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Por un beso

Gonzalo Gragera

Foto: Victor Jorgensen
AP Photo

El jueves de la pasada semana fue el Día Internacional del Beso. Aunque mantengamos, firmes en nuestra sospecha sobre el mundo de hoy, que esto de los días internacionales es un santoral laico repleto de cursiladas, acaso demasiado ingenuas, por tanto prescindibles, este día en concreto levanta ternura y debilidades a los que somos esquivos y distantes. No obstante, besos en la historia los ha habido de todo tipo y condición. No hay que irse demasiado lejos. Esta pasada semana tuvimos un ejemplo: el beso de Judas. Beso de traidor. De una traición que, para la historia de la humanidad, cambió el curso de todo lo que estaba por venir. ¿Qué hubiese sido del humanismo y de la dignidad de la persona, del concepto del ser del individuo –en hombres y en dioses- sin ese beso del amigo fariseo y vendido por treinta monedas? Y es que los besos son eso, perdón por el ripio: revoluciones, cambios, transformaciones, ¡terremotos emocionales!, si nos dejamos llevar por ese horror llamado sentimentalidad.

Hay besos que han trastocado los planes de la historia, de la historia oficial y de la historia personal, de la historia colectiva y de la historia de cada individuo, de la historia de los manuales y las academias y de la historia de los olvidados, que es la única que importa. Y sobre ellos se han construido novelas, y propósitos, y familias, y recuerdos. ¿Quién olvida el primero? Ese beso que nos lleva de la mano a la pubertad por el camino de los instintos y de las sensaciones, binomio que nos ayuda a dar el primer paso a la madurez, y a decir hasta luego a la infancia. Y ya nada será lo mismo, empezando por nosotros.

Un beso nos recibe en el mundo y, probablemente, un beso nos despida. La primera y última palabra de lo que todo dice sin decir nada. Aquí en el ahora y allí en el siempre. Aquí en el escritorio y allí en donde cada uno imagina: un metro de Londres, una playa de Dubái, una granja perdida en cualquier poblado de Australia, qué se yo. Día Internacional de Beso solo hay uno, me temo. Sin embargo, procuraremos marcarlo a diario en el almanaque.

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La educación de un instinto

Juan Claudio de Ramón

Foto: Markus Schreiber
AP Photo

Yo era, lector, de los que pedían permiso. Con el paso de los años, y aminorado ya el sentimiento de ridículo que aún me suscitan no pocos episodios de mi torpe adolescencia –mas por amor se puede hacer el ridículo– crece en mi ánimo la sospecha de haber perdido, por timidez, más de un beso, o lo que es peor y más grotesco, de haberlo perdido por la vanidad, propia del pedante, de pensar que al amor se llega a través de las palabras. Con admirado pasmo observaba la muy otra manera de actuar de mis amigos más duchos, peritos en el arte de deshacer las situaciones de incertidumbre sexual con un gesto y no como yo pretendía, ay, con un verso; gesto, para mí mágico, que bauticé con el nombre de «maniobra x»: la acción audaz y relampagueante que rompe, con permiso solo intuido, y por tanto nunca seguro, el hiato entre dos cuerpos que se atraen.

Me pregunto hoy si la «maniobra x» no estará en vías de extinción. La campaña de concienciación contra el acoso sexual a raíz el caso Weinstein ha dado fuerza a una idea que lleva tiempo sugiriéndose como el modo más eficaz de evitar situaciones violentas y potencialmente traumáticas durante los encuentros románticos: transitar de una cultura donde el consentimiento sexual suele ser tácito o presentido, a una en que sea expreso y certificado. Se trata de la política del «ask first» o «pregunta primero», presente desde hace tiempo en muchos campus de Estados Unidos, y ahora facilitada por la tecnología del smartphone. Estos días, se discute en Suecia una reforma legal que, con objeto de facilitar la prueba de violación, hará necesario el previo consentimiento explícito antes de iniciar una relación sexual. La propuesta tiene sus críticos: compraríamos seguridad al oneroso precio de protocolizar al máximo las relaciones eróticas, privándolas de toda espontaneidad e instalando un contraproducente clima de suspicacia entre los sexos.

La cuestión del consentimiento, expreso o tácito, es clave tanto en el movimiento #metoo como en la réplica –o matizada y parcial crítica– contenida en el manifiesto con el que cien mujeres francesas han salido al paso de lo que creen contraproducentes excesos vindicativos. Cuesta entender, en todo caso, la necesidad de tomar partido. Las activistas del #metoo han mejorado el mundo, librándolo o achicando el espacio de los déspotas sexuales, y las intelectuales francesas disidentes han mejorado el debate, librándolo de maniqueísmos y simplificaciones. Las primeras invitan a los hombres a hacer examen de conciencia en su relación con las mujeres. Las segundas invitan a las mujeres a comprender que los riesgos en el ejercicio de la libertad incluyen también el que otra persona libre no sepa hacer un uso virtuoso de la suya. Unas y otras, estoy seguro, estarían de acuerdo en que algunos casos son difíciles de juzgar. Como todos los debates interesantes, este es un debate de límites, donde la frase lapidaria tiene todas las papeletas para ser una tontería. Y donde es probable que toda postura extrema quede arrinconada en la práctica: en el tira y afloja entre el instinto y la educación, aspiremos a tener unos instintos educados.

