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Un joven Papa para ateos viejunos

Ferrán Caballero

En una de las mejores escenas de Seinfeld, Jerry se presenta en la iglesia para hablar con el párroco sobre su dentista, porque sospecha que se ha hecho judío simplemente por los chistes. “¿Y eso te ofende como judío?”, le pregunta el párroco. “No. Me ofende como cómico”.

 

Algo parecido nos pasa a tantos con la serie de The Young Pope. No es que nos convirtamos por los chistes, pero sí que nos fascinamos, como decía aquí mismo Cristian Campos, por “su intransigencia e intolerancia. Que no es más que coherencia suicida”.

 

Nos fascina porque entendemos más la necesidad del dogma que su verdad. Por eso nos cuesta menos creer en la Iglesia que en Dios, porque a veces nos gustaría creer como creemos que creen los que creen, aunque seamos incapaces de hacerlo. Por eso nos fascina la Iglesia por estética, como les pasa a Sorrentino y a ese conocido mío que se haría ordenar sacerdote para poder llevar alzacuellos. Y nos fascina por la ética; por la pretendida capacidad de sobreponerse al absurdo de una vida sin porqué.

 

Yo creo que estaría muy bien encontrar un virtuoso término medio entre el esteticismo de Sorrentino y el oscuro rigorismo de su Papa, pero no me parece raro que el espacio que el cristianismo deja libre al retirarse lo ocupen el budismo de jardines y gimnasios y el islamismo de burka y terrorismo. No es raro que a nuestra incapacidad para reconocer la trascendencia de lo bello, lo bueno y lo cierto, la siga la adoración de la mera autenticidad. Es decir, que donde no podemos juzgar a la gente a la luz del bien, la admiremos por la firmeza de su compromiso; por la intensidad con la que se equivoca; por la coherencia con la que se suicida.

 

Por eso da lo mismo incluso que el Papa sea ateo. Porque más importante que la fe es el rigor del Padre y el poder de un Dios ansiolítico. Más nos costará entender al Papa que duda, porque para dudar ya nos bastamos y nos sobramos solos.

 

Y eso, claro está, dice más de los viejos ateos que del joven Papa y su religión.

Francia y Alemania, otra vez

Víctor de la Serna

Despejemos historias apócrifas: No existe ninguna prueba de que el ‘Times’ de Londres haya publicado jamás ese famosísimo titular, “Niebla en el canal de la Mancha. El continente, aislado”. Pero los últimos acontecimientos, con aquella pacata Theresa May reconvertida a defensora entusiasta de la ruptura de Gran Bretaña con la Unión Europea, devuelven su actualidad a la noción de que los británicos se siguen considerando como ciudadanos aparte, instalados en unas islas situadas más o menos en el centro del océano Atlántico, a medio camino entre aquella Nueva Inglaterra que fundaron y con la que mantienen una relación especial, y esas placenteras tierras francesas que tanto les han dado bajo forma de buenos vinos de Burdeos, amables paseatas por la Promenade des Anglais de Niza y veladas locas junto a los Campos Elíseos. Somos muchos los que queremos y admiramos al Reino Unido, pero hacerlo comulgar con la integración europea sigue siendo, como en tiempos de Maggie Thatcher, una aspiración que choca de bruces con la realidad. El centro del Atlántico sigue atrayéndolos como un imán.

Lo que sucede en 2017 es que las emociones y las frustraciones se han impuesto en muchos sitios a la reflexión y la razón, y que la incómoda europeidad de Gran Bretaña ha dejado paso a una ruptura irreflexiva y que nos va a costar mucho a todos… pero sobre todo a los británicos. Y que, en ese ambiente de desconcierto que ha acompañado a Donald Trump y al Brexit, lo que se pasa a temer es que toda Europa, o quizá toda la democracia occidental, acabe a la deriva, y no precisamente en el centro del Atlántico.

Por eso, tras la primera vuelta de las elecciones francesas, no es mal momento para recordar que hace más de 60 años el general que salvó -desde un micrófono en Londres- la dignidad de Francia en 1940 y el ex alcalde de Colonia que había mantenido el tipo ante Hitler se unieron a unos cuantos supervivientes de las locuras europeas del siglo XX y pusieron en marcha un proceso de integración que ha sido mucho más positivo que negativo, pese a sus carencias -en particular, su exceso de tecnocracia y su falta de contenido político asumible por los ciudadanos- hasta la fecha. Y si sale adelante Emmanuel Macron y restablece con la canciller Merkel aquella sólida compenetración entre dos ex enemigos hechos para entenderse, esto puede salvarse. Quizá haya, como observaban con envidia algunos norteamericanos esta semana, más cabeza ahora mismo en Bruselas y en los países que siguen respaldando a la Unión que en un mundo anglosajón crispadísimo.

