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La justicia es ciega, la solidaridad no

Ferrán Caballero

Quizás lo hayan visto ya. Si no lo han hecho, no lo hagan. Ya se lo explico yo. Es un vídeo que corre de hace unos días por twitter y que muestra como una mendicante y su hijo son vejados por un presunto refugiado sirio. Ella sostiene un cartel que reza Familia siria. SOS. Pero, como descubre en seguida este justiciero, eso es publicidad engañosa. La madre y su hijo son rumanos y están abusando de la simpatía que despiertan los refugiados para arañar algo de nuestra caridad. Lo entiende muy bien ella y lo entiende muy bien el justiciero que se cree con el derecho, incluso con la obligación!, de despojarla del único documento que los acredita como dignos de nuestra solidaridad; no es lo mismo un refugiado que un inmigrante. O, dicho de otro modo, tenemos inmigrantes de primera y de segunda.

Por eso se manifestaban el otro día en favor de acoger a los refugiados algunos de los que no hace tanto se reían de los ingenuos que pedían Papeles para todos. Porque ahora el muerto se lo podían cargar a Europa. Porque, como explicaba Gustavo Bueno, la solidaridad es siempre dialéctica; es siempre la solidaridad de un grupo frente a otros grupos. Y por ese mismo motivo, el justiciero sirio no es el único que lucha por reservarse la exclusiva del estatus de víctima ni la legítima violencia que lo acompaña en nombre de la autodefensa.

Así que, si no han visto el vídeo, no lo vean. Porque si verlo es solidarizarse con el refugiado sirio, verlo es también participar de la humillación pública de esta pobre mujer y su hijo. Como lo es ver las palizas a sus compañeros que algunos adolescentes graban con sus móviles y cuelgan en Internet para perpetuar la agresión y maximizar la humillación pública. No los vean, digo, porque verlos es vejarlos.

Contra el mito del auge asiático y el declive europeo

Antonio García Maldonado

Uno de los lugares comunes del análisis internacional dice que el poder se ha desplazado a Asia y que Trump o el Brexit no dejan de ser pataletas ante ese hecho inevitable. Los flujos económicos van hacia esa región, las actividades se deslocalizan en China o Bangladesh, sus economías crecen y emergen grandes clases medias con un poder de consumo que hace las delicias de las grandes compañías internacionales. A este diagnóstico suele seguir el que dice que, en este contexto, Europa estaría llamada a convertirse en un museo para turistas ricos, en una Venecia gigante que sirve de testimonio kitsch del pasado ante su irrelevancia en el presente y el futuro.

Como todo lugar común, tiene algo de cierto pero también mucha adiposidad interesada. Asumir sin matices que el poder reside allí donde está el peso económico es desconocer las nuevas formas de poder, influencia y gestión que las nuevas tecnologías de la comunicación han favorecido. El análisis de la decadencia de Europa y el auge asiático tiene mucho de capitalismo industrial decimonónico, con la fábrica humeante como símbolo del progreso. Tengo para mí que el auge de Asia se debe, en parte, a que se puede gestionar desde Occidente. Sus ciudades están muy contaminadas, los servicios básicos son caros y de peor calidad, la desigualdad hiere, no hay derechos laborales efectivos –y cuando los hay, es fácil eludirlos– y las megaurbes en las que ese “progreso” se estaría manifestando son impersonales y en muchos casos peligrosas. La estratificación es la norma, y los precios son escandalosos.

Es en Europa –o como en Europa– donde desea vivir la mayoría, trabajadores o ejecutivos. Conozco a pocos residentes en Pekín, Yakarta o Singapur que no hayan terminado su etapa asiática con alivio por irse y alegría por llegar a Madrid, Bruselas o Berlín. Muchos de ellos vuelven para formar aquí una familia, ante la imposibilidad o el nulo atractivo de hacerlo en países y ciudades hostiles para ello. En muchas carreras profesionales, la “temporada asiática” es más una mili o un sacrificio en pos de un mejor puesto en Europa en el futuro que un deseo genuino. Incluso en sociedades con una personalidad tan fuerte como la china o la vietnamita, la creciente clase media exige estándares “europeos”.

