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Por un beso

Gonzalo Gragera

Foto: Victor Jorgensen
AP Photo

El jueves de la pasada semana fue el Día Internacional del Beso. Aunque mantengamos, firmes en nuestra sospecha sobre el mundo de hoy, que esto de los días internacionales es un santoral laico repleto de cursiladas, acaso demasiado ingenuas, por tanto prescindibles, este día en concreto levanta ternura y debilidades a los que somos esquivos y distantes. No obstante, besos en la historia los ha habido de todo tipo y condición. No hay que irse demasiado lejos. Esta pasada semana tuvimos un ejemplo: el beso de Judas. Beso de traidor. De una traición que, para la historia de la humanidad, cambió el curso de todo lo que estaba por venir. ¿Qué hubiese sido del humanismo y de la dignidad de la persona, del concepto del ser del individuo –en hombres y en dioses- sin ese beso del amigo fariseo y vendido por treinta monedas? Y es que los besos son eso, perdón por el ripio: revoluciones, cambios, transformaciones, ¡terremotos emocionales!, si nos dejamos llevar por ese horror llamado sentimentalidad.

Hay besos que han trastocado los planes de la historia, de la historia oficial y de la historia personal, de la historia colectiva y de la historia de cada individuo, de la historia de los manuales y las academias y de la historia de los olvidados, que es la única que importa. Y sobre ellos se han construido novelas, y propósitos, y familias, y recuerdos. ¿Quién olvida el primero? Ese beso que nos lleva de la mano a la pubertad por el camino de los instintos y de las sensaciones, binomio que nos ayuda a dar el primer paso a la madurez, y a decir hasta luego a la infancia. Y ya nada será lo mismo, empezando por nosotros.

Un beso nos recibe en el mundo y, probablemente, un beso nos despida. La primera y última palabra de lo que todo dice sin decir nada. Aquí en el ahora y allí en el siempre. Aquí en el escritorio y allí en donde cada uno imagina: un metro de Londres, una playa de Dubái, una granja perdida en cualquier poblado de Australia, qué se yo. Día Internacional de Beso solo hay uno, me temo. Sin embargo, procuraremos marcarlo a diario en el almanaque.

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Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

Lorena G. Maldonado

La frigidez no es un pecado, pero sí una lástima. Ayer salí de ver La seducción, de Sofia Coppola, cargando con una anorgasmia militante -en mi barrio se dice revenía’- y corrí al Burger King a meterme entre pecho y espalda una vulgar pero sincera tendercrisp que me devolviese a la tierra, que me conectase de nuevo con la carne, la saliva y la culpa, con la lascivia del queso americano y la grosera humanidad de dos labios abriéndose. La parte de la vida que me interesa suele alojarse al otro lado de la boca que se desprende, que se ensancha como una flor carnívora llena de fascinaciones, admiración, estupor o apetitos. La película fue como el antónimo: más o menos un rictus.

Claro que no todo el mundo va a ser folclórico emocional, pero una cosa es la sobriedad -esa que nos angustió en la exquisita Shame– y otra la abulia: ahí Coppola en su filme protagonizado por un corrillo de hembras psicópatas y un macho castrado -qué iracundo, el cabo, cuando tiró la tortuga-. Casi extrañé la testosterona trumpista de Eastwood, que fue El Seductor en la de Don Siegel (¡1971!). Qué sangre tan acuosa aquí, qué raza tan pocha, qué poco cachondos estamos en este banquete de la revolución sexual.

La seducción: madre mía. A los que quiero les deseo que nunca les tonteen así. Una hora y media asistiendo a un cortejo de amebas. En los lavacabezas de la peluquería he vivido más tensión sexual. Al terminar, sentí por fin una trémula excitación mientras hundía mi patata gajo en la salsa, y recordé que no sé nada de cine -algunos amigos han montado un cinefórum y se esfuerzan, con mucha paciencia, en corregirme esta anemia cultural-, pero oye, me dije a mí misma, en el relato del deseo te defiendes, como todos los veleidosos. En el relato, por lo menos, que los engranajes ya son otra cosa -y sólo marchan si no se comete la torpeza de desmontarlos para entenderlos-.

