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Pongamos que hablo de machismo

Gonzalo Gragera

Cuando leímos la noticia, en un periódico de provincias, de pura casualidad, dudamos entre cinco o diez minutos la conveniencia de compartirla en las redes sociales. El efecto de darle voz podría ser peor que el hecho, pues en su difusión, más que dejar en evidencia al contenido de la publicación, la acción sería la contraria: te dejaría en ridículo a ti. O favorecería la teoría expuesta por la persona. La legitimaría. Ya sea dándole publicidad o relevancia. Relevancia por el simple hecho de ceder una parcela de tu cosecha virtual. Pero al fin nos decidimos, y la enlazamos. Clic. El titular –y el contenido, donde nos asegurábamos de que no se trataba de una broma de El Mundo Today- lo dejaba clarito: una musicóloga afirma que en las letras de las canciones de Joaquín Sabina hay evidencias de machismo. También en la de otros grupos, como The Police. No obstante, por cuestiones de espacio, nos ceñimos al cantautor.

Al margen de que profesemos, desde la adolescencia, simpatía por el letrista de canciones como Y sin embargo o ese Boulevard de los sueños rotos, ay, ay, ay… o Contigo –la musicóloga toma como ejemplo de expresión misógina esta última, sí-, y aun suponiendo que hubiese, en una lectura literal y acaso retorcida de las letras, rasgos machistas, hay un aspecto que no podemos obviar: son ficciones. Recreaciones. A esta mujer le ocurre lo que le sucedió al Quijote hace cuatro siglos –que por algo es un clásico, sirve para todos los tiempos-: ve gigantes donde otros ven molinos. La lectura insaciable, en este caso no de libros de caballerías, sino de heteropatriarcados, la ha llevado a un estado mental en el que no es capaz de discernir contextos. Cuándo es una historia escrita, ficticia, ideada con la finalidad de contar un suceso, o cuándo se está denigrando la dignidad de una persona. Como en el supuesto de los titiriteros. O el de, ripio va, tuiteros.

No nos deberíamos tomar demasiado en serio el asunto –no seremos el mejor ejemplo, eso está claro-, aunque acaso sobrevuele un apunte en el que percibimos una leve gravedad. Este apunte no es otro que el de devaluar un ideal de progreso. Algo tan noble, y tan necesario, y tan fundamental, como la igualdad formal entre las personas, con independencia de su raza, religión o, como hoy, sexo, se reduce a una anécdota, al mira lo que ha dicho, a la ocurrencia esperpéntica. Pero, bah, como dijo Sabina en su Noche de bodas: “Que el diccionario detenga las balas”.

Mujeres en Cannes. En 70 años, solo dos directoras premiadas

Redacción TO

Foto: Regis Duvignau
Reuters

Este domingo, Sofia Coppola, por La Seducción, ha hecho historia al convertirse en la segunda mujer que se ha alzado con el premio a la mejor dirección en el Festival de Cannes. La primera vez que una mujer ganó este premio fue en 1961: Yuliva Solntseva por The Story of the Flaming Years. Para que se repitiera un nombre femenino en este palmarés han tenido que pasar 56 años, que se dice pronto.

Pero hay más datos que llaman la atención en este aspecto. En 70 ediciones de festival solo ha habido una mujer detrás de la película ganadora de la prestigiosa Palma de Oro. Fue Jane Campion por El piano, en 1993, y no se ha vuelto a repetir. En el premio a mejor guion, más de lo mismo: desde 1949 y hasta hoy, que lo ha ganado Lynn Ramsay por You Were Never Really Here, aunque ha tenido que compartir los honores con Yorgos Lanthimos (The Killing of a Sacred Deer), solo cuatro mujeres han ganado el galardón, contando a Ramsay, claro.

El poco peso femenino en esta gran fiesta del cine no ha pasado desapercibido. Jessica Chastain, Fan Bingbing, Maren Ade y Agnès Jaoui han sido las cuatro mujeres que han formado parte del jurado de Cannes, y las cuatro han dejado muy clara su reivindicación tras la entrega de premios. Aseguran que hay que apostar más por mujeres directoras, por historias de mujeres y por historias contadas por mujeres.

