última crisis financiera de 2008 y por qué, esencialmente, y pese a algunos cambios aparentes, el grueso de la economía global ha seguido desde entonces en rumbo de colisión.

El libro, que cuenta como decía con una sólida fundamentación teórica, ahonda en las causas últimas de las crisis económicas, en los porqués de este patrón burbujeante, y del círculo vicioso al que nos condena. Con un lenguaje muy directo, Parrilla describe la aviesa dinámica existente entre Bancos Centrales y Estado, entre la inflación monetaria y deuda: dos bolsillos de un mismo pantalón, y como esta creciente inflación (iniciada mucho antes de la crisis 2008 y en la que seguimos inmersos pese al dramatismo y dureza del último ajuste) está poniendo a prueba los límites de la propia política monetaria, la credibilidad y reputación del instituto emisor está pendiente de un hilo; los límites de los mercados de crédito, empujados al callejón sin salida de prestar a quién no se debe; y los propios límites de la propia moneda, cuya credibilidad depende en última instancia en el balance de los propios Bancos Centrales, hoy peligrosamente inflados. Parrilla da perspectiva exponiendo con claridad el superciclo monetario en donde inflación y deuda se retroalimentan al tiempo que inflan irremediablemente todo tipo de activos mientras reducen el poder adquisitivo de los salarios forzando una situación desigualdad e injusta entre los que tienen activos y los que no (o no en la misma proporción); entre los que saben/pueden protegerse de la inflación monetaria (no confundir con el IPC) y los que no.

En efecto, la desigualdad no puede analizarse únicamente observando, por ejemplo, las dinámicas de la globalización, donde peligrosamente se puede llegar a las mismas peregrinas conclusiones que Trump, Le Pen o Ada Colau, sino que la clave está en la evolución de los agregados monetarios (los populismos tampoco pueden entenderse sin tener en cuenta esta importante variable). Parrilla, finalmente, enriquece la ecuación del análisis añadiendo la variable de aquellos activos cuyo precio es artificialmente bajo, es decir, los activos “antiburbuja”.

El filósofo post-postmoderno Nassim Taleb acuñó el termino antifrágil para referirse a la antítesis de algo frágil: lo que se rompe con las variaciones no podía ser contrario a aquello que permanece inmóvil a ellas, es decir robusto. Necesitábamos de un nuevo término que recogiese la propiedad de algo que se beneficia del desorden, de las turbulencias, del paso del tiempo, en definitiva: surgía el concepto de antifrágil.

En esta misma lógica, Parrilla identifica como existen algunos activos que no únicamente quedan protegidos de la inflación (pienso en sectores relativamente alejados del sector puramente financiero como la inversión en agricultura y otros activos reales o los fondos con criterios value), sino que son directamente anti-inflación, antiburbuja, en el sentido de que su precio es artificialmente bajo. Aparece aquí el oro, en sus diferentes cauces para invertir, la volatilidad (artificialmente baja debido a esta estabilidad manufacturada por los bancos centrales), y la correlación.

Estos elementos, bien comprendidos y bien conjugados, permiten una diversificación inteligente a la hora de invertir, alumbrando una cartera más robusta ante crisis financieras, con suerte con un componente antifrágil, antiburbuja. El libro nos ofrece un marco de análisis tremendamente útil a la hora de abordar la compleja tarea de proteger el ahorro en el largo plazo en tiempos de expansión monetaria.

El comportamiento “burbujeante” de la economía actual 1
Gráfico: Diego Parrilla, vía World Economic Forum

La esterilización del tipo de interés por parte del instituto emisor anestesia la economía, por lo que sorprende que el pulso, la volatilidad, sean artificialmente bajos y constantes (véase la evolución de la prima de riesgo de España durante los peores momentos de la crisis catalana).

Es uno de los muchos efectos colaterales de las intervenciones de la Reserva Federal, el BCE o el Banco de Japón, y sus inyecciones de liquidez de manera masiva y constante en los mercados. Esta liquidez, además, estrecha el retorno a todos los niveles y obliga al inversor a incrementar forzosamente, en muchos casos sin ser plenamente consciente, su perfil de riesgo, a convertirse en especulador. Como nos recuerda también Parrilla: lo que sube unido, baja unido.

