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Revolución o muerte

Ferrán Caballero

Parece que los Castro nos van dejando y que con ellos nos va dejando también su revolución. No tiene que sorprendernos a nosotros lo mucho que un pueblo puede deber su libertad al “hecho biológico”, pero algo de justicia poética hay en que los que han pasado la vida gritando “revolución o muerte” nos recuerden con su ejemplo que, incluso frente a la revolución, la muerte tiene siempre la última palabra.

Algo de justicia poética hay en que sea la muerte la que acabe con la revolución, cuando la revolución depende del olvido del hecho biológico en los asuntos políticos. Mientras recordamos que morimos, vivimos con la angustiosa certeza de que nada es para siempre. Mientras recordamos que hemos nacido, vivimos con la certeza de estar en deuda y de poder quizás empezar algo nuevo, pero nunca nada de nuevo. Y está claro que en estas condiciones no podemos aspirar a construir nada definitivo.

Sabemos que venimos a un mundo que nos precede y que lo más valioso que tenemos lo hemos heredado. Pero también sabemos dejaremos un mundo que nos suceda y al que legaremos lo mejor de lo que seamos capaces. Que no nos hemos hecho a nosotros ni a nuestro mundo, y que las deudas que tanto lamentamos dejar a nuestros hijos se las dejaremos como carga pero también como don. Que los hospitales que nos pagan serán también los hospitales donde nazcan y que la deficiente democracia que les leguemos exigirá que la cuiden pero no que la funden.

El hecho biológico imprime un carácter generacional en las sociedades humanas y nos condena a lidiar siempre con los más básicos defectos de los hombres. Pero, como tienen a bien de recordarnos los Castro, la muerte y la natalidad son también el freno que la naturaleza impone al despotismo. Son precisamente los hombres nuevos los que impiden la venida del hombre nuevo, recordándonos constantemente que nuestra tarea no puede ser la de conducir a la sociedad a su justo y último fin. Cualquiera diría que el sabernos mortales debería ser suficiente para salvarnos de la tentación revolucionaria, pero precisamente el hecho biológico el que nos condena a luchar, siempre de nuevo, contra su eterno retorno.

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El hotel de lujo en el que pasaron la noche los dos 'pavos presidenciales' indultados

Redacción TO

Se ha convertido en tradición el ritual de indultar a uno o dos pavos que se salvarán de ser degustados en Acción de Gracias, que esta año se celebra el 23 de noviembre. La ceremonia tiene lugar anualmente en la Rosaleda de la Casa Blanca, donde el presidente de turno, en presidencia de su familia y un elevado número de periodistas, decide perdonar la vida a una o ambas aves. Este año, Drumstick y Wishbone, cuyo nombre ha sido elegido por un grupo de escolares, han sido los suertudos. Dos pavos procedentes de Minnesota y de un peso de unos 20 kilos a los que Trump decidió el martes perdonarles la vida en su primera ceremonia de este tipo que esta año celebraba su 70 aniversario. Además, los estadounidenses también podían votar a través de la página web de la Casa Blanca a qué pavo debería indultar el presidente estadounidense. El 60%, en esta ocasión votó por Drumstick.

La noche de hotel de Drumstick y Wishbone en el Washington Intercontinental

La National Turkey Federation es, desde 1947, la encargada de criar a los pavos del presidente. El proceso es el siguiente: selecciona a 80 pavos recién nacidos que, desde su más tierna infancia, son preparados para protagonizar la ceremonia. Su dieta es distinta a la del resto, más rica en carbohidratos –principalmente maíz y soja fortificada– con el objetivo final de que superen los 20 kilos, explica Zachary Crockett en Priceonomics.