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Scott Fitzgerald perdido en una generación

Romhy Cubas

“Show me a hero, and I’ll write you a tragedy.” ― F. Scott Fitzgerald

Durante los años 20, más allá del Jazz y los excesos de la noche que se aferran de madrugada a las décadas, con la marca de la Primera Guerra Mundial aparece una generación de escritores estadounidenses que se liberan de sus experiencias bélicas y del  sin sentido de la guerra para crear un estilo de vida. Mejor conocida como la Generación Perdida,  estos escritores americanos hicieron de Europa –especialmente París– y su liberalismo cultural un nuevo hogar en donde ignorar el pesimismo y los embates económicos de la embestida en casa.

De este grupo surge un prototipo literario que se creó un nombre entre las sombras del dinero y la indecisión de escribir por amor al arte. Francis Scott Fitzgerald, autor americano, decadente por naturaleza, a veces alcohólico y depresivo, casi siempre con un talante atrapado entre la fama y el brillo del Jazz, es la estela de esa generación perdida a la que también pertenecieron  Ernest Hemingway, John Steinbeck, Ezra Pound y William Faulkner.

Desde mucho antes de que en el 2013 Leonardo DiCaprio protagonizara la segunda adaptación cinematográfica de una de las novelas más conocidas en el inventario de Fitzgerald, El Gran Gatsby ya era reconocida como uno de los romances elementales de la literatura moderna. Sin embargo, la construcción de esta ficción de superficies fútiles y familias acaudaladas publicada en 1925 por Fitzgerald es solo el costado de un legado que utilizó al Jazz, las fiestas y las apariencias para describir una desesperación colectiva.

Fitzgerald se entendió con el éxito desde temprano, su debut definitivo fue a sus 23 años con la novela A este lado del paraíso, pero ya con anterioridad la pugna entre el amor, al arte y al dinero se mezclaban en una reflexión personal que aceptaba sus propias aspiraciones consumistas. Por ejemplo, en 1920 Fitzgerald publica Los cuatro puños, una historia que el mismo admitió haber escrito “desesperado una noche porque tenía una pila de tres centímetros de cartas de rechazo y era económicamente necesario para mí darle a la revista lo que querían”.  

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Portada de A este lado del paraíso de F. Scott Fitzgerald | Imagen: Alianza Editorial

Durante su carrera como escritor ese mecanismo de escribir para los editores o para su tranquilidad artística se presentó como una de sus mayores tribulaciones personales, a pesar de que para 1929 ganaba $4,000 -$55,000 en el presente- por cada historia vendida al Saturday Evening Post.

Gatsby ni siquiera fue el éxito literario que hoy conocemos en su época. Fitzgerald era mucho más conocido en el codeo intelectual y nocturno por  su turbulenta relación con Zelda Fitzgerald, también escritora, o por sus relatos cortos y obras posteriores como Hermosos y Malditos, Cuentos de la era del Jazz, y Suave es la noche. Sin embargo es Gatsby la que fue posteriormente considerada como unas de las mejores novelas de la historia de Estados Unidos, un símbolo de esa época, lo mejor y lo peor del sueño americano.

Amor en tiempos de Jazz

La depresión y posterior esquizofrenia de Zelda, añadido a los problemas de alcoholismo y los propios intentos de suicidio del autor, crearon una clásica tragedia de ascenso y caída en donde precisamente esas desventuras fueron el elemento catalizador para una bibliografía casi tan extravagante como sus ficciones.

En una carta a su agente, Harold Ober, Fitzgerald narra el episodio del suicidio: “Conseguí una morfina [vial] y tragué lo suficiente como para matar a un caballo. Sucedió que era una sobredosis y casi antes de poder llegar a la cama vomité todo y la enfermera entró -vio el frasco vacío- y hubo un infierno que pagar por un tiempo. Luego me sentí como un tonto”.

Su relación con Zelda fue precisamente famosa por las fiestas, la lujuria, la violencia y los excesos. Cuando Fitzgerald murió vivía en Hollywood con su amante,  la columnista de chismes Sheilah Graham mientras Zelda subsistía en un hospital para enfermos mentales en el Norte de Carolina.  Zelda no atendió a su funeral, aunque sí adquirió para este un espacio en el cementerio de Rockville en Maryland, donde ella también fue enterrada al morir en 1948 durante un incendio del hospital psiquiátrico de Highland.