Traza también un interesante y clarificador paralelismo entre la gestación de la burbuja inmobiliaria durante los años previos a la Gran Crisis Financiera y el periodo 2011 hasta hoy en día. Unas comparaciones que el autor enriquece con las tesis que defendió sobre el sector de la energía, especialmente en el complejo mercado del petróleo, conjuntamente con Daniel Lacalle en La madre de todas las batallas.  Una pequeña gran contribución a la ambiciosa tarea de entender el complejo mapa de riesgos actual y como protegernos al respecto. – Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

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Los cristianos no son mejores personas; y eso es bueno para el cristianismo

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Ahmed Saad
Reuters

¿Ser cristiano te hace mejor persona, peor o te deja prácticamente igual? Ha siglos que discuten sobre ello filósofos, escritores y vecinas del quinto izquierda, sin que hasta hoy ninguno haya llegado mucho más allá de meras conjeturas.

Ya el filósofo Celso en el siglo II acusaba a los cristianos de ser especialmente arrogantes, desleales y vanidosos. Porfirio, en la siguiente centuria, escribiría quince libros en igual sentido, distinguiendo además entre Jesús de Nazaret (al que reconocía como un hombre piadoso) y sus seguidores: a estos los denostaba como viciosos empedernidos. En cuanto al otro bando del debate, lo capitanearon enseguida autores de la talla de Orígenes o San Agustín. De hecho, estos respondieron con tanto pormenor a las citadas acusaciones, que si hoy conocemos aquellas es en realidad gracias a ellos: las obras originales de Celso y Porfirio acabarían alimentando las hogueras de cristianos que decidieron terminar con sus argumentos de modo quizá menos filosófico, pero sin duda más expeditivo.

Después de mil novecientos años de discusión se agradece, pues, que tres investigadores europeos (J. E. Gebauer, C. Sedikides y A. Schrade) se hayan lanzado a poner algo de ciencia en todo este asunto. Lo acaban de publicar en el Journal of Personality and Social Psychology, donde usan un ingenioso método.

Empecemos aclarando que, naturalmente, su propósito no es valorar todas las posibles virtudes (o posibles vicios) que puedan distinguir a los cristianos de los demás: ello agrandaría en exceso su campo de estudio. Gebauer, Sedikides y Schrade se concentran solo en un defecto ético: el de la soberbia. Es decir, el error de valorar tus atributos, o a ti mismo, por encima de los demás… en cosas en que en realidad no los superas. Así, el asunto se convierte en algo lo suficientemente limitado como para poderse investigar, pero no tanto como para resultar baladí: recordemos que ahuyentar la soberbia y cultivar la humildad es firme insistencia de la Biblia para todo cristiano (Mt 11:29; Mc 9:35; Lc 9:48; Lc 14:11; Rm 10:16; Ef 4:2; 1 Pe 5:5-6). Y que consiguientemente si el cristianismo hace a las personas más humildes o, por el contrario, resulta que las vuelve más soberbias, ello resulta sin duda, según los propios criterios cristianos, un buen indicio de su éxito a la hora de hacer a la gente mejor.

¿Cómo han explorado estos investigadores si el cristiano medio adolece de especial soberbia o, por el contrario, obedece a la Epístola a los Filipenses (2:3) y se estima a sí mismo, humildemente, por debajo de los demás?

Para resumir su minucioso estudio, digamos que lo primero que han preguntado a un grupo de cristianos es si consideran que cumplen ciertos preceptos morales mejor de lo que lo hacen, por lo general, los demás cristianos. Y luego han planteado el mismo interrogante a un grupo de no cristianos. Esto ha arrojado un dato contundente: el cristiano medio se considera a sí mismo más virtuoso que la media de sus hermanos en la fe. Esto, naturalmente, no puede responder a la realidad: es como si todos los españoles creyésemos estar por encima de la altura media de los españoles. Además, esta sobrevaloración que hace de sí el cristiano medio es superior a lo que se sobrevaloran los no cristianos. Por tanto, el cristiano medio se engaña con respecto a lo muy virtuoso que es; el cristiano medio adolece de soberbia; y lo hace en mayor medida aún de lo bien soberbio que es ya, por lo general, el resto del mundo.