Si Asia es una opción profesional, Europa sigue siendo una opción vital, que mal que bien conjuga la creación de riqueza con el ocio, la creatividad, el descanso y el bienestar. Si Asia es el auge, contento me quedo entre las ruinas del museo europeo (como hacen muchísimos gestores a distancia de ese teórico esplendor).

Pues mira que aquel 1967...

Víctor de la Serna

Con esto de las elecciones del 77 hemos tenido estos días en los periódicos una racioncilla de recuerdos de hace 40 años, y yo mismo he rebuscado en algunos de ellos y los he publicado aquí. Puesto ya a la nostalgia, ansiando hallar en ella algo de solaz y también alguna clave del monumental caos en el que angustiadamente nos encontramos hoy -y como he cumplido ya demasiados años- me deslizo traicioneramente y sin apenas intentarlo hasta otra efeméride aún más redonda. Medio siglo: mi verano de 1967. O, lo que es lo mismo, lo que fue conocer en un instante las experiencias del inmigrante indeseado, del europeo integrado y esperanzado y del descubridor de remotas culturas culinarias. Pensándolo bien, cada una de ellas tiene algo que ver con el resto de mi vida…

Terminaba yo Segundo de Derecho en la Complutense, la dictadura seguía en pie y sin haber sufrido aún los embates de ETA, y yo salía cada vez que podía de aquel país nuestro, estrecho y pacato. Me apunté al curso de verano de la Academia de Derecho Internacional de La Haya, aun a sabiendas de que sólo me darían un papelito como asistente pero que no podría optar a sacar el diploma oficial, ya que éste era para graduados. Pero, todavía indeciso entre la diplomacia y el periodismo, me lancé con mucho entusiasmo a ello.

La cosa pudo terminar antes de empezar, y es que en 1967 los españoles no es que fuésemos como los pobres refugiados sirios de hoy, pero sí lo más parecido a los rumanos o los marroquíes o los ecuatorianos que hoy buscan una vida mejor en la próspera Unión Europea. No nos vendría mal recordarlo alguna vez.

A partir de 1960 los españoles nos habíamos lanzado a la emigración, en una oleada sin parangón desde el exilio de 1939, y esta vez hacia Europa, no hacia América. En las fronteras no éramos bien recibidos si no presentábamos contratos de trabajo, y en el aeropuerto de Schiphol pasé media hora bastante desagradable bajo la mirada hosca de un poli holandés que no acababa de creerse las explicaciones de un chaval español que decía algo tan raro como que iba a estudiar Derecho Internacional. Tras presentar el papel de la Academia y la dirección de mi pensión, y mostrar los pocos florines que llevaba en el bolsillo, por fin conseguí que me sellara el pasaporte tras enseñar el único documento que de verdad le interesaba: mi billete de vuelta para el mes siguiente.

En La Haya aprendí más en la calle, tomando cafés o cervezas con los compañeros, o visitando la maravillosa Mauritshuis para reencontrarme con el inigualable Vermeer y descubrir esa chica de la perla y esa vista de Delft, que en unas clases muy por encima de mi nivel académico primerizo. Sí que me esforcé con los conflictos entre Bolivia y Chile o con la caza de criminales de la II Guerra Mundial, pero todo eso era de Primera División y yo daba el nivel de alevín, y gracias. La mayoría de los alumnos eran mayores, ya con la licenciatura en el bolsillo, e incluso me susurraron, señalando a una menuda chica española: “Tiene 27 años y ya es doctora. Se llama Elisa Pérez Vera”. Nunca más nos hemos vuelto a encontrar, pero estoy bien enterado, como todos, de su distinguida carrera posterior, que incluye unos años en el Tribunal Constitucional.

Pese a mi insuficiencia académica, fue un buen verano, rodeado de chicos y chicas llegados de países más libres que el mío y a los que no me cansaba de hacer preguntas, porque ya estaba convencido de que pronto íbamos a dejar de ser los parientes pobres de la Europa democrática y había que empezar a ponerse las pilas.