Cuando se va a acercando el Día de Acción de Gracias –el último jueves del mes de noviembre–, los granjeros seleccionan a los veinte especímenes más grandes y con mejor comportamiento y los entrenan para dar la talla ante las cámaras. Hay que tener en cuenta que un pavo presidencial tiene que estar uno 15 minutos aguantando los flashes de los fotógrafos, sin intentar huir o atacar a algún político. Posteriormente, dos son los elegidos por el personal de la Casa Blanca para protagonizar la ceremonia. La decisión final queda en manos del presidente: salvar a una o a las dos aves.

Sin embargo, en los días previos al evento, los animales son tratados con las más altas distinciones. Como informa la National Trukey Federation, Drumstick y Wishbone pernoctar en el lujoso hotel de cinco estrellas Willard InterContinental Washington, a tan sólo seis minutos de la Casa Blanca. En camas individuales, con televisión y calefacción pasaron la noche en este lujoso hotel de unos 250 dólares la noche.

Tras la ceremonia, los dos pájaros fueron trasladados a Gobbler’s Rest, en el campus de Virginia Tech, un recinto hecho a medida dentro del Pabellón de evaluación de ganado del Departamento de ciencias avícolas, donde estarán acompañados de Tater y Tot, los dos últimos pavos a los que indultó Obama.  En el Día Nacional de Acción de Gracias el público podrá visitarlos.

George H. W. Bush fue el primer presidente que indultó a un pavo en 1989.

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El ingeniero que quiere conectar tu cerebro a internet

Redacción TO

Foto: Metro-Goldwyn-Mayer

Es el sueño definitivo del hombre. Alcanzar la inmortalidad. Aunque sea renunciando al propio cuerpo si, con tal de mantener la consciencia, podemos sustituir las venas por cables, los órganos por chips y los recuerdos por series binarias de unos y ceros. Que nadie se frote las manos: la idea es solo eso, una idea. Pero el planteamiento es un campo de estudio, aunque muy limitado por ahora, en expansión. La ambición presente no es tanto alcanzar la inmortalidad, algo reservado para una tecnología mucho más avanzada que la actual, como encontrar la forma de mudar nuestra consciencia desde el cuerpo a la máquina a través de internet. De lo biológico a lo mecánico.

El último en dar un paso para avanzar en esta línea de investigación es el bioingeniero sudafricano Adam Pantanowitz, que pertenece a esa estirpe de jóvenes genios autodidactas con ideas revolucionarias. Este investigador de la Universidad de Wits, en Johannesburgo, ha desarrollado una tecnología que ya ha logrado conectar, aunque de manera muy primitiva, el cerebro a internet. Brainternet, como ha bautizado su creación (brain significa cerebro en inglés), es una interfaz que concibió hace cuatro años, informa Ozy, y que ha hecho realidad recientemente con la ayuda de dos estudiantes de ingeniería biomédica. ¿La innovación? Brainternet ha conseguido transformar las ondas cerebrales en señales digitales y enviarlas a la web. Es decir, ha dado el paso de lo psicológico a lo digital. Es la primera vez que esto se consigue, según Pantanowitz.

¿Y qué sentido tiene hacer este cambio? ¿Qué utilidades tiene transmitir parte de nuestra consciencia por correo electrónico? Muchas. Por ejemplo, si una persona epiléptica está conectada a Brainternet, podría predecir cuándo sufrirá su próximo ataque para poder ir a urgencias unos minutos antes. De la misma manera, si alguien está en peligro en algún lugar y necesita ayuda, podría alertar a una persona de confianza sin necesidad de que esté físicamente presente.

¿Qué puede saber una máquina de nosotros?

Utilizando Brainternet, una suerte de casco similar al de un encefalograma, Pantanowitz y sus colegas han conseguido enviar las señales cerebrales a un servidor online que logró descifrar “cuándo una persona estaba levantando el brazo derecho, o levantando el brazo izquierdo, y la pantalla no solo reflejaba las señales sino también información sobre qué actividad estaba haciendo” la persona, ha explicado a Ozy el bioingeniero. Y lanza una predicción: “De la misma manera que los teléfonos móviles o los aparatos de aire acondicionado pueden tener direcciones IP, una persona podría estar conectada a internet con señales biológicas”.

