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La más tonta de todas

Ferrán Caballero

Decía alguien el miércoles que la igualdad no se alcanzará de verdad hasta el día en que la más tonta de las mujeres acceda al mismo trabajo que el más tonto de los hombres. Y yo entiendo muy bien la tentación de igualarlo todo por abajo, porque suena igual de bien y cuesta mucho menos, pero mucho me temo que aquí serviría para tanto como en la educación; es decir, para nada. Me gustaría saber, por ejemplo, a quién consideramos el más tonto de los hombres. Y mucho más todavía a quién nos atreveríamos a llamar la más tonta de las mujeres. Y en qué trabajo podría darse tan triste y tan ansiada igualdad. Porque yo, que jamás osaría aventurarme por estos jardines, he tratado de imaginar al uno y a la otra y sospecho que la más tonta de las mujeres, que bien podría ser la más bella de las top models, ni podría ni querría hacer el trabajo del más tonto de los hombres, que bien podría ser el más fuertote de los paletas. Y viceversa. Y que, por lo tanto, no tiene ningún sentido aspirar a esta igualdad. 

 

Así que no sé qué sentido tendría seguir insistiendo en una igualdad a la que ni se puede ni se quiere aspirar. Y es que si algo me han dejado claro tantas y tan feministas es que yo no soy nadie para juzgar las decisiones, valores y preferencias de las mujeres, por tontas que fueran. Así que, por el exigido respeto a las mujeres y sus decisiones y por la certeza de vivir en una democracia donde tienen exactamente los mismos derechos que los hombres, me veo obligado a explicar que la diferencia de sueldos y cargos entre hombres y mujeres no es más que la manifestación de sus distintas y legítimas preferencias. Que decir como tanto se dice estos días que las mujeres son menos capaces de los hombres de decidir libremente sus preferencias personales y laborales es un paternalismo muy injusto para con ellas. Y que, como decía Christina Sommers, si alguna quiere acabar con la diferencia salarial e igualarse de verdad, por arriba, con los hombres más bien pagados, lo único que tiene que hacer es estudiar ingeniería electrónica. 

Francia y Alemania, otra vez

Víctor de la Serna

Despejemos historias apócrifas: No existe ninguna prueba de que el ‘Times’ de Londres haya publicado jamás ese famosísimo titular, “Niebla en el canal de la Mancha. El continente, aislado”. Pero los últimos acontecimientos, con aquella pacata Theresa May reconvertida a defensora entusiasta de la ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea, devuelven su actualidad a la noción de que los británicos se siguen considerando como ciudadanos aparte, instalados en unas islas situadas más o menos en el centro del océano Atlántico, a medio camino entre aquella Nueva Inglaterra que fundaron y con la que mantienen una relación especial, y esas placenteras tierras francesas que tanto les han dado bajo forma de buenos vinos de Burdeos, amables paseatas por la Promenade des Anglais de Niza y veladas locas junto a los Campos Elíseos. Somos muchos los que queremos y admiramos al Reino Unido, pero hacerlo comulgar con la integración europea sigue siendo, como en tiempos de Maggie Thatcher, una aspiración que choca de bruces con la realidad. El centro del Atlántico sigue atrayéndolos como un imán.

Lo que sucede en 2017 es que las emociones y las frustraciones se han impuesto en muchos sitios a la reflexión y la razón, y que la incómoda europeidad de Gran Bretaña ha dejado paso a una ruptura irreflexiva y que nos va a costar mucho a todos… pero sobre todo a los británicos. Y que, en ese ambiente de desconcierto que ha acompañado a Donald Trump y al Brexit, lo que se pasa a temer es que toda Europa, o quizá toda la democracia occidental, acabe a la deriva, y no precisamente en el centro del Atlántico.

Por eso, tras la primera vuelta de las elecciones francesas, no es mal momento para recordar que hace más de 60 años el general que salvó -desde un micrófono en Londres- la dignidad de Francia en 1940 y el ex alcalde de Colonia que había mantenido el tipo ante Hitler se unieron a unos cuantos supervivientes de las locuras europeas del siglo XX y pusieron en marcha un proceso de integración que ha sido mucho más positivo que negativo, pese a sus carencias -en particular, su exceso de tecnocracia y su falta de contenido político asumible por los ciudadanos- hasta la fecha. Y si sale adelante Emmanuel Macron y restablece con la canciller Merkel aquella sólida compenetración entre dos ex enemigos hechos para entenderse, esto puede salvarse. Quizá haya, como observaban con envidia algunos norteamericanos esta semana, más cabeza ahora mismo en Bruselas y en los países que siguen respaldando a la Unión que en un mundo anglosajón crispadísimo.