¿Por qué me entusiasman Roberto Álamo, Bardem, Luis Tosar, Paul Dano o Alan Rickman y me quedo gélida con el mismísimo Brad Pitt? Miren: no lo sé. La vida tiene estas cosas. También el bueno de Colin Farrell me dejó en La seducción mortalmente aburrida, con las papilas gustativas de vacaciones, con una tristeza muy rara, parecida a la que uno siente cuando ve a una pareja besarse mal.

Sí. En el deseo llevamos años auscultándonos; pero en la seducción todos somos un poco bisoños, porque cada cuadrilátero es una historia. Entre los breves apuntes: uno, lo importante no es follar, lo importante es el contexto -o, si quieren, como decía Pessoa, lo fundamental del amor es lo que lo rodea-. En la película el contexto es delicioso, pero Coppola se pone muy esteta e ignora nuestro mejor secreto como civilización: debajo de tantas capas de diplomacia, seguimos debiéndonos a la suciedad.

Dos, el capricho físico no tiene nada que ver con la belleza del otro, sino con algo menos canónico y más oscuro: algo que está, quizá, en el sonido de una risa, en el olor, en el tacto, en el ping-pong dialéctico, en el látigo imperceptible de la pestaña. No sé ustedes, pero yo me he quedado noqueada alguna vez con una carcajada perfectamente ejecutada, libre, limpísima, y se me han contraído las piernas. Colgarse de una risa -de sus ojos guiñados y su barbilla oscilante, redimida- es muy parecido al amor: inexplicable, sombrío. Ya quisiera esa autoridad ese Colin Farrell de rasgos preceptivos que arrastra la perversión de un chupete.

Tres. Hay un aviso, siempre. El deseo tiene ese decoro: el del golpe primero, el de “huye o juega, pero no balbucees”. Y después todo eso tan hermoso que ha muerto a manos de Tinder: el ser conscientes de que cuando se enseñan las cartas, se acaba la partida. Todos empezamos de cero en cada conquista, todos hemos entendido que nadie, por suerte, es infalible, todos nos hemos puesto alhajas -como las cursis de la peli- y hemos comprobado, no sin cierto patetismo, que no sirven para nada, todos hemos experimentado celos verdosos y todos nos hemos vengado de forma más o menos poética -esto ya según la elegancia-. Pero ninguna de estas similitudes entre la sentimentalidad humana y La seducción me conectó en ningún momento con la historia: por poco reveladoras, por superficiales.

Me niego a creer -repito, desde mi corta educación cinematográfica, pero con mi derecho al desencanto a nivel usuario- que la de Coppola trascienda a reflejar ni un milímetro del alma de la mujer: no albergamos en el pecho esa casa de locas. No sacia mis ansias feministas que Colin Farrell sea un animal pánfilo, sin maldades: el sexo y la violencia requieren de un contrario a la altura. No, menoscabar la virilidad de un hombre no te subrayará como mujer. La poderosa Nicole Kidman no asume que el despecho no sólo es antierótico, sino que practicarlo jamás hizo a una ganadora.

Es irónico: tal vez en los setenta, cuando se estrenó El seductor, el espectador aún pudiese encontrar en el cine el morbo que no rascaba en su vida. Hoy, en medio del neoliberalismo rústico y su espesa oferta sexual, nos estamos volviendo unos reprimidos culturales. O peor: hemos dejado de reinventar las posibilidades del cuerpo. En seducción hemos desaprendido, es obvio -miren ahí a la gente en sus aplicaciones, llamando “tomar un café” al “echar un polvo”- y el sexo lo hemos cursado tanto que nos hastía. Quizá algún día, de nuevo, una risa. Quizá algún día, otra vez, la tensión dialéctica y las cartas boca abajo, en partida tirante y lenta. Mientras, contra la oquedad existencial, nos quedan las hamburguesas.

