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Mujer y andaluza

Ferrán Caballero

Vino Zapatero a Catalunya para advertirnos de que hay gentes de por aquí que tienen prejuicios contra Susana Díaz, por mujer y por andaluza. Me recordó a ese director de periódico que daba libertad total a sus columnistas siempre que no se metiesen con la Santa Sede, el estado de Israel y la cortisona. ¿Que por qué la cortisona? Para que nadie preguntase por la Santa Sede o por Israel. Pero en realidad lo de Zapatero se parecía más a aquella escena de “La vita è bella” en la que llega el niño no entiende por qué en la tienda hay un cartel que prohíbe la entrada a perros y judíos. Pero aquí no hay padre que entienda lo serio del asunto y se permita el chiste de prohibir la entrada a arañas y visigodos, porque nadie querría enfadar a los animalistas ni pasar por etnocéntrico. Y es que aquí, acusándolas de machistas, lo que se pretende es acallar cualquier crítica al peculiar andalucismo de Susana Díaz, que bien podría espantar a aquellos votantes de apellido andaluz que el PSOE considera suyos por ius sanguinis. De lo que se trata, en definitiva, es de acallar algunas preguntas para criminalizar algunos modelos de Estado (¡español!).
Parece ser que Susana Díaz puede basar su campaña, incluso su entera carrera política, en un andalucismo de la queja y el subsidio, sin que nadie pueda preguntarle qué bien le ha hecho eso a la Andalucía que preside, qué bien le ha hecho eso al PSOE y a la España que pretende dirigir y, sobre todo, sin que nadie pueda preguntar “això qui ho paga” sin ser tachado de xenófobo, insolidario y machista. Se trata de silenciar la crítica para ocultar la problemática fundamental, ya no de los socialistas andaluces (y perdonen la redundancia), sino del Estado: ¿qué extraña ley de la naturaleza hace que los intereses de los andaluces y de los catalanes sean siempre coincidentes? ¿Qué extraña ley de la política hace que, cuando no lo son, unos tengan derecho a gritar y protestar y los otros tengan que callar y aplaudir? No es, claro está, ninguna ley natural ni ninguna ley fundamental de la política. Es una cuestión de patriotismo, de patriotismo español, y el andalucismo de Díaz está tan alejado de él como el nacionalismo que tanto critica en los demás. Un nacionalismo con el que, además, comparte muchos de los defectos y ninguna virtud; en particular, la de querer el premio de la libertad, que se llama responsabilidad.
Mientras Susana Díaz no tenga otro proyecto para España que el apuntalamiento de su andalucismo y el silencio de los demás, haremos santamente en conservar algunos prejuicios muy particulares sobre esta buena mujer andaluza.

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El poder del perro, que no cesa

Melchor Miralles

Es un poder que parece si no eterno, al menos infinito. Y desespera. E Indigna. Y no es una novela, aunque la que escribió Don Winslow lo pareciera, es la puta realidad de buena parte del territorio de Méjico. En las afueras de Tijuana han encontrado, por una confesión de unos detenidos, una fosa clandestina con cerca de 700 cadáveres. En esa zona operaba hace años Santiago Meza, “El pozolero”, acreditado y siniestro especialista en deshacer en ácido cadáveres por encargo de cualquiera, aunque su principal clientela eran los cárteles. Su apodo venía de cuando disolvía los cuerpos en ácido, creándose una sustancia espumosa y blanca semejante al pozole que cocinan con maíz.

Las cifras de la delincuencia organizada en Méjico son un escalofrío que no deja de impactarme por más que la rutina diaria para muchos lo haga normal. Cuando lo has vivido, cuando has sentido cerca el horror y el peligro de que te trinquen los cárteles, te niegas a aceptar que esto sea normal. El número de muertos cada año es insoportable, pero las cifras oficiales hablan además de más de 30.000 desaparecidos.

