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¿Por qué Rajoy?

Ferrán Caballero

Foto: Pool new
Reuters

¿Rajoy o Rivera? Rajoy, incluso por sus defectos. 

Cuando se trata de definir sus cualidades, pocos políticos como el Presidente Rajoy generan tanto consenso entre críticos y aduladores. Y bien está, porque en nadie como en los políticos se ve tan claro que las virtudes que uno tiene suelen ser indiscernibles de sus defectos.

Sus críticos tienen buena parte de razón cuando dicen, por ejemplo, que Rajoy no es hombre de grandes ideas. Lo que quieren decir es que no es hombre de rígida ideología y de eso dependen tanto el sano escepticismo necesario para comprender los asuntos humanos como la hábil flexibilidad necesaria para gobernarlos. El escepticismo que le hace ser más conservador por talante que por dogmatismo, que entiende perfectamente que sólo puede haber progreso y reforma donde hay estabilidad, y que parece hacerle desconfiar de las ideas de los propios tanto como de los augurios y profecías de los adversarios. Rajoy no compra ni tiene por qué comprar el discurso según el cual la revolución está a las puertas para acabar con él y con todo lo que representa.

Anacrónico e inmovilista, dicen. Porque la serenidad de Rajoy choca con la histeria colectiva y es el mejor antídoto que hemos encontrado a los tumbos de una opinión publicada convencida de adentrarse en una época de grandes cambios pero incapaz de explicarlos y mucho menos de conducirlos. Inmovilista, claro, por entender que sumándose a la agitación reinante es más fácil destruir que reformar y que la única forma de asegurarse la centralidad cuando todos corren en todas direcciones es mantenerse firme y justo donde se está. Inmovilista, decíamos, por entender que donde no hay espacio para el acuerdo moverse es chocar. Y así, sea con Cataluña o sea con la corrupción, Rajoy deja en manos de la ley lo que tampoco podría resolverse sin ella. Consciente, cabe imaginar, de que si la ley resultase insuficiente para resolver todos los problemas políticos es, también, porque no todos los problemas políticos admiten solución.

Uno se hace grande mutando el defecto en cualidad y la necesidad en virtud. El Presidente sin ideología parece ser quien menos necesidad tiene de actualizar su ideario cada cuatro días y el anacrónico e inmovilista quien con mayor serenidad parece capear las tormentas del presente. El progreso, decíamos, depende de la estabilidad. Y la estabilidad pasa por no gobernar al dictado del telediario. 

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Fenomenología de Levy

Jesús Nieto Jurado

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Andrea Levy mira a cámara. Se muerde los labios. Es nerviosa y le dirán que inexperta en esas lides del “hijoputismo” parlamentario. No se le pone el gesto caballuno de la Lola Cospedal cuando la llaman a comentar o desfacer el último entuerto de la CUP, no, sino una media sonrisa entre sefardita y catalana. Es resultona. Ha pasado del ensayo a la novela y habla sus verdades como si comiera chicle. Afuera todo un mundo se nos cae, pero ella lee lo que le recomiendan @lavozdelarra y Karina Sáinz. Levy le da Mediterráneo a la cosa pepera, y juventud al tuiter, y belleza a un oficio de notarios ociosos. Le brillan algunas pecas, cerca del óvalo facial, pecas que aparecen o desaparecen según sonría o le conteste a Ferreras o a su segunda del flequillo. Se muerde el labio cuando piensa España y piensa Cataluña, porque Levy, guapa nerviosa, es un poco la musa de la Constitución del 78 en la sardana que nos lleva al 1-0. De ideologías anda más bien pez, pero ella, tan moderna, es hija de esa disyuntiva catalana que va entre la Constitución o el caos. Dice el Gobierno que lo del 155 es improbable, que lo disfrazarán de noviembre (su Lorca) u octubre por no levantar sospechas. Entretanto, la Guardia Civil va a El Prat con caballerosidad y con la verdad última de lo único que funciona en España. Levy, musa de estos tiempos, lee algo de Murakami y le mete el rollo guay a un PP en Cataluña que ha oscilado entre Piqué y ese Loquillo/García Albiol que no sabemos por dónde puede salir. Pero Levy se muerde los labios, mueve nerviosa las manos por los librobares de Malasaña: y se piensa en Cataluña. Y sabemos que en Cataluña el PP son los padres. Y Levy puede molar. Ay.

