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Pongamos que hablo de machismo

Gonzalo Gragera

Cuando leímos la noticia, en un periódico de provincias, de pura casualidad, dudamos entre cinco o diez minutos la conveniencia de compartirla en las redes sociales. El efecto de darle voz podría ser peor que el hecho, pues en su difusión, más que dejar en evidencia al contenido de la publicación, la acción sería la contraria: te dejaría en ridículo a ti. O favorecería la teoría expuesta por la persona. La legitimaría. Ya sea dándole publicidad o relevancia. Relevancia por el simple hecho de ceder una parcela de tu cosecha virtual. Pero al fin nos decidimos, y la enlazamos. Clic. El titular –y el contenido, donde nos asegurábamos de que no se trataba de una broma de El Mundo Today- lo dejaba clarito: una musicóloga afirma que en las letras de las canciones de Joaquín Sabina hay evidencias de machismo. También en la de otros grupos, como The Police. No obstante, por cuestiones de espacio, nos ceñimos al cantautor.

Al margen de que profesemos, desde la adolescencia, simpatía por el letrista de canciones como Y sin embargo o ese Boulevard de los sueños rotos, ay, ay, ay… o Contigo –la musicóloga toma como ejemplo de expresión misógina esta última, sí-, y aun suponiendo que hubiese, en una lectura literal y acaso retorcida de las letras, rasgos machistas, hay un aspecto que no podemos obviar: son ficciones. Recreaciones. A esta mujer le ocurre lo que le sucedió al Quijote hace cuatro siglos –que por algo es un clásico, sirve para todos los tiempos-: ve gigantes donde otros ven molinos. La lectura insaciable, en este caso no de libros de caballerías, sino de heteropatriarcados, la ha llevado a un estado mental en el que no es capaz de discernir contextos. Cuándo es una historia escrita, ficticia, ideada con la finalidad de contar un suceso, o cuándo se está denigrando la dignidad de una persona. Como en el supuesto de los titiriteros. O el de, ripio va, tuiteros.

No nos deberíamos tomar demasiado en serio el asunto –no seremos el mejor ejemplo, eso está claro-, aunque acaso sobrevuele un apunte en el que percibimos una leve gravedad. Este apunte no es otro que el de devaluar un ideal de progreso. Algo tan noble, y tan necesario, y tan fundamental, como la igualdad formal entre las personas, con independencia de su raza, religión o, como hoy, sexo, se reduce a una anécdota, al mira lo que ha dicho, a la ocurrencia esperpéntica. Pero, bah, como dijo Sabina en su Noche de bodas: “Que el diccionario detenga las balas”.

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Qué ideología defiende hoy Rusia (y por qué conviene conocer a San Pablo para saberlo)

Miguel Ángel Quintana Paz

Foto: Natallia Ablazhei
Reuters/File

Pocas dudas existen de que la política rusa sigue recabando interés en lares occidentales, y por buenos motivos. Los vínculos de Rusia con las últimas elecciones en EE. UU., su amenaza hacia los más recientes comicios europeos, su papel durante los turbios sucesos catalanes del pasado otoño: todo ello está siendo investigado, a menudo de modo bien competente, por nuestros periodistas, académicos, jueces y agencias de inteligencia.

Ahora bien, quizá también nos pueda aportar algo el análisis filosófico de las ideas que están detrás de esas actividades rusas. Ello no significa olvidar, ni mucho menos, que Vladímir Putin es ante todo un político pragmático; y que, por lo tanto, ninguna ideología resulta capaz de explicar todas y cada una de sus acciones. Pero incluso ante el más pragmático de los gobernantes cabe parafrasear aquello que John Maynard Keynes aseveraba de los “hombres prácticos”: que hasta aquel que se cree más exento de toda influencia intelectual, en realidad es solo el esclavo de algún intelectual difunto. En el caso de Rusia no son solo difuntos, además, sino pensadores bien vivitos y coleando los que están proporcionando al proyecto político de Putin cierto empaque en el mundo de las ideas. ¿Cuáles son aquellos y qué tesis son estas?