Es el poder del perro que no termina nunca, porque las raíces del problema están tan hundidas en el corazón del sistema, en la espina dorsal del Estado, tienen tanta capacidad de influencia en las instituciones, que resulta difícil pensar que vaya a tener solución algún día. Están acostumbrados a la muerte, la vida no vale nada, más de la mitad de la población nace condenada a morir la vida. Parece increíble que los seres humanos seamos capaces de admitir tanto horror. A muchos les pilla lejos y se la bufa. A las víctimas les destroza, pero no disponen de medios para acabar con el mal, y quienes pueden, no quieren, porque son ellos, el mal, el poder del perro que no cesa.

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Fenomenología de Levy

Jesús Nieto Jurado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Andrea Levy mira a cámara. Se muerde los labios. Es nerviosa y le dirán que inexperta en esas lides del “hijoputismo” parlamentario. No se le pone el gesto caballuno de la Lola Cospedal cuando la llaman a comentar o desfacer el último entuerto de la CUP, no, sino una media sonrisa entre sefardita y catalana. Es resultona. Ha pasado del ensayo a la novela y habla sus verdades como si comiera chicle. Afuera todo un mundo se nos cae, pero ella lee lo que le recomiendan @lavozdelarra y Karina Sáinz. Levy le da Mediterráneo a la cosa pepera, y juventud al tuiter, y belleza a un oficio de notarios ociosos. Le brillan algunas pecas, cerca del óvalo facial, pecas que aparecen o desaparecen según sonría o le conteste a Ferreras o a su segunda del flequillo. Se muerde el labio cuando piensa España y piensa Cataluña, porque Levy, guapa nerviosa, es un poco la musa de la Constitución del 78 en la sardana que nos lleva al 1-0. De ideologías anda más bien pez, pero ella, tan moderna, es hija de esa disyuntiva catalana que va entre la Constitución o el caos. Dice el Gobierno que lo del 155 es improbable, que lo disfrazarán de noviembre (su Lorca) u octubre por no levantar sospechas. Entretanto, la Guardia Civil va a El Prat con caballerosidad y con la verdad última de lo único que funciona en España. Levy, musa de estos tiempos, lee algo de Murakami y le mete el rollo guay a un PP en Cataluña que ha oscilado entre Piqué y ese Loquillo/García Albiol que no sabemos por dónde puede salir. Pero Levy se muerde los labios, mueve nerviosa las manos por los librobares de Malasaña: y se piensa en Cataluña. Y sabemos que en Cataluña el PP son los padres. Y Levy puede molar. Ay.

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Justicia para los topónimos

Víctor de la Serna

Foto: ELOY ALONSO
Reuters

Habrá que hacer algo contra la desigualdad en la vocal final. Asturias debe preocuparse por ello. En cualquier cartel indicador de las carreteras del Oriente podemos ver que los pueblos durante tiempo sojuzgados por la dictadura de la forastera y castellana ‘o’ final ya han sido liberados: Niembro y Barro ya son, orgullosamente, Niembru y Barru. Su asturianidad es incuestionable.

El problema es para las localidades con nombre terminado en ‘a’, cuya nacionalidad podría ser palentina. O montañesa. Así, en un mismo cruce podemos ver cuatro nombres: los susodichos Niembru y Barru, y también Posada y Bricia.

¡Cuánta injusticia! ¡Unos tanto y otras tan poco! Si tiene incluso un tufillo machista. Claro, me dirán, es que en bable (o asturianu, como prefieran llamarlo, que uno es poco ducho porque sus ancestros son de Cabuérniga, que es otro país) la terminación femenina es en a, como en español o en italiano, y nada tiene de particular.

Todo eso es cierto, sin duda, pero el agravio comparativo no nos parece resuelto. Habrá que consultar a los expertos académicos, a quienes saben de verdad. ¿No habría una forma de satisfacer las ansias autóctonas de los honrados vecinos de las poblaciones con ‘a’ final, de deshacer ambigüedades? Quizá una solución venga del plural. Sí, se podrían pluralizar esos nombres, y aprovechar así que el plural del femenino en tierra asturiana es -como saben todos los aficionados a las fabes-, en ‘es’. ¿Posades, Bricies, podrían quedar bien, y bien reivindicadas?