¿Y España? Debería ser la tercera pata de una sólida unión europea. Pero por ahora, que no nos esperen, por favor. Estamos de juicios.

Anémona y cuchillo

José María Albert de Paco

Mientras subimos la rampa que da acceso al Bullilab, 3.000 metros cuadrados de almacén en una de las faldas más sórdidas de Montjuic, Salvador Sostres me advierte: “Si ahora no sabes en qué consiste el Bullilab, lo más probable es que al salir sigas sin saberlo”. Dentro nos esperan Arcadi Espada y Ferran Adriá, al que la gripe no acaba de aplacarle su entusiasmo. No en vano, Sostres y Espada han sido los más conspicuos divulgadores de la obra de Adriá, en un pródigo apostolado que ha contribuido a que tantísimos profanos, como es mi caso, comamos polenta helada por delegación. 

El Bullilab es un laberinto donde 70 profesionales, entre los que se cuentan diseñadores, filósofos y periodistas, tratan de ordenar, clasificar y jerarquizar todo lo que el hombre sabe sobre gastronomía. Y extraer de ese conocimiento algo así como la piedra filosofal de la creatividad (su genoma, precisa Adriá) con la idea (les hablo a tientas) de pasar por el cedazo conceptual de El Bulli cualquier actividad humana. El recinto, un semillero entre el garaje de Steve Jobs y la biblioteca de El nombre de la rosa, contiene miles de legajos, libros, vídeos, paneles interactivos… La idea, supongo, es acabar linkando los documentos. Al término de la visita, la pregunta (retórica) que Adriá formuló en Twitter, “¿Qué tipo de información necesitamos de un ravioli para que se convierta en conocimiento?”, adquiere un barniz socrático.

Cenamos en Estimar, el puesto de pescado que Rafa Zafra, discípulo de Adriá, tiene en Santa María del Mar. Sostres y Arcadi no parecen dispuestos a hablar de otra cosa que no sea de cocina o, más precisamente, de cocineros, y como dos improvisados pitchers le van lanzando nombres a Adriá, que, no obstante, los batea con una flacidez exasperante. Espada le reprocha su renuencia a criticar a los profesionales de su gremio; es más, intenta persuadirlo de que hay un aspecto de su trabajo, el que tiene que ver con la prescripción, que le obliga a ello. Mas Adriá sólo hablará, y muy bien, de Ángel León; curiosamente, sin haber probado nada de lo que cocina actualmente, fiando su criterio a lo que ve, a lo que le cuentan: a su intuición. En la conversación aparece el nombre de Dìdac López, quien diera vida a La Estrella de Plata, el mejor bar que ha habido en Barcelona en los últimos 20 años, gastro avant la lettre. “Está mejor; trabajando en Florida”, oigo. Y me viene a la cabeza una noche de hace veinte años en que el mismo hombre que tengo ante mí, en la barra de La Estrella, le pidió a Dídac una anémona y un cuchillo. Y entre trago y trago de vino, empezó a rasgarle los tentáculos al animalillo, tratando de descifrar, imagino, qué tenía ante sí, si un ravioli en ciernes o la capipota del futuro. El Bullilab es, sobre todo, una disposición de ánimo.

ETA y nosotros

Miguel Ángel Quintana Paz

Fermín era taxista y llevaba en su flamante Simca 1000 a un cliente que acababa de recoger por Bilbao, un tanto apresurado. María Ángeles era estudiante y esperaba a sus amigas en la cafetería en que iban a comer, que aquella tarde tenían examen. Dionisio era dueño de un taller del que sacó el coche para hacer sitio al de su contable, como cada día.

Parecen tres personajes de tres historias que tienen poco que ver. Pero no fueron personajes, sino personas reales. Y sus tres historias, aunque empiezan distintas, acaban igual. Pues en las tres irrumpió, a los pocos segundos de la escena que hemos esbozado, otro personaje: ETA. Terroristas de esta banda asesinaron a Fermín, María Ángeles y Dionisio en la España de los años 70.