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Zelda Sayre y F. Scott Fitzgerald en su hogar de Montgomery, Alabama, en 1919 | Foto: Getty Images

Las cartas y archivos de Fitzgerald, quien documentaba minuciosamente su vida y desventuras, reflejan ese estereotipo de escritor de romances e historias tal vez más impersonales de las que hubiera querido contar con el cual sus editores y contemporáneos se afincaban en encerrarlo.

“Sería un milagro o un pirata si pudiera seguir produciendo un producto idéntico durante tres décadas. Sé que eso es lo que se espera de mí, pero en esa dirección el pozo está bastante seco…”

“No es particularmente probable que escriba muchas más historias sobre el amor joven. Fui etiquetado con eso por mis primeros escritos hasta 1925. Desde entonces, he escrito historias sobre el amor joven. Se han hecho con dificultad creciente y creciente insinceridad. Sería un milagro o un pirata si pudiera seguir produciendo un producto idéntico durante tres décadas. Sé que eso es lo que se espera de mí, pero en esa dirección el pozo está bastante seco y creo que soy mucho más prudente al no tratar de forzarlo, sino abrir un nuevo pozo, una nueva veta. . . Sin embargo, un número abrumador de editores continúa asociándome con un interés absorbente en las chicas jóvenes, un interés que a mi edad probablemente me lleve tras las rejas”, le escribe al editor de la revista Collier’s  Kenneth Littauer, en  1939.

La rapidez con que se generó este estereotipo fue la que aplacó parte del potencial de Fitzgerald para adentrarse en otras complejidades de la historia americana. Aunque siempre se consideró a sí mismo un novelista, su ficción corta y cuentos fueron a menudo el mayor campo de pruebas y borradores para sus ideas y personajes.

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Scott y Zelda Fitzgerald con su hija Scottie. | Imagen: REX FEATURES

Cuando a Fitzgerald le preguntaron en una entrevista en 1936 sobre los escritores de aquella generación que vivió al ritmo del Jazz y el sabor de la ginebra, este recuerda la futilidad y autodestrucción de una generación que intento regresar a la normalidad después de una guerra que para muchos nunca tuvo sentido:

Algunos se hicieron especuladores y saltaron por la ventana. Otros se convirtieron en banqueros y se pegaron un tiro. Otros se hicieron periodistas”.

Precisamente ese término de “generación perdida” acuñado por Gertrude Stein se refería a la falta de propósito o impulso resultado de la desilusión y desolación de la Primera Guerra Mundial para quienes en la época tenían entre 20 y 30 años.

Es entonces cuando aparece esa ficción de decadencia, viajes sin rumbo, bebida y fiestas de los círculos de expatriados. Su naturaleza es la frivolidad en las vidas superficiales de jóvenes ricos después de la guerra, historias que juegan con la banalidad de sus personajes y con los roles tradicionales de la época para idealizar un pasado ilusorio, para entenderse en una década de desalientos y excesos.

Fueron esos excesos lo que acabaron con la vida de Fitzgerald un 21 de diciembre de 1940, año en el que murió tras sufrir un ataque al corazón luego de una larga historia de alcoholismo. Falleció antes de poder completar su última novela, El último magnate, desacreditado por su generación como tantos grandes escritores, anhelando esas ficciones decadentes y románticas que terminaron por ser un espejo de su vida detrás de los libros.

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“Ya no será”: una aproximación a los amores imposibles

Lorena G. Maldonado

“Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré en la noche / no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros”. Pienso a menudo en este poema de Idea Vilariño. Se lo escribió a Onetti, como casi todos. Para él y por sus gracias los años más prolíficos y fatales de su literatura, tan loca por ese hombre raro -con un ojo mirando a Cuenca y otro a Teruel- que hasta le dolían las costillas y a veces los nudillos de las manos. Yo no lo sé, pero lo supongo. “No volveré a tocarte. / No te veré morir”.

Leí por ahí que él una vez se atrevió a decir en voz alta que estaba frito por Idea, pero que nunca se había creído de verdad que ella lo amase: vaya cosa más triste, ya hay que ser paralítico sentimental, Juan Carlos, joder. “No se lo creía porque yo a menudo decía ‘no’. Pero yo no tenía más remedio que decir no, salvo que estuviera dispuesta a dejar que me pisara la cabeza”, alegó ella. Qué les voy a contar: era uno de esos amores irrespirables, intelectuales, sombríos, estrechísimos como el cuarto de la escoba. Ahí nunca sobreviven dos mucho tiempo.

Onetti, por comodidad, se acabó casando con Dorotea Muhr, una mujer sumisa que se le volvió satélite y le giró