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La resurrección populista

Ferrán Caballero

¿Escribir sobre Pedro Sánchez? ¿Por qué? ¿Qué ha hecho esta vez? Pues resurgir. Y con él, la tentación populista. No porque hubiese desaparecido, claro. Sino porque nadie se ha dejado caer en ella con el entusiasmo y la convicción de Pedro Sánchez. Nadie ha abrazado al oso del populismo de forma tan desacomplejada como él, quizás porque nadie parece tener tantos complejos por ser socialista como él. El resurgir de Pedro Sánchez sería, entonces, una estupenda noticia para el extremismo populista, que sabe que sus posibilidades de tocar poder no pasan tanto por ganar las elecciones como por derrotar y dividir a un PSOE que, acomplejado por la izquierda y por España, se deje caer en sus brazos.

Supongo que no tardaremos en darnos cuenta de que la victoria de Macron es mucho menos épica y extraordinaria de lo que ahora parece, y que la euforia con la que los buenos europeos la celebramos dice más de nuestros miedos que de nuestro futuro. Pero es, en todo caso, una victoria contra el extremismo populista y es, por lo tanto, una victoria que bien puede servir de lección a los socialistas. En primer lugar, porque demuestra, como decía, que el populismo dificilmente se basta consigo mismo para lograr el poder y que necesita del acomplejamiento, la división y la sumisión de los partidos tradicionales. En segundo lugar, porque demuestra que los europeos, especialmente después del Brexit y de Trump, no tenemos ningún problema en celebrar la normalidad institucional como el triunfo histórico que es, ni en dejar para mañana o para nunca la épica de la ruptura populista del sistema. Y demuestra, en tercer lugar, que incluso los franceses son capaces de votar a un reformista cuando la alternativa es el extremismo y aunque sea como mal menor. La victoria de Macron sirve para recordarnos, en definitiva, que de la crisis del bipartidismo se sale por el extremo o por el reformismo y que sólo por uno de esos lados se sale vivo.

Se equivocan quienes le piden a Macron que gane ya las elecciones del 2022. Y se equivocan porque piden demasiado y demasiado pronto. Parece que celebren esta victoria como una prórroga o una segunda oportunidad para Francia y para Europa, pero esto es un simple reflejo del discurso maniqueo y apocalíptico del extremismo, que no concibe el futuro si no es como hegemonía o aniquilación. Es la última lección que deberían aprender Pedro Sánchez y los socialistas; el populismo no desaparecerá fagocitado por ningún discurso nuevo y rompedor que puedan idear. El populismo es un problema sin solución que sólo puede combatirse desde el reformismo desacomplejado y la pulcritud institucional.

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Y pasó en Barcelona

Andrea Mármol

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Ha pasado. Ha sido Barcelona. Antes fueron París, Londres, Bruselas o Niza. También Nueva York. Y Jerusalén. Una suerte de hermanas mayores para los barceloneses, cuyas semblanzas con nuestra morada nos habían activado falsos anticuerpos frente a la más inexplicable sangre abrupta, la estampida inmediata o el socorro improvisado. Las imágenes de las antes golpeadas urbes, las haya o no pisado, obligan a uno a repetirse para sí que el terror es algo con lo que hay que acostumbrarse a vivir. Arrastrados todos a asumir que al odio menos sofisticado le basta nuestra mera existencia para convertir a los nuestros en víctimas.

Con la ola de atentados terroristas recorriendo aeropuertos, avenidas y salas de concierto, he especulado en infinidad de ocasiones -durante un paseo por el barrio Gótico, tomando un café en la Plaza Real, dejándome la voz en Sala B o caminando rumbo el Camp Nou- con las posibilidades de ser víctima del próximo ataque. Mortal o no, poco importa, porque la imaginación es caprichosa, rápida y no escatima en torturas. Uno intuye de manera difusa el momento del estallido, el tiroteo, -ahora cabe añadir una furgoneta- pero la angustia, incluso la angustia imaginada que busca amortiguar la real, siempre es nítida: uno imagina a su madre esperando una llamada o una última conexión, a sus amigos que se quedaron en el bar tratando de huir o a ese abuelo lento, afectado por el ataque, quedando atrás de la muchedumbre.

