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La España interminable

Gonzalo Gragera

Es una España entre Mocedades, Perales y Cecilia, entre los negocios de mercería y la burguesa discreción de las alcobas, una falda de tubo con estampados de nostalgia. Hablo de la España interminable de Ana Pastor, la nueva presidenta del Congreso, que no es la de Ferreras, sino la de Mariano.

En Ana Pastor se condensa todo ese discurso que muchos creyeron soterrado, un discurso que muchos subestimaron, que asumieron como derrotado. El discurso de la hegemonía de los grandes partidos, de la oligarquía de los de siempre para los de siempre. Quienes tuvieron la oportunidad de dar un vuelco a esta norma, Ciudadanos y Podemos, se tomaron el proyecto como un juego de jardín de infancia. Y así, claro, los españoles se han cansado de esta seguir esa impostura infantil, de entretenerse en las piececitas que montan el castillo de los playmobils emergentes. Resultado: ni cambio del panorama ni nada parecido. Y es que fuimos modernos por estar de moda, y así no se puede construir nada serio.

Esta España que llega se retrata como detrás del cristal de los escaparates. Con el aburrimiento de un café solitario en la tarde lluviosa. España interminable de Ana Pastor, fronteriza con la de Ángel Acebes, pura novedad. Una España tan abandonada a la desidia y a los convencionalismos que hasta los nacionalismos, rememorando épocas mejores, la han cogido por banda, y la han puesto mirando, de nuevo, para el cabecero de Cuenca. O para la punta de la cala de Cadaqués, que pilla más cerca. La moraleja del tiempo nuevo es que retrocedemos quince años. A ver quién se acuerda ahora de Pujol. O de Fernández Díaz. A ver quién se anima ahora a predicar el sísepuede de unos o las reformas moderadas de otros en esta España que retoma los orígenes, que demuestra lo que siempre ha sido pasada la tempestad de las sublevaciones y el capricho de las regeneraciones: la transgresión en las encuestas y el pudor en las urnas: una meretriz en la calle y una señora en la cama.

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La ruta Pla

Jaime G. Mora

Tengo por costumbre matar a todos mis ídolos cada 31 de diciembre, y luego voy renovando la fascinación por ellos, si se lo merecen, poco a poco. Para volver a admirar a Josep Pla me marché a Palafrugell recién comenzado el año, a hacer la ruta del escritor, con la idea de conocer la Costa Brava con el autor catalán como anfitrión. En el primer día de la escapada M. y yo caímos en la plaza Nova para comer en el Centro Fraternal, mientras los abuelos echaban la partida. Allí Pla se estrenó en el arte de la tertulia. “Al atardecer voy al café del Centro Fraternal. Encuentro a casi todos mis amigos —escribió—. Larga conversación sobre mujeres. La conversación de siempre”.

La plaza Nova es el tercero de los diez puntos de la ruta Pla. El itinerario comienza en la casa natal del autor: “Nací en el Carrer Nou, que es una calle muy triste y larga, derecha como una vela, que va desde la calle de la Caritat a la vía del tren de PalamósAllí se ubica hoy la fundación Pla, que el escritor impulsó diez años antes de su muerte con la donación de parte de su biblioteca particular. Otros puntos de la ruta llevan a otra residencia de su familia, que hoy es un restaurante exquisito, varias playas que acostumbraba a visitar, el imponente faro de Sant Sebastià, el cementerio donde lo enterraron, en Llofriu, y el mas Pla.

“Hace ya muchos años —en realidad, desde que me organicé una habitación y una pequeña biblioteca en el mas Pla, en la parroquia de Llofriu— que llevo la misma vida. En este caserón hecho un considerable desbarajuste, frío en invierno, agradable en verano, vivo completamente solo”, dice en ‘El cuaderno gris’.

La masía está indicado como uno de los puntos de la ruta por motivos obvios, pero no se puede visitar, pues en la enorme casa donde el escritor se recluyó las cuatro últimas décadas de su vida viven ahora familiares. Quizá por eso no hay indicaciones, y llegar a ella no es nada fácil. Para hacerlo es necesario tomar un desvío en medio de una carretera y no hacer caso al cartel que avisa que es una propiedad privada, y que no está permitido el paso. Allí dejamos el coche, mientras intentábamos cotejar con las fotos colgadas en internet si lo que se veía al otro lado de la verja era en efecto el mas Pla.

No es, ¿no ves que no es igual?

—Pero tiene que ser esto, no puede ser otra cosa.

