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Se los debemos

Ferrán Caballero

A mí, que soy hombre de consenso, me gustaría zanjar esta polémica diciendo que yo también estoy en contra de los malos deberes y a favor de los buenos. Pero mucho me temo que la polémica que nos ocupa no tiene tanto que ver con los deberes como con el pánico que todo buen demócrata siente ante la desigualdad, a la que no sabe concebir como nada más que como injusto privilegio. Y qué duda cabe que los deberes la evidencian de forma inevitable, si no es que incluso la causan ellos mismos. 

Evidencian la desigualdad entre niños, entre padres, entre profesores y entre colegios. Entre niños, porque a unos les cuestan más que a otros y a otros les gustan más que a unos. Y a unos y a otros les interesan cosas distintas en distinto grado y ni unos ni otros tienen las mismas capacidades ni las mismas ganas de ponerlas a prueba.

Entre padres, porque no todos tienen el mismo tiempo ni los mismos conocimientos ni la misma paciencia para ayudar a sus hijos a hacer los deberes. Para todos ellos, esto sí, una buena noticia: los deberes son de sus hijos, no suyos. Despreocúpense.

Entre escuelas, claro está. Porque hay algunas que saben lo que quieren y otras que no. Porque algunas dedican grandes y continuados esfuerzos a intentar aportar el máximo de coherencia posible al currículum y al trabajo de sus alumnos y otras no tanto.

Y entre profesores, porque también pasa que a algunos les hace más ilusión corregir deberes que a otros. Y algunos tienen más paciencia y más acierto en sus correcciones que otros. Y porque algunos, justo es reconocerlo, simplemente trabajan mejor que otros. Y porque todos tienen días de más y de menos.

Esta lección, que con tanto empeño quieren algunos olvidar, quizás sea la más importante de todas. Porque, por mucho que repugne al igualitarista, cualquier bípedo sabe que hay un arriba y un abajo y que esto tiene consecuencias que más vale no pasar por alto. La experiencia de la jerarquía es la experiencia fundamental de la escuela, y quien se niegue a aceptarla tendrá que renunciar, no sólo a los deberes, sino a la educación misma.

Ocultando esta realidad solo estamos perjudicando a nuestros hijos y alumnos. Y especialmente a los que más queremos ayudar. Según The Economist, en los años 70 no había prácticamente diferencia entre las horas que los padres de distintas clases pasaban hablando, leyendo y jugando con sus hijos. Ahora, los hijos de padres universitarios reciben un 50% más de atención que los demás. Si no estamos dispuestos a prohibir que los padres universitarios se relacionen con sus hijos, tendremos que aceptar que la mejor manera de luchar contra la desigualdad es reforzar la dedicación de los más desfavorecidos. Y sospecho que incluso los deberes imperfectos son mejores sustitutos de la lectura paterna que los youtubers o los videojuegos.

Los críticos con los deberes entienden bien que estos dejan a los niños sólos frente a un problema que no siempre saben resolver. Y que esto les da una conciencia mucho más clara de lo que les gustaría (a ellos y a muchos de sus padres y maestros) de sus propias limitaciones. Lo que no parecen querer aceptar es que el descubrimiento de los propios límites y el aprendizaje de la convivencia con la frustración son dos de las lecciones más difíciles y necesarias que la vida tiene para enseñarnos. Y que esto, en la vida del niño, se llama deberes. Privándole de los deberes le privamos de mucho más que de un ratito de tiempo libre. Le privamos también del ejercicio de la responsabilidad. Que no sólo es lo que nos convierte en adultos ni es sólo el precio de la libertad sino su recompensa; porque es lo que nos libra de una existencia trivial.

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Nosotros, los disrrumpidos

Juan Claudio de Ramón

Foto: Geert Vanden Wijngaert
AP

Cuando hablamos de disrupción tecnológica nos solemos referir a los efectos destructivos que sobre empresas y trabajadores tienen adelantos técnicos que de manera súbita hacen obsoletas viejas y asentadas maneras de producir. El ejemplo más claro quizá sea el de los taxistas, que ven desplomarse el valor de sus licencias y desaparecer su modus vivendi ante el auge de las aplicaciones móviles que permiten geolocalizar conductores privados dispuestos a realizar el mismo trayecto a menor coste. En este y en otros sectores, el vertiginoso ritmo que ha alcanzado el cambio tecnológico (admira pensar que el smartphone sólo tiene diez años) abrirá escenarios difíciles de gestionar por los gobiernos. Pero nosotros, los usuarios, a los que se nos suele creer beneficiarios netos de las nuevas técnicas, ¿no hemos sido también disrrumpidos?