La verdad es que sus nombres (Alexander Projanov, Serguei Kurguinian, Leonid Ivashov, Natalia Narochnitskaya…) resultan poco conocidos entre nosotros, con excepción del principal de ellos, Alexander Duguin. Aunque Putin se cuida mucho de elevarles al rol de ideólogos oficiales de su política (pues implicaría compartir con ellos cierto poder, lo cual le resulta más antipático al mandatario ruso que compartir su cepillo de dientes), tampoco ha ocultado las buenas relaciones que les ligan: cuando hace dos años visitó con oropeles de nuevo emperador bizantino el Monte Athos, epicentro espiritual de la iglesia ortodoxa, no solo se hizo acompañar por el patriarca de su propia iglesia rusa, Kirill, sino también por Duguin mismo. Y la mejor prueba de que esas relaciones son buenas de verdad es que tienen una traducción contante y sonante: el Izborsk Club, think tank que reúne a los principales intelectuales de esta corriente, halla generosa financiación en el Kremlin.

Ahora bien, ¿qué ideas caracterizan a este grupo? Una primera paradoja que nos encontraremos al abordarlas es el papel central que ellas juega el marxista Antonio Gramsci, a pesar de que los autores citados se muevan hoy (aunque no siempre en su pasado) lejos del pensamiento comunista. En efecto, para estos intelectuales lo más importante en el mundo actual no es tanto ejercer directamente el poder (rol que dejan gustosos a Putin, y a él no le resulta menos gustosa tal dejación). Por encima de la política está lo que llaman “metapolítica”, que tiene que ver con lo que Gramsci llamaba “hegemonía cultural”: esa lenta tarea de ir influyendo a la opinión pública a través de los medios de comunicación, internet, la educación, las creaciones culturales, los pequeños grupos de estudiosos; en definitiva, todo aquello que vaya haciendo calar entre las masas, silenciosamente, un clima favorable a su propia forma de pensar.

Hablo de “forma de pensar”, pero quizá debería referirme más bien a “forma de sentir”. Pues este es otro punto clave del movimiento que estamos analizando. Para los representantes de este “nuevo conservadurismo ruso” o “conservadurismo postsoviético” (tales son los nombres que se les han atribuido) o “cuarta teoría política” (este es el nombre que a veces se atribuyen ellos mismos, frente a liberalismo, comunismo y fascismo) no importa tanto convencer con razones cuanto persuadir con emociones. De hecho, uno de los muchos errores que atribuyen al liberalismo occidental (su bestia negra) es la mentira, que este propaga, de que la política tiene que ver con argumentos racionales, con “datos” o con “verdades” que uno capte con su mera razón. Las democracias liberales engañan a sus ciudadanos y al resto de pueblos de la Tierra desde tiempos de la Ilustración, según estos rusos, porque en realidad la política tiene que ver con sentir juntos cosas importantes (la patria, la religión, la comunidad propia), y no tanto con hallar soluciones meramente cerebrales a los problemas del día a día.

En coherencia con tales planteamientos, los neoconservadores rusos no critican a Occidente mostrando sus errores o sus contradicciones, sino sobre todo su fealdad: nuestras democracias están vacías por dentro; son moralmente deformes; vagan ayunas de sacrificio, heroísmo y todas las virtudes que hacen la vida digna de ser vivida; en ellas triunfan solo los mercaderes, los mangantes, los rebaños satisfechos y los mediocres. Al igual que una mala película, lo malo de Europa y Estados Unidos no es que no tengan razón, sino que son aburridas y deprimentes. Y, por tanto, los textos de Duguin y sus compañeros no son tanto monótonos tratados academicistas en que se refuten una a una las libertades occidentales, sino más bien vibrantes manifiestos, de tono panfletario, repletos de símbolos y metáforas, en los que se aspira a ofrecer una alternativa más alta y noble a la plebeyez de nuestras decadentes sociedades.

Es en ese juego de símbolos y alegorías donde entra en juego San Pablo. Y lo hace de la mano de un autor del pasado, Carl Schmitt, que junto con el antes citado, Gramsci, suele figurar en el arsenal de todos los críticos radicales de nuestras democracias (algunos bien próximos a nosotros los españolitos). En efecto, Schmitt recuperó para la teoría política una palabra que en los textos de San Pablo aparece solo una vez (es, pues, lo que se llama un hápax legómenon) y que ha traído siempre de cabeza a los intérpretes de la Biblia. La palabra en cuestión es “katechon”.