No andaba demasiado alejada del lugar de los hechos, pero el jueves, como tantos otros, hube de hacer llamadas. Alguna para tranquilizar de inmediato, otras para recibir esa misma anestesia. Lejos de lo especulado, unas llamadas tan esperadas por quien las ha de recibir entrañaban una sobriedad algo anómala. Mientras intentaba abrirme paso por Vía Laietana, sin saber todavía dónde ni cuándo habían perpetrado el atentado, cientos de personas a las que nos había sorprendido cerca -pero mucho más lejos que cerca- no compartíamos ya solo una calle: de pronto todos los desconocidos allí presentes éramos parte de un trazado espontáneo que llegaba hasta los familiares y amigos de cada uno, todos cómplices y, por esta sola vez, del mismo bando.

El gélido dato confirma lo inusitado de esa situación en el corazón de Barcelona. De los trece muertos ahora confirmados, dos son españoles -ambos granadinos-, un ejemplo que da cuenta de una de las muchas disparidades que se respiran a diario entre viandantes en la ciudad. Es así, claro, en todas las ciudades que han sido sacudidas para siempre por los bárbaros, cuya elección no es azarosa, y así con su golpe a Barcelona hacen añicos el espejismo de eternidad de cualquiera que pudiera dejarse envolver en esta urbe de “gentes de cien mil raleas”, que cantaba Serrat. ¿No es, acaso, el de barcelonés, uno de esos gentilicios nada estridentes?

Tampoco es casualidad lo que ha venido después. La respetada solemnidad en la conmemoración en una Plaza Cataluña que cerró el grito unánime y espontáneo ‘no tenim por’, así como los ayuntamientos de toda España unidos en respuesta a la barbarie han sido sólo la culminación de mensajes de apoyo que llegaban desde cualquier rincón del mundo. Todos encontraban sus más sinceras palabras para la ciudad y para el horror y la angustia que les produjo imaginarla con la sangrienta mácula del terror. Podría decirse que a Barcelona, en pocas horas, le fue devuelto en justa correspondencia todo el calor con que supo arropar en su día a cuantos pudieron siquiera asomarse por aquí por primera vez.

Como todos, yo me asomé un día también a la ciudad. Recuerdo el primer día que paseé de noche por el Gótico, las primeras escaleras mecánicas en el metro de Las Glorias. Cómo me enamoró el retrato que de ella hacía Zafón en los libros primeros, luego sustituidos por las narraciones de Martínez de Pisón en la estantería. Mis primeras veces de casi todo fueron en Barcelona, pero esta ciudad permite esas primeras veces para casi cualquiera: lo fue para que Picasso pintara a sus señoritas de Aviñón, para que Lorca se emocionara con el extrañísimo topónimo ‘Urquinaona’ o para que, mucho antes, en la obra magna en lengua castellana, alguien la introdujera tal que así: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto”.

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Barcelona el día después del atentado

Redacción TO

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Con menos movilización turística en sitios emblemáticos como la Sagrada Familia (que permanece abierta) y en el transporte público en general, Barcelona amanece golpeada por el atentado terrorista del que fue víctima ayer. Sin embargo, muchas personas han decidido trasladarse hasta la Rambla para rendir homenaje a las víctimas, cuyo número asciende a 14,  y para hacer acto de presencia en el minuto de silencio convocado en Plaza Cataluña al mediodía al que acudieron desde las máximas autoridades locales: Ada Colau, Carles Puigdemont y Carme Forcadell, así como el rey Felipe VI  y el presidente de gobierno Mariano Rajoy.

Aquí una breve crónica en imágenes.

Así amanece Barcelona después del atentado 1
Así amanece La Rambla, de luto, pero abierta | Foto: Sergio Pérez / Reuters

Barcelona el día después del atentado 14
Memorial en el mosaico de Miró en La Rambla. | Foto Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 13
Memorial en el mosaico de Miró en La Rambla. | Foto Diana Rangel / The Objective.

Así amanece Barcelona después del atentado 3
Símbolos de luto se están colocando a todo lo largo de La Rambla | Foto: Diana Rangel / The Objective

Asciende a 14 el número de fallecidos en los atentados de Barcelona y Cambrils
Foto Diana Rangel / The Objective

Barcelona el día después del atentado 29
“Todos unidos por la paz”. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 30
En el mosaico de Miró. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 31
Foto: Diana Rangel / The Objective.