La Palma de Oro de Cannes sigue sin llevar nombre de mujer
Jessica Chastain ha reclamado la igualdad en la profesión. | Foto: Regis Duvignau / Reuters

“Me sorprendió la representación que se hace de los personajes femeninos en la pantalla. Y espero que incluyamos más mujeres que cuenten historias, más mujeres que veo en mi día a día”, ha declarado Jessica Chastain. Por su parte, Fan Bingbing ha afirmado sentirse “muy feliz de haber dado este premio a Sofia Coppola”, y ha añadido que “no lo gana por ser mujer, sino por su película”.

En la misma línea reivindicativa se ha mostrado Maren Ade que asegura que “necesitamos más mujeres porque todos queremos que las películas representen la sociedad actual y no lo estamos viendo. Estamos perdiendo muchas historias”.

La Palma de Oro de Cannes sigue sin llevar nombre de mujer 1
Diane Kruger se ha hecho con el premio a mejor actriz. | Foto: Regis Duvignau / Reuters

A pesar de que ha sido una de las ediciones más femeninas en años, los importantes premios a Sofia Coppola, Lynn Ramsay, Diane Kruger o Nicole Kidman no son suficientes para impulsar el papel minoritario que juegan las mujeres en este festival, y en la industria del cine en general, en lo que se refiere a los puestos de dirección y de creación. Esta 70 edición del Festival de Cannes no ha sido paritaria y de las 19 películas en la Sección Oficial, solo había tres filmes dirigidos por mujeres.

La cultura española, un referente de la televisión británica

Leticia Martínez

Foto: Vincent West
Reuters

España fue allá por los años 60 y 70 escenario de múltiples rodajes internacionales, ahora nuestro país ha conseguido volver a retomar esa popularidad en la televisión. Las grandes producciones de Hollywood como aquellas películas del spaghetti western  que se rodaron en el desierto de Tabernas, Almería han dado paso a series, programas y realities, que demuestran la versatilidad de nuestro país. La televisión británica es un ejemplo de ello. La gastronomía, cultura y también la fiesta, para qué nos vamos a engañar, de ciudades como Palma de Mallorca, Santander, Magaluf o Sevilla se dan citan cada semana en la programación televisiva de Reino Unido y como siempre está bien mirarnos a través de los ojos de los demás, aquí están algunos de las series y realities que tienen nuestro país como telón de fondo.

1. Trip to Spain

La serie, dirigida por Michael Winterbottom, sigue a dos hombres maduros, Steve Coogan y Rob Brydon, a través de su viaje por España. En él, los dos cómicos británicos pasarán por una crisis existencial diseñada para hacer reír e incomodar a partes iguales. Lo singular de esta serie es que Coogan y Byron se recorrerán de norte a sur la Península pasando por los mejores restaurantes del país como el Txoko Getaria en Vizcaya, el Etxebarri, con estrella Michelín, en Guipuzkoa, La Casa del Doncel en Sigüenza o El Refectorium en Málaga. Las conversaciones entre ambos sobre la vida, la muerte o el amor tienen también como escenarios inmejorables las cuevas de Altamira en Santander, los viñedos de La Rioja o los molinos de Castilla La Mancha. La literatura tampoco se deja de lado, pues Winterbottom sigue los pasos de Don Quijote y Sancho Panza por la Mancha, cuya historia bien podría ajustarse a la de los personajes de la serie, y la obra del poeta Laurie Lee, quien luchó en el bando republicano durante la Guerra Civil Española.

2.Benidorm

Esta comedia británica, una de las más longevas y con mayor éxito de Reino Unido, lleva emitiéndose desde 2007. Hasta ahora, la serie cuenta con nueve temporadas, todas ellas rodadas en un hotel de Benidorm. El programa cuenta la historia de la familia Garvey, en la que se entremezclan con otros pintorescos personajes , incluidos el personal del hotel. Es como si todos los vecinos de Aquí no hay quien viva decidieran pasar unas vacaciones en Reino Unido. Durante los 45 minutos que dura cada episodio, los personajes intercalan nuestra cultura con la suya, para dar lugar a un sinfín de estereotipos tanto españoles como británicos.

