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La banalidad de Trump

Ferrán Caballero

Entrevistaban en La Vanguardia a Timothy Snyder para hablar de su último libro, “Sobre la tiranía. Veinte lecciones que aprender del siglo XX” y no tardó en salir la comparación entre Trump y Hitler que ya asomaba en el titular: “Trump destruye la verdad para acabar con la democracia”. Una comparación que no es sólo recurso periodístico, sino el ánimo mismo del libro, pensado y planteado para advertirnos de los peligros que acechan a la democracia y se encarnan en Trump y sus semejantes. La comparación no es sólo legítima sino necesaria, viene a decir Snyder, y lo explica diciendo que criticarla por exagerada es “una maniobra diseñada para soslayar la reflexión histórica y la experiencia”.

Yo mismo la critico, claro. No porque sea un error intelectual o un error moral. Sino porque es un error a secas. No es que no describa bien el asunto, porque ya sabemos que toda comparación es limitada y que “una semejanza de relaciones no es una relación de semejanza”. Ni que sea cosa poco ética o de mala educación. No es que esté mal, es que es un error. Cuando uno reduce todo lo malo a Hitler lo que hace no es banalizar el nazismo sino banalizar la crítica. Porque, en realidad, ni siquiera hace falta querer cargarse la democracia para cargarse la democracia. No hace falta un plan ni una intencionalidad. Es mucho peor, porque basta con la incompetencia o la frivolidad.

Cuando criticamos a nuestros propios populistas y extremistas por sus oscuras intenciones, por sus simpatías chavistas y sus pretensiones totalitarias, les estamos haciendo más un favor que una crítica. Les estamos dando la oportunidad de refugiarse en la bondad de sus intenciones, hasta de volver a la matraca de que el comunismo era una noble idea pero fue mal aplicada o que el chavismo pretendía liberar al pueblo mientras que los del Íbex sólo pretenden llenar sus bolsillos. Pero es que sus intenciones son irrelevantes. De lo que se trata aquí no es si Trump, Le Pen o Iglesias pretenden o no pretenden en realidad acabar con la democracia liberal y los derechos individuales. De lo que se trata es de que en cada una de sus acciones y en cada una de sus declaraciones debilitan este orden y nos acercan un poquito más a la jungla y al totalitarismo.

Dijo Burke que para que el mal triunfe basta con que los hombres de bien no hagan nada. Ni siquiera es necesario que los malvados traten de imponerlo. El mal se impone por si mismo porque la corrupción es la naturaleza misma de las cosas. De ahí que quien no trabaje para su preservación y mejora trabaje, lo quiera o no, lo pretenda o no, para su destrucción. De ahí que quien no trabaje en la defensa de la verdad y las instituciones trabaje, queriéndolo o no, en contra de la libertad y de la democracia. De ahí que cuando centramos la crítica en el juicio de intenciones no sólo estamos limitando la crítica sino dificultando la defensa. De ahí que cuanto más insistimos en llamar nazis a los adversarios menos les acompleja la crítica y con más facilidad se defienden de ella apelando a los nobles sentimientos de las buenas gentes que sólo quieren salud, dignidad y trabajo. Centrar la crítica en los actos y los discursos y no en las oscuras intenciones debería hacernos más comprensivos con los demás y más exigentes con los propios. Es muy probable que Trump no sepa lo que hace cuando presenta “hechos alternativos”. Pero eso lo hace más peligroso, y no menos.

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¿En qué países del mundo se trabaja más horas?

Whitney Leach

Foto: Al Ghazali
Unsplash

Entre el país que más horas trabaja en el mundo y el que menos hay un diferencia de 892 horas. Es decir, más de 37 días trabajo al año de diferencia. Ese es el panorama de desigualdad en la jornada laboral que ha ilustrado el nuevo informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), compuesta por 35 países entre los que se incluye gran parte del mundo desarrollado y algunas naciones en desarrollo. La media de horas trabajadas en el OCDE es de 1.760 en un año.