El punto neurálgico de la congregación era el mosaico de Miró en el centro de La Rambla, en donde la gente desde tempranas horas comenzó a depositar flores, velas y todo tipo de memorabilia en homenaje a las víctimas.

Allí conversamos con el portavoz de la comunidad Sikh en Barcelona, Gagandeep Singh Khalsa, quien se apersonó con otros representantes para expresar su repudio al atentado, expresar su preocupación ante el rechazo que algunos individuos le manifiestan a su comunidad por el uso de las prendas tradicionales de su cultura, y ponerse a la orden para cualquier colaboración que pudiera necesitar.

Barcelona el día después del atentado 15
Gagandeep Singh Khalsa conversa con Andrea Daza de The Objective. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Save

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Poco tiempo después Ada Colau y las autoridades del Ayuntamiento se apersonaron en La Rambla para dirigirse al punto de la convocatoria para el minuto de silencio: la Plaza Cataluña. Luego de encontrarse con Carme Forcadell, la presidenta del Parlamento, el grupo se encontró en la plaza con el rey Felipe VI, Mariano Rajoy y Carles Puigdemont.

Representantes de los representantes de los principales partidos también acudieron al acto, allí pudimos observar a Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Albert Rivera, Miguel Iceta, Xavier Domènech y Soraya Sánchez de Santamaría, entre otros.

Barcelona el día después del atentado
Ada Colau en La Rambla | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 8
Rajoy, el rey Felipe VI, Puigdemont y Colau, juntos, encabezan el homenaje. | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 20
Pablo Iglesias y los representantes de Podemos llegan a Plaza Cataluña para el minuto de silencio. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

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Pedro Sánchez al llegar a Plaza Cataluña | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 19
Miguel Iceta, presente en Barcelona. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

La comunidad Sikh en España se desmarca de los atentados de Barcelona y Cambrils
Rajoy, Felipe VI y Puigdemont, breves minutos antes de comenzar el minuto de silencio. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 4
Durante el minuto de silencio | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 9
Minuto de silencio. | Foto: Sergio Pérez / Reuters.

La multitud congregada en Plaza Cataluña aplaudió por varios minutos luego de finalizado el minuto de silencio. Se escucharon proclamas de “no tenim por” (no tenemos miedo).  Los castellers también hicieron acto de presencia para brindarle a las víctimas y a todos los presentes un homenaje muy simbólico: Barcelona, se levanta.

Barcelona el día después del atentado 10
Foto: Sergio Pérez / Reuters.

Barcelona el día después del atentado 18
Multitud congregada para el minuto de silencio frente a El Corte Inglés de Plaza Cataluña. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

Barcelona el día después del atentado 1
El rey Felipe VI saluda a las personas congregadas en Plaza Cataluña | Foto: Andrea Daza / The Objective

Barcelona el día después del atentado 21
Albert Rivera responde a los medios luego del minuto de silencio. | Foto: Diana Rangel / The Objective.

En sus declaraciones a los medios, Albert Rivera habló de la convocatoria al Pacto Antiterrorista. “No estamos en guerra, pero tampoco estamos en paz”. No es un día para las críticas, pero se debe hacer un llamamiento a la unidad, agregó.

Mientras los políticos de partidos opuestos esperaban para dar sus declaraciones, algunas personas en el público expresaron demandas claras: “Un CNI europeo”, pidió José Manuel García de 74 años. “No puede ser que tengamos tres policías, la Nacional, la de Euskadi, la de Catalunya”. Albiol, del PP catalán le respondía a García que sí, que estaban en ello.

Ramón Ros, catalán de 67 años, por su parte replicaba que no, que el problema es de competencias, que Euskadi lo tenía mejor, que cómo era posible que la policía autonómica no pudiera acceder a los archivos de la nacional.

Barcelona el día después del atentado 2
¿Inevitables selfies? | Foto: Andrea Daza / The Objective.

Pedro Sánchez intentaba mediar en la discusión mientras muchas personas en la multitud, parecían olvidar el motivo de la congregación e insistían en hacerse selfies con el máximo líder del PSOE.