El verbo es horrible, el participio feísimo, pero quizá por ello, preciso y adecuado. Basta con pensar en algunos pasos de nuestra vida diaria, antes rutinarios y placenteros, hoy penosos y enmarañados. En el parque empujo el columpio de mi hija, y mientras lo hago, siento la llamada del smartphone en el bolsillo. Al poco tiempo estoy empujando con una mano y chateando con la otra, privándome de ese momento de intimidad con mi hija que no tardaré en añorar. Y si levanto la mirada, veo que a otros padres les sucede lo mismo. Por la noche, intento ver una película con mi mujer. Compruebo que, por buena que esta sea, me cuesta seguir la trama hasta el final. Y es que nuestro lapso de atención se ha reducido enormemente, y ya la mente cede a la distracción ante todo cuanto excede de las pequeñas píldoras informativas de la era digital. Los viejos atracones de lectura, basados en la capacidad de concentración –concentrarse en aburrirse sin dejar de rendir– quedaron atrás.

Leo en este periódico que las apps de mensajería son ya el principal canal de comunicación de adultos y adolescentes. Bien lo sé: cinco chats diversos llevan un rato parpadeando en mi móvil. Antes de que acabe esta columna, los habré mirado. Y aunque lejos de mí cualquier tentación mecanoclasta, me pregunto qué estará haciendo esta tecnología a mi cerebro. No es buena señal que los que la inventaron, allá en Silicon Valley, estén todos arrepentidos. Justin Rosenstein, el ingeniero que diseñó el botón “me gusta” en Facebook, admite que le quita el sueño haber contribuido a alumbrar un mundo en que todos estamos distraídos todo el tiempo. Llevar el dedo a la pantalla del móvil 2.617 veces al día de media no puede ser bueno para un cableado mental que sencillamente no evolucionó para saber hacer varias cosas a la vez.

Ya veremos cómo acaba todo esto. Mi esperanza es que el péndulo vuelva pronto a la posición de reposo. Nos quedan muchas tardes de parque disfrutando de la venerable tecnología lúdica del columpio. La próxima vez, me dejaré el teléfono en casa.

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Psicología feliz

Lea Vélez

Entro siempre motivada de todo lo que voy a decir. Mientras me dan la acreditación y atravieso la pista de atletismo, hago repaso de las debilidades y bondades de mi hijo. Esta vez me han llamado ellos. Al parecer, el otro día no pudo más y se echó a llorar en clase, diciendo que iba a coger una ametralladora para acabar con todo el colegio. El chiquitín rubio que siempre sonríe, que hace chascarrillos, que saca dieces en las asignaturas más difíciles, el pequeño achuchable de ocho años que va a todas partes con su elefante de peluche, gritó: ¡voy a mataros a todos! Y por primera vez en siete años, no soy yo quien ha de llamar a la pedagoga para pedirle ayuda, para solicitar adaptaciones o ejercicios motivadores para mi hijo de Altas Capacidades que jamás he conseguido. Por primera vez es ella la que me llama a mí para preguntarme si mi hijo es feliz.

Llego a la oficina de la psicóloga. Me hace esperar. Estoy sola, sentada en un aula, en una silla que pone en evidencia mi tamaño. Me siento mayor, gorda, infeliz, encajada en mi pasado escolar. Llega, me saluda cariñosa. Sabe que mi hijo es un cielito y no se ha tomado en serio eso de que va a sacar un arma automática y matar a todo el mundo, claro. Por otra parte, no estamos en USA y por suerte, mis hijos solo tienen osos de peluche. Me digo: ¿Cómo duermen las madres americanas?