Mas así como es preciso contar las historias de los muertos, debemos también atrevernos a contar las de los vivos. ¿Cómo reaccionaron los españoles de los años 70 a parejos asesinatos? Uno se puede hacer una primera idea de ello leyendo el capítulo “Agosto” del libro Diarios, de Arcadi Espada. Allí este periodista repasa, lustros más tarde, las noticias que el periódico El País fue publicando a medida que ETA desengranaba muertos a fines de los 70.

El tono en que El País narra esos sucesos no puede resultarnos hoy más descorazonador. De las víctimas a menudo se insinúan presuntas “culpabilidades” sin prueba alguna y un tanto WTF (por ejemplo, que “en círculos políticos se le consideraba confidente o amigo de la Guardia Civil”). O se puntualiza que la víctima quiso escapar (dónde vamos a llegar) “por lo que fue rematado por los agresores”, a ver si no. De los victimarios a menudo se copia el lenguaje que, evidentemente, enorgullece un tanto a tales victimarios: en lugar de decir “asesinato”, se habla de “acción armada” o incluso de “intervención”, que, como punza Espada, “también lo usan los banqueros y los ministros de Hacienda y nadie los mete en la cárcel”.

Pero no solo el periodismo de la época resultaba mejorable. La reacción de la sociedad en su conjunto (exceptuadas las fuerzas de seguridad, que pagaron duro su empeño) tampoco puede etiquetarse de loable. Todas las víctimas de aquel tiempo coinciden: se sintieron solas, cuando no despreciadas, por las instituciones, por sus compañeros de trabajo, por sus vecinos. Hay fotografías que reflejan, desoladoras, aquel desamparo: el asesinado yace en el suelo mientras sus compañeros de trabajo prosiguen alrededor sus tareas de cada día, apartándose si acaso un poquito del charco de sangre en torno al muerto, que las manchas de sangre luego se quitan muy mal.

Se han propuesto varias explicaciones para esta desidia de los españoles ante la ETA de los años 70 y 80. Nuestra sociedad salía de una dictadura y por lo tanto se hallaba desarticulada, poco ducha en lo de movilizarse y participar contra el mal. O también: ETA asesinó a panaderos, albañiles, cocineros, carpinteros; cualquiera podía estar en su diana, mientras que si te quedabas calladito tampoco es que fueras a hacer ningún daño directo a nadie. O también: ETA había contado con simpatías izquierdistas y nacionalistas por su oposición a Franco; y a veces lleva tiempo modificar tus afinidades.

Sin embargo, lo importante es que todo aquello cambió. Pasó el tiempo y a principios de este siglo ETA ya concitaba rechazos viscerales en casi todas las capas de la sociedad española. Naturalmente, esto fue así porque lo único que pasó no fue el tiempo. Pasó también que muchos intelectuales y políticos se comprometieron en la lucha contra ETA de un modo tan meritorio como brillante. Me resisto a citar siquiera algunos, pues por fortuna son tantos que siempre quedarían otros relevantes por mencionar. Una de las cosas en mi vida con las que estoy más satisfecho es haber llegado a ser amigo de varios de ellos. Pero el lector seguramente sabrá a quiénes me refiero. A todos los que se jugaron la vida explicándonos a los españoles por qué el terrorismo no tenía justificación; por qué hacía falta combatirlo desde el pequeño lugar que cada cual ocupásemos; y por qué era posible vencerlo con las armas de la democracia.

Triunfaron, como digo. Los españoles llegamos a sentirnos unidos ya no solo contra ETA, sino también alrededor de aquellos valores que nos diferenciaban de ETA. La resistencia contra ETA podía haber sido violenta. Podía haber sido autoritaria. Podía haber sido la de un nacionalismo españolista antivasco. Pero fue democrática.

(Cierto es que en los 80 hubo aún ramalazos socialistas de combatir a ETA desde la ilegalidad de los GAL. Pero, por fortuna, hacia el año 2000 todo aquello se había quedado en el pasado).

Esta unidad de los españoles contra ETA solo disgustó y aún disgusta, lógicamente, a dos grupos: los que creen que no debería existir unidad alguna entre los españoles y los que creen que no hay que estar contra ETA. Aunque ninguno de esos grupos es exiguo en lugares como el País Vasco, lo cierto es que en el resto de España su repercusión fue nimia hasta hace poco. Concretamente, hasta la irrupción de Podemos como fuerza política conspicua.

