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No ha lugar

Ferrán Caballero

No me escandaliza demasiado que los padres eduquen a sus hijos en lo que consideran bueno. Mucho peor sería que los educasen en aquello que consideran malo o que no los educasen en absoluto, si tal cosa fuese posible. Por eso no logro tirarme de los pelos al ver que algunos de mis compatriotas llevaron a sus hijos a las cabalgatas de los farolillos independentistas o, mejor dicho, llevaron farolillos independentistas a las cabalgatas de reyes de sus hijos. Como no me escandalicé al ver que los llevaban a las manifestaciones del 11-S, o a las contrarias a la Guerra de Irak o a las en defensa de la vida y de la familia. Y todavía menos me indigna que los lleven al futbol o a los toros, para que aprendan allí a ver más y mejor y se curen de ser aquellos ciegos que no ven más que a 22 tipos corriendo en calzoncillos o a un sádico en mallas torturando a un pobre animal indefenso. Tienen, al menos, derecho a intentarlo. Porque es sabido que los niños tienen su propia lista de prioridades, y me imagino que la luz de un farolillo indepe poco podría hacer para eclipsar la llegada de un rey mago.

Así que el problema de los farolillos no es tanto con los niños como con los padres. Porque a los primeros les debe importar lo mismo un farolillo independentista que un globo de Ciutadans que libro educativo o un juguete no sexista. Y bien está, porque el mensaje no era para ellos. El mensaje que querían mandar los organizadores era para TV3. Para espectadores. O sea, para ellos mismos y cada día para menos más. Eran sólo la enésima forma que encontraron la Assemblea Nacional Catalana (ANC) y Òmnium Cultural de verse en el espejo sin tener que mirarse. Y no es de extrañar que la ANC y Òmnium no sepan cuál es el lugar de las reivindicaciones políticas si no saben cuál es su lugar en la sociedad catalana. Era, en definitiva, un mensaje para los que se empeñan en considerarse fareros del proceso, del catalanismo y de la misma Cataluña. Para recordarse, para convencerse, que siguen siendo los guías del proceso. Pero que crean que a estas alturas los farolillos son útiles e incluso necesarios hace dudar de su fe.

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Nosotros, los disrrumpidos

Juan Claudio de Ramón

Foto: Geert Vanden Wijngaert
AP

Cuando hablamos de disrupción tecnológica nos solemos referir a los efectos destructivos que sobre empresas y trabajadores tienen adelantos técnicos que de manera súbita hacen obsoletas viejas y asentadas maneras de producir. El ejemplo más claro quizá sea el de los taxistas, que ven desplomarse el valor de sus licencias y desaparecer su modus vivendi ante el auge de las aplicaciones móviles que permiten geolocalizar conductores privados dispuestos a realizar el mismo trayecto a menor coste. En este y en otros sectores, el vertiginoso ritmo que ha alcanzado el cambio tecnológico (admira pensar que el smartphone sólo tiene diez años) abrirá escenarios difíciles de gestionar por los gobiernos. Pero nosotros, los usuarios, a los que se nos suele creer beneficiarios netos de las nuevas técnicas, ¿no hemos sido también disrrumpidos?

El verbo es horrible, el participio feísimo, pero quizá por ello, preciso y adecuado. Basta con pensar en algunos pasos de nuestra vida diaria, antes rutinarios y placenteros, hoy penosos y enmarañados. En el parque empujo el columpio de mi hija, y mientras lo hago, siento la llamada del smartphone en el bolsillo. Al poco tiempo estoy empujando con una mano y chateando con la otra, privándome de ese momento de intimidad con mi hija que no tardaré en añorar. Y si levanto la mirada, veo que a otros padres les sucede lo mismo. Por la noche, intento ver una película con mi mujer. Compruebo que, por buena que esta sea, me cuesta seguir la trama hasta el final. Y es que nuestro lapso de atención se ha reducido enormemente, y ya la mente cede a la distracción ante todo cuanto excede de las pequeñas píldoras informativas de la era digital. Los viejos atracones de lectura, basados en la capacidad de concentración –concentrarse en aburrirse sin dejar de rendir– quedaron atrás.