La pedagoga me explica lo que ya sé. Que el niño no tiene amigos. Que juegan al fútbol y que él no quiere este año jugar al fútbol. Me explica todo lo que ya sé y todo lo que yo ya les he explicado a los profesores y a los mal llamados psicólogos del colegio diez veces, cien veces, mil veces. Ella nunca “ha llevado mi caso” y tengo que empezar desde el principio, en este eterno día que es como estar en un aeropuerto. Estamos junto la cinta transportadora escolar que ya lleva seis años dando vueltas. Somos como las maletas de un vuelo aterrizado que nadie reclama. Cuando termino de explicarle por qué mi hijo está triste y ella termina de explicarme todas sus estrategias para lograr que haga amigos, y de pedir mi opinión sobre qué puede o no funcionar -Legos, ajedrez, parchís- para que el niño deje de estar triste en los recreos, ya llevamos una hora. Estoy haciéndolo bien, muy contenida y de pronto, dice: “bueno, pues a ver si con todo esto, conseguimos que sea feliz”. Toda mi contención se desvanece. Me convierto en Morgan Freeman en Cadena perpetua, cuando le suelta la filípica a los miembros del comité para su libertad provisional. Le digo:

-No, no va a ser feliz aquí. Yo lo tengo asumido y él lo tiene asumido. Tú no vas a cambiar el colegio, ni vas a despertar de su letargo a la profesora que manda los ejercicios mortales, ni yo voy a ganar nada viniendo cada tres meses a pedir motivación. Antes creía que sí, pedía adaptaciones para mis hijos de Altas Capacidades, pedía ayuda, pero sois como los políticos. Estáis muy convencidos de que hay que servir al pueblo, muy por la labor, muy de hacer promesas, “vamos a probar esto, vamos a probar lo otro, solo nos importa su felicidad”. ¿Pero sabes qué ocurre? Que lo ponéis en práctica durante un mes y luego se os olvida o viene otro padre con otro problema, otro niño amenaza con sacar la metafórica pistola y es el fin de la constancia. Muchos profesores, con honrosas y heroicas excepciones, hacen lo mismo. Traigo ideas y sugerencias para hacer las clases más amenas para todos los niños, no solo para el mío, para que los nombres comunes tengan contexto, les hablen de las Cuevas de Altamira enseñándoles una puñetera foto, en lugar de en una fotocopia mal parida, y decís eso de “en el futuro tendrán que enfrentarse a exámenes así. A que todo sea esquemático”. ¿Y a mí qué me importa el futuro de un niño que llora en presente? Además, no es cierto. Hay profesores que se lo trabajan y buscan motivarlo y yo les estoy inmensamente agradecida. Este año ha tenido mala suerte. Habéis hecho una carrera de psicología, la sociedad ha invertido en vuestra educación un dinero nada despreciable, pero no podéis practicar la psicología. Practicáis lo de todos: la defensa del sistema. Si un niño llora le dais un pañuelo y lo sentís mucho, pero no buscáis la raíz del llanto porque si la buscáis corréis el riesgo de poder encontrarla. Es malo, “el sistema”, me decís todos, como el torturador que tortura por órdenes superiores y se lava las manos. Es lo que hay, me insistís. Yo no sé cuántas veces he escuchado las frases: hay unos objetivos que cumplir. Pues yo también tengo mis objetivos. Los objetivos de las personas se llaman sueños. Sueños, que son lo contrario de vuestras realidades escolares.