Me subí a unos altos, por si veía algo más claro. El sol se estaba despidiendo del díaBusqué la placa con la que se indica cada punto de la ruta. Nada. Miré los nombres del timbre. Y cuando ya nos rendíamos apareció al otro lado de la finca un hombre, rodeado de dos perros. Le hice una señal, abrió la puerta de la entrada y se acercó a nosotros. En efecto, esa mole era el mas Pla. Ahora vive allí un sobrino, y la casa suele estar vacía entre semana.

En esa casa Pla leía y leía, y escribía, al lado de la chimenea y en su cama, vestido con una chaqueta de comando y cubierto por una manta eléctrica: “Me levanto entre la una y las dos, aunque a veces estoy tan dormido que son las dos y media. Debido a mis largos años de periodismo nocturno, siempre he considerado la mañana como la parte más inútil del día. Cuando madrugo, encuentro que el día tiene demasiadas horas, que es demasiado largo, que su dilatación es excesiva. Es un inmenso error, pero la desagradable realidad es esta. Una vez levantado, almuerzo bajo la campana de la chimenea. Hasta el atardecer, paso las horas escribiendo una cosa u otra, un artículo u otro, o bien leyendo lo que tengo en curso, o contestando a alguna carta”.

¿Queréis entrar? —nos ofreció el hombre—. Meted el coche y os dais una vuelta, aunque ya esté oscuro.

Un árbol de Navidad iluminaba la sala de la entrada principal de la casa. El escritor murió en esa masía el día del libro de 1981, y por esa puerta sacaron su cadáver. Cuando rodeamos la esquina de la famosa foto de Pla, esa en la que lo retrataron con una mano en el bolsillo y un abrigo en el otro brazo, vestido con chaleco y corbata y por supuesto con boina, un escalofrío nos recorrió el espinazo. La sensación de haber estado ahí, con ese grado de exclusividad, es una cosa indescriptible, que diría Pla. La masía de Llofriu es el Vaticano de los defensores de la frase inteligible.

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¿Por qué una nevada provoca el caos en la AP6?

Redacción TO

No fue una tormenta tropical. No fue una ciclogénesis explosiva ni un huracán. Fue una típica nevada invernal avisada con la suficiente antelación. Pero más de 3.000 usuarios de la AP6, una de las principales autopistas de España, quedaron atrapados en ella durante 18 horas entre los días sábado 6 y domingo 7 de enero. Tanto la Dirección General de Tráfico como los ministerios de Fomento e Interior y la propia concesionaria de la autopista, Iberpistas (partcipada al 100% por Abertis), han eludido responsabilidades por el caos generado.

La nieve llevaba cayendo sin parar desde el sábado por la mañana e Iberpistas asegura que inició un plan coordinado con la DGT y el Ministerio de Fomento desde aquel momento que incluía, según la concesionaria, 170 trabajadores y 31 máquinas quitanieves. Pero este operativo, aun si se realizó tal como describe la concesionaria, falló. Por la tarde ya solo había un carril transitable y cerca de las cinco se cortó el tráfico y los conductores y ocupantes de los vehículos que circulaban por la AP6 quedaron atrapados, sin asistencia y sin información sobre cuándo se reanudaría el tráfico.

La Agencia Estatal de Meteorología había avisado ya desde el 4 de enero que habría intensas nevadas en la mitad norte y en el centro de la Península Ibérica y la Guardia Civil había lanzado alertas similares. Es un dato que exculpa del caos a las víctimas, a quienes intentó responsabilizar en parte el director de la DTG, Gregorio Serrano, e Iberpistas, por no haber hecho caso a las advertencias.

Precisamente uno de los factores del colapso fue la falta de información recibida. De hecho, cuando a última hora de la tarde se reabrió momentáneamente la AP6, el director de la DGT tuiteó que la vía estaba abierta en ambos sentidos y que en ella se circulaba “lentamente”. Además, recomendaba “solo circular por urgente necesidad”. Lo cierto es que, para entonces, ya estaba completamente colapsada la autopista. Ese aviso de Serrano, similar a otro de la Guardia Civil, animó a distintos conductores que se encontraban en áreas de servicio a regresar a la carretera.

El hecho de que los conductores no llevaran cadenas fue otro de los factores que contribuyó al colapso, pero, de nuevo, esto no es culpa de ellos. En ningún momento hubo obligación de circular con cadenas (aunque siempre es recomendable llevar un juego en condiciones meteorológicas adversas). Los únicos avisos que se publicaron en las pantallas de la autopista incluían mensajes genéricos como “circular con precaución”. Sí hubo obligación de conducir con cadenas en la autovía A1, en la Comunidad de Madrid, donde también hubo problemas de tráfico, pero no de la magnitud de los de la AP6.

De momento, la Fiscalía de Madrid ya está investigando lo sucedido para intentar averiguar si en algún momento los hechos fueron constitutivos de delito. También la oposición ha pedido responsabilidades al Gobierno por lo sucedido.

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El mundo solo tiene dos palabras para el té (y hay una explicación)

Redacción TO

Foto: Kira auf der Heide
Unsplash

Es curioso: en el mundo solo existen dos palabras para definir lo que nosotros, en castellano, denominamos . Una es esta primera ––, como también la conocen en inglés, afrikáans o malayo, con sus respectivas variantes, y otra es cha, como lo pronuncian los árabes (shay), los rusos (chay) o los japoneses (ocha). Las raíces comunes de las dos palabras, además, tienen un mismo punto de origen, y éste no es otro que China.

El modo en que se extendieron es una de las muestras de que la globalización, aunque así lo creamos, no es un término exclusivo del siglo XXI, sino que forma parte de la historia de la humanidad. En este sentido, el término cha se extendió con más éxito en los lugares que atravesaba la Ruta de la Seda, donde esta infusión se comercializa desde hace más de dos milenios. El término , en cambio, tuvo mayor fortuna en zonas portuarias por la influencia de los marinos holandeses, tal y como cuenta el periodista Nikhil Sonnad en la revista Quartz.

El origen de cha se encuentra en las lenguas siníticas, procedentes de la China Oriental, que fue abriéndose paso hacia el interior de Asia hasta Persia, primero, y después en todas direcciones: incluso en el África subsahariana hay lenguas –como el swahili– que la incorporan en su variante chai.

El mundo solo tiene dos palabras para el té (y hay una explicación) 1
Un grupo de trabajadores recoge hojas de té en un cultivo de Changsha, China. | Foto: Sheng Li/Reuters

Con todo, en algunas regiones del gigante asiático donde se habla la variante china minnan, especialmente en la provincia de Fujian –con una población superior a 35 millones de habitantes–, emplean la palabra te. Desde aquí y desde Taiwán se extendió gracias a los holandeses en otras zonas de Asia y particularmente en Europa, donde desarrollaron un gran comercio en el siglo XVII.

Esto explica que en alemán se diga tee, en francés thé, en inglés tea y en español e italiano . Pero no es el caso de Portugal: allí emplean la palabra chá. Se debe a que la ruta de comercio marítimo de los portugueses era distinta; en islas como Macao empleaban el término cha.

Es cierto, también, que hay lugares en el mundo donde se puede reconocer al té con otras palabras. Tal y como explica Sonnad, la explicación reside en que son tierras fértiles donde el cultivo es ancestral. Es el caso de Birmania, donde reconocen a las hojas de té como lakphak. Lo cual no quita brillo a la fotografía de un mundo donde los europeos no somos el epicentro de la globalización, sino un enclave más.

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Nacional feminismo

Laura Fàbregas

En Madrid no me creen, pero también Pilar Rahola es lúcida… ¡en todo lo que no atañe a su nación! La mayoría de nacionalistas catalanes sacan todo su romanticismo en las urnas, y dejan el seny para los negocios y la vida. Entre tanto, van viviendo libres aunque por dentro se sientan muy oprimidos.

Con las feministas pasa lo mismo. Hay muchas chicas de mi generación que ven una suerte de complot machista contra ellas. Algunas de buena fe, y otras por ese oportunismo de ¿qué hay de lo mío? Ese victimismo da réditos. A veces lo da en forma de cuotas, para estar representadas en sitios que por sus méritos quizás no lo estarían.

La reacción de muchas de mi coetáneas en las redes sociales me ha entristecido. No puedo evitar pensar que es parte del mismo tribalismo nacionalista. La gente necesitamos sentirnos parte de un colectivo, y como a veces con ser colchonero o culé no hay suficiente, se buscan cosas más significativas.

No hay nada de malo en formar parte de un grupo. Tampoco en darse cuenta de que así se defienden mejor los propios intereses. Pero cuando deriva en un “nosotros” y un “ellos” infranqueable se desvirtúa. Estos días las redes van llenas de comentarios que acusan el manifiesto francés de romper la unidad. Prefieren un colectivo unido a personas libres que discrepan. Dicen que ahora no es el momento, hasta que se alcance el “objetivo final”. Sea la república o la igualdad. Pero yo digo, hermanas, ¡viva la libertad!

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