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El efecto Trump

Gonzalo Gragera

La Ilustración, el Siglo de las Luces, surgió de un planteamiento que solo proporciona frustración: la verdad es una y los errores son múltiples. De este modo, quienes se apropian de sus verdades, de sus verdades absolutas al hegeliano modo, pretenden que el resto pasemos por el aro de sus dogmas, de sus principios, de sus tesis, pues nos situamos siempre, desde la subjetividad de su falsa verdad absoluta, al margen del error. Un aro que bien vale su peso en oro: lo consideran irrefutable. Estas ideas, presentes en todas las ideologías del siglo XIX y XX –liberalismo clásico, socialismo real, comunismo, fascismo, conservadurismo, nacionalismo-, no son del todo nocivas si sus partidarios se encuentran con una sociedad ausente de todo conflicto. Pero este es un mundo que aún no hemos conocido, ni creo que sea beneficioso degustar: el conflicto garantiza el disenso, el disenso garantiza la crítica, la crítica garantiza el pensamiento y el pensamiento garantiza, al menos, la posibilidad de la alternativa; es decir, la democracia, que no es más que un sistema político consustancial a algo que no sabemos renunciar, por esencia: la libertad. Estamos condenados a ella, según Sartre. De ahí que quien venga a imponer su criterio se encuentre con la disidencia, con el problema del contrario. Y es entonces cuando nos echamos las manos a la cabeza, y a falta de una sociedad plural, constitucional y desarrollada, todo termina como terminó en el Siglo de las Luces: con oscuridad.

Como la Historia suele transformar las circunstancias pero no los agentes que en aquella participan, con frecuencia se repite. Cuando en el circo del adanismo, que es una conducta propia de tiempos en que solo ofrecemos respuestas simples, por comodidad de lo que queremos oír, a preguntas complejas, se hace presente, nos crecen los enanos, como Donald Trump. Claro ejemplo de adanismo, de absolutismo y de esperpento.

Quien odio propone, odio recibe. Y así un muchacho se planta en uno de los mítines de Trump para cargar la pistola de un guardaespaldas y, pistolero, acabar con la vida del político. Ninguna de las conductas son admisibles. Entiendo que sí preocupantes. Mucho más en un país que nació de la Ilustración, pero sin el pecado original de los europeos: ellos no tuvieron verdades a las que agarrarse.

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La permanencia de Susan Sontag en el ensayo y error de la palabra

Romhy Cubas

Foto: Henri Cartier-Bresson
Getty Images

 “Escribo para definirme, un acto de auto creación, en un diálogo conmigo misma, con escritores que admiro, vivos y muertos, con lectores ideales. Porque me da placer. No sé con certeza para qué sirve mi trabajo”.

― Susan Sontag 

Intelectuales en América hay de sobra. Hay de los que escriben para el New York Times o The Paris Review, de los que se reúnen con otros intelectuales en restaurantes de la Quinta Avenida o recepciones en Chicago, también hay de los que todavía no se saben intelectuales o no les importa si aparentan una sabiduría mayor a la habitual cuando se detienen a conversar. Susan Sontag, en cambio, no fue ninguna de las anteriores, mas allá de ser estadounidense, la estampa de la escritora, ensayista, profesora, novelista, directora, guionista, y sobre todo crítica, infiere una pluma que –como Goethe- quiso saberlo todo siempre y cuando la palabra dicha despertara una idea contraria.

Lo de Sontag es especial porque sus inquietudes sociales fueron tan diversas que se podía tratar de aproximaciones a la pornografía, a la fotografía, a la estética del silencio y del fascismo, al teatro, a la coreografía de Balanchine, a los usos y abusos del lenguaje y la enfermedad, o al rol de cineastas y escritores como Walter Benjamin, Roland Barthes, Ingmar Bergman, Jean-Luc Godard, Robert Walser, Marina Tsvetaeva y Alice James. Esa multiplicidad nunca impidió su claridad y profundidad de ideas que vertió en 17 libros, traducidos a más de 30 idiomas. 