Precisemos: no es que Podemos no desee que exista unidad entre un número lo más alto posible de españoles; en el manual de cualquier populista, obtener la unidad de su “pueblo” es un paso imprescindible. Ahora bien, esa unidad el populista desea que reúna dos requisitos: en primer lugar, que sea una unidad arracimada tras la bandera que él enarbola; en segundo lugar, que sea una unidad contra los enemigos que él desea, no contra cualesquier otros. Dado que la unidad de los españoles contra ETA no implica que por ello vayamos a votar a Podemos, y dado que ETA no pertenece a “la casta”, “la trama” o demás chivos expiatorios del imaginario podemita, se explica perfectamente esa tibieza, y perdonen el eufemismo, con que Podemos ha abordado siempre la cuestión etarra. Tibieza que contrasta, naturalmente, con la calurosa acogida que brinda a quienes zumban a las novias de guardias civiles acompañadas de tales guardias civiles.

Y así nos encontramos con un Podemos incómodo ante esa repugnancia hacia ETA que aún hoy nos acomuna a la inmensa mayoría de españoles. Incomodidad que trata de paliar mediante dos métodos muy simples, pero a la vez eficaces. Se llevan usando desde hace años por todos los que no quieren que el repudio del terrorismo sea uno de nuestros vínculos nacionales. El primer método consiste en diluir el término “terrorismo” en una sopa donde, prácticamente, cualquier cosa enojosa pueda ser etiquetada como tal: hablar, pues, de “terrorismo machista”, o “terrorismo ambiental”, o “terrorismo urbanístico”, o “terrorismo económico”. Cuando todo es terrorismo, entonces un terrorismo concreto, como el de ETA, no es tan grave. De hecho, de eso va el segundo método. Este estriba en resistirse a llamar terrorismo a lo que sí está claro que lo es.

Ahora bien, terrorismo no es cualquier cosa que provoque terror: si así fuera, las películas de fantasmas serían paradigmáticamente terroristas. El terrorismo tiene una definición muy precisa, que naturalmente usted nunca aprenderá en ningún documento de Podemos, y que habremos de recordar. Terrorismo es utilizar la muerte de alguien para, publicitándola, obtener beneficios políticos. Lo explicó hace años Rafael Sánchez Ferlosio de modo exquisito: si a un soldado se le muere de un rayo, pocos minutos antes de que él le dispare, el hombre al que iba a matar, para él esa casualidad meteorológica será igual de válida que si él mismo hubiera eliminado a su objetivo; pero para un terrorista ese rayo habrá desbaratado sus propósitos. El terrorista mata para poder decir que él ha matado. Y para extraer algún beneficio político del terror que ello provocará en la sociedad. Todo lo contrario de quienes cometen otro tipo de desmanes ambientales, financieros o urbanísticos: no solo evitan reivindicar su acción, sino que tratan de ocultar su participación en ella.

¿Logrará Podemos que llamemos terrorismo a cualquier cosa y que no califiquemos así a ETA, sino que volvamos a los años 70 y denominemos a sus atentados “intervenciones armadas” y a sus masacres meras “expresiones de un conflicto”? De todos nosotros hoy, en 2017, depende. De nosotros, que no somos tan valientes ni tan brillantes como los intelectuales y políticos que se jugaron el tipo contra ETA desde los años 80. Pero que tenemos una gran ventaja sobre ellos: que contamos con su precedente. Y podemos ejercer, pues, de enanos a hombros de gigantes morales.

Así es como Ivanka Trump define a su padre: un "activista" a favor de las mujeres

Redacción TO

Foto: Markus Schreiber
AP Photo

Ivanka Trump era una de las invitadas este martes a un foro del G-20 centrado en las mujeres (W-20). Sentada junto a la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Christine Lagarde, y a sólo unas sillas de distancia de la canciller alemana, Angela Merkel, la hija del presidente estadounidense Donald Trump tuvo que hacer frente a los abucheos y las risas que recibió al defender en Berlín la labor de su padre como “activista” a favor de las mujeres. Ivanka fue preguntada además sobre los comentarios misógenos de su padre que se filtraron durante la campaña electoral, a lo que ella no tuvo reparo en contestar que “mi padre no tiene pelos en la lengua. Habla a menudo, pero también es afectuoso y empático”. “Los electores saben, como antes, por qué temas está dispuesto a luchar mi padre y que va a ponerse el primero en la lucha a favor de las mujeres”, añadió.  A partir de ahí, las risas y algún que otro abucheo. Y esto, precisamente es lo que ha dado la vuelta al mundo en las redes sociales, portadas de periódicos y telediarios.