¿Y España? Debería ser la tercera pata de una sólida unión europea. Pero por ahora, que no nos esperen, por favor. Estamos de juicios.

Anémona y cuchillo

José María Albert de Paco

Mientras subimos la rampa que da acceso al Bullilab, 3.000 metros cuadrados de almacén en una de las faldas más sórdidas de Montjuic, Salvador Sostres me advierte: “Si ahora no sabes en qué consiste el Bullilab, lo más probable es que al salir sigas sin saberlo”. Dentro nos esperan Arcadi Espada y Ferran Adriá, al que la gripe no acaba de aplacarle su entusiasmo. No en vano, Sostres y Espada han sido los más conspicuos divulgadores de la obra de Adriá, en un pródigo apostolado que ha contribuido a que tantísimos profanos, como es mi caso, comamos polenta helada por delegación. 

El Bullilab es un laberinto donde 70 profesionales, entre los que se cuentan diseñadores, filósofos y periodistas, tratan de ordenar, clasificar y jerarquizar todo lo que el hombre sabe sobre gastronomía. Y extraer de ese conocimiento algo así como la piedra filosofal de la creatividad (su genoma, precisa Adriá) con la idea (les hablo a tientas) de pasar por el cedazo conceptual de El Bulli cualquier actividad humana. El recinto, un semillero entre el garaje de Steve Jobs y la biblioteca de El nombre de la rosa, contiene miles de legajos, libros, vídeos, paneles interactivos… La idea, supongo, es acabar linkando los documentos. Al término de la visita, la pregunta (retórica) que Adriá formuló en Twitter, “¿Qué tipo de información necesitamos de un ravioli para que se convierta en conocimiento?”, adquiere un barniz socrático.

Cenamos en Estimar, el puesto de pescado que Rafa Zafra, discípulo de Adriá, tiene en Santa María del Mar. Sostres y Arcadi no parecen dispuestos a hablar de otra cosa que no sea de cocina o, más precisamente, de cocineros, y como dos improvisados pitchers le van lanzando nombres a Adriá, que, no obstante, los batea con una flacidez exasperante. Espada le reprocha su renuencia a criticar a los profesionales de su gremio; es más, intenta persuadirlo de que hay un aspecto de su trabajo, el que tiene que ver con la prescripción, que le obliga a ello. Mas Adriá sólo hablará, y muy bien, de Ángel León; curiosamente, sin haber probado nada de lo que cocina actualmente, fiando su criterio a lo que ve, a lo que le cuentan: a su intuición. En la conversación aparece el nombre de Dìdac López, quien diera vida a La Estrella de Plata, el mejor bar que ha habido en Barcelona en los últimos 20 años, gastro avant la lettre. “Está mejor; trabajando en Florida”, oigo. Y me viene a la cabeza una noche de hace veinte años en que el mismo hombre que tengo ante mí, en la barra de La Estrella, le pidió a Dídac una anémona y un cuchillo. Y entre trago y trago de vino, empezó a rasgarle los tentáculos al animalillo, tratando de descifrar, imagino, qué tenía ante sí, si un ravioli en ciernes o la capipota del futuro. El Bullilab es, sobre todo, una disposición de ánimo.

ETA y nosotros

Miguel Ángel Quintana Paz

Fermín era taxista y llevaba en su flamante Simca 1000 a un cliente que acababa de recoger por Bilbao, un tanto apresurado. María Ángeles era estudiante y esperaba a sus amigas en la cafetería en que iban a comer, que aquella tarde tenían examen. Dionisio era dueño de un taller del que sacó el coche para hacer sitio al de su contable, como cada día.

Parecen tres personajes de tres historias que tienen poco que ver. Pero no fueron personajes, sino personas reales. Y sus tres historias, aunque empiezan distintas, acaban igual. Pues en las tres irrumpió, a los pocos segundos de la escena que hemos esbozado, otro personaje: ETA. Terroristas de esta banda asesinaron a Fermín, María Ángeles y Dionisio en la España de los años 70.

Mas así como es preciso contar las historias de los muertos, debemos también atrevernos a contar las de los vivos. ¿Cómo reaccionaron los españoles de los años 70 a parejos asesinatos? Uno se puede hacer una primera idea de ello leyendo el capítulo “Agosto” del libro Diarios, de Arcadi Espada. Allí este periodista repasa, lustros más tarde, las noticias que el periódico El País fue publicando a medida que ETA desengranaba muertos a fines de los 70.