En general todos los partidos fueron muy cautelosos con sus declaraciones, mientras que entre los asistentes reinaba la confusión, el ansia de reinvindicación y el reclamo a los políticos y a los cuerpos policiales.

Barcelona el día después del atentado 12
Grafitti en Madrid cerca del Congreso de Diputados: “Unidos somos fuertes. Todos somos Barcelona”. | Foto: Juan Medina / Reuters.

Para cerrar esta pequeña crónica un vídeo de un grupo de personas que espontáneamente se reunió pocos momentos después del minuto de silencio de Plaça Catalunya a rendir un pequeño, pero emotivo, homenaje a las víctimas cantando Imagine de John Lennon.

Textos y fotos: Andrea Daza, Ariana Basciani, Diana Rangel y Ana Laya. 

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Una ciudad extraña

Ferrán Caballero

La noticia de los atentados me llega lejos de casa, visitando castillos del Loira. Ayer estuvimos en Poitiers y bromée por whatsapp con unos amigos sobre la necesidad de seguir defendiendo la cristiandad. La broma tenía sentido por cosas como las de hoy, pero hoy seguramente no haría la broma.

A esta distancia de casa, la Rambla de la que hablaban no parecía mi Rambla. A esta distancia, la Rambla era una gran calle más de una gran ciudad más, como los Campos Elíseos, y también para mí ha sido durante un rato una calle emblemática, simbólica, en lugar de la calle por la que bajo al menos un día a la semana para comer con mi abuela. Por un momento podría haber cumplido el sueño cosmopolita de quienes tras cada atentado cercano nos exigen un recuerdo igualmente sentido y sincero para con los atentados lejanos. Pero esto sólo es posible al precio de que nuestra ciudad y su sufrimiento nos sea tan extraña como las demás, y días como estos son perfectos recordatorios de por qué esto ni puede ni debe ser así.

La Rambla puede ser, qué duda cabe, símbolo de lo mejor de Barcelona. En ella se encuentran como en ningún otro lugar los turistas con los inmigrantes y con los barceloneses de toda la vida. Especialmente en la zona de la Boquería, en pleno centro del atentado. Símbolo de Barcelona, por lo tanto, que resulta ser mi ciudad. Y símbolo del terrorismo islámico, que resulta ser mi enemigo y que atentando en la Rambla nos ha recordado como no podría hacerlo mejor que sus enemigos somos nosotros, nuestros vecinos, nuestros turistas y nuestros pakis. Que su enemigo es nuestro modo de vida y que por esto no tienen reparo en atentar contra sus hermanos musulmanes, porque el terrorismo no es nada personal y a ellos los quieren radicales o muertos, jamás libres e integrados.

Pero la Rambla de Barcelona es algo más que un símbolo de las virtudes del cosmopolitismo del turismo y el kebab. La Rambla es la calle por la que en cualquier momento de cualquier día puede pasar alguien que conozco. Y todavía ahora no sé quién pasaba hoy por allí y quién no había. Sé que no estaban allí mis familiares más cercanos ni mis amigos más íntimos ni esa alumna que me ha preguntado si estaba bien antes de explicarme lo de su primo. Y sé que muchos de mis amigos de facebook tampoco estaban allí, pero sigo sin saber recordar a todos los que faltan por confirmar. Hoy es necesario saber qué hacen y cómo están todos aquellos a quienes habitualmente podemos olvidar por días e incluso semanas. La consciencia de esta ignorancia y de los peligros que en ella habitan crea hoy una distancia entre nosotros que vuelve extraña a nuestra ciudad y a su dolor. Y esta es una victoria que, por desgracia, ya no les podremos negar a los terroristas.

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¿Tiene límites la libertad de expresión? Respuesta corta: no

Miguel Ángel Quintana Paz

Muchos me han reprochado un tono excesivamente ditirámbico en mi artículo En defensa de la libertad de expresión hace quince días aquí en The Objective. Abogar en pro de esa libertad está bien, vienen a decirme, pero ¿qué hay de sus razonables limitaciones? “Toda libertad tiene límites”, “tu libertad acaba donde empieza la mía”, “está bien la libertad, pero no el libertinaje” y otros cuantos proverbios de similar jaez solían acompañar tan amables amonestaciones.