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Susan Sontag fotografiada en París en noviembre de 1972 | Imagen: Getty Images

Una de esas circunstancias que la convirtieron en algo más que una intelectual, en una híbrida de la cultura moderna con una voz tajante y vibrante, es precisamente el uso de la palabra a través del ensayo. No solo el ensayo como instrumento académico y elitista para la exposición de ideas y parábolas, sino el como fuente de cuestionamiento cultural, moral y estético. El ensayo como una fuerza introspectiva e interpretativa en donde el pensamiento y las emociones, el arte y las palabras, se vierten para generar una especie de autoimagen de quien escribe y de la sociedad en donde escribe. La prueba y el error de la palabra en la pluma de una autora con espejos en todas las esquinas de la habitación.

La renovación del ensayo americano como instrumento ante la cultura de masas y ante la literatura moderna es uno de los aportes más fieles a las necesidades del presente de la neoyorquina.  Su literatura siempre apeló a criterios y creencias mixtas en donde afirmaciones como que “no hay un Dios o vida después de la muerte” o que “el único criterio de una acción es su efecto último en la felicidad o infelicidad de una persona”. Sontag abre así ventanas hacia la profundidad del pensamiento y a los placeres que se pueden obtener al hacer frente a sus rigores.

De esos rigores, sensibilidades y morales, escribe en Notas sobre los Camp cuando anota: “La primera sensibilidad, la de la alta cultura, es básicamente moralista. La segunda sensibilidad, la de los estados extremos de sentimiento, representados en gran parte por el arte contemporáneo de “vanguardia”, se afirma en una tensión entre la pasión moral y la estética”.

Este es solo uno de los cientos de párrafos en donde el personaje y la cultura se plasman en la pluma de Sontag para retar no solo a la palabra y al oficio del escritor, sino para cuestionar las nociones tradicionales al momento de interpretar el arte y el consumismo. Un escrutinio infrecuente e ignorado por muchos que se puede sentir en obras como Contra la Interpretación y Otros Ensayos (1966), Sobre la Fotografía (1977),  El amante del volcán (1992) o Letras desde Venecia (1981), los últimos escritos y dirigidos por Sontag.

Su mayor proyecto, sin embargo, fue su devoción a la demolición, una búsqueda que se puede ver en todos sus ensayos y ficciones, que se basa en la distinción entre pensamiento y sentimiento. “La base de todos los puntos de vista anti-intelectuales: el corazón y la cabeza, el pensamiento y el sentimiento, la fantasía y el juicio”, aseguraba la escritora.

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Susan Sontag fotografiada en su hogar por Lynn Gilbert | Imagen: Wikimedia Commons

En el arte como salvación

Sontag no se definía como periodista o activista, pero en sus ensayos políticos y declaraciones públicas siempre buscaba esa combinación de empatía y compromiso hacia una erudición factible y racional.

“Un escritor, creo, es alguien que presta atención al mundo. Eso significa tratar de comprender, comprender y conectarse con la maldad de la cual los seres humanos son capaces; y no ser corrompido, hecho cínico, superficial, por esta comprensión”, afirmaba sobre el oficio del escritor. Un oficio al cual le dedicó años de introspección y reflexión para entenderlo no solo como una carrera comunicacional, sino como una conexión al pasado y al arte, a la continuación de las cosas y de las ideas. Para Sontag, el oficio del escritor fue una nueva manera de entender la elasticidad del lenguaje y la forma en que las palabras pueden expandir y contraer significados.

“Nos preocupamos por las palabras, somos escritores. Las palabras significan Las palabras apuntan. Ellos son flechas. Flechas atrapadas en la áspera piel de la realidad. Y cuanto más portentosa, más general es la palabra, más se asemejan a salas o túneles. Pueden expandirse o derrumbarse. Pueden llegar a llenarse de un mal olor. A menudo nos recordarán otras habitaciones, donde preferiríamos habitar o donde pensamos que ya vivimos. Pueden ser espacios donde perdemos el arte o la sabiduría de habitar. Y, finalmente, esos volúmenes de intención mental que ya no sabemos cómo habitar serán abandonados, cerrados, cerrados.”

Entre todas las contemplaciones y los papeles como pensadora y crítica social de un mundo prolífico en narrativas y propósitos individuales, Sontag forma parte de un universo aparte en donde  el propósito del escritor y la responsabilidad de la narración comparten un lugar poco común en el imaginario colectivo. Un lugar necesario que tanto en ficciones como en ensayos puede compartirse en el acto del lenguaje.