El tono en que El País narra esos sucesos no puede resultarnos hoy más descorazonador. De las víctimas a menudo se insinúan presuntas “culpabilidades” sin prueba alguna y un tanto WTF (por ejemplo, que “en círculos políticos se le consideraba confidente o amigo de la Guardia Civil”). O se puntualiza que la víctima quiso escapar (dónde vamos a llegar) “por lo que fue rematado por los agresores”, a ver si no. De los victimarios a menudo se copia el lenguaje que, evidentemente, enorgullece un tanto a tales victimarios: en lugar de decir “asesinato”, se habla de “acción armada” o incluso de “intervención”, que, como punza Espada, “también lo usan los banqueros y los ministros de Hacienda y nadie los mete en la cárcel”.

Pero no solo el periodismo de la época resultaba mejorable. La reacción de la sociedad en su conjunto (exceptuadas las fuerzas de seguridad, que pagaron duro su empeño) tampoco puede etiquetarse de loable. Todas las víctimas de aquel tiempo coinciden: se sintieron solas, cuando no despreciadas, por las instituciones, por sus compañeros de trabajo, por sus vecinos. Hay fotografías que reflejan, desoladoras, aquel desamparo: el asesinado yace en el suelo mientras sus compañeros de trabajo prosiguen alrededor sus tareas de cada día, apartándose si acaso un poquito del charco de sangre en torno al muerto, que las manchas de sangre luego se quitan muy mal.

Se han propuesto varias explicaciones para esta desidia de los españoles ante la ETA de los años 70 y 80. Nuestra sociedad salía de una dictadura y por lo tanto se hallaba desarticulada, poco ducha en lo de movilizarse y participar contra el mal. O también: ETA asesinó a panaderos, albañiles, cocineros, carpinteros; cualquiera podía estar en su diana, mientras que si te quedabas calladito tampoco es que fueras a hacer ningún daño directo a nadie. O también: ETA había contado con simpatías izquierdistas y nacionalistas por su oposición a Franco; y a veces lleva tiempo modificar tus afinidades.

Sin embargo, lo importante es que todo aquello cambió. Pasó el tiempo y a principios de este siglo ETA ya concitaba rechazos viscerales en casi todas las capas de la sociedad española. Naturalmente, esto fue así porque lo único que pasó no fue el tiempo. Pasó también que muchos intelectuales y políticos se comprometieron en la lucha contra ETA de un modo tan meritorio como brillante. Me resisto a citar siquiera algunos, pues por fortuna son tantos que siempre quedarían otros relevantes por mencionar. Una de las cosas en mi vida con las que estoy más satisfecho es haber llegado a ser amigo de varios de ellos. Pero el lector seguramente sabrá a quiénes me refiero. A todos los que se jugaron la vida explicándonos a los españoles por qué el terrorismo no tenía justificación; por qué hacía falta combatirlo desde el pequeño lugar que cada cual ocupásemos; y por qué era posible vencerlo con las armas de la democracia.

Triunfaron, como digo. Los españoles llegamos a sentirnos unidos ya no solo contra ETA, sino también alrededor de aquellos valores que nos diferenciaban de ETA. La resistencia contra ETA podía haber sido violenta. Podía haber sido autoritaria. Podía haber sido la de un nacionalismo españolista antivasco. Pero fue democrática.

(Cierto es que en los 80 hubo aún ramalazos socialistas de combatir a ETA desde la ilegalidad de los GAL. Pero, por fortuna, hacia el año 2000 todo aquello se había quedado en el pasado).

Esta unidad de los españoles contra ETA solo disgustó y aún disgusta, lógicamente, a dos grupos: los que creen que no debería existir unidad alguna entre los españoles y los que creen que no hay que estar contra ETA. Aunque ninguno de esos grupos es exiguo en lugares como el País Vasco, lo cierto es que en el resto de España su repercusión fue nimia hasta hace poco. Concretamente, hasta la irrupción de Podemos como fuerza política conspicua.

Precisemos: no es que Podemos no desee que exista unidad entre un número lo más alto posible de españoles; en el manual de cualquier populista, obtener la unidad de su “pueblo” es un paso imprescindible. Ahora bien, esa unidad el populista desea que reúna dos requisitos: en primer lugar, que sea una unidad arracimada tras la bandera que él enarbola; en segundo lugar, que sea una unidad contra los enemigos que él desea, no contra cualesquier otros. Dado que la unidad de los españoles contra ETA no implica que por ello vayamos a votar a Podemos, y dado que ETA no pertenece a “la casta”, “la trama” o demás chivos expiatorios del imaginario podemita, se explica perfectamente esa tibieza, y perdonen el eufemismo, con que Podemos ha abordado siempre la cuestión etarra. Tibieza que contrasta, naturalmente, con la calurosa acogida que brinda a quienes zumban a las novias de guardias civiles acompañadas de tales guardias civiles.