La infancia va contigo toda la vida. ¿Te crees que uno es feliz con una infancia desgraciada colgando del alma? ¡A mi qué me importan los exámenes! Dejadle que no termine los bodrios y haced que solo cuente el examen, así, todos cumplimos, vosotros con los objetivos y él con sus sueños. Aquí, el problema es el colegio, el muermo, el aburrimiento, la desmotivación, las horas y las re-horas de todo lo que hay que terminar. Si fuera la profesora la que estuviera castigada a terminar en casa todas las banalidades que no escriben sus alumnos en la clase, ya verías cómo les mandaba escribir otra cosa. Él no es idiota. Se ha ajustado a estar solo en el recreo porque eso es preferible a estar intercambiando cromos del Real Madrid o enfrentándose al miedo de que no quieran que esté en el equipo porque no sabe pasar la pelota. Él está en el colegio, pero su mente está en la universidad. Hay niños que asimilan el colegio y otros que no. Le habéis enseñado que en el colegio, él no puede ganar. Él, con vosotros, nunca gana. Si no copia los rollos mortales de clase, pero saca un diez en el examen, no es buen alumno porque no “trabaja”. Si trabaja como un bestia, que es lo que ha estado haciendo, copiando rollos sobre los determinantes y los nombres comunes, pero saca un cinco: “no demuestra su potencial”. En el colegio nunca se puede ganar porque hacéis que sea una crítica constante. Aquí no existe la felicidad en el término medio y el término medio es la más común felicidad. Y yo hoy, he venido a cumplir un trámite. Hasta ahora creía que podía existir una solución, un parche, pero no lo hay. Según qué profesores tengan mis hijos o según qué amigos tengan, ese año serán felices, o más o menos felices y al año siguiente pues no. Eres psicóloga, pero el problema no es que mi hijo sea más o menos activo, más o menos inteligente, más o menos sociable. El problema es que el niño escolar no tiene nada que ver con el niño real. Nada es divertido, las asignaturas son banalidades esquemáticas, textos infumables que hay que copiar, listas de nombres que nunca se acaban, perros que ladran, gatos que maúllan con su determinante indeterminado, definiciones, la mayor parte del tiempo, equivocadas. Enfundar: ponerse ropa de vestir. No señora, enfundar no es eso, por mucho que lo diga el errado e infumable libro de Lengua. Enfundar es meter algo en una funda y a veces se puede utilizar metafóricamente, como “ir enfundado en los pantalones” como lomo en tripa, que decía mi abuela. Uno no se enfunda el abrigo, a no ser que le quede raquítico, que es lo que hace el dichoso abuelo del texto del libro. Vocabulario del tema 3: anemómetro, mosaico y horóscopo. Tres palabras que vienen a cuento de un texto de un abuelo que se enfunda el abrigo para explicarle a su incrédulo nieto que encontró un mosaico romano debajo de la cocina de su casa y que se lo llevaron y lo colocaron en un museo. ¿Les queréis hablar de los mosaicos sin gilipolleces? Habladles de los mosaicos de verdad. El mejor está en Antioquía. Ya verás qué éxito. Ya verás cómo escribe sobre los romanos. Son unos textos y unos ejercicios, estos del libro, que es como para que sea yo la que venga con la ametralladora. Es tremendo que tú seas psicóloga y que sepas que la raíz del mal es todo esto que digo, que lo sepas y que te calles y que defiendas lo indefendible, justificando en tu mente que no nos queda otra opción que ofrecerle unos Legos y un parchís, mientras me dices que a ver si logramos que sea feliz. Es indecente que me llames y me preguntes si el problema lo tiene en casa. Porque sí, sí, la verdad, lo tiene. La respuesta es sí. El problema de mi hijo es, irónicamente, que en casa es inmensamente feliz.

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El más viejo fantasma

Pablo Mediavilla

Foto: Jean-Marc Bouju
AP

Diría que es un sueño, si no estuviera seguro de haberlo vivido. Eran dos o tres mansiones blancas en lo alto de una colina de tierra roja. No tenían puertas, ventanas o muebles; eran carcasas de otro tiempo habitadas por familias enteras; la lumbre al pie de la escalinata y las miradas desconfiadas -quizás solo cansadas- hacia los recién llegados. Los niños, que no tienen miedo, se acercaron, y rieron a carcajadas con la crema solar que les aclaraba las mejillas. Estábamos en una antigua hacienda belga en la región de Bunia, al noreste de la República Democrática del Congo, y los descendientes de los esclavos ocupaban las residencias de los amos.

Cada brazo amputado, cada castigo bíblico que los belgas infligieron a los congoleños para que sacaran más caucho y maderas y oro, engrosó la fortuna del rey Leopoldo II y de Bélgica. Con ella pagó la construcción de la estación de tren de Amberes, una de las más fastuosas del mundo, en la que, como describe W.G. Sebald en su novela Austerlitz: “resultaba apropiado que en los lugares elevados, desde los que, en el Panteón romano, los dioses miraban a los visitantes, en la estación de Amberes se mostraran, en orden jerárquico, las divinidades del s. XIX: la Minería, la Industria, el Transporte, el Comercio y el Capital”. Es una historia vieja y, como todas, ilumina el presente.

Llegan ahora imágenes de ventas de esclavos en Libia. Se sabía ya, pero la CNN ha conseguido las primeras imágenes, grabadas con un teléfono móvil, vehículo del horror contemporáneo. Son jóvenes negros, fuertes, aterrados, y, como antaño, sus cualidades tienen precio. Dice el periodista que el negocio se solventa en minutos. En París, otros jóvenes negros se manifestaron contra la ignominia, y futbolistas negros, como Kondogbia, del Valencia, o Pogba, del Manchester United, han expresado su indignación por el asunto. Desde que Italia -la Italia sobrepasada y abandonada por el resto de Europa en el rescate de refugiados en el mar- paga a los señores de la guerra libios para frenar los envíos a sus costas, el tráfico se ha reducido en un 85%. Los tratantes han virado el negocio, sin más.