Pero nada más premonitorio y hermoso como su carta a Borges, escrita casi una década antes de los ebooks y los audio libros. Sontag siempre estuvo un paso adelante en la intersección de la tecnología, la sociedad y las artes, y así se disculpa con un maestro de la literatura ante la muerte prematura del libro cuando escribe:

“Lamento tener que decirte que los libros ahora se consideran una especie en peligro de extinción. Por libros, también me refiero a las condiciones de lectura que hacen posible la literatura y sus efectos sobre el alma. Pronto, nos dicen, llamaremos “libros de pantalla” a cualquier “texto” en demanda, y podremos cambiar su apariencia, hacer preguntas sobre él, “interactuar” con él. Cuando los libros se convierten en “textos” con los que “interactuamos” de acuerdo con criterios de utilidad, la palabra escrita se habrá convertido simplemente en otro aspecto de nuestra realidad televisiva impulsada por la publicidad. Este es el glorioso futuro que se está creando, y se nos ha prometido, como algo más “democrático”. Por supuesto, significa nada menos que la muerte de la interioridad y del libro”.

Susan Sontag representa algo más que el ensayo y error de la palabra, que las premoniciones democráticas del futuro de la literatura. Es el intelecto feroz y emocional de una mente consciente del universo y de sí misma. Una observadora profesional de la vida en todos sus sentidos. Es entender que el intelectual no es tal por su status o conversaciones de librería, sino por aproximarse a la elasticidad del lenguaje sin desdoblarlo del todo. Desmantelar desde múltiples perspectivas como hizo Sontag, quien falleció en el 2004 a los 72 años de edad, una dimensión que va más allá de géneros en sociedades.

“Uno solo podía imaginar cómo Sontag podría haber saludado el amanecer de la igualdad matrimonial, si hubiera vivido para verlo, y cómo la nueva política de la sexualidad podría haberse traducido en su escritura.” La fotógrafa y pareja de Susan Sontag, Annie Leibovitz, al San Francisco Chronicle.

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La ruta Pla

Jaime G. Mora

Tengo por costumbre matar a todos mis ídolos cada 31 de diciembre, y luego voy renovando la fascinación por ellos, si se lo merecen, poco a poco. Para volver a admirar a Josep Pla me marché a Palafrugell recién comenzado el año, a hacer la ruta del escritor, con la idea de conocer la Costa Brava con el autor catalán como anfitrión. En el primer día de la escapada M. y yo caímos en la plaza Nova para comer en el Centro Fraternal, mientras los abuelos echaban la partida. Allí Pla se estrenó en el arte de la tertulia. “Al atardecer voy al café del Centro Fraternal. Encuentro a casi todos mis amigos —escribió—. Larga conversación sobre mujeres. La conversación de siempre”.

La plaza Nova es el tercero de los diez puntos de la ruta Pla. El itinerario comienza en la casa natal del autor: “Nací en el Carrer Nou, que es una calle muy triste y larga, derecha como una vela, que va desde la calle de la Caritat a la vía del tren de PalamósAllí se ubica hoy la fundación Pla, que el escritor impulsó diez años antes de su muerte con la donación de parte de su biblioteca particular. Otros puntos de la ruta llevan a otra residencia de su familia, que hoy es un restaurante exquisito, varias playas que acostumbraba a visitar, el imponente faro de Sant Sebastià, el cementerio donde lo enterraron, en Llofriu, y el mas Pla.

“Hace ya muchos años —en realidad, desde que me organicé una habitación y una pequeña biblioteca en el mas Pla, en la parroquia de Llofriu— que llevo la misma vida. En este caserón hecho un considerable desbarajuste, frío en invierno, agradable en verano, vivo completamente solo”, dice en ‘El cuaderno gris’.

La masía está indicado como uno de los puntos de la ruta por motivos obvios, pero no se puede visitar, pues en la enorme casa donde el escritor se recluyó las cuatro últimas décadas de su vida viven ahora familiares. Quizá por eso no hay indicaciones, y llegar a ella no es nada fácil. Para hacerlo es necesario tomar un desvío en medio de una carretera y no hacer caso al cartel que avisa que es una propiedad privada, y que no está permitido el paso. Allí dejamos el coche, mientras intentábamos cotejar con las fotos colgadas en internet si lo que se veía al otro lado de la verja era en efecto el mas Pla.

No es, ¿no ves que no es igual?

—Pero tiene que ser esto, no puede ser otra cosa.