Como firme partidario de la libertad de expresión, agradezco que la gente haga uso de ella justo para lo que ese artículo (y Stuart Mill) defendían: para ayudarnos a avanzar en el conocimiento. Pues es cierto que en ese artículo omití la espinosa cuestión de qué límites legítimos podrían imponerse a la libertad de expresión. Y es cierto también que ahí se juega gran parte de este asunto. Pocos hoy en día se atreven a condenar de plano tal libertad; ¡ah!, pero a la hora de definir sus presuntamente razonables límites pueden a menudo dejarla tan recortada como una mujer tras pasar por manos de Jack el Destripador. (Y Jack también pensaba que eso era lo razonable).

Ahora bien, si no abordé el problema de los límites de la libertad de expresión en aquel texto es por lo que el título de este explicita: porque creo que no existen. Uno tiene derecho a dejar que fluyan sus ideas sin importar lo tremendamente feotas que nos parezcan a los demás. De hecho, las ideas más originales son justo aquellas que nadie se ha atrevido a pensar antes, a menudo porque la presión social nos lo impedía. Sería absurdo usar esa presión social, con sus ofendiditos y escandalizaditos, para coartar tales ideas y el progreso que pudieran proporcionarnos (ya sea al apoyarlas, ya sea al aprender a rebatirlas).

Esto parece especialmente importante recordarlo hoy, en que tantos límites espurios se intenta imponer a esta libertad. No ya, por supuesto y como siempre, en los países autoritarios, sino en medio de nuestro democrático Occidente; y no solo por parte del poderoso Estado, sino de más y más gente que se une a la batalla contra la libertad de expresarse… de los demás.

Gente como los directivos de Google, que acaban de despedir a un biólogo, James Damore, por expresar ideas científicas que no les gustan.

O como los universitarios de Middlebury, que atacan al politólogo Charles Murray mientras este intentaba dar una conferencia que al final debió cancelar (y, de paso, le tuercen el cuello a un profesor que le acompañaba pero, curiosamente, era el encargado de oponérsele en el debate).

O como el Estado canadiense, que corta toda financiación científica al psicólogo Jordan Peterson, antiguo profesor de Harvard, justo cuando este cobra fama por opinar contra el proyecto gubernamental de multar a quien no use con cada persona el apelativo que esta elija entre los más de 70 géneros que hoy Facebook reconoce.

O como los casos que semana tras semana reporta The Heterodox Academy, asociación fundada en EE. UU. por Jonathan Haidt, preocupado por la creciente dificultad para expresar en sus universidades ideas que no coincidan con las de la mayoría (en varias disciplinas, el profesorado se adscribe en un 95 % a la izquierda). Una reciente encuesta de esta organización, por ejemplo, apunta a que los estudiantes conservadores y centristas sienten a menudo auténtico pavor a que los profesores les penalicen por dar sus verdaderas opiniones en clase, a diferencia de los izquierdistas: algo que sin duda impide que la universidad sea el espacio de libre debate que debería ser.

En medio de tan umbroso panorama, no viene mal empezar por un contundente “no” ante la pregunta de si estamos legitimados para, repletos de bondad, censurar las opiniones que nos disgustan. Ahora bien, seguramente al lector le están viniendo a las mientes casos en que sí le parece razonable prohibir que se digan ciertas cosas: por ejemplo, negarle el derecho a un gracioso a gritar “¡Fuego!” en un teatro repleto para provocar una aglomeración y, posiblemente, muertos y heridos en la estampida (el ejemplo es del propio John Stuart Mill). O prohibir que un mafioso entre en mi negocio y me explique que, si no le pago cierta cuota mensual, tiene la opinión de que muy probablemente los cristales de mi escaparate se quebrarán pronto (y quizá mi familia sufra algún quebranto más). O impedir que, ante una airada multitud que protesta por el problema X, su cabecilla grite desde el estrado que el culpable de su problema X es un señor que entonces pasaba por allí, y anime a los concurrentes a darle al malhadado el palizón que se merece.

En efecto, en todos esos ejemplos (y varios más) sí que resultaría razonable prohibir al gracioso, al mafioso y al cabecilla que hagan lo que hacen; y castigarlos por su comportamiento. ¿Va esto en contra de lo que he dicho sobre los no-límites de la libertad de expresión? No, porque en todos esos casos no estamos en realidad ante la libre expresión de ideas por parte del graciosillo, del mafioso y del cabecilla. Para aclarar esto un poco más, debo explicarle al lector algunas nociones básicas de filosofía del lenguaje; pero prometo que seré lo más breve posible.