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Barcelona tiene una luz

Laura Ferrero

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

En una cartulina enorme de color lila había escrito un título en letras mayúsculas y apretadas: “Barcelona: my city”. Tenía siete años y daba mis primeras clases de inglés en un momento en el que aún no distinguía un verbo de un adjetivo. Con tijeras y pegamento de barra llené aquella cartulina infinita –en la que siempre quedaban huecos– de recortes de mi ciudad: la eternamente inacabada Sagrada Familia, las Ramblas con sus quioscos de flores, el símbolo de El Corte Inglés –ahí es donde me llevaba mi abuela a merendar–, un escudo del Barça y el dragón del parque Güell. También añadí, en el último momento y para cubrir uno de aquellos dichosos huecos, una pegatina que decía “Barcelona posa’t guapa” que mostraba la cara de una mujer cuyos ojos eran balcones. Y a mí me gustaba perderme en esos balcones porque eran, en realidad, una promesa de las vidas que habitaban dentro. De la mujer. De la ciudad.

Tuve que hacer una exposición oral de “Barcelona: my city”, y me hice un lío con los verbos, los demostrativos, el she y el he. Sin embargo, entre tanto caos, dije algo que me acompaña desde entonces. Barcelona has a light.

La profesora me corrigió: “Barcelona tiene luz, sí, pero como cualquier otra ciudad”. Y yo le respondí –siete años, un diente que se me movía mucho y ganas de llevar la contraria–, que no. Que Barcelona tiene una luz y que esa luz es distinta.
Me pusieron un seis por aquello de “lo importante es participar” y, enfadada, tiré el collage a la basura, pero los balcones de “Barcelona posa’t guapa” me siguen mirando ahora desde la distancia que ofrece la memoria en lo que fue una iniciativa del ayuntamiento para la rehabilitación de la ciudad.
Poco después llegaron Cobi, y Petra, y las torres Mapfre que, antes de visitar Nueva York, me parecían un delirio de altura y sofisticación.
En poco tiempo mi pequeña ciudad se ensanchó y empezó a mirar al mar.

Pero con los años dejé de amar Barcelona. Porque la vida es un proceso de cambio y hay que ser serpiente y mudar la piel, y uno cree que a los primeros amores hay que cambiarlos por otros mejores. Me fui muchos años de aquí. Tantos como diez y lo hice en busca de otros lugares. Olvidé las calles, la Virreina, la chocolatería de la calle Petritxol, la azotea de aquel hotel de las Ramblas en el que me enamoré por primera vez, el parque de El Tibidabo con su noria y la calcomanía en la mano. Todo eso lo olvidé.
Me fui para poder volver, aunque digan aquello de que regresar es irse.

Barcelona es un conjunto de cosas que no tienen nombre que son memorias, deseos, esquinas, lugares de cambio, no solo de mercancía o de letreros de vendo oro. En Barcelona se cambian palabras, esperanzas, encuentros. Soledades. Porque el secreto de los buenos matrimonios, como decía Rilke, es ser el guardián y el custodio de la soledad del otro.
Te quiero, Barcelona, porque tus esquinas, tus callejuelas del gótico y tus adoquines. Porque a veces llueve y siempre hay soportales, porque el Eixample y porque la filmoteca. Porque la Rambla del Rabal y los kebabs. Y sí, también por aquella azotea en la que me enamoré: porque el chico se fue pero se quedó el horizonte siempre lleno de posibilidades.

Te quiero, Barcelona, porque aquí he sido todas las personas que nacieron de una cartulina lila y de unos balcones que miran al infinito.
Y por último, te quiero, Barcelona porque siempre me has dejado volver de mis quiméricas ciudades de la imaginación. Porque tienes una luz y nunca me has dejado a oscuras.

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Y pasó en Barcelona

Andrea Mármol

Foto: SERGIO PEREZ
Reuters

Ha pasado. Ha sido Barcelona. Antes fueron París, Londres, Bruselas o Niza. También Nueva York. Y Jerusalén. Una suerte de hermanas mayores para los barceloneses, cuyas semblanzas con nuestra morada nos habían activado falsos anticuerpos frente a la más inexplicable sangre abrupta, la estampida inmediata o el socorro improvisado. Las imágenes de las antes golpeadas urbes, las haya o no pisado, obligan a uno a repetirse para sí que el terror es algo con lo que hay que acostumbrarse a vivir. Arrastrados todos a asumir que al odio menos sofisticado le basta nuestra mera existencia para convertir a los nuestros en víctimas.

Con la ola de atentados terroristas recorriendo aeropuertos, avenidas y salas de concierto, he especulado en infinidad de ocasiones -durante un paseo por el barrio Gótico, tomando un café en la Plaza Real, dejándome la voz en Sala B o caminando rumbo el Camp Nou- con las posibilidades de ser víctima del próximo ataque. Mortal o no, poco importa, porque la imaginación es caprichosa, rápida y no escatima en torturas. Uno intuye de manera difusa el momento del estallido, el tiroteo, -ahora cabe añadir una furgoneta- pero la angustia, incluso la angustia imaginada que busca amortiguar la real, siempre es nítida: uno imagina a su madre esperando una llamada o una última conexión, a sus amigos que se quedaron en el bar tratando de huir o a ese abuelo lento, afectado por el ataque, quedando atrás de la muchedumbre.