Ese es solo el primer paso para una tecnología que todavía el propio Pantanowitz considera distante: que este dispositivo funcione a la inversa. Es decir, que sea posible descargar datos de internet directamente a nuestro cerebro. Lo cual lleva a otra realidad aún más distante: la inmortalidad digital. Fusionar mente y máquina y trasladar todos los datos cerebrales de una persona (sus recuerdos, sus ideas…) a un aparato. Por inquietante que suene, el debate está sobre la mesa. Elon Musk, el hombre detrás de Tesla y SpaceX, está investigando en este campo mediante otra de sus empresas, Neuralink. Y esta posibilidad no presenta pocos problemas. En el momento en el que decidamos conectar nuestro cerebro a internet, un hacker lo suficientemente entrenado podrá fácilmente leer, robar o incluso modificar nuestra actividad cerebral.

Y las implicaciones éticas no son menores: ¿dónde empieza la máquina y dónde termina la persona? ¿Qué parte de la identidad se perdería al sustituir la carne por el metal? Ciertas necesidades que mueven de manera capital la vida de los seres humanos derivan del hecho de que vivimos en un cuerpo. La satisfacción de comer o el bienestar que produce el contacto físico con otro ser humano son solo algunas de las dimensiones a las que tendría que renunciar una persona que quisiese vivir como una máquina.

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Aterriza en España la primera herramienta para cambiar dinero desde casa

Lidia Ramírez

Foto: Dinuka Liyanawatte
Reuters

El viaje comienza con los planes. Reserva del vuelo, del hotel, planificación de ruta, alquiler de coche, cambio de divisas… Todo esto intentamos hacerlo con el suficiente tiempo necesario para ahorrarnos algún ‘dinerillo’. Para ello hay cientos de páginas para comparar, por ejemplo, precios de billetes de avión, de hotel o de alquiler de coches. Sin embargo, a la hora de cambiar el dinero para adecuarnos a la moneda del destino comienzan las diferentes peregrinaciones pagando comisiones sin tener muy clara la mejor opción. El cambio de moneda es la parte del viaje que falta por controlar, la que siempre se recuerda demasiado tarde y por la que se paga demasiado.

Esto es lo que pensó Tal Ekroni, un joven emprendedor de tan sólo 28 años, profesor de finanzas en el College of Management Academic Studies de Israel, que vio un hueco en este mercado y decidió crear el primer agregador de cambio de divisas para viajeros: FlyMoney. “Una vez varios alumnos me comentaron cuál era la forma más fácil de cambiar dinero para viajar a India porque tenían dificultadas para conseguir rupias. En ese momento descubrí que, en pleno siglo XXI, había un gran vacío en el mercado ya que no había herramientas que facilitaran la vida de los viajeros al cambiar dinero”, cuenta Ekroni a The Objective.

Llega a España la primera app para cambiar dinero desde casa
Tal Ekroni, fundador de FlyMoney. | Foto cedida por Interface Tourism Spain

Supervisado por el Banco de España y el Banco Central Europeo, el cambio de divisas se realiza a través de la web, sin estrés ni necesidad de hacer colas en bancos o aeropuertos y pagar comisiones excesivas. “Todo el proceso es transparente y con la mayor seguridad garantizada. Además, las tarifas proporcionadas son las mejores en el mercado”, asegura el joven emprendedor quien apunta que, además, la herramienta muestra al cliente una comparación para la misma transacción de intercambio si la operación se llevase a cabo a través de una entidad bancaria o aeropuerto. “Siempre ganamos en el aspecto del precio”, insiste Ekroni.

Tras realizar la compra el viajero puede recoger sus divisas en proveedores instalados en alguno de los 56 aeropuertos asociados a la red de FlyMoney (eligiendo si prefieren hacerlo a la salida del viaje o en la llegada al destino), pedir que se le envíe el dinero a casa por mensajero o incluso recogerlo en cualquiera de las oficinas de Correos que existen en España con una espera máxima de un día y medio.