Me subí a unos altos, por si veía algo más claro. El sol se estaba despidiendo del díaBusqué la placa con la que se indica cada punto de la ruta. Nada. Miré los nombres del timbre. Y cuando ya nos rendíamos apareció al otro lado de la finca un hombre, rodeado de dos perros. Le hice una señal, abrió la puerta de la entrada y se acercó a nosotros. En efecto, esa mole era el mas Pla. Ahora vive allí un sobrino, y la casa suele estar vacía entre semana.

En esa casa Pla leía y leía, y escribía, al lado de la chimenea y en su cama, vestido con una chaqueta de comando y cubierto por una manta eléctrica: “Me levanto entre la una y las dos, aunque a veces estoy tan dormido que son las dos y media. Debido a mis largos años de periodismo nocturno, siempre he considerado la mañana como la parte más inútil del día. Cuando madrugo, encuentro que el día tiene demasiadas horas, que es demasiado largo, que su dilatación es excesiva. Es un inmenso error, pero la desagradable realidad es esta. Una vez levantado, almuerzo bajo la campana de la chimenea. Hasta el atardecer, paso las horas escribiendo una cosa u otra, un artículo u otro, o bien leyendo lo que tengo en curso, o contestando a alguna carta”.

¿Queréis entrar? —nos ofreció el hombre—. Meted el coche y os dais una vuelta, aunque ya esté oscuro.

Un árbol de Navidad iluminaba la sala de la entrada principal de la casa. El escritor murió en esa masía el día del libro de 1981, y por esa puerta sacaron su cadáver. Cuando rodeamos la esquina de la famosa foto de Pla, esa en la que lo retrataron con una mano en el bolsillo y un abrigo en el otro brazo, vestido con chaleco y corbata y por supuesto con boina, un escalofrío nos recorrió el espinazo. La sensación de haber estado ahí, con ese grado de exclusividad, es una cosa indescriptible, que diría Pla. La masía de Llofriu es el Vaticano de los defensores de la frase inteligible.

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La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes

Beatriz García

Cuando el conservacionista sudafricano Lawrence Anthony salvó de la muerte a un clan de elefantes problemáticos jamás imaginó que acabarían convirtiéndose en su familia.

En África está la partida de nacimiento del mundo. He estado dos veces en la sabana y, pese a lo guiri que pueda resultar un safari, siempre tengo la sensación de regresar a casa. Pienso con las tripas y no con la mente, viviendo en el momento como los animales. Y no hay nada más importante que eso, que la vida salvaje, o el sol sumergiéndose en las aguas del río Zambeze que, según los nativos, encarna el espíritu de un dios serpiente. Conforme te acercas a las cataratas Victoria, en Zambia, oyes el rumor del humo que truena, tal cual las bautizaron los makololo, y te haces una idea de lo que debió sentir Livingstone cuando las vio por primera vez, y por qué su corazón fue enterrado en África. Porque siempre estuvo allí. En un continente donde se vive y se muere, pero, sobre todo, se es. Por eso, el conservacionista Lawrence Anthony escribió en ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ (ed. Capitán Swing): “Así es África, el continente imperfecto, hermoso, magnífico, fascinante, místico, único, capaz de cambiar nuestras vidas… Con su carisma y su seductor encanto, y su sabiduría ancestral tan a menudo salpicada de inconmensurables espasmos de sangre”.

La ‘salvaje’ historia de Lawrence Anthony, El hombre que susurraba a los elefantes 1

La vida de este sudafricano, que abandonó su trabajo en una inmobiliaria para fundar una reserva natural en Zuzulandia, en las antiguas tierras de caza del legendario rey Shaka, fundador de la nación zulú, cambió radicalmente el día en que un grupo de elefantes salvajes llegó a Thula Thula. Cinco hooligans gigantes con una única obsesión: escapar de la reserva natural derribando con sus embestidas la valla electrificada.
Los zulúes, que no habían visto un elefante en su vida (ni siquiera en la época post-apartheid) y consideraban las reservas una excusa de los blancos para robarles la tierra, veían en esos paquidermos furiosos una amenaza; los furtivos, una mina de oro, y para Anthony eran el majestuoso símbolo de África. Por eso se comprometió a protegerlos, llegando a forjar una estrecha relación con su brillante matriarca, Nana, que pasó de desear matarlo a acariciarle con la trompa húmeda como a un miembro más de la manada.