No andaba demasiado alejada del lugar de los hechos, pero el jueves, como tantos otros, hube de hacer llamadas. Alguna para tranquilizar de inmediato, otras para recibir esa misma anestesia. Lejos de lo especulado, unas llamadas tan esperadas por quien las ha de recibir entrañaban una sobriedad algo anómala. Mientras intentaba abrirme paso por Vía Laietana, sin saber todavía dónde ni cuándo habían perpetrado el atentado, cientos de personas a las que nos había sorprendido cerca -pero mucho más lejos que cerca- no compartíamos ya solo una calle: de pronto todos los desconocidos allí presentes éramos parte de un trazado espontáneo que llegaba hasta los familiares y amigos de cada uno, todos cómplices y, por esta sola vez, del mismo bando.

El gélido dato confirma lo inusitado de esa situación en el corazón de Barcelona. De los trece muertos ahora confirmados, dos son españoles -ambos granadinos-, un ejemplo que da cuenta de una de las muchas disparidades que se respiran a diario entre viandantes en la ciudad. Es así, claro, en todas las ciudades que han sido sacudidas para siempre por los bárbaros, cuya elección no es azarosa, y así con su golpe a Barcelona hacen añicos el espejismo de eternidad de cualquiera que pudiera dejarse envolver en esta urbe de “gentes de cien mil raleas”, que cantaba Serrat. ¿No es, acaso, el de barcelonés, uno de esos gentilicios nada estridentes?

Tampoco es casualidad lo que ha venido después. La respetada solemnidad en la conmemoración en una Plaza Cataluña que cerró el grito unánime y espontáneo ‘no tenim por’, así como los ayuntamientos de toda España unidos en respuesta a la barbarie han sido sólo la culminación de mensajes de apoyo que llegaban desde cualquier rincón del mundo. Todos encontraban sus más sinceras palabras para la ciudad y para el horror y la angustia que les produjo imaginarla con la sangrienta mácula del terror. Podría decirse que a Barcelona, en pocas horas, le fue devuelto en justa correspondencia todo el calor con que supo arropar en su día a cuantos pudieron siquiera asomarse por aquí por primera vez.

Como todos, yo me asomé un día también a la ciudad. Recuerdo el primer día que paseé de noche por el Gótico, las primeras escaleras mecánicas en el metro de Las Glorias. Cómo me enamoró el retrato que de ella hacía Zafón en los libros primeros, luego sustituidos por las narraciones de Martínez de Pisón en la estantería. Mis primeras veces de casi todo fueron en Barcelona, pero esta ciudad permite esas primeras veces para casi cualquiera: lo fue para que Picasso pintara a sus señoritas de Aviñón, para que Lorca se emocionara con el extrañísimo topónimo ‘Urquinaona’ o para que, mucho antes, en la obra magna en lengua castellana, alguien la introdujera tal que así: “Tendieron don Quijote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta entonces dellos no visto”.

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Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados de Barcelona

Redacción TO

Foto: GABRIEL BOUYS
AFP

Los quioscos de todo el mundo han amanecido esta mañana con periódicos que llevan el atentado de Barcelona en sus portadas. Estos son los titulares de las principales cabeceras de todo el mundo.

Prensa española

ABC: “El yihadismo golpea a España en Barcelona”

La Razón: “Unidos contra el terrorismo”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados

El País: “Matanza terrorista en La Rambla de Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 1

El Mundo: “El terror del IS golpea España”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 2

La Vanguardia: “Terror en Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 3

Prensa extranjera

The Guardian (Reino Unido): “El terror ataca Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 4

The Times (Reino Unido): “El mal ataca de nuevo”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 5

La Repubblica (Italia): “Teroristas en el corazón de Barcelona”

Libération (Francia): “Terror en Las Ramblas”

Jornal de Notícias (Portugal): “Pánico en Las Ramblas”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 7

Frankfurter Allgemeine (Alemania): “Muchos muertos en un ataque terrorista en el centro de Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 8

The New York Times (Estados Unidos): “Al menos 13 personas asesinadas en un ataque con un vehículo en la calle en España”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 9

The Washinggton Post (Estados Unidos): “El terror ataca Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 10

Clarín (Argentina): “Un terrorista atropelló a una multitud en Barcelona y mató a 13 personas”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 11

El Mercurio (Chile): “Estado Islámico golpea a España con mortal atropello masivo en La Rambla de Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 12

El Universal (México): “Al menos un venezolano entre víctimas de ataque en Barcelona”

Así ha reaccionado la prensa de todo el mundo a los atentados 6

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