Leo en este periódico que las apps de mensajería son ya el principal canal de comunicación de adultos y adolescentes. Bien lo sé: cinco chats diversos llevan un rato parpadeando en mi móvil. Antes de que acabe esta columna, los habré mirado. Y aunque lejos de mí cualquier tentación mecanoclasta, me pregunto qué estará haciendo esta tecnología a mi cerebro. No es buena señal que los que la inventaron, allá en Silicon Valley, estén todos arrepentidos. Justin Rosenstein, el ingeniero que diseñó el botón “me gusta” en Facebook, admite que le quita el sueño haber contribuido a alumbrar un mundo en que todos estamos distraídos todo el tiempo. Llevar el dedo a la pantalla del móvil 2.617 veces al día de media no puede ser bueno para un cableado mental que sencillamente no evolucionó para saber hacer varias cosas a la vez.

Ya veremos cómo acaba todo esto. Mi esperanza es que el péndulo vuelva pronto a la posición de reposo. Nos quedan muchas tardes de parque disfrutando de la venerable tecnología lúdica del columpio. La próxima vez, me dejaré el teléfono en casa.

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Psicología feliz

Lea Vélez

Entro siempre motivada de todo lo que voy a decir. Mientras me dan la acreditación y atravieso la pista de atletismo, hago repaso de las debilidades y bondades de mi hijo. Esta vez me han llamado ellos. Al parecer, el otro día no pudo más y se echó a llorar en clase, diciendo que iba a coger una ametralladora para acabar con todo el colegio. El chiquitín rubio que siempre sonríe, que hace chascarrillos, que saca dieces en las asignaturas más difíciles, el pequeño achuchable de ocho años que va a todas partes con su elefante de peluche, gritó: ¡voy a mataros a todos! Y por primera vez en siete años, no soy yo quien ha de llamar a la pedagoga para pedirle ayuda, para solicitar adaptaciones o ejercicios motivadores para mi hijo de Altas Capacidades que jamás he conseguido. Por primera vez es ella la que me llama a mí para preguntarme si mi hijo es feliz.

Llego a la oficina de la psicóloga. Me hace esperar. Estoy sola, sentada en un aula, en una silla que pone en evidencia mi tamaño. Me siento mayor, gorda, infeliz, encajada en mi pasado escolar. Llega, me saluda cariñosa. Sabe que mi hijo es un cielito y no se ha tomado en serio eso de que va a sacar un arma automática y matar a todo el mundo, claro. Por otra parte, no estamos en USA y por suerte, mis hijos solo tienen osos de peluche. Me digo: ¿Cómo duermen las madres americanas?

La pedagoga me explica lo que ya sé. Que el niño no tiene amigos. Que juegan al fútbol y que él no quiere este año jugar al fútbol. Me explica todo lo que ya sé y todo lo que yo ya les he explicado a los profesores y a los mal llamados psicólogos del colegio diez veces, cien veces, mil veces. Ella nunca “ha llevado mi caso” y tengo que empezar desde el principio, en este eterno día que es como estar en un aeropuerto. Estamos junto la cinta transportadora escolar que ya lleva seis años dando vueltas. Somos como las maletas de un vuelo aterrizado que nadie reclama. Cuando termino de explicarle por qué mi hijo está triste y ella termina de explicarme todas sus estrategias para lograr que haga amigos, y de pedir mi opinión sobre qué puede o no funcionar -Legos, ajedrez, parchís- para que el niño deje de estar triste en los recreos, ya llevamos una hora. Estoy haciéndolo bien, muy contenida y de pronto, dice: “bueno, pues a ver si con todo esto, conseguimos que sea feliz”. Toda mi contención se desvanece. Me convierto en Morgan Freeman en Cadena perpetua, cuando le suelta la filípica a los miembros del comité para su libertad provisional. Le digo:

-No, no va a ser feliz aquí. Yo lo tengo asumido y él lo tiene asumido. Tú no vas a cambiar el colegio, ni vas a despertar de su letargo a la profesora que manda los ejercicios mortales, ni yo voy a ganar nada viniendo cada tres meses a pedir motivación. Antes creía que sí, pedía adaptaciones para mis hijos de Altas Capacidades, pedía ayuda, pero sois como los políticos. Estáis muy convencidos de que hay que servir al pueblo, muy por la labor, muy de hacer promesas, “vamos a probar esto, vamos a probar lo otro, solo nos importa su felicidad”. ¿Pero sabes qué ocurre? Que lo ponéis en práctica durante un mes y luego se os olvida o viene otro padre con otro problema, otro niño amenaza con sacar la metafórica pistola y es el fin de la constancia. Muchos profesores, con honrosas y heroicas excepciones, hacen lo mismo. Traigo ideas y sugerencias para hacer las clases más amenas para todos los niños, no solo para el mío, para que los nombres comunes tengan contexto, les hablen de las Cuevas de Altamira enseñándoles una puñetera foto, en lugar de en una fotocopia mal parida, y decís eso de “en el futuro tendrán que enfrentarse a exámenes así. A que todo sea esquemático”. ¿Y a mí qué me importa el futuro de un niño que llora en presente? Además, no es cierto. Hay profesores que se lo trabajan y buscan motivarlo y yo les estoy inmensamente agradecida. Este año ha tenido mala suerte. Habéis hecho una carrera de psicología, la sociedad ha invertido en vuestra educación un dinero nada despreciable, pero no podéis practicar la psicología. Practicáis lo de todos: la defensa del sistema. Si un niño llora le dais un pañuelo y lo sentís mucho, pero no buscáis la raíz del llanto porque si la buscáis corréis el riesgo de poder encontrarla. Es malo, “el sistema”, me decís todos, como el torturador que tortura por órdenes superiores y se lava las manos. Es lo que hay, me insistís. Yo no sé cuántas veces he escuchado las frases: hay unos objetivos que cumplir. Pues yo también tengo mis objetivos. Los objetivos de las personas se llaman sueños. Sueños, que son lo contrario de vuestras realidades escolares.

La infancia va contigo toda la vida. ¿Te crees que uno es feliz con una infancia desgraciada colgando del alma? ¡A mi qué me importan los exámenes! Dejadle que no termine los bodrios y haced que solo cuente el examen, así, todos cumplimos, vosotros con los objetivos y él con sus sueños. Aquí, el problema es el colegio, el muermo, el aburrimiento, la desmotivación, las horas y las re-horas de todo lo que hay que terminar. Si fuera la profesora la que estuviera castigada a terminar en casa todas las banalidades que no escriben sus alumnos en la clase, ya verías cómo les mandaba escribir otra cosa. Él no es idiota. Se ha ajustado a estar solo en el recreo porque eso es preferible a estar intercambiando cromos del Real Madrid o enfrentándose al miedo de que no quieran que esté en el equipo porque no sabe pasar la pelota. Él está en el colegio, pero su mente está en la universidad. Hay niños que asimilan el colegio y otros que no. Le habéis enseñado que en el colegio, él no puede ganar. Él, con vosotros, nunca gana. Si no copia los rollos mortales de clase, pero saca un diez en el examen, no es buen alumno porque no “trabaja”. Si trabaja como un bestia, que es lo que ha estado haciendo, copiando rollos sobre los determinantes y los nombres comunes, pero saca un cinco: “no demuestra su potencial”. En el colegio nunca se puede ganar porque hacéis que sea una crítica constante. Aquí no existe la felicidad en el término medio y el término medio es la más común felicidad. Y yo hoy, he venido a cumplir un trámite. Hasta ahora creía que podía existir una solución, un parche, pero no lo hay. Según qué profesores tengan mis hijos o según qué amigos tengan, ese año serán felices, o más o menos felices y al año siguiente pues no. Eres psicóloga, pero el problema no es que mi hijo sea más o menos activo, más o menos inteligente, más o menos sociable. El problema es que el niño escolar no tiene nada que ver con el niño real. Nada es divertido, las asignaturas son banalidades esquemáticas, textos infumables que hay que copiar, listas de nombres que nunca se acaban, perros que ladran, gatos que maúllan con su determinante indeterminado, definiciones, la mayor parte del tiempo, equivocadas. Enfundar: ponerse ropa de vestir. No señora, enfundar no es eso, por mucho que lo diga el errado e infumable libro de Lengua. Enfundar es meter algo en una funda y a veces se puede utilizar metafóricamente, como “ir enfundado en los pantalones” como lomo en tripa, que decía mi abuela. Uno no se enfunda el abrigo, a no ser que le quede raquítico, que es lo que hace el dichoso abuelo del texto del libro. Vocabulario del tema 3: anemómetro, mosaico y horóscopo. Tres palabras que vienen a cuento de un texto de un abuelo que se enfunda el abrigo para explicarle a su incrédulo nieto que encontró un mosaico romano debajo de la cocina de su casa y que se lo llevaron y lo colocaron en un museo. ¿Les queréis hablar de los mosaicos sin gilipolleces? Habladles de los mosaicos de verdad. El mejor está en Antioquía. Ya verás qué éxito. Ya verás cómo escribe sobre los romanos. Son unos textos y unos ejercicios, estos del libro, que es como para que sea yo la que venga con la ametralladora. Es tremendo que tú seas psicóloga y que sepas que la raíz del mal es todo esto que digo, que lo sepas y que te calles y que defiendas lo indefendible, justificando en tu mente que no nos queda otra opción que ofrecerle unos Legos y un parchís, mientras me dices que a ver si logramos que sea feliz. Es indecente que me llames y me preguntes si el problema lo tiene en casa. Porque sí, sí, la verdad, lo tiene. La respuesta es sí. El problema de mi hijo es, irónicamente, que en casa es inmensamente feliz.