Pablo la utiliza en el segundo capítulo de la segunda carta a los tesalonicenses, cuando explica a sus discípulos que no esperen de inmediato la Segunda Venida de Jesús, porque antes debe triunfar “el hijo de la perdición”, “el hombre de iniquidad” (no sabemos exactamente a quién se refería; quizá al Anticristo del que hablaba San Juan). Y hay sin embargo, siempre según San Pablo, algo que está reteniendo la victoria de este malvado: se trata de un “retenedor” o, en griego, katechon (aún sabemos menos a qué o quién aludía). Si nos fijamos en lo dicho, además (y ello complica aún más las cosas), resulta que ese katechon tiene un papel terriblemente ambivalente: por una parte, impide el triunfo momentáneo del Mal; pero, por otro, como este triunfo es requisito previo para la posterior llegada definitiva de Cristo, de hecho, está impidiendo también la victoria definitiva del Bien y el Paraíso final.

Como es previsible, esta ambigüedad del término katechon ha dado lugar a ríos de tinta durante dos milenios que lo han interpretado de una u otra forma; y Carl Schmitt fue uno más de los que contribuyó, con su particular afluente, a ello. Schmitt utilizó además esta metáfora de manera no menos ambivalente que el propio San Pablo. A veces resaltó su rol positivo (aquello que impide el triunfo del desorden, por ejemplo, los reyes medievales que, a la caída del Imperio, preservaron Europa del caos). Otras veces, en cambio, empleó el término de modo más bien peyorativo (se lo atribuyó verbigracia a EE. UU. y al Reino Unido que, para él, como simpatizante con el nazismo, no es que representaran lo mejorcito del mundo posterior a la II Guerra Mundial).

Toda esa ambivalencia se deja sin embargo de lado en Alexander Duguin, aunque recoja el término de las manos de Schmitt: el katechon para este ruso y los suyos es siempre alguien o algo positivo (no en vano han dado ese nombre a su principal web de difusión internacional). Se encarna en aquello (por ejemplo, Rusia) que preserva al mundo cristiano actual del caos, amenazado como se halla tanto por la superficialidad espiritual de Occidente como por el fanatismo violento del islam. La Rusia-katechon retiene en nuestro mundo la nobleza del mensaje evangélico, las culturas nacionales de los países cristianos, que si no fuera por ella (y por Putin, claro) quedarían sepultadas por culpa tanto de los debiluchos occidentales (que, como no creen en nada, dejan que sus países se inunden de musulmanes y ateos), como por un islamismo que no duda en recurrir a la violencia para ampliar su poder.

Ahora bien, resulta palpable que, pese a todo, la postura de esta ideología rusa frente a Occidente no puede escapar a cierta ambigüedad: por una parte, los occidentales somos para ella unos réprobos decadentes; por otra parte, sin embargo, pertenecemos a la antigua Cristiandad y, por consiguiente, somos potenciales aliados suyos en su tarea del katechon, de “detener el mal”. Con lo que resulta que, después de todo, la ambivalencia que había en San Pablo no la han perdido estos rusos por completo. Y eso quizá ayude a explicar un tanto la, por otra parte, paradójica política exterior rusa: que lo mismo apoya la unidad de España que juguetea con la secesión de Cataluña; lo mismo apoya a la ultraderecha de nuestro país que a la ultraizquierda ídem; lo mismo parece querer salvarnos de nuestros demonios que ansiar enfrentarnos de una vez por todas con ellos. Sin que además quede muy claro que lo que venga luego vaya a ser el Paraíso Final.

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Transparencia y control en las ONG´s

Melchor Miralles

Foto: Andres Martinez Casares
Reuters

Tras Oxfam le toca ahora a Médicos Sin Fronteras, que reconoce ahora que prefirió actuar ella misma antes que le sacaran el escándalo a la luz y que expulsó a una veintena de trabajadores en 2017 por varios casos de abuso sexual, seis de ellos en MSF España. Estos dos asuntos han puesto en el escaparate un asunto del que se viene hablando hace tiempo y que conocemos todos los que hemos viajado a países necesitados de ayuda. Del mismo modo que he visto con mis ojos y grabado con mis cámaras el formidable trabajo de tantos cooperantes que desinteresadamente entregan su vida para salvar la de otros o para aliviar en parte su sufrimiento en docenas de países de los cinco continentes, también he conocido casos como los que ahora se denuncian. Leo que estos días en España se están dando de baja miles de socios de estas ONG, y me alarma todo, porque su trabajo es necesario, incluso imprescindible, para muchos seres humanos que viven desatendidos en sus países devastados.