Los mexicanos son los que trabajan más horas, de media un trabajador cumple 2.255 horas al año, lo que equivale a unas 43 horas a la semana. En el otro lado de la tabla tenemos a Alemania: los alemanes trabajan solo 1.363 horas al año, unas 26 horas a la semanas, es decir, cinco al día, según los datos de la OCDE. Los trabajadores de Estados Unidos están en el medio de la tabla con 1.783 horas. Países como India o China no aparecen en el informe.

En Europa, los griegos son los que trabajan más horas: un promedio de 2.035 horas por año; seguidos por Polonia y Letonia. Los españoles trabajan por debajo de la media de la OCDE e incluso por debajo de Canadá: menos de 1.700 horas de media al año. Es decir, unas 33 horas de trabajo a la semana. Una cifra que contrasta con algunos otros datos aportados también por la OCDE en la que sitúan a España a la cola en la lucha por los derechos laborales y contra la pobreza, o el cuarto país con más niños en hogares sin empleo.

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Gráfico elaborado con datos de la OCDE sobre las horas trabajadas en el mundo. | Foto: World Economic Forum/OCDE

La falta de leyes laborales fuertes repercute en el trabajo

Las diferentes actitudes culturales y los factores socioeconómicos juegan un papel clave en la cantidad de horas que los empleadores esperan de los trabajadores. En México, los temores sobre el desempleo, junto con leyes laborales laxas, se traducen en que la semana laboral máxima de 48 horas rara vez se aplica.

En el tercer puesto de los que trabajan más horas está Corea del Sur, estas jornadas de trabajo tan largas han sido parte de un impulso para impulsar el crecimiento económico. Pero a raíz de las preocupaciones sobre los problemas sociales, incluida una baja tasa de natalidad y la disminución de la productividad, el presidente Moon Jae-in ha liderado un esfuerzo para reducir las horas de trabajo del país y dar a los trabajadores el “derecho al descanso”.

A pesar de tener hasta un término para describir la muerte por exceso de trabajo (“karoshi”), el trabajador japonés promedio hace 1.713 horas por año, por debajo del promedio de la OCDE. Esto podría ser una sorpresa a la luz de la reputación del país de tener una cultura adicta al trabajo, lo que ha llevado a instar al Gobierno a imponer un límite de horas extras.

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Trabajadores frente a un ordenador. | Foto: Helloquence/ Unsplash

El caso ejemplar de Alemania

A pesar de ser el país miembro de la OCDE donde se pasan menos horas en el trabajo, Alemania logra mantener altos niveles de productividad. De hecho, el trabajador alemán promedio es un 27% más productivo que su homólogo británico.

Los holandeses, los franceses y los daneses también trabajan menos de 1.500 horas por año en promedio. Solo el 2% de los empleados daneses, que disfrutan del mejor equilibrio entre la vida laboral y personal en el mundo, realizan largas horas en comparación con el promedio de la OCDE del 13%.

Artículo publicado originalmente en el World Economic Forum en español.

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Promocionar un libro

Jesús Montiel

Foto: Mikhail Pavstyuk
Unsplash

La literatura es un trabajo solitario. Los que escribimos, pienso, somos, en gran medida, niños que frecuentan los márgenes del patio y tímidos incorregibles, personas que hemos desarrollado una extremidad de tinta para transponer la frontera que nos separa del mundo, para llegar así a los otros.