Otro experimento de Gebauer y compañía arroja parejos resultados. Cuando les piden a los cristianos que evalúen su propio conocimiento en diversas áreas del saber (y luego les ponen una prueba para comprobar cuánto saben realmente de ellas), los cristianos tienden a sobrevalorar su conocimiento de cuestiones sociales o religiosas. Y, de nuevo, son ahí más optimistas acerca de su propio saber de lo que le ocurre a cualquier otra persona. (En otras áreas, como las científico-naturales, los cristianos se sobrevaloran también, pero no más de lo que lo haría cualquier otro). Creerte sabio cuando no lo eres es una buena definición de soberbia, según Tomás de Aquino; por desgracia para este santo, sus condiscípulos cristianos tienden de media a lucir ese pecado más que los que no lo son.

¿Debe preocupar este descubrimiento científico a los creyentes en Jesús de Nazaret? Curiosamente, si un miembro de la cristiandad se sintiese escandalizadito por él (“¡cómo se le ocurre a estos profesoruchos decir algo malo de mí y de mi religión!”), sin aportar más datos, estaría revistiéndose justo de esa soberbia que le ofende que le atribuyan. Así pues, lo más sensato sería que (al menos esto) lo aceptara con humildad. De hecho, en lo que resta de este artículo, voy a apuntar que incluso podría ir más allá. Que todos los cristianos podrían alegrarse de este hallazgo experimental.

Para comprender lo que quiero decir, hagámonos unas cuantas preguntas: ¿es lo más importante del cristianismo su moralidad? ¿Es el cristianismo, en el fondo, un mecanismo para hacer a las personas más éticas, más bondadosas, mejores cumplidoras de unos u otros mandamientos? ¿Se parecen entonces los cristianos a otras gentes empeñadas en que nos comportemos según lo que ellas consideran más moral: guerreros de la justicia social (SJW), adalides de lo políticamente correcto, animalistas, feministas, puritanos, estrellas de Hollywood, multiculturalistas, periodistas progres y demás paladines de la virtud?

Las dos primeras preguntas se han respondido a menudo de manera positiva; pero, curiosamente, lo han hecho a menudo autores que no simpatizaban demasiado con el cristianismo. Thomas Jefferson, por ejemplo, creía que lo único importante de los evangelios eran sus recomendaciones morales; y editó incluso una versión de los mismos en que mantenía estas y expurgaba todo lo demás. Buena parte de sus coetáneos ilustrados pensaban de modo similar: el cristianismo está muy bien como moral misericordiosa hacia tus semejantes, pero el resto de lo que sostiene es mera irracionalidad. En ocasiones los propios cristianos han mordido esta fruta y, como nos recordaba Jacques Ellul, si “a los ojos de la mayoría de nuestros contemporáneos el cristianismo es, ante todo, una moralidad, ¿no es porque la Iglesia ha mostrado fijación a menudo por determinados actos y conductas?”.

Ahora bien, de ser todo así, la tercera pregunta que planteé antes debería responderse también de modo positivo: el cristianismo no sería más que una batalla moral más, al lado de otras tantas que hoy insisten por captar nuestra atención (y nuestros dineros). De este modo se explicaría, además, la similitud que muchos ven entre los valores cristianos y los valores políticamente correctos: atención a los débiles, compasión por las víctimas, mansedumbre, cierta complacencia ante tus semejantes, delicadeza al hablar sobre los demás… Los cristianos no serían sino un escuadrón más dentro del ejército de los guerreros de la justicia social.