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7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Nerea Dolara

El asesino y líder de un culto se convirtió en icono pop y ha sido el sujeto de muchas creaciones culturales. Ahora que ha muerto te recomendamos desde libros hasta podcasts sobre este tenebroso personaje que tanta obsesión ha generado desde los sesenta.

No es un secreto que los asesinos despiertan una oscura curiosidad en la gente “normal” (véase Seven o más recientemente Mindhunter, por ejemplo). Tampoco lo es que gracias a esa pulsión la cultura les ha dedicado muchas horas y páginas a sabiendas de que siempre habrá personas interesadas en saber más. Uno de los asesinos que se ha mantenido como una enorme figura influyente, incluso tras años de cárcel, es Charles Manson. El hippie que quería ser músico y que terminó liderando varios sangrientos asesinatos murió esta semana, pero su presencia sigue siendo amplia y poderosa en la cultura. Manson y sus crímenes están en todos los géneros y aquí revisamos su presencia en la cultura y qué puedes mirar, leer o escuchar si quieres descubrir su larga influencia en la cultura.

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Un libro

Las chicas tuvo un éxito inusitado el año pasado. No es de extrañar. La primera novela de Emma Cline relata, con nombres cambiados, la experiencia de una chica de clase media que deja su casa para unirse a un grupo de casi adolescentes que viven con un gurú, una clara referencia a Manson y La Familia. La novela retrata con maestría el momento histórico y la capacidad de Manson de atraer, seducir y someter. Su cariño y su violencia, su volátil personalidad. Y retrata a las chicas, todas amantes, todas jóvenes, todas perdidas. Una novela que no romantiza un tiempo que muchas veces se ha visto como idílico, que relata una historia dura y a la vez capaz de enganchar.

7 elementos de cultura pop para conocer a Charlie Manson

Un disco

The Downward Spiral, de Nine Inch Nails (1994), no sólo recicla letras de Mechanical Man, una canción de Charles Manson, e incluye una colaboración con Marilyn Manson (cuyo apellido falso proviene claramente del nombre del asesino), sino que se grabó en 10025 Cielo Drive, la casa en que Sharon Tate y sus amigos fueron brutalmente asesinados y donde Trent Reznor construyó un estudio al que llamó Pig (en referencia a las pintadas que los asesinos dejaron en las paredes). Reznor luego reconoció que tal vez esto fue un error. The Guardian lo cita explicando que poco después se encontró con la hermana de Tate que le reclamó por explotar la muerte de Sharon. “Por primera vez pensé: ¿Y si fuese mi hermana?. Pensé: Que se joda Charlie Manson. No quiero que me vean como alguien que apoya a un asesino en serie”.

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Un ensayo

The White Album es un extenso ensayo en que Joan Didion analiza -posteriormente, se publicó en los setenta pero habla de su vida en la California de los sesenta- el fenómeno hippie y de la contracultura en California y su vida en ese tiempo. Los asesinatos perpetrados por La Familia aparecen en el libro y Didion los identifica como los responsables de la muerte de un momento, de un espíritu libre y despreocupado. California se llenó de paranoia y miedo. Y cuando Manson, el perfecto ejemplo del hippie descarrilado (el discurso dominante en los medios) fue detenido, el flower-power recibió su última estocada. Didion entrevistó a Linda Kasabian, una de las asesinas y amantes de Manson, más de una vez, de hecho le compró el vestido que llevó a su juicio. Y en el libro relata estas conversaciones.

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Una serie

Aquarius no tuvo demasiado éxito, pero claramente cuenta la historia de los comienzos de Manson y lo que va a venir después. Un policía, completamente conservador y que rechaza a los hippies, interpretado por David Duchovny, sigue la pista de una adolescente desaparecida que se une al grupo de un gurú. La serie se toma libertades, pero resulta un ejercicio interesante.