Y, miren por donde, en ese país supuestamente tan poco gastronómico como es Holanda empecé yo a descubrir mi otra vocación: aquel delicioso arenque fresco, el ‘groene haring’, que te vendían los de los carritos al borde de la playa de Scheveningen y te tomabas de un bocado con una cañita de cerveza, y aquella revelación asiática, la noche en que los tres compañeros de piso quisimos invitar a nuestra encantadora casera, una viuda muy mayor que soñaba con cenar en el Garoeda, el clásico restaurante indonesio de la Lange Voorhout. (La Haya fue, tras la independencia de su colonia asiática en 1956, el lugar de refugio de gran parte de la burguesía de Yakarta que optó por el exilio).

Aquella noche, justo antes de regresar a Madrid, ante los innumerables platillos de una ‘rijsttafel’ o ‘mesa de arroz’ -que es lo que nosotros llamaríamos ‘menú de degustación’-, entre ‘nasi goreng’ y ‘bami goreng’, disfrutando hasta de los picantes algo salvajes de alguno de ellos, me preguntaba yo si sabría explicar esas sensaciones inéditas a los amigos. Tardé unos años, pero no mucho más tarde ya reseñaba yo mis cenas y almuerzos en letra de molde.

Quizá, sin saberlo, empezaba yo ese verano de 1967 más cerca de la diplomacia y lo acababa girando hacia el periodismo…

Los escandalizaditos

Miguel Ángel Quintana Paz

Contaba el filósofo Leszek Kołakowski un chiste que luego Fernando Savater ha retomado en alguna de sus obras, acaso porque sea una broma especialmente exitosa entre filósofos. Versa así: una anciana solterona, de mentalidad escrupulosamente puritana, telefonea un día, alarmada, a su policía local. “Agentes, hay unos jóvenes bañándose en el arroyo que corre al lado de mi casa, ¡y están desnudos! ¿No podrían hacer algo contra semejante escándalo?”. Los policías acuden hasta el lugar de los hechos, explican a los mozalbetes el problema y estos, muy comprensivos, se desplazan corriente arriba a un paraje más despoblado, donde su desnudez no pueda escandalizar. Sin embargo, a los pocos minutos la comisaría recibe una nueva llamada de la misma señora: “Agentes, ¡desde mi casa se sigue viendo a los impúdicos jovenzuelos esos! ¡Incluso se pueden oír a veces sus lujuriosos gritos! ¿No les habían advertido bien al respecto?”. De nuevo un coche de policía se traslada hasta donde los inocentes muchachos chapotean y ríen, inconscientes del marasmo en que están sumiendo a una respetable mujer. Como son buenos chicos, no tienen problema en volver a desplazar su lugar de juegos, esta vez varias millas arriba por el refrescante arroyuelo. Pero, unos instantes más tarde, la policía local vuelve a recibir una llamada de nuestra querida amiga: “Agentes, me temo que he de molestarles de nuevo por el mismo asunto. Y es que, si me subo a la azotea de mi casa y utilizo unos prismáticos, ¡sigo viendo a esos indecentes!”.

Aunque imaginamos a la escandalizada dama de chiste como vestigio de un remoto pasado, nada podría llamarnos más a engaño. Si el lector recapacita un momento sobre ello, probablemente notará que vivimos en una sociedad donde proliferan quienes se sienten escandalizaditos constantemente por todo tipo de asuntos, asuntos que hubieran parecido intrascendentes a nuestros ancestros.