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Orgullo y prejuicio

Ferrán Caballero

Foto: Gresham College
Flickr bajo Licencia Creative Commons

Se cumplen 200 años del nacimiento de Jane Austen. Strauss dijo que quizás un joven podría considerar que Dostoievski es el mejor novelista, pero que en la madurez debería cederle el trono a Austen. Es muy probable que tenga razón. Y es muy probable que pase con ella lo mismo que dice Valentí Puig que pasa con Pla; que es tan buena porque es conservadora.

Austen es conservadora porque entiende algo esencial e inmutable de la naturaleza de los hombres y porque entiende el valor de las convenciones. Es decir, que es conservadora porque ama a los hombres y a su tiempo, con todos sus defectos y virtudes, y sólo por eso se puede permitir el lujo de ser irónica.

Entiende, por ejemplo, que el orgullo y el prejuicio son condiciones naturales del hombre. Y que son tan naturales que no se las ahorran ni los más listos ni los más educados ni los más humildes ni sencillos. Y entiendo, como van entendiendo sus personajes, la tensión que existe entre los sentimientos y la razón y entre, por ejemplo, la naturaleza del deseo amoroso y la convención del matrimonio y la vida familiar.

Al constatar esta tensión, no son pocos los que se entregan a la tragedia romántica, pero Austen, con gran sensatez, prefiere abrazar la ironía conservadora. El romántico prefiere la soledad o la muerte porque no puede soportar las hipocresías de la vida en comunidad, pero Austen comprende que las convenciones son necesarias precisamente porque nuestra naturaleza es erótica y por eso política; que si no hay en la naturaleza ningún lugar al que podamos volver para vivir felices y en paz con nosotros mismos, bien tendremos que aprender a vivir y convivir con nuestros imperfectos semejantes.

Austen entiende que las costumbres y convenciones no son más que la forma que tiene nuestra naturaleza de manifestarse y por eso puede, como decía Allan Bloom, “presentar una imagen razonable de lo que parece una esperanza muy poco razonable; la armónica unión del deseo sexual con el amor, el matrimonio y la amistad”. Porque sólo desde esta convencional vida en sociedad podemos aspirar a satisfacer las mejores posibilidades de nuestra naturaleza.

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Las señales para descubrir si están ligando contigo

Redacción TO

Foto: Tanja Heffner
Unsplash

No nos damos cuenta, pero nuestros ojos nos traicionan. En cuanto comenzamos a fijar nuestra mirada en otra persona, comenzamos a dar información valiosa. Ya sea en la intensidad de la mirada o en qué partes del cuerpo lo hacemos, la otra persona puede descubrir cuáles son nuestras intenciones, si la observamos como amigo o como pareja, si la vemos como un amor romántico o como un amor fugaz.

Al menos así lo defiende una investigación publicada en Archives of Sexual Behavior. En esta, un grupo de investigadores de las universidades de Wellesley y Kansas analizaron los movimientos oculares de 105 personas heterosexuales mientras observaban fotografías de personas que debían interpretar como potenciales romances o potenciales amigos.

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Foto: Clem Onojeghuo/Unsplash

“La mirada es un indicador válido para estudiar el interés entre parejas”, sostiene el estudio. “Para las mujeres, mirar a la cabeza suponía un interés mayor en la amistad. En cambio, los hombres miraban la cabeza cuando estaban interesados en algo más”.

El estudio destaca que las mujeres solteras invertían más tiempo observando a sus potenciales romances que las mujeres con pareja al mirar las fotos de sus novios. Los expertos concluyeron que fijarse en la parte central del cuerpo –piernas, cintura, caderas y pecho- correspondía con un interés ambivalente de romance y amistad. Las mujeres que mantenían más tiempo mirando la cabeza estaban más interesadas en la amistad. Finalmente, los científicos resumen que las piernas y los pies fueron las partes más ignoradas por los participantes.