La promoción de un libro, por consiguiente, no es tarea sencilla. La acostumbrada soledad cae como el muro de una ciudad sitiada, uno es expulsado de su silencio y debe hablar, contestar, sentarse de cara al auditorio. No se trata de una pose. Al menos en mi caso, lo digo honestamente, es una actividad que requiere gran cantidad de valium y mucha nicotina. Me quejo no por vicio sino porque me cuesta, realmente. Alguien replicará: uno puede publicar y dejar que el libro camine solo. Esperar sin más. No hay por qué lamentarse. En efecto, nadie obliga al escritor a promocionar su libro. Y sin embargo, la queja o el bufido no son un ornamento, parte del marketing del escritor huraño. Si uno escribe, como es el caso, para llegar al otro, con el fin de soslayar su natural aislamiento, es lógica la violencia a la hora de hablar en público o posar ante un objetivo. Podría no hacerlo, no existe la obligación, sea; pero si su deseo es ganar lectores, oír los ecos de su grito, ha de promocionar su obra, al menos un poco. Por tanto, aunque pueda parecer incompatible quejarse y promocionar, estar pero quejarse de estar, no lo es tanto. Y si lo es, la contradicción tampoco es mal lugar para vivir. Yo vivo en una estos días: por una parte el quejido que muchos entienden como pose; por otra las ganas de dar a conocer mi trabajo y de tener lectores. Por una parte echar de menos las mañanas por el campo, las horas muertas, mi sagrado estancamiento; por otra el móvil sufriendo a cada instante un ataque de epilepsia, la hiedra de las citas poblando mi agenda.

Pese a todo, en esta guerra que libro contra mi persona, contradictoria siempre, encuentro oasis en los que, sí, agradezco el éxodo y las vibraciones del móvil y la hinchazón de la agenda. El oasis es un lector que entabla una conversación contigo a la salida del acto, y que te da las gracias. El oasis es un nuevo amigo, el joven aspirante a poeta que sonríe mientras lees torpemente y te pide una firma con una candidez pasmosa, admirándote por qué. La cerveza o el vino, tras el encuentro, cuando brotan las risas y empieza la compañía. Una cena desternillante con una periodista patosa que resbala y cae al suelo de culo. Lo cierto es que hoy, mientras vuelvo a Granada desde Madrid, en coche, siempre en coche para evitar el monstruoso avión, no dejo de sonreírme, ¿acaso por la reseca de los ansiolíticos? Y me digo: qué hermoso este trabajo, la promoción, el encuentro cálido con otras personas, la tinta yendo a parar a otras vidas, nutriendo otros silencios, la colisión de dos soledades. Te quejas por vicio, Jesús. Disfruta ya, coño.

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La imposibilidad del abrazo

Laura Ferrero

Foto: Huseyin Aldemir
Reuters

Para abrazarse bien hay que encontrar el hueco en el cuerpo del otro y en el propio. Para abrazarse bien hay que conseguir que esos huecos, esas cavidades, se acoplen, se encuentren. Como si en última instancia, lo que permitiera el abrazo fuera una comunión de ausencias. Dos superficies perfectamente redondas y completas nunca podrían encontrarse en el espacio. De manera que si nos abrazamos es porque nos falta algo.

De eso habla Manuel Vilas en Ordesa. De eso, y de los vínculos que sobreviven a la desaparición de los objetos que los generan. No diría que Ordesa es un libro sino una elegía y una carta llena de amor a ese pasado de los padres escrito en fotografías en blanco y negro a los que Vilas no está seguro de haber conocido. Como tampoco lo está ahora de conocer a esos hijos, los suyos, que comen silenciosos junto a él.

Terminé Ordesa en una ciudad que une dos continentes. Llovía mucho y entré en un restaurante paquistaní del barrio de Fatih, justo cruzando el puente de Ataturk. El dueño, Zahid me preparó un té. Le dije que era de Barcelona y curiosamente no me preguntó si era del Barça o si me gustaba Messi. Solo señaló las paredes, cubiertas de pequeñas fotos y recortes de periódico, y dijo “Lahore”.

Ordesa me conmovió de una manera que hacía tiempo en que nada lo hacía. No supe por qué hasta que llegué a aquel lugar sórdido y a la vez misteriosamente cálido al que conforme pasaba el tiempo, fueron llegando más hombres que me saludaban y se sentaban en las mesas de mi alrededor mientras yo trataba de descifrar lo que ocurría en el canal de televisión paquistaní.

–Un actor famoso de mi país ha muerto –dijo un hombre mayor.

Asentí.

Zahid se sentó frente a mí y me preguntó por el libro que estaba terminando. Leyó el título O-r-d-e-s-a.

–Es un lugar –dije.

–¿Es la historia de un lugar?

–Bueno, sí, también. Pero es la historia de una vida. Y del pasado.