Estos comportamientos son inaceptables en cualquiera, pero más aún en quienes forman parte de organizaciones que tienen como estandarte principios éticos de solidaridad y ayuda humanitaria. A partir de ahora, las ONG van a tener que hacer un esfuerzo extra de transparencia para recuperar una credibilidad ante los ciudadanos que sería injusto que perdieran por dos casos entre centenares. Proliferan las ONG. Las hay de todos los tamaños, ideologías y dedicaciones.

La mayoría de ellas no son puramente ONG´s, porque reciben cuantiosas ayudas gubernamentales sin las que no podrían sobrevivir, lo cual ya lastra su identidad de inicio. La mayoría de ellas, también, realizan un trabajo ímprobo que agradecen miles de seres humanos de todo el planeta que padecen situaciones irreversibles e insoportables que les llevan a morir la vida y que sin esa ayuda estarían abandonados a su suerte maldita. No sería justo que tres decenas de indeseables reventaran el trabajo de miles de seres humanos maravillosos que se entregan a los demás a cambio de nada. Pero, la verdad, esperaba que, como ha hecho MSF, fueran las propias organizaciones las que hubieran dispuesto de mecanismos de control primero para evitar que sucedieran estos hechos asquerosos y, en caso de no poder evitar que sucedieran, poder ser ellas mismos quienes lo detectaran, denunciaran y sancionaran. Y, estando las cosas como están, han de estar en disposición de garantizar que no van a volver a suceder hechos de esta gravedad. Para ello han de extremar el cuidado en la selección de su personal, y, una vez consumado este, los controles del trabajo sobre el terreno, donde disponen de manga ancha para manejar el presupuesto y para actuar sin que exista una supervisión de su conducta. Intuyo, además, que ha existido miedo en algunos compañeros a denunciar los hechos. Como espero de algunas organizaciones, como por ejemplo Naciones Unidas, una investigación a fondo, porque a ellos también les ha salpicado el asunto, y hay antecedentes, lo cual es más grave por tratarse de la ONU, donde han fallado a veces también las personas y los controles, como sabemos cualquiera de los que hemos visto actuar a las tropas internacionales, sobre todo en África.

Los hechos son graves, y no sería justo que llevara a generar una sospecha generalizada, pero al no ser un caso aislado, es necesario extremar los controles porque la gravedad es insuperable, como el daño que hacen a tantos como entregan su vida a la ayuda y la solidaridad con los más necesitados del planeta, que cada día son más.

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Teoría de la visibilidad

José María Albert de Paco

Foto: Stephan Savoia
AP

Extrañamente, en ninguna lista de palabras-del-año de los cuatro anteriores (fuente principal: Fundeu) se hallaba, siquiera abrochando el inventario, la que vertebra en los últimos tiempos la mayor parte de las reivindicaciones progresistas. Me refiero a ‘visibilidad’. No en vano, y a rebufo del fragor identitario al que la izquierda ha fiado su discurso, no hay proclama que desate tantos aleluyas como la de ser más visible o visible a secas, según se trate de situarse en plano de igualdad con otros colectivos o emerger a la realidad, equiparable, aquí, a ‘normalidad’. Sin perjuicio de que la superposición de visibilidades redunde en la saturación del mundo, gremios, géneros (incluso literarios) y otras camarillas reclaman para sí una mirada ponderativa. O lo que es lo mismo: el derecho a exhibir su condición sin tasa o servidumbre de ningún tipo.