La historia de Trump con las mujeres viene de lejos.

Apenas 24 horas después de ser investido presidente de los Estados Unidos, en 58 países alrededor del globo se levantaban millones de mujeres y hombres en más de 600 marchas para protestar contra su presidencia. Trump es conocido por sus discursos racistas, por sus comentarios sexistas, por sus posicionamientos xenófobos y por su desprecio total a las minorías.

En numerosas ocasiones ha protagonizado escándalos de corte sexista. Durante la campaña presidencial, salieron a la luz unas grabaciones sobre cómo el magnate besaba a las mujeres “sin esperar siquiera” a que ellas aceptaran. También durante esa época sugirió que un grupo de mujeres que entonces lo acusaron de acoso sexual no eran lo suficientemente atractivas para que él hubiera intentado algo con ellas. Además, en una entrevista en 2004 tachó de “inconveniencia” el embarazo de las empleadas.

Los tres momentos más incómodos de Ivanka Trump en la cumbre de mujeres del G-20 (W-20) 1
Ivanka Trump, Christine Lagarde y Angela Merkel en la conferencia W20 en Berlin | Foto: Markus Schreiber/AP Photo

La presentación del acto de su hija este martes ya comenzó duramente. “Eres la primera hija, ¿cuál es tu papel? ¿A quién representas? Tu padre, el pueblo estadounidense, tus empresas”, le preguntó la moderadora, la directora de la revista Wirtschaftswoche, Miriam Meckel. A lo que Ivanka Trump admitió que también es un papel “bastante nuevo” para ella. “Estoy escuchando, aprendiendo, definiendo las maneras en las que puedo ser útil”.

Mi padre “es un gran campeón defendiendo el apoyo a las familias”

“Estoy muy orgullosa de su activismo, desde mucho antes de que llegase a la presidencia”, aseguró, antes de describirlo como defensor del apoyo a las familias. “Es un gran campeón defendiendo el apoyo a las familias”. En ese momento preciso fue cuando la audiencia respondió con abucheos y risas.

La moderadora tampoco quiso dejar pasar de largo ese momento y le preguntó a Ivanka si escuchaba la reacción de la audiencia, y lo explicara mejor. “En referencia a algunas actitudes hacia las mujeres que tu padre ha mostrado públicamente, y si es un defensor de las mujeres, ¿están cambiando las cosas?”

Ivanka no tardó en responder: “desde luego que he oído las críticas de los medios y eso se ha perpetuado, pero sé por experiencia personal, y creo que miles de mujeres que han trabajado con mi padre y para mi padre durante décadas cuando estaba en el sector privado son un testimonio de su creencia y su sólida convicción del potencial de las mujeres y de su habilidad para hacer el trabajo tan bien como cualquier hombre”. Y añadió a continuación: “como hija puedo hablar a nivel personal sabiendo que me alentó y permitió que creciera, no había ninguna diferencia entre mis hermanos y yo“.

“Sí que me etiqueto como feminista y pienso en ello en términos muy amplios”

Con respecto a la inclusión de las mujeres en el mundo económico, Ivanka Trump indicó que queda “mucho trabajo por delante” en términos de “acceso al mercado, al capital y a las redes”, así como en la participación femenina en los trabajos técnicos y científicos. La equiparación, prosiguió, es “crítica” para todo el mundo y tiene un “significado decisivo” porque las mujeres tienen “sin duda un enorme potencial” a nivel económico, argumentó la hija del multimillonario magnate inmobiliario.

La exmodelo de 35 años, ahora consejera de su padre en la Casa Blanca, también se definió como feminista, si bien criticó al movimiento por no ser lo suficientemente inclusivo. “Sí que me etiqueto como feminista y pienso en ello en términos muy amplios”, dijo. “Pienso que se trata de creer en la igualdad social, política y económica para todos los géneros”.

Sin embargo, un día después de las elecciones de noviembre que resultaron con la victoria de Trump,  la #WomensMarch comenzó a gestarse. El movimiento, que abogaba por la diversidad sin tapujos -incluyendo a todas las minorías raciales, religiosas, de identidad y de orientación sexual que caben en Estados Unidos-, comenzó a viralizarse en las redes. Muchas de las estrellas de influencia global que apoyaron la campaña de Hillary Clinton -como Robert De Niro, Scarlett Johanson o Madonna– no dudaron en subirse al carro .

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