“Comprendí que la esencia de la comunicación animal, se trate de nuestro perro o de un elefante salvaje, no es tanto lo que nos comunican, sino el reconocimiento de la comunicación” – Lawrence Anthony

Los elefantes son afectuosos entre ellos, tienen una dignidad y sentido de la familia difícil de encontrar en otras especies, sin ir más lejos, el hombre. Cuando los solteros abandonan la manada para perseguir a las jóvenes hembras, reciben las enseñanzas de un elefante adulto al que acompañan a las zonas pantanosas al envejecer para que se alimente de plantas más blandas y le protegen de hienas, cocodrilos y otros depredadores. Las madres cuidan a sus crías con la propia vida, hasta extremos realmente emocionantes. Cuenta Lawrence Anthony en ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ que en una ocasión una hembra de la manada dio a luz a un pequeño elefante enfermo que ni siquiera podía caminar, Thula. La hembra se quedó junto a su hija rodeada de su familia y cuando los demás desaparecieron entre las arboledas,  el conservacionista y su equipo lograron distraerla para llevarse a Thula y darle los cuidados necesarios. Luego los elefantes volvieron a por ella, iban a casa de ese susurrador en quien la matriarca tanto confiaban para ver a la cría. Finalmente, Thula falleció. Lawrence Anthony la devolvió a las tierras de Thula Thula y lloró con el clan.

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Lawrence junto a su mujer François y la pequeña elefanta Thula. Foto de Earth Organisation.

Que le aceptasen como uno más no fue nada sencillo. Antes de ganarse el respeto de Nana, la jefa del clan, y que Mnumzane, ese pequeño marginado que luego se convertiría en macho alfa, prefiriese su compañía a la de la manada, tuvo que dejar que la sabana entrase en él.
“Poco antes del anochecer me desplacé hasta la borma, aparqué a cierta distancia y me acerqué sigilosamente. Nana estaba a cubierto con toda su familia detrás, observando cada uno de mis movimientos y transpirando resentimiento por todos los poros. No me cupo la menor duda de que intentaría volver a escapar. Y entonces, sin más, se me ocurrió una solución. Decidí allí mismo que viviría con la manada”, relata. Y así estuvo conviviendo con ellos, día y noche, estrechando la distancia ‘de lucha o defensa’, rogándoles que no se fugasen. Hablando con ellos.

El lenguaje de los elefantes

Los elefantes pueden comunicarse con los vecinos que están a muchos kilómetros. Los infrasonidos que emiten desde sus estómagos están en la misma frecuencia de onda que el de esos otros prehistóricos espectros marinos, las ballenas. Sus vibraciones, dice Lawrence Anthony, palpitan por todo el planeta “creando canales que cubren toda su hábitat, como nosotros cuando hacemos una llamada a larga distancia”. Y con la ayuda de sus enormes orejas y sus patas reciben de vuelta los impulsos de una forma tan mágica que incluso parece que nos presientan.
“Una semana fui a Durban y a la vuelta me sorprendió encontrarme con los siete elefantes delante de casa, esperándome como un comité de bienvenida. Me dije que era pura coincidencia. Pero volvió a pasar cuando volví del siguiente viaje, y del siguiente. Pronto se hizo evidente que de algún modo sabían exactamente cuándo me ausentaba y cuándo volvía”, cuenta el conservacionista. Y añade: “Comprendí que la esencia de la comunicación animal, se trate de nuestro perro o de un elefante salvaje, no es tanto lo que nos comunican, sino el reconocimiento de la comunicación”.

En muchas ocasiones evitó la furiosa embestida de los elefantes a gritos: “¡Para, para! ¡Soy yo, soy yo!”, cuando se acercaban al hotelito ecológico de la reserva para beberse el agua de la piscina, dando un susto de muerte a los huéspedes. O les acariciaba la trompa para calmarlos ante la atónita mirada de los guardas. E incluso llegaría a intuir su presencia y a sentirse vacío cuando estaban lejos. Otras veces, sería Nana y su familia quienes salvarían la situación, guiando a su primo humano y el resto del equipo a un lugar seguro durante un incendio, o regañando a uno de los suyos por volcar un Land Rover lleno de turistas y pretender aplastarlos. “Los únicos muros entre elefantes y hombres los erigimos nosotros”, concluye Anthony.