Un googleo a vuelapluma brinda manifiestos por la visibilidad de los traductores, las enfermeras, la diversidad funcional, las mujeres deportistas, los voluntarios, las kelllys o la regla (“éste es el zumo de mis entrañas, del que no huyo, una mancha sin límites, un rezumar que no pueden parar”). Veleidades polipoéticas al margen, algunas de estas exigencias presentan un trasfondo moralmente idéntico. Así, los traductores abogan por que su nombre figure en la cubierta del libro, junto al del autor; los voluntarios, por que se les rinda honores de héroe posmoderno, y las enfermeras, por que su labor asistencial sea considerada poco menos que decisiva (“No somos simples secretarias del médico”, alegan, lo que tal vez movilice a las secretarias en defensa de su visibilidad, quién sabe si esgrimiendo que ellas no son simples pasantes…).

En otras palabras: ser traductor (e incluso serlo orgullosamente) sin que ello suponga renunciar al prestigio del que goza el autor; lucir galones de médico por el procedimiento de saberse enfermero visible; y ser voluntario, sí, mas con oropeles de Gran Orden Civil. En espera del día en que el reparto igualitario, sabiamente equitativo, de la visibilidad, nos convierta por fin en invisibles.

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De caravanas de mujeres a casas a un euro: las iniciativas más curiosas para repoblar las zonas rurales

Cecilia de la Serna

Foto: SUSANA VERA
Reuters

El éxodo del pueblo a la ciudad es un drama que no tiene nada de nuevo. Desde hace décadas, las zonas rurales han ido, con pocas excepciones a escala global, despoblándose paulatinamente. Las áreas urbanas se han llenado en detrimento de las campestres. El estudio La sostenibilidad demográfica de la España vacía, publicado por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), refleja en datos esta realidad: más de 4.000 municipios españoles sufren problemas de despoblación, 1.840 localidades ya están consideradas en riesgo de extinción y la peregrinación hacia las urbes se acrecienta.

Para Joaquín Recaño, autor del estudio, la despoblación responde a “un primer factor asociado al envejecimiento, con una relación intensa con variables de estructura; un segundo factor conectado con el ámbito de la emigración y, finalmente, un factor de nido por la cercanía a espacios más poblados”. En cuanto al factor de la emigración, ha sido la marcha de los más jóvenes el más incisivo de todos.

Ante esta problemática estructural, los pueblos que aún y a duras penas se mantienen en pie han puesto en marcha todo tipo de iniciativas para devolverle a la gente sus calles. Desde las ya clásicas caravanas de mujeres a la oferta de casas por un euro, localidades rurales de España y más allá han transformado la desesperación en repoblación, sirviéndose de una admirable creatividad.

Caravanas de mujeres para repoblar con retoños los pueblos

Uno de los clásicos en estas lides es, sin duda, la caravana de mujeres. Westward the Women, una película de William A. Wellman estrenada en 1951 y que relata la historia de Roy Whitman, propietario de un rancho en California, decide ir a Chicago a “reclutar” las mujeres que faltan en su propiedad para sus hombres, sirvió de inspiración para aplicar el concepto en la vida real.

La idea que inició este movimiento surgió en 1985 después de que un grupo de solteros del municipio de Plan, en la provincia de Huesca, vieran esta película y se vieran reflejados en ella. En esta pequeña localidad vivían 40 hombres solteros y una sola mujer sin pareja. Por eso, poner en contacto a los varones del lugar con mujeres de otros lugares (generalmente provenientes de zonas urbanas) parecía una genial y urgente idea. De esta primera iniciativa surgieron 33 matrimonios, con sus consiguientes retoños. Diez años más tarde se creó en Segovia la Asociación de Caravana de Mujeres (ASOCAMU), que ha promovido la celebración de más de 50 caravanas, gracias a las cuales han surgido más de 100 matrimonios. Las caravanas de mujeres, que siguen celebrándose -sobre todo en pueblos de Castilla-La Mancha, Castilla y León y Extremadura-, no han estado exentas de polémica al tratarse, para algunos, de una iniciativa machista.

Miravete de la Sierra (Teruel), el pueblo en el que nunca pasa nada

Miravete de la Sierra es un pueblo de la provincia de Teruel. Es pequeño pero quienes lo visitan aseguran que tiene mucho encanto. Cuenta con un puente de piedra del siglo XVI con suelo enguijarrado que da entrada a un entresijo de calles y casas empedradas. En el centro del pueblo podemos encontrar una iglesia gótico-renacentista de 1574, la Plaza Mayor y el Ayuntamiento. Su especial encanto no evita que se haya despoblado -situación que ha tocado sin excepción a los municipios rurales de Teruel, que han visto menguar sus habitantes de manera incesante-. En Miravete en 1900 vivían 430 personas, en 2017 la población rozaba la treintena.