Una canción

Death Valley 69, de Sonic Youth, hace referencia directa a Manson, La Familia y los asesinatos. La canción fue llamada por Rolling Stone “la mejor fusión de punk y estética de película de terror que ha hecho la banda”.

Un podcast

You Must Remember This es un excelente podcast sobre historia de Hollywood que hace Karina Longsworth, antigua jefa de cultura del L.A. Times. ¿Qué hace la historia de Charles Manson en su podcast? La serie de 10 episodios sobre el asesino existe en sus archivos porque, como sabrá casi todo el mundo, los discípulos de Manson mataron, entre otras personas, a la actriz Sharon Tate, esposa de Roman Polanski. Las muertes afectaron no sólo al país y al verano del amor, que mucha gente considera que murió en ese instante, sino al mundo del cine. Profundamente investigada, la serie relata la completa historia de Manson y cómo pasó de ser un extraño y violento aspirante a músico a líder de un culto con tendencias asesinas. Una joya del periodismo y un excelente retrato de ese tiempo y este personaje.

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Una película

Manson (1973) es un documental nominado al Oscar en que el cineasta, Robert Hendrickson, tuvo total acceso al rancho que era hogar de La Familia y entrevistó a sus miembros antes, durante y tras los juicios por los asesinatos Tate-LaBianca. También habla con ex miembros de la familia y muestra segmentos de noticias y análisis del momento en televisión. El documental presenta la visión que tienen los seguidores de su líder y de lo que defiende. Interesante y aterrador.

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El más viejo fantasma

Pablo Mediavilla

Foto: Jean-Marc Bouju
AP

Diría que es un sueño, si no estuviera seguro de haberlo vivido. Eran dos o tres mansiones blancas en lo alto de una colina de tierra roja. No tenían puertas, ventanas o muebles; eran carcasas de otro tiempo habitadas por familias enteras; la lumbre al pie de la escalinata y las miradas desconfiadas -quizás solo cansadas- hacia los recién llegados. Los niños, que no tienen miedo, se acercaron, y rieron a carcajadas con la crema solar que les aclaraba las mejillas. Estábamos en una antigua hacienda belga en la región de Bunia, al noreste de la República Democrática del Congo, y los descendientes de los esclavos ocupaban las residencias de los amos.

Cada brazo amputado, cada castigo bíblico que los belgas infligieron a los congoleños para que sacaran más caucho y maderas y oro, engrosó la fortuna del rey Leopoldo II y de Bélgica. Con ella pagó la construcción de la estación de tren de Amberes, una de las más fastuosas del mundo, en la que, como describe W.G. Sebald en su novela Austerlitz: “resultaba apropiado que en los lugares elevados, desde los que, en el Panteón romano, los dioses miraban a los visitantes, en la estación de Amberes se mostraran, en orden jerárquico, las divinidades del s. XIX: la Minería, la Industria, el Transporte, el Comercio y el Capital”. Es una historia vieja y, como todas, ilumina el presente.

Llegan ahora imágenes de ventas de esclavos en Libia. Se sabía ya, pero la CNN ha conseguido las primeras imágenes, grabadas con un teléfono móvil, vehículo del horror contemporáneo. Son jóvenes negros, fuertes, aterrados, y, como antaño, sus cualidades tienen precio. Dice el periodista que el negocio se solventa en minutos. En París, otros jóvenes negros se manifestaron contra la ignominia, y futbolistas negros, como Kondogbia, del Valencia, o Pogba, del Manchester United, han expresado su indignación por el asunto. Desde que Italia -la Italia sobrepasada y abandonada por el resto de Europa en el rescate de refugiados en el mar- paga a los señores de la guerra libios para frenar los envíos a sus costas, el tráfico se ha reducido en un 85%. Los tratantes han virado el negocio, sin más.

La esclavitud no desapareció, solo dejó de practicarse a la luz del día. Es probable que, por cuestiones demográficas, haya más esclavos ahora que en el siglo XIX. Está presente en todos los continentes, en los burdeles de nuestras nacionales y en los campos de cultivo de medio mundo; en los talleres de costura y en las fábricas que, por no saber, no sabemos ni que existen. En la soltura de la transacción libia está la costumbre de lo que nunca se ha abandonado. La imagen digital nos devuelve la incredulidad y el terror ante el más viejo fantasma. Querríamos olvidarlo, devolverlo a la oscuridad, pero una vez visto, ya no es posible.

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