Y del lugar de los padres, pensé, pero eso no sabía cómo contárselo en inglés. Entonces Zahid me dijo que le contara cómo era Barcelona. Si era grande, si llovía, si los inviernos, si la comida, si los mercados. Por último, si sabía de algún lugar dónde cocinaran un buen biryani.

–¿Biryani?

Se levantó y se ausentó cinco minutos para después aparecer con un plató de arroz con pollo.

–Biryani –afirmó.

Zahid señaló una de entre las fotografías que colgaba de la pared, una en la que no me había fijado.

–Es mi padre. Era cocinero. Su especialidad era el Biryani. Yo aprendí a cocinar con él.

Cuando dejó de llover, me levanté para ir a pagar pero Zahid no me dejó. Al salir, en medio de mis agradecimientos torpes, vi que del pasillo que conducía a la cocina, colgaban fotos plastificadas de aquel plato que acababa de comer. Entonces entendí que Ordesa quería decir lo mismo que Biryani, ambas palabras cuentan la historia de los mundos que van quedándose atrás, mundos herméticos encerrados en misteriosas fotografías que no cuentan más que lo que vemos, o sea: nada.

Dice Manuel Vilas que una relación que muere da origen a una lengua muerta. Y mientras cruzaba el puente, de vuelta hacia el hotel, pensaba en ellas, en las lenguas muertas, en las maneras de decir que quedan sepultadas en otros lugares, en otros países que se llaman Lahore o Ordesa. También las lenguas muertas hacen que nos falte algo irremplazable, algo que crea un hueco, el hueco sin el que nadie luego podría abrazarnos.

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Se lo llevaron hasta con el Papa de Roma

Melchor Miralles

Foto: Francisco Camps
Flickr

En Valencia, con los gobiernos del PP, no se pararon en barras y la corrupción fue la norma. Se lo llevaron hasta con la visita del Papa de Roma. El juzgado de Valencia que investiga las irregularidades en los contratos con la fundación que organizó la visita a valencia del papa Benedicto XVI, en el año 2006, con la tardanza habitual, esta vez doce años después de suceder los hechos, ha citado para declarar como investigados, lo que antes era imputar, al ex presidente Francisco Camps y al obispo auxiliar de Valencia, Esteban Escudero, por los presuntos delitos de prevaricación, malversación y falsedad. También han sido citados Juan Cotino, perejil de todas las salsas del trinque valenciano, Víctor Campos, ex vicepresidente del Gobierno autonómico con Camps y varios miembros de la Fundación V Encuentro Mundial de Familias, en una investigación que es una pieza separada del Caso Gurtel.

Se investigan supuestas irregularidades en la adjudicación de contratos por parte de la Fundación, que se ocupó de organizar la visita papal, contratos que podrían haberse adjudicado sin respetar mínimamente las normal generales de contratación, sin concurrencia pública,. o sea, por la cara, saltándose todos los controles legales.

Andan de por medio en el caso los acusados de la Gurtel y directivos de la Radio Televisión Pública valenciana de la época. Todo un muestrario de corruptos que lo fueron, más los que no están, pero estaban en el ajo, y los que se van de rositas siempre, aunque se sepa quiénes son.

El PP mirará para otro lado, como siempre, pero cada vez lo tiene más difícil. En Valencia, como en otras Comunidades Autónomas, se replicaba el modelo de Génova, porque las Autonomías no eran autónomas, no hacían la guerra por su cuenta, pese a que muchos barones se lo creyeran. Había control desde Madrid, y consultas, y se favorecía a quien estaba bendecido por la presidencia de la Generalitat, y también a quién mandaban desde Madrid, más de uno y de dos. Y como no se cortaban ni con la visita del Papa, quedan muchos casos por salir, y saldrán, porque los cadáveres que se acumulan en los armarios simpre salen a flote, y porque lo hicieron mal, además, y dejaron mucho perjudicado por su codicia y avaricia. No se cortaban ni con el Papa, se lo querían llevar todo, no había límites, y ahora llega, tarde como siempre, la Justicia, tira del hilo, y van cayendo como fruta madura.

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