El pueblo fue objeto en 2008 de un plan de posicionamiento turístico creado por una agencia de publicidad para hacerlo atractivo al turismo rural. Se buscó un pueblo que tuviera las características de tranquilidad, pocos habitantes, con el fin de venderlo como “el pueblo donde nunca pasa nada”, y la iniciativa fue todo un éxito. Uno de sus vecinos, Timoteo, presentaba así a Miravete: “un lugar único lejos del mundanal ruido. En sus apacibles calles no hay coches, no hay semáforos, bueno, de hecho, no hay nadie. La hora punta es la compra del pan”. Aunque su intención no era repoblar el municipio, sino darlo a conocer con fines turísticos -algo que sin duda se logró-, el último año el pueblo contaba con tres habitantes más. Algo es algo.

Casas por 100 euros al mes en Xesta (Pontevedra)

La parroquia de Xesta, en A Lama (Pontevedra), es una de las muchas que en Galicia viven bajo el yugo de la despoblación. Esta pequeña aldea llegó a tener tan sólo 50 casas habitadas de las 176 con las que cuenta el pueblo. Para combatir esta situación, la asociación de vecinos decidió crear un banco de casas antiguas que pusieron en alquiler al módico precio de 100 euros al mes.

De caravanas de mujeres a casas a un euro: las iniciativas más curiosas para repoblar las zonas rurales
En un marco incomparable, en Xesta es posible vivir por 100 euros al mes. | Imagen vía Wikipedia

La iniciativa, obra principalmente de Enrique Vaqueiro, un joven que heredó una de las casas del pueblo de sus abuelos y que estaba apesadumbrado ante la ausencia de gente de su edad en la aldea, fue todo un éxito y los vecinos recibieron numerosas solicitudes. Los criterios de adjudicación eran básicamente tres: querían habitantes jóvenes, que desearan pasar todo el año en Xesta y tener alguna referencia cercana en el pueblo. Además, se pactaron las condiciones entre inquilinos y propietarios, ya que muchas de esas viviendas necesitaban reformas urgentes.

Casas en mitad del paraíso por un solo euro en Ollolai (Italia)

Un paso más allá de los alquileres baratos son las ventas superbaratas. Hace unos días, la localidad de Ollolai, en la isla de Cerdeña, sorprendía al mundo lanzando una gran oportunidad inmobiliaria: casas por un euro. Y es que Italia no está exenta de la despoblación rural, especialmente en el sur. Son 200 las villas ofertadas, que deberán ser rehabilitadas por unos 20.000-30.000 euros en un plazo de tres años pero que, con todo, esta es una ganga en toda regla.

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Un pequeño paraíso en medio de la isla de Cerdeña está a un euro de distancia. | Foto: Ayuntamiento de Ollolai

Cambiar la vida urbana por una más apacible y seguramente placentera no es un sueño solo de ricos. Las autoridades locales han asegurado que ya han vendido tres casas y han recibido más de 100 solicitudes de países de todo el mundo.

100 castillos gratis para dinamizar el turismo

Italia no es nueva en esto de ofrecer gangas en zonas rurales. Una de las más curiosas es obra del gobierno italiano, que en 2017 cedió más de 100 castillos con el fin de restaurarlos y convertirlos en un atractivo turístico de primer orden. Italia recibe anualmente a millones de visitantes, pero sus centros turísticos se reparten entre unas pocas ciudades, mientras que las zonas rurales están, no solo cada vez menos pobladas, sino también más olvidadas en el recorrido del viajero. Por ello, la iniciativa busca a emprendedores menores de 40 años que estén dispuestos a invertir en sus castillos. La cesión de derechos de las construcciones tiene una duración de nueve años, prorrogables otros nueve. Se contempla la posibilidad de alargar las cesiones hasta 50 años si el proyecto lo justifica. La primera tanda de cesiones ya ha terminado, pero el éxito ha sido tal que el ejecutivo ha anunciado que incluirá en la iniciativa otros 200 edificios más en los próximos dos años. Avisaremos a Julita Salmerón, que igual le interesa.

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