La startup, que fue elegida como la más innovadora de Europa en la competición Visa Everywhere Initiative, cuyo premio se entregó en Copenhague este pasado mes de julio, ofrece más de 72
opciones de divisas diferentes de 117 países, entre los que se encuentran Israel, Rusia, Jordania, Dinamarca, Alemania, España, Suiza, Marruecos, Australia, Uruguay, Paraguay, Brasil, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, México, Trinidad y Tobago y República Dominicana.

Y por si algo falla, FlyMoney tiene un servicio de atención al cliente 24 horas y además ofrece la posibilidad de cancelar el pedido sin coste. ¿Alguna vez cambiar dinero fue tan fácil?

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Nosotros, los disrrumpidos

Juan Claudio de Ramón

Foto: Geert Vanden Wijngaert
AP

Cuando hablamos de disrupción tecnológica nos solemos referir a los efectos destructivos que sobre empresas y trabajadores tienen adelantos técnicos que de manera súbita hacen obsoletas viejas y asentadas maneras de producir. El ejemplo más claro quizá sea el de los taxistas, que ven desplomarse el valor de sus licencias y desaparecer su modus vivendi ante el auge de las aplicaciones móviles que permiten geolocalizar conductores privados dispuestos a realizar el mismo trayecto a menor coste. En este y en otros sectores, el vertiginoso ritmo que ha alcanzado el cambio tecnológico (admira pensar que el smartphone sólo tiene diez años) abrirá escenarios difíciles de gestionar por los gobiernos. Pero nosotros, los usuarios, a los que se nos suele creer beneficiarios netos de las nuevas técnicas, ¿no hemos sido también disrrumpidos?

El verbo es horrible, el participio feísimo, pero quizá por ello, preciso y adecuado. Basta con pensar en algunos pasos de nuestra vida diaria, antes rutinarios y placenteros, hoy penosos y enmarañados. En el parque empujo el columpio de mi hija, y mientras lo hago, siento la llamada del smartphone en el bolsillo. Al poco tiempo estoy empujando con una mano y chateando con la otra, privándome de ese momento de intimidad con mi hija que no tardaré en añorar. Y si levanto la mirada, veo que a otros padres les sucede lo mismo. Por la noche, intento ver una película con mi mujer. Compruebo que, por buena que esta sea, me cuesta seguir la trama hasta el final. Y es que nuestro lapso de atención se ha reducido enormemente, y ya la mente cede a la distracción ante todo cuanto excede de las pequeñas píldoras informativas de la era digital. Los viejos atracones de lectura, basados en la capacidad de concentración –concentrarse en aburrirse sin dejar de rendir– quedaron atrás.

Leo en este periódico que las apps de mensajería son ya el principal canal de comunicación de adultos y adolescentes. Bien lo sé: cinco chats diversos llevan un rato parpadeando en mi móvil. Antes de que acabe esta columna, los habré mirado. Y aunque lejos de mí cualquier tentación mecanoclasta, me pregunto qué estará haciendo esta tecnología a mi cerebro. No es buena señal que los que la inventaron, allá en Silicon Valley, estén todos arrepentidos. Justin Rosenstein, el ingeniero que diseñó el botón “me gusta” en Facebook, admite que le quita el sueño haber contribuido a alumbrar un mundo en que todos estamos distraídos todo el tiempo. Llevar el dedo a la pantalla del móvil 2.617 veces al día de media no puede ser bueno para un cableado mental que sencillamente no evolucionó para saber hacer varias cosas a la vez.

Ya veremos cómo acaba todo esto. Mi esperanza es que el péndulo vuelva pronto a la posición de reposo. Nos quedan muchas tardes de parque disfrutando de la venerable tecnología lúdica del columpio. La próxima vez, me dejaré el teléfono en casa.

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