3. The Night Manager

Basada en una novela de John Le Carré, The Night Manager, es una mini serie de espías rodada en los increíbles paisajes de Mallorca. En general, la serie muestra los lujos de la isla, hoteles de cinco estrellas, restaurantes al lado del mar, yates y calas de azul turquesa. Palma, la capital, también parece ser uno de los lugares predilectos del director, pues muchos planos rodados en la ciudad representan el Cairo, Turquía e incluso Madrid. La serie es muy recomendable para aquellos que se sientan especialmente atraídos por el suspense y las novelas de espías con desenlaces inesperados.


4. Ibiza Weekender

Los realities están más que asentados en la televisión española, y Reino Unido no se queda atrás. Este reality sigue a adolescentes de entre 18 y 24 años en sus primeras vacaciones sin padres. Los chavales se alojan en un hotel de Magaluf, Ibiza, en el que los representantes del hotel les proporcionan las vacaciones más locas. El programa lleva en antena seis años y se puede ver de todo, igual que en Geordie Shore.

5. A place in the Sun: Home or Away?

Pero no todo se reduce a fiestas y gastronomía, también hay programación para aquellos ingleses que quieran invertir en una residencia permanente en España. Por ejemplo, si una pareja desea dejar la lluviosa Inglaterra para pasar los 365 días del año al sol, los presentadores intentan convencerlos primero de que en Inglaterra también pueden de conseguir algo parecido para más tarde volar hasta España, casi siempre a Murcia o Almería, y enseñarles unas tres o cuatro posibles residencias. La pareja primero decide si realmente quiere mudarse a España o quedarse en Inglaterra y luego hacen una oferta sobre la casa de sus sueños.

6. Sun, Sex and Suspicious Parents

Con el mismo formato que Ibiza Weekender, las cámaras siguen a un grupo de adolescentes que creen estar de vacaciones sin sus padres en la costa española. Sin embargo, lo que no saben es que sus padres también han viajado hasta aquí y que están vigilando todos y cada uno de sus pasos. Los chicos después de borracheras y gamberradas varias, acaban por encontrarse a sus padres cuando menos se lo esperan…y con las consecuencias que eso conlleva, claro.

Lo posible y lo imposible

Daniel Capó

Foto: Manu Fernandez
AP Foto

La negociación solo admite el registro de lo posible. Se diría que es la principal garantía del respeto a la libertad frente a todo tipo de abusos: la ruptura de las leyes y las ideologías utópicas, la confusión banal entre democracia y plebiscito o la pulsión de un deseo falto de límites. La idea misma de diálogo, de acuerdo y de consenso forma parte del mejor legado que recibimos de los padres de la democracia y que ahora, como sucede con tantas otras cosas, se ha visto vapuleada por la retórica pedestre de los populismos.

Hace apenas unos días, en su último ensayo, publicado poco antes de morir, Peter Augustine Lawler constató que “todas las instituciones que Tocqueville había registrado como medios para combatir el individualismo de los estadounidenses (gobierno local, familia, religión, etc.) han sido demolidas por una mutación en los valores culturales que afecta a todos los ciudadanos americanos sofisticados”.

La evolución europea es distinta, aunque haya amenazas comunes a la convivencia. En el caso español, el asunto crucial es el referéndum y la aparente imposibilidad de encontrar puntos de encuentro entre el Gobierno catalán y el central.

Parece lógico que Rajoy se niegue a dialogar sobre lo que la ley no autoriza y que además rompería los acuerdos básicos que sustentan la democracia en nuestro país. El empecinamiento de la Generalitat solo se explica desde una lectura maximalista de su posición, que se traduce en un “cuanto peor, mejor”; seguramente porque saben que la independencia exige una previa descomposición del Estado, algo que no parece plausible a corto plazo.

Frente a la hábil flexibilidad mostrada por los nacionalistas vascos a la hora de acordar con el Gobierno el voto favorable a los presupuestos generales, sorprende el dogmatismo que rige en la política catalana. Querer negociar fuera de la ley solo conduce al desastre. A no ser que lo que se pretenda sea otra cosa: pavimentar el suelo para unas próximas autonómicas.