En 2012, pocas semanas después de su muerte, una treintena de elefantes aparecieron en su casa de Thula Thula para despedirse.

No obstante, a veces estos muros son necesarios, al menos para que los animales sigan con vida. Thula Thula tuvo que enfrentar numerosos ataques de cazadores furtivos armados con rifles, y algunos de ellos eran verdaderos profesionales venidos de otras regiones: cuernos de rinocerontes serrados, nialas desgarrados y buitres decapitados cuyas cabezas eran empleadas como amuleto para ganar la lotería en las aldeas. Negociar con los adivinos y con los jefes zulúes para que ayudasen a preservar la fauna fue como domar a un elefante salvaje, necesitó paciencia y fue inevitable poner la vida en riesgo. En un continente en el que política y magia están tan imbricados que casi son la misma cosa, en una tierra en donde todavía arden brujos y se dice que cabalgan en las noches sobre babuinos, donde la gente evita ciertos caminos porque un espíritu malvado vive en una roca, Lawrence Anthony acabó convirtiéndose en una leyenda: El empecinado y excéntrico preservador de la sabana que trajo de vuelta a los elefantes a la región y logró que los clanes se hermanasen para proteger el futuro de sus tierras. Aunque su apodo, ‘El hombre que susurraba a los elefantes’ le vino años después, cuando su amor a la naturaleza le llevó a Afganistán, donde se dedicó a salvar animales del zoológico de Bagdad, arrasado por la guerra.

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El equipo de Thula Thula bajo un precioso cielo de la sabana. Foto de Suki Dhandra.

A su vuelta a la reserva, Lawrence Anthony jamás volvió a entrometerse en la manada; decidió que las nuevas generaciones del clan crecerían solas, libres y salvajes y solo sus abuelas, Nana y Frankie, lo recordarían. Porque tenían memoria de elefante, y dignidad de elefante, y agradecimiento, y unas semanas después de que el conservacionista falleciera, una treintena de paquidermos apareció en la casa de Thula Thula, con sus trompas caídas, para despedirse de él.

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El muro

Jordi Bernal

Cada vez que la justicia condena a los nacionalistas por corruptos es casi inevitable recordar aquellas palabras que, desde el balcón de la Generalitat y a propósito de la querella que interpuso Carlos Jiménez Villarejo, a la sazón fiscal general del Estado, contra ex dirigentes de Banca Catalana, Jordi Pujol arrojó hace más de treinta años a una masa enfebrecida de patrioterismo: “El Gobierno central ha hecho una jugada indigna. A partir de ahora, cuando alguien hable de ética, de moral o de juego limpio, hablaremos nosotros, no ellos”.

Cada vez que las excrecencias convergentes salen a flote se debería resquebrajar un poco más el infame muro que el pujolismo alzó para dividir el nosotros del ellos. El pueblo pacífico y laborioso del yermo bronco y parasitario. La nación sonriente y solidaria del Estado cruel y opresor.

Sin embargo, el desvarío ha llegado a tales extremos que, en lugar de entender la corrupción como un mal no exclusivo pero sí intrínseco de cualquier nacionalismo, se excusa tratando al mangante de anécdota, de quintacolumnista (el pobre santo inocente Rufián señalando a Millet como miembro de FAES, por ejemplo) o de hipérbole pergeñada por los enemigos de la patria con fines espurios.

Para el catalanismo siempre ha habido y habrá una justificación que impida la posibilidad de que el muro se desmorone al fin y la realidad se muestre de nuevo tal y como siempre ha sido. De hecho, la supervivencia del nacionalismo necesita de ese muro que sirve tanto de lamentaciones en la fase depresiva como de euforias supremacistas en fase maniaca.

Así acabó el constructor Pujol su arenga triunfal: “Podéis estar orgullosos de vuestra condición de catalanes y, ahora, con la confianza en nosotros mismos, hemos de volver al trabajo, después de la gran victoria que hemos conseguido con esta rotunda manifestación de catalanidad, de democracia y de convivencia (…) Hoy hemos hecho una cosa bien hecha, de la que hablará la historia. No lo dudéis, el de hoy es un acto histórico”.

Unas palabras que bien pudieran escribirse hoy en un hilo de twitter desde Bruselas o en una epístola de Estremera.

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