No obstante, cabe la posibilidad de pensar el cristianismo de modo bien distinto. Como escribió C. S. Lewis, aunque el cristianismo parece a primera vista consistir en una moralidad (con deberes y reglas y culpa y virtud), esa apariencia se desvanece si vamos más allá de tan inicial ojeada. Echemos un vistazo a las cartas de San Pablo, por ejemplo: en especial, a aquellas que casi con total seguridad escribió él mismo. Pablo habla allí sobre todo de liberación, de libertad, de sentirse salvados; y luego, como meras advertencias, recuerda a sus interlocutores que esta sensación de vivir por fin libres no debe ser para ellos una excusa para refocilarse en el vicio. Pero resulta cristalino que lo importante para él es esa experiencia de liberación, no unos u otros mandamientos. Al fin y al cabo, la moralidad del cristiano del siglo I no se diferenciaba excesivamente de la del judaísmo coetáneo. De modo que, para ese viaje, si fuera solo un viaje moralista, no harían falta las alforjas de ir construyendo una comunidad diferente a la judía (y a menudo enfrentada a ella con violencia).

¿Cuál es esa experiencia cristiana que Pablo temía que condujera a la laxitud, a la autocomplacencia, a la lenidad? El filósofo Ludwig Wittgenstein creyó que cabía resumirla en cierta frase que escuchó una vez encima de un escenario: “Me siento seguro pase lo que pase”. Es una expresión paradójica, desde luego: muchas cosas pueden pasarte en la vida que te quiten no solo la seguridad, sino incluso esa vida misma. ¿Cómo diantres puedes sentirte tan invulnerable, cómo diantres te puedes sentir salvado de todo mal? La tarea de un cristiano (de un cristiano no moralista ni guerrero social ni políticamente correcto, sino más similar a San Pablo y a C. S. Lewis y a Wittgenstein que a la última cantante pop que nos pide limosna para ayudar a las jirafas) sería explicarnos que esa aparente paradoja no es tal.

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Maza y guadaña

Enrique García-Máiquez

Foto: Mariscal
EFE

La muerte del Fiscal General evoca ecos clásicos inconscientes, porque la muerte, en nuestro imaginario, viste toga negra de juez. Maza acude a ella desde el ejercicio más activo de su puesto forense. De pronto, se habrá visto ante otro Tribunal Supremo y casi no habrá notado diferencia, pues actuó siempre (nos cuentan los que le conocieron) con rectitud y en conciencia. Así, le habrá ido muy bien en la vista oral. Mientras, a nosotros, a estas alturas del mes, cuando ya habíamos olvidado que noviembre es el mes de los difuntos, su muerte nos resucita un tema (¿paradójicamente?) eterno.

La muerte de Maza, además, ha ocurrido en acto de servicio, al pie de cañón. Son ésas unas muertes que resultan llenas de sentido. Estos días asistía al funeral de un marino de guerra, y el cura castrense habló de la nobleza de la vida entregada por una causa justa y recordé al fiscal, al que me llevó tanto la palabra “causa” como la palabra “justa”. Y rememoré por mi cuenta (y riesgo) el desdén de William Wallace por una muerte tras una vida sin sentido, después de haber desperdiciado la oportunidad de escribir la historia sirviendo un ideal trascendente. ¿Recuerdan aquella arenga guerrera de Braveheart, verdad?

Yo lo tengo experimentado, siquiera sensu contrario. Me dio un dolor en el pecho que estaba convencido de que era un infarto (aunque fue la hernia de hiato) y creí que me citaban a Juicio. Entonces, imaginando que venía la muerte y tenía los ojos de un crítico literario, me entró la obsesión de que ese día había publicado en el periódico un artículo tontísimo, una frivolidad para salir del paso, e iba a dar yo el paso definitivo ese día, precisamente. ¡Qué bochorno de últimas palabras! Desde entonces, antes de publicar una chorrada, me tomo el pulso. No vaya a ser que…

Tampoco vaya a parecer que defiendo la muerte prematura y, a ser posible, en el puesto de trabajo. Admiro la muerte significativa, comprometida, coherente y entregada a una causa más grande que la vida. Esa aspiración se puede mantener más allá de la edad de jubilación, y eso es lo ideal. Ojalá José Manuel Maza hubiese vivido mucho más. Hoy, porque no queda más remedio, le agradecemos su ejemplo y que nos haya recordado que aún es noviembre y, por tanto, el mes de honrar a los difuntos. Con él, resulta fácil el recuerdo y la honra. No tanto la emulación, pero también nos la ha puesto por delante.

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Lo que oculta el tema catalán

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Fernando H. Valls analiza las consecuencias ocultas que ha dejado el procés en España.

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