Un europeísmo "aggiornato"

Valenti Puig

El paso de Donald Trump por Europa, la OTAN y el G-7 ha tenido algo del pistolero que llega al last chance saloon, marca territorio sin guardar las formas y acaba solo en la barra. La relación entre los Estados Unidos y Europa nunca ha carecido de tensiones pero en general se apostaba por mantener las formas, incluso a costa de abusar de la hipocresía geoestratégica. Al margen de otras consideraciones, Hillary Clinton hubiese llevado las cosas de otra manera, al igual que el viejo establishment republicano, los realistas de Bush padre o los republicanos centristas. El propio Obama, a pesar de su fase mortecina, mantiene en Europa una apreciación muy por encima de la del actual presidente de los Estados Unidos. Según un sondeo del Pew Center, el nivel de confianza europeo en Obama es del 77 por ciento mientras que su sucesor se queda en un 7 por ciento.

Desde luego, todo el mundo sabe que la mayoría de miembros de la UE no cumplen con la debida contribución a la defensa común y que el paraguas defensivo europeo va en muy buena parte a cargo del contribuyente norteamericano. Aun así, salvo para contentar a sus votantes del Midwest o reafirmar su ego, ¿de qué le sirve a Trump atropellar al presidente de Montenegro? La vieja Europa es un paraje complicado pero para eso existen unos mínimos escenificables del lenguaje diplomático y no consisten en actuar como un elefante en la cacharrería. ¿Qué aporta al frágil orden mundial que a Donald Trump se le note tanto su incomodidad –impostada o real- con el modus vivendi de la integración europea? Incluso para las contiendas comerciales –y las habrá- los escenarios han de ser los apropiados.

Dicho esto, es comprensible que para la Casa Blanca a veces cueste entender las formalidades enrevesadas de la UE. En verdad, en la propia Europa hay quien considera que el europeísmo oficialista debiera transformarse en un europeísmo aggiornato, tanto de puertas afuera –China, por ejemplo- como de puertas adentro –crisis de la inmigración-. El embajador Von Ribbentrop dejaba la embajada alemana en Londres para ocupar el ministerio de exteriores del Tercer Reich. Winston Churchill asiste al almuerzo que el primer ministro Chamberlain ofrece al embajador alemán. Pasan los años y Churchill escribe: “Fue la última vez que vi a Herr von Ribbentrop antes de que fuese ahorcado”. Lo fue en la prisión de Spandau, en 1946. En el entreacto, toda la Segunda Guerra Mundial. En aquella conflagración, como en la Gran Guerra, la intervención norteamericana es a la vez afortunada y decisiva. Ocurrió lo mismo con los primeros pasos de la Comunidad Europea, cuando el totalitarismo comunista se había impuesto en medio continente. Por entonces se perfilaba la Alianza Atlántica que ahora suena a armamento oxidado y a generales ociosos, siendo en realidad la única gran alianza militar victoriosa sin haber disparado un tiro.

Dos años después de la ejecución de Von Ribbentrop, Europa ya estaba buscando un mejor horizonte entre sus propios escombros, contigua a las divisiones de Stalin que dominaban 22 millones de kilómetros cuadrados. Frente a esa magnitud, los entendimientos entre Adenauer, Schuman y De Gasperi tienen la estricta consistencia de la razón y de una cierta esperanza impensable mientras el plan Marshall comienza a ejecutarse. Sesenta años después del Tratado de Roma, las tareas pendientes que tiene la Unión Europea parecen haberla llevada al colapso: atañen a recursos energéticos, credibilidad institucional, flexibilización de los mercados de trabajo, la grave crisis migratoria, defensa y seguridad común, el dilema turco, el Brexit y ahora –last but not least– los modos de Donald Trump. La retórica prometeica del europeismo ha generado europesimismo. Incluso en plena postcrisis y solo en apariencia, Europa se asemeja a veces a un perrito faldero que come con manteles de hilo. Eso es lo que piensa Trump.

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