Veamos: el lenguaje sin duda sirve para expresar ideas, y es ahí donde debe fluir carente de límite alguno, sin importar lo muy bondadoso que se nos presente el limitador (que, por cierto, siempre se nos presenta de manera bondadosa, ya sea nombre de la moral, la religión, los Derechos Humanos, la fraternidad universal o la defensa de los débiles). Pero el lenguaje no solo sirve para eso. Como diría uno de los principales filósofos del siglo XX, J. L. Austin, el lenguaje también sirve para “hacer cosas con palabras”.

Creo que con un ejemplo se entenderá mejor esto. Cuando yo le prometo a alguien que mañana iré a instalarle internet en su casa para que pueda disfrutar de The Objective, no solo estoy expresándole una opinión sobre el mundo. Estoy también haciendo algo: comprometerme a ir. Eso que hago (mi compromiso) suena a una buena acción en el caso que acabo de poner (al fin y al cabo, gracias a mí podrá mañana leer nada menos que The Objective).

Pero también podría ser una mala acción. Fijémonos en el caso que adujimos antes del mafioso: cuando él viene a decirme que o le pago o mañana mi escaparate estará roto, tampoco está solo expresando ideas sobre el mundo (como haría, por ejemplo, una pitonisa o un meteorólogo que predijeran que mañana una granizada romperá mi cristal). En realidad, está haciendo algo con sus palabras: está amenazándome. Prohibir sus amenazas no sería, pues, limitar su libertad de expresión: sería limitar su capacidad de hacer otra de las cosas que se puede hacer con el lenguaje, aparte de expresar ideas: amenazar.

J.L. Austin estaba convencido de que muchos de nuestros problemas filosóficos venían de que no habíamos aprendido a distinguir entre estas dos funciones del lenguaje: una para constatar hechos u opiniones sobre el mundo, otra para hacer cosas en el mundo (Austin llamó a esta segunda función “performativa”). De similar manera, creo que muchas dificultades para entender la libertad de expresión provienen también de ahí, de no distinguir entre expresar ideas y hacer otras cosas con el lenguaje: algunas de ellas, perfectamente censurables.

Así, es fácil entender que el graciosete que grita “¡Fuego!” en el teatro para causar pánico no está tampoco “dando su opinión”; ni el que incita a apalizar a un ser humano está solo expresando “cómo opina que estará de dolorido el cuerpo de la víctima dentro de un rato”: están haciendo otra cosa (participar en la acción que creará cuerpos doloridos un rato después de sus gritos). Tampoco el que se pone a gritar en un cine o una conferencia, impidiéndonos a los demás disfrutar de ellos, está “expresando opiniones”: está produciendo ruido. Y hacerle callar no será ir contra su libertad de expresión, sino negarle el derecho a impedirnos a los demás escuchar. O, por poner un ejemplo más, el que se pone a persuadir a una niña de siete años de que mantenga una relación sexual con él, tampoco está “contándole sus ideas”: está insinuándosele, y esta es una acción que podemos perfectamente optar por prohibir.

En suma: cuando usamos el lenguaje para “hacer cosas”, naturalmente muchas de esas cosas que se hacen podrían ser ilegales o incluso punibles. Pero ello no afecta en modo alguno al derecho a usar el lenguaje para expresar opiniones, que debe permanecer ilimitado. Incluso aunque esas opiniones creen luego reacciones de ofensa en la gente: esas reacciones son ya cosa del ofendido (la prueba es que unos se ofenderá y otros no), no es la acción concreta que realizó el que meramente opinó.

Permítame el lector (como no estamos en Canadá, no preciso decir también lectora, lectore, lectoro y lecturu) que concluya este artículo con un pequeño acertijo. Su fin es comprobar si ha comprendido a J. L. Austin sobre el lenguaje “performativo”. Ahí va:

En esta última frase del artículo afirmo que con ella acabo este artículo; ¿hago entonces acaso, amigo lector, un uso performativo del lenguaje al decir que termino cuando de hecho termino?

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