Un caso curioso se produjo hace unos años, cuando a los miembros de selección olímpica española de baloncesto en Pekín 2008 se les ocurrió acabar cierto spot publicitario con una broma: estiraron con los dedos sus ojos para que estos adoptaran una forma rasgada y,  por tanto, aludieran al tipo de ojos que suelen tener los habitantes del que sería su país anfitrión. Puede recordar el lector el resultado de tal chaza en este enlace. Y quizá también recuerde el escándalo que se produjo entonces entre la prensa anglosajona: periódicos respetables como The New York Times, The Guardian o Los Angeles Times acusaron a los jugadores españoles de un sañudo racismo antichino. ¿Tenían razón estos medios de lengua inglesa, o simplemente se adentraron así en el campo de los escandalizaditos? La respuesta no pudo ser más concluyente: cuando a alguien, por fin, se le ocurrió preguntar a los propios periodistas chinos o a la federación china qué opinaban de toda esta vicisitud, su respuesta vino a ser que les parecía un gesto muy divertido de unos cuantos españolitos y que, en modo alguno, veían ofensa ahí. Los anglosajones esta vez, al intentar ofenderse en el nombre de otros, habían desatinado.

Debemos, pues, distinguir entre el ofendidito, que ya examinamos en otra ocasión, y el escandalizadito: el primero se ofende por cosas que presuntamente le atañen; el escandalizadito, en cambio, ha ascendido a nivel PRO y consigue ofenderse por cosas que ni siquiera le conciernen realmente. A veces se escandaliza por cosas que hipotéticamente ofenden a otros (como los sesudos periodistas de The New York Times), a veces por cosas que ofenden “la moral” o “la corrección” o “la bondad” (como algunas solteronas que viven junto a arroyuelos).

Esto nos puede llevar a sospechar que un escandalizadito en realidad extrae algún tipo de satisfacción en su escándalo, al igual, de nuevo, de lo que intuimos que le pasaba a nuestra vieja amiga célibe. Aunque, precisamente porque dice estar escandalizado, nos pretende convencer de todo lo contrario, de que tal escándalo le provoca angustias insufribles. Por consiguiente, un escandalizadito es, ante todo, un embustero. Que quizá ha empezado por mentirse a sí mismo (no puede aceptar que contemplar unos cuerpos lozanos en flor no le provocan escándalo, sino otra cosa; o que comprobar el afable humor con que se tratan entre sí chinos y españoles tampoco le provoca escándalo, sino acaso envidia).

Nada de esto implica que escandalizarse por lo que acaece en el mundo sea siempre erróneo o hipócrita. Nuestros afanes y nuestros días están repletos de cosas que bien merecen nuestra denuncia ética o nuestro pasmo moral. Lo que ocurre, simplemente, es que hemos de diferenciar entre aquellas cosas que sí que merecen nuestro justo repudio y aquellas otras que, al modo de ancianas señoras con prismáticos en la azotea, no son más que alimento para escandalizaditas. Presentemos entonces algunas pistas, pues, para distinguir al escandalizadito y no confundirlo con alguien que simplemente denuncia algo malo con buenas razones.

1)      En primer lugar, reconocerás a un escandalizadito porque no desea explicar o argumentar el motivo de su “escándalo”: prefiere dedicarse a otras actividades, como rasgarse las vestiduras, grititar condenas (copio el verbo a García Máiquez) o, en los casos más virulentos, agredir incluso a quien haya osado llevarles la contraria. En este sentido, reconoceré que adolezco del hobby de asistir a cursos sobre feminismo radical y, trascurridos unos minutos, plantear a la ponente algún dato científico que desmonte diez o doce cosas de las que lleva dichas. Su reacción, escandalizadita, suele ser la de acusarme de machismo a mí y a la autora del estudio científico, hacer alguna alusión a Donald Trump y dejar el dato mondo y lirondo sin refutar. Lo cual, naturalmente, es muy ilustrativo para aquellos a los que nos importan los datos y no los exabruptos de señoras.