Perdonen la inanidad de estas líneas. Es que en el Norte está lloviendo mucho este verano, y se le empapa a uno el magín…

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Barcelona tiene una luz

Laura Ferrero

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

En una cartulina enorme de color lila había escrito un título en letras mayúsculas y apretadas: “Barcelona: my city”. Tenía siete años y daba mis primeras clases de inglés en un momento en el que aún no distinguía un verbo de un adjetivo. Con tijeras y pegamento de barra llené aquella cartulina infinita –en la que siempre quedaban huecos– de recortes de mi ciudad: la eternamente inacabada Sagrada Familia, las Ramblas con sus quioscos de flores, el símbolo de El Corte Inglés –ahí es donde me llevaba mi abuela a merendar–, un escudo del Barça y el dragón del parque Güell. También añadí, en el último momento y para cubrir uno de aquellos dichosos huecos, una pegatina que decía “Barcelona posa’t guapa” que mostraba la cara de una mujer cuyos ojos eran balcones. Y a mí me gustaba perderme en esos balcones porque eran, en realidad, una promesa de las vidas que habitaban dentro. De la mujer. De la ciudad.

Tuve que hacer una exposición oral de “Barcelona: my city”, y me hice un lío con los verbos, los demostrativos, el she y el he. Sin embargo, entre tanto caos, dije algo que me acompaña desde entonces. Barcelona has a light.

La profesora me corrigió: “Barcelona tiene luz, sí, pero como cualquier otra ciudad”. Y yo le respondí –siete años, un diente que se me movía mucho y ganas de llevar la contraria–, que no. Que Barcelona tiene una luz y que esa luz es distinta.
Me pusieron un seis por aquello de “lo importante es participar” y, enfadada, tiré el collage a la basura, pero los balcones de “Barcelona posa’t guapa” me siguen mirando ahora desde la distancia que ofrece la memoria en lo que fue una iniciativa del ayuntamiento para la rehabilitación de la ciudad.
Poco después llegaron Cobi, y Petra, y las torres Mapfre que, antes de visitar Nueva York, me parecían un delirio de altura y sofisticación.
En poco tiempo mi pequeña ciudad se ensanchó y empezó a mirar al mar.

Pero con los años dejé de amar Barcelona. Porque la vida es un proceso de cambio y hay que ser serpiente y mudar la piel, y uno cree que a los primeros amores hay que cambiarlos por otros mejores. Me fui muchos años de aquí. Tantos como diez y lo hice en busca de otros lugares. Olvidé las calles, la Virreina, la chocolatería de la calle Petritxol, la azotea de aquel hotel de las Ramblas en el que me enamoré por primera vez, el parque de El Tibidabo con su noria y la calcomanía en la mano. Todo eso lo olvidé.
Me fui para poder volver, aunque digan aquello de que regresar es irse.

Barcelona es un conjunto de cosas que no tienen nombre que son memorias, deseos, esquinas, lugares de cambio, no solo de mercancía o de letreros de vendo oro. En Barcelona se cambian palabras, esperanzas, encuentros. Soledades. Porque el secreto de los buenos matrimonios, como decía Rilke, es ser el guardián y el custodio de la soledad del otro.
Te quiero, Barcelona, porque tus esquinas, tus callejuelas del gótico y tus adoquines. Porque a veces llueve y siempre hay soportales, porque el Eixample y porque la filmoteca. Porque la Rambla del Rabal y los kebabs. Y sí, también por aquella azotea en la que me enamoré: porque el chico se fue pero se quedó el horizonte siempre lleno de posibilidades.

Te quiero, Barcelona, porque aquí he sido todas las personas que nacieron de una cartulina lila y de unos balcones que miran al infinito.
Y por último, te quiero, Barcelona porque siempre me has dejado volver de mis quiméricas ciudades de la imaginación. Porque tienes una luz y nunca me has dejado a oscuras.

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