Y así nos encontramos con un Podemos incómodo ante esa repugnancia hacia ETA que aún hoy nos acomuna a la inmensa mayoría de españoles. Incomodidad que trata de paliar mediante dos métodos muy simples, pero a la vez eficaces. Se llevan usando desde hace años por todos los que no quieren que el repudio del terrorismo sea uno de nuestros vínculos nacionales. El primer método consiste en diluir el término “terrorismo” en una sopa donde, prácticamente, cualquier cosa enojosa pueda ser etiquetada como tal: hablar, pues, de “terrorismo machista”, o “terrorismo ambiental”, o “terrorismo urbanístico”, o “terrorismo económico”. Cuando todo es terrorismo, entonces un terrorismo concreto, como el de ETA, no es tan grave. De hecho, de eso va el segundo método. Este estriba en resistirse a llamar terrorismo a lo que sí está claro que lo es.

Ahora bien, terrorismo no es cualquier cosa que provoque terror: si así fuera, las películas de fantasmas serían paradigmáticamente terroristas. El terrorismo tiene una definición muy precisa, que naturalmente usted nunca aprenderá en ningún documento de Podemos, y que habremos de recordar. Terrorismo es utilizar la muerte de alguien para, publicitándola, obtener beneficios políticos. Lo explicó hace años Rafael Sánchez Ferlosio de modo exquisito: si a un soldado se le muere de un rayo, pocos minutos antes de que él le dispare, el hombre al que iba a matar, para él esa casualidad meteorológica será igual de válida que si él mismo hubiera eliminado a su objetivo; pero para un terrorista ese rayo habrá desbaratado sus propósitos. El terrorista mata para poder decir que él ha matado. Y para extraer algún beneficio político del terror que ello provocará en la sociedad. Todo lo contrario de quienes cometen otro tipo de desmanes ambientales, financieros o urbanísticos: no solo evitan reivindicar su acción, sino que tratan de ocultar su participación en ella.

¿Logrará Podemos que llamemos terrorismo a cualquier cosa y que no califiquemos así a ETA, sino que volvamos a los años 70 y denominemos a sus atentados “intervenciones armadas” y a sus masacres meras “expresiones de un conflicto”? De todos nosotros hoy, en 2017, depende. De nosotros, que no somos tan valientes ni tan brillantes como los intelectuales y políticos que se jugaron el tipo contra ETA desde los años 80. Pero que tenemos una gran ventaja sobre ellos: que contamos con su precedente. Y podemos ejercer, pues, de enanos a hombros de gigantes morales.

Hay un amigo en mí

Jordi Bernal

De aquel concepto de amistad que pregonaban Montaigne y La Boétie poco parece quedar a día de hoy. En España hemos exportado unos cuantos conceptos: liberalismo, guerrilla y el manido amigo. Un vocablo, este último, menos concerniente a la verdadera amistad que a la francachela endogámica y falaz. A un sudoroso abrazo con el cuñao fin de farra en la madrugá.

Lo hemos visto/oído estas últimas jornadas con el sidral del Canal de Isabel II. El penúltimo marrón de los (retro) liberales corruptos en caída libre. El juez del caso Lezo ha archivado la investigación contra Francisco Marhuenda por presuntas presiones a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes. Bien está y era de cajón. A mí, sin embargo, me fascina el concepto de amistad que tienen algunos. Con total impavidez granítica, Marhuenda ha reconocido que en sus conversaciones telefónicas con Edmundo Rodríguez Sobrino mentía a un amigo. Un amigo desesperado para más señas. El pobre hombre.

Tanto era así que se inventó una campaña periodística de desprestigio en la que la falsedad y la difamación serían la piedra angular, válgame el tópico. Y ya puestos se permitía llamar zorra a la jefa de gabinete de Cifuentes. Bueno, a mí el vocativo en cuestión no me parece mal siempre y cuando sea permitido y en el cenit de la intimidad ígnea de alcoba.

La amistad, por lo tanto, queda en entredicho. Más bien se trata de servilismo. De intereses creados. De cuentas pendientes y obligaciones de peones de un partido quebrado por la corrupción.

Decía Chandler que a sus mejores amigos nunca los había visto. Solitario, esquivo e impenitente escribidor de misivas a hombres queridos. Pese a la hipérbole lleva buena parte de razón el maestro. A los amigos hay que verlos lo menos posible. Intentar, en justa medida, no pedirles favores. Nunca dinero. Y escribirles, siempre que las molestas obligaciones nos lo permitan, cartas veraces, cariñosas y con un leve y elegante toque de nostalgia.

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