2)      Un segundo rasgo por el que reconocerás al escandalizadito es su tendencia a preocuparse por lo que les sucede a personas de tierras lejanas y exóticos rincones, mientras que le embarga mucha menor emoción cuando de ponerse manos a la obra con alguien cercano se trata. Aunque ya hemos hablado aquí de ello, no me resisto a volver a recordar el dato: un 62 % de los españoles afirma que acogería gustoso a un refugiado sirio en su casa, y muchos de ellos se muestran escandalizados porque el Estado español aún no ha recibido a cuantos se comprometió a alojar. Ahora bien, la encuesta se hizo mientras esos refugiados están aún en Siria, o en Alemania. Será interesante comparar esa cifra de 62 %, y esos escándalos, con la cifra real de domicilios que se ofrezcan a las primeras decenas de miles de refugiados que pisen nuestro suelo. De hecho, hace unos años, cierta cadena televisiva hizo ya un miniexperimento social muy divertido: una presunta ONG pedía en la calle firmas para alojar a los sintecho. Todos los transeúntes a los que se les solicitaba firmaban encantados. Unos metros después, otra miembro de esa ONG, acompañada de un presunto sintecho, pedía a esos firmantes alojo para él en sus domicilios. Todos rehusaron. Con una excusa unánime: “Es que vivo con mi familia en casa”. Lo cual arroja la conclusión de que todos los españoles somos muy generosos, pero todas nuestras familias son despiadadas.

3)      La tercera característica que te permitirá reconocer a un escandalizadito es que no es feliz. Hay que tener una vida triste para ir a buscar placer en el escándalo, en vez de en todas las cosas buenas que hoy pululan por la Tierra. Naturalmente, un escandalizadito negará la premisa mayor de este razonamiento, y berreará que vivimos en uno de los momentos históricos más depauperados, con peores expectativas para los pobres y con menos paz. Le suele sentar mal que los datos digan lo contrario. Y por ello, si empiezas a aducírselos, suele acallarte con el chasquido de su túnica rasgada.

4)      Una cuarta señal de que te encuentras ante un escandalizadito es la siguiente: el escandalizadito a menudo gana dinero gracias a su es-cán-da-lo, es un escándalo.

Por último, cabe plantearse: ¿cómo hemos de reaccionar ante un escandalizadito? Ante todo, evitemos caer en su mismo error: lo suyo es contagioso, y sería paradójico que nos escandalizásemos demasiado por la existencia de seres de su jaez. En este sentido resulta ejemplar la actitud de los muchachos de la historia con que hemos empezado: ante una escandalizadita, recoge tus aperos y vete a seguir jugando con tus amigos río arriba. En cueros, por supuesto.

La izquierda de las naciones

Ricardo Dudda

El PSOE de Pedro Sánchez compró el relato de Podemos e Izquierda Unida de que el partido no es suficientemente de izquierdas, en lugar de controlar el discurso y determinar qué es ser de izquierdas en el siglo XXI. Ser de izquierdas en el siglo XXI casa difícilmente con una declaración del país como plurinacional. España es multicultural y diversa. Tiene diferentes lenguas. Un Estado moderno debería respetar las diferencias y fomentar su reconocimiento sin mencionar naciones históricas ni atavismos.

En el PSOE afirman que su afirmación de la plurinacionalidad no trocea la soberanía, pero crea regiones más privilegiadas que otras: están las naciones y luego las comunidades autónomas. Y las naciones, en tanto naciones, necesitan un trato especial. Y cuando se reconoce simbólicamente una nación el siguiente paso es reconocer su soberanía propia, y para ello necesita convertirse en Estado. Porque el Estado es tangible, al contrario que la nación, inexplicable y mística.

El PSOE y Podemos coinciden en un discurso de una izquierda acomplejada ante los nacionalismos, que solo sabe hablar de República pero no de valores republicanos. Sin embargo, y a pesar del viraje de Sánchez hacia posturas más izquierdistas, hay todavía muchas diferencias: el PSOE sigue siendo el PSOE, y Podemos puede aprovechar (y ya está haciéndolo) para pedir a los socialistas mayor pureza (lo que entienden ellos por pureza). El caso del independentismo es una buena prueba. En Podemos afirman que hay que dejar votar a los catalanes, aunque sea en un referéndum ilegal. En el PSOE denuncian el referéndum ilegal. Entrar en la dinámica de la identidad implica competir en pureza. Si el PSOE y Podemos se plantean un futuro juntos, lo harán desde la lógica identitaria, y en ella juega mucho mejor Podemos.

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