La esclavitud no desapareció, solo dejó de practicarse a la luz del día. Es probable que, por cuestiones demográficas, haya más esclavos ahora que en el siglo XIX. Está presente en todos los continentes, en los burdeles de nuestras nacionales y en los campos de cultivo de medio mundo; en los talleres de costura y en las fábricas que, por no saber, no sabemos ni que existen. En la soltura de la transacción libia está la costumbre de lo que nunca se ha abandonado. La imagen digital nos devuelve la incredulidad y el terror ante el más viejo fantasma. Querríamos olvidarlo, devolverlo a la oscuridad, pero una vez visto, ya no es posible.

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Dilemas climáticos

Manuel Arias Maldonado

Foto: John Macdougall
AFP

Mientras las tiendas de ropa siguen sin colocar su stock invernal debido a la benignidad del otoño y unos senderistas españoles despeñaban a un jabalí en los montes asturianos por el puro placer sádico de verlo morir, se celebraba en Bonn durante la pasada semana la llamada COP23, cumbre internacional dedicada al desarrollo del Acuerdo de París sobre Cambio Climático. En ella, los delegados de los países firmantes trataban de escribir la letra pequeña de aquel acuerdo, que desde su firma se ha visto debilitado por la salida de los Estados Unidos de Donald Trump. Éste, como tantos otros populistas de derecha, es un negacionista climático y actúa en consecuencia. Por eso, resulta mucho más significativa la dificultad que encuentra Ángela Merkel -apodada “la canciller del clima”- para que cumpla sus compromisos descarbonizadores esa formidable potencia industrial que es Alemania. Diga lo que diga cuando salga al estrado.

Yo vivía en Alemania cuando, en marzo de 2011, tuvo lugar el accidente en la central nuclear de Fukushima. Una ola de histeria se apoderó entonces de uno de los países con mayor conciencia medioambiental de Europa; aunque esto último, a juzgar por el singular caso noruego, no implique necesariamente una menor contribución a las emisiones globales. Merkel detectó la posibilidad de poner en marcha una política popular y decretó el cierre de las centrales nucleares alemanas, lanzando con ello el ambicioso Energiewende: un giro energético destinado a convertir Alemania en el país más limpio en el menor plazo posible. Paradójicamente y a pesar de una inversión en renovables no siempre eficiente, ahora el país depende más que nunca del carbón y está muy lejos de cumplir sus objetivos internacionales.

Se trata de un fracaso preocupante, dada la potencia intelectual e industrial de Alemania: si ellos no consiguen descarbonizarse eficazmente, ¿quién podrá? Pero lo sería aún más si no tuviéramos en Gran Bretaña el ejemplo contrario de una exitosa reducción de emisiones lograda por el camino más fácil: la imposición de un elevado precio al carbón que, desincentivando su uso, obliga a las empresas a la búsqueda de alternativas. Políticamente, el asunto puede ser más complicado y ahí está el problema de Merkel: en la pujanza que conserva en Alemania un sector del carbón del que dependen decenas de miles de empleos. El dilema está sobre la mesa en las negociaciones para la formación de gobierno. Mientras los Verdes están por la labor, los Liberales son reacios a empañar su regreso al gobierno con una política tan impopular. Es verdad que el 76% de los alemanes quiere acabar con el carbón del que depende el 40% de la electricidad nacional, pero los empresarios y trabajadores de las regiones afectadas no están tan convencidos.

Estamos ante la enésima demostracion de que el voluntarismo es una mala guía política. No basta con querer cerrar las centrales nucleares; ni siquiera con una firme voluntad descarbonizadora. Es necesario, también, arbitrar las medidas adecuadas para lograr una reducción significativa de emisiones sin especial detrimento para la capacidad energética global: quien esté pensando en el decrecimiento, que se presente a las elecciones. Recordemos todos estos matices, rabiosamente humanos, la próxima vez que cualquiera de nosotros participe en una conversación de sobremesa donde se culpe al “sistema”, en abstracto, de que no termine de llegar el invierno o ya nunca llueva.

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