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Nevada de fármacos

Gonzalo Gragera

En el Estado de Nevada se han quedado sin fármacos para aniquilar la vida de los presos, según su “Centro de Ejecuciones”, así, nombre de pila, se escribe como suena, c de casa, e de ella… Si el hecho es terrible al pie del titular, no digamos ya si lo interpretamos, subjetivos, como una llamada de urgencia por parte de las administraciones penitenciarias, como si alguien estuviese pidiendo un porte de aspirinas o de calmantes para los enfermos, como si tal circunstancia supusiese una burocracia, una relación laboral, un becario de traer pastillas para morir. La muerte con el limpio orgullo del mérito en el currículum, un trámite como otro cualquiera. Y es que intuyo la conversación, ¿quedan de los de matar a la gente?, no, se han acabado, vaya, pues habrá que avisar a los reponedores, ¡llama al empanado del nuevo y que las traiga, a ver si espabila! Yo me imagino las cárceles de Nevada con sus módulos, sus ascensores, sus cuidadores, sus vigilantes de seguridad, sus abogados, sus detenidos, sus reincidentes. Me la imagino con sus funcionarios, ¿usted adónde va? Al descanso, ¿le hace un café?, no, gracias, me pilla de camino al Centro de Ejecuciones. Es tremendo: la muerte como escenario, como habitación, como departamento de la empresa. Y con sus estrenos y sus mimos: 858000 dólares ha costado la últimacámara de ejecuciones. Se inaugura el 1 de noviembre. El 1 de noviembre. ¿Nadie en la sala que lleve esto al cine?

No se va a olisquear, con la insolencia de un perro juguetón, los talones de un juicio moralista, fácil y algo frívolo, ese que cuestiona cómo se pueden hacer negocios con la necesidad. Con la necesidad de la pena de muerte, en este caso, que es una necesidad muy alejada del principio de necesidad capitalista de la oferta y de la demanda. Pero no, ya digo: hoy no es este el camino. Sin embargo, sí llama la atención que en un país del primer mundo la pena de muerte sea un elemento más, como otro cualquiera, del sistema penal. Y que tenga hasta su “Centro de Ejecuciones” como quien tiene un cuarto de baño o un primo en Cuenca. En Cuenca, sí.

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Miedo vintage en Hawai

Pablo Mediavilla Costa

Foto: Lee Jin-man
AP Foto

Aunque vivamos en el futuro, lo viejo es obstinado. El botón como imagen del cataclismo nuclear ha regresado con fuerza. Trump ha advertido a Kim Jong-un que el suyo es más grande y que se ande con ojo. En realidad es un código que el presidente debe llevar siempre a cuestas -Mónica G. Prieto contaba ayer en El Mundo que Clinton lo extravió durante unos meses-, pero lo del botón, una antigualla en este mundo táctil, es más gráfico y se ajusta a lo azaroso del asunto. ¿Quién no ha encendido sin querer alguna vez la luz del pasillo?

El pasado sábado, los habitantes de Hawai vivieron media hora de agonía por culpa de un funcionario que apretó por error otro botón -de nuevo, inaudita y solvente explicación- que envió la siguiente alerta a móviles, televisiones y radios del archipiélago: “Amenaza de misil balístico en dirección a Hawai. Busque refugio de inmediato. Esto no es un simulacro”. Mientras algunas familias metían a sus hijos en el sistema de alcantarillado, un turista se alegraba en Twitter de lo despejado que había quedado el buffet libre de su hotel.

Se vive tan bien que no se acaba de tomar en serio esta nueva Guerra Fría, aunque haya instalado su decorado y su léxico; sus maniobras de la OTAN, el espionaje de gabardina y bigote, el agitprop y el miedo. Rusia tiene sometida a media Europa con su psicodrama de hombrecillos agazapados en los bosques nevados y Estados Unidos parece tentado a volver a Asia, donde tanta piel ha cobrado y se ha dejado. China observa, como acostumbra; Irán y Arabia Saudí se enzarzan en Siria y Yemen, Europa enredada en sus fantasmas… El sueño erótico del pesimista profesional.

Si es cierto el dicho popular sobre lo que cada presidente norteamericano trae bajo el brazo; nadie quiere ni pensar en el turno de Trump. Corea del Sur ha dejado claro que cualquier acción contra sus hermanos descarriados del norte debe pasar por sus manos, pues son las que pagarían todas las facturas: la de la Bomba, la de la reconstrucción y los millones de refugiados que debería acoger y la de lo que tanto le gusta apuntar a nuestro hombre en Pyongyang, Alejandro Cao de Benós, cuando pasea a los periodistas por la Zona Desmilitarizada: los campos del norte están sembrados de piezas de artillería que destruirían Seúl en minutos, a solo 56 kilómetros de la frontera. La evaporación del norte está asegurada en cualquiera de los escenarios agresivos.