Las señales para descubrir si están ligando contigo
Foto: Toa Heftiba/Unsplash

En la investigación se defiende que el atractivo físico, lo que comprendemos como belleza, responde a las aspiraciones de cada persona, a lo que buscamos en el otro. “Las investigaciones sobre el atractivo tienden a dar por hecho que existen una serie de patrones que convierten a una persona en deseable”, dice Angela Bahns, coautora del estudio y profesora de Psicología en la Universidad de Wellesley, argumentando que eso no ocurre en esta investigación, donde se enfatiza que no existe un patrón homogéneo de atractivo sexual.

Bahns concluye con un punto particularmente interesante. Las personas se dejan llevar enormemente por las convenciones sociales y por lo que interpretan que esas personas pueden aportar a sus vidas. Una vez más, se pone de relieve la importancia de la apariencia y el aspecto físico del otro a la hora de decantarnos por alguien.

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La pareja de Tinder que se conoció un 'match' y tres años después en un plató de televisión

Redacción TO

Foto: Tsering Topgyal
AP

A Josh Avsec y Michelle Arendas les ha salido muy barato su match en Tinder. Estos dos jóvenes estadounidenses comenzaron a hablar por la red social a finales de 2014 y han tardado tres años en conocerse, y lo han hecho en un plató de televisión en horario de máxima audiencia. Porque su historia no es la de una pareja de Tinder cualquiera.

Todo empezó con este tuit:

En la publicación, de principios de julio, el joven contaba: “Jajajaja el día que conozca a esta chica va a ser épico. Mirad las fechas de nuestros mensajes en Tinder”. Avsec adjuntaba dos imágenes con el mensaje. Tres años de relación reducidos a dos capturas de sus conversaciones, a ver quién puede decir lo mismo.

El 20 de septiembre de 2014, Josh saludó a Michelle. Esta tardó más de dos meses en responder con un “lo siento, mi teléfono murió”. Después de un par de mensajes seguidos de broma, la pareja empieza a espaciar sus contactos hasta casi un año. Entre medio se suceden las excusas típicas, que aquí, por fin, suenan ridículas: “Lo siento estaba en la ducha”, “Ey, acabo de ver tu mensaje, perdona estaba en clase”, “He tenido una semana complicada”, “Mis exámenes finales realmente me tienen muy atrapado” o “¡Ey, Josh! Quería contestarte rápidamente pero me he liado con el Día del Presidente. ¡Ya sabes cómo es!”.

El diálogo compuesto por solamente diez mensajes tiene más de 30.000 compartidos, 100.000 me gustas y 500 respuestas. Una de ellas fue la de la propia Michelle —de la que Josh ni siquiera sabía su apellido—: “Lo siento por tardar en contestar, pero necesitaba esperar un par de meses”. En ese momento, cientos de personas intervenían ya en la relación de la pareja pidiéndoles que, ¡por favor!, se conocieran de una vez.

En ese punto fue donde apareció, de nuevo, la celestina 2.0: Tinder. Los responsables de la aplicación les ofrecieron un viaje: “Es hora de que os conozcáis en la vida real. ¡Tenéis 24 horas para decidir en qué ciudad queréis que sea vuestra primera cita y os enviaramos allí!”.

La pareja, que habrá sido lenta, pero que ha demostrado que no tiene ni un pelo rubio de tonta, eligió Hawái. Y allí iban a encontrarse por primera vez, si no fuera porque la televisión americana vio el potencial publicitario que había traído la historia de los dos jóvenes, ambos estudiantes en Kent State University. Good Morning America les organizó su primer encuentro en horario de máxima audiencia. El vídeo en Facebook cuenta ya con más de tres millones de visitas. “Soy muy cabezona y no iba a ser yo la que arruinara una buena broma como esta“, contó Michelle.


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