Los números dicen que el mundo está mejor que nunca, pero hay una nostalgia del desastre; una pulsión aguafiestas por creer que estamos a un loco y un botón del abismo. Prefiero pensar que, al menos, seguiremos en la paz del buffet libre hawaiano y no volveremos al blanco y negro de Sterling Hayden atrincherado en su base y mascullando que los comunistas han fluorizado el agua.

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El dilema de Rivera

David Blázquez

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Decía san Pablo en una de sus cartas que quien está en pie debe cuidar de no caer. Otro Pablo, santón para los suyos, parece que no supo –o no pudo, paradojas del lenguaje– mantenerse en pie. Al espaldarazo interno del Bis de Vistalegre le siguieron trompicones varios hasta que Cataluña le dio la puntilla. Puntilla política, se entiende, que la taurina habría obligado a los Mossos a llevar a alguno a la cárcel.

El domingo pasado El País publicaba una entrevista con Albert Rivera, la primera desde que Metroscopia situara a Ciudadanos como primera fuerza política en España, casi cuatro puntos por delante del Partido Popular. Descontemos o no el margen de posible patinazo metroscópico, los resultados de la encuesta marcan sin duda, como dice bien Rivera, “una tendencia”. Ciudadanos se sitúa por primera vez como alternativa de gobierno al PP, lo que podría ser una tentación demasiado grande para un buen número de votantes de centro-derecha que llevan años depositando su papeleta con una sola mano, ocupada como tienen la otra en taparse la nariz.

En Ciudadanos saben que la euforia desmedida podría pasarles factura, como ya sucedió en diciembre de 2015, cuando el partido se desinfló en una recta final de campaña de pesadilla, justo antes de Navidad. Escribe Camus, precisamente en La Caída, que “no hay que esperar al Juicio Final, porque éste se celebra cada día”. Albert sabe que el orgullo puede enfadar a los dioses y por eso predica la modestia y habla de prudencia. En el partido saben, además, que demasiada exposición podría dañarlo, por lo que algunos hablan ya de “congelar al líder” para evitar reveses imprevistos antes de las próximas generales. Pero Albert, que ya presumió de físico, es consciente de que la naturaleza, como el poder, aborrece el vacío y que, dicen los chismosos, una ausencia demasiado grande podría dejar demasiado espacio a la popularidad a otros dentro del partido.

Hasta el momento, Ciudadanos ha sabido tocar el segundo violín y no ha aventado luchas intestinas significativas. Los excelentes resultados en Cataluña y la proyección a nivel nacional invitan a Rivera a asumir mayor protagonismo. Sin embargo, el riesgo de la sobreexposición existe y una nota mal dada podría pasar factura a un partido con un doloroso historial de volatilidad y al que se acusa en ocasiones de depender demasiado del liderazgo de Rivera. La opción de recular tiene su sentido estratégico, pero podría suponer un incentivo demasiado grande para algunas figuras, deseosas quizás de arrimarse a las ascuas del poder interno del partido. Pero quizás esas sospechas no sean más que eso, chismes.

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Lo que el 'procés' se llevó

Manuel Arias Maldonado

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Ha dicho Artur Mas, en su despedida de la política activa, que el independentismo carece de mayoría suficiente para imponer nada. ¡Albricias! He aquí una verdad palmaria, incuestionable: hora era de que el nacionalismo la hiciera suya. No es que hubiera permanecido oculta a la opinión pública hasta ahora, pero que Arrimadas o Iceta la formularan es una cosa y otra bien distinta es que lo haga Mas: no se escucha igual a Agamenón que a su porquero. Así que la frase de Mas pone a disposición del nacionalismo un argumento que pertenecía al otro bando. Que a estas alturas sirva para algo es cuestión distinta.

En realidad, no podía llegar antes. Sin la ensoñación plebiscitaria que ha animado a la base social del independentismo, el procés no habría existido. Por eso, quienes desde el poder han propagado la especie de que la causa separatista era justa -afirmando implícitamente que romper una sociedad por la mitad y privar de sus derechos a una mayoría de la población es un objetivo legítimo en un marco democrático- han incurrido en una grave falta moral. Eso no significa que del procés no se deduzcan responsabilidades políticas o penales; significa que hay un problema moral de fondo sobre el que preferimos no hablar demasiado por estar convencidos de que si se respetan los procedimientos una democracia puede decidir cualquier cosa.

En una escena de Lo que el viento se llevó, un grupo de caballeros sureños discute la creciente presión que ejerce un Lincoln dispuesto a abolir la esclavitud. Se muestran convencidos de que no hay otra salida que ir a la guerra: habrán de defender a tiros una próspera forma de vida que depende de la explotación económica de la población negra. Solo el capitán Rhett Butler se muestra escéptico y les advierte de que, a pesar de tanta fanfarronería, el Norte goza de superioridad militar. No sirve de nada: el discrepante es visto como un traidor a la causa y unas semanas después el estallido del conflicto es saludado con entusiasmo. Para Butler, que pese a todo combatirá valerosamente en las filas sureñas, una guerra inmoral solo podía significar el comienzo de la larga decadencia del Sur. Y no se equivocaba.

Artur Mas no es Rhett Butler, sino lo contrario: fue él quien condujo el catalanismo burgués hacia el precipicio secesionista. Solo cabe esperar que su tardía rectificación llegue a tiempo para evitar un declive regional cuyos primeros signos se hacen ya evidentes.

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“Mamuška, mamuška…”

Gregorio Luri

Foto: Interviú

Estaba leyendo una biografía de Angelica Balabanova cuando me han dado las tantas y he salido apresuradamente a comprar el pan con la imaginación inundada por lo leído. En la esquina de la panadería me he encontrado con Eduardo Álvarez Puga, que fue el director de Interviú en los años gloriosos de la revista, los de la transición.

A Angélica Balabanova (1878-1965) la llamaron “la santa del socialismo”. ¡Cuántos revolucionarios hubieran acabado en los altares si hubieran nacido unos años antes y les hubiera dado por la caridad y el misticismo en vez de por la igualdad y la utopía! Angélica pertenecía a una familia burguesa, que es el tipo de familia que nutrió de cuadros al comunismo. Sintiéndose culpable de la miseria que no padecía, abandonó su domicilio familiar y se fue a pasar estrecheces y a hacer la revolución. “Serás maldita toda la vida y cuando mueras, me pedirás perdón”, le gritó su madre desde la puerta de casa. Intentó enseñar a Mussolini –de quien fue amante- a ser buen socialista y a Lenin –de quien fue amiga- a ser buen comunista. En ambos casos se consideró fracasada. Fue la primera secretaria de la III Internacional y la primera persona en decirle a la cara a Lenin que ni el fin justifica cualquier medio, ni todo enemigo de nuestro enemigo es nuestro amigo. En 1921 rompió con el comunismo y abandonó Rusia porque no quería ser cómplice de lo que estaba viendo. Murió casi olvidada, gritando en yiddish: “Mamuška, mamuška…”

Y en estas he topado en la esquina de la panadería con Álvarez Puga, que estaba arrancando pellizcos al cuscurro de la barra de pan que llevaba bajo el brazo. Le pesan las piernas, pero mantiene firme el brillo intenso de sus ojos azules. “Finalmente, se ha acabado la Transición”, le digo. Sabe que me refiero al final de Interviú. Me explica que Asensio le preguntó: “¿Estás dispuesto a dirigir una revista que no te guste?” Le digo que la transición es también la imagen de Marisol desnuda en la portada de Interviú o las colas en los cines para ver a Sylvia Kristel en Emmanuelle.

Yo entonces vivía en un piso que no tendría más de 20 metros cuadrados, en la plaza de San Agustín de Barcelona, con un militante del PSUC que estaba liado con la mujer del secretario de su célula. No estaba orgulloso de engañar a un camarada, pero como no se atrevía a arrostrar la situación, tuvo que ser la dialéctica hegeliana la que finalmente pusiera las cosas en su sitio. Un día al llegar al piso me encontré a los dos hombres llorando. La mujer los había abandonado tras ver Emmanuelle. Les escribió una nota confesándoles que estaba arrepentida de vivir de una manera tan pequeñoburguesa y que no quería tener ataduras ni con maridos, ni con amantes. Quería ser como Emmanuelle. Aún no sabíamos que eso que estábamos viviendo era todo lo que alcanzaríamos a vivir de la revolución.

Me he despedido de Álvarez Puga y lo he visto alejarse por el lado soleado de la calle, mientras seguía pellizcando el cuscurro.

He vuelto a casa con el pan y con Balabanova: “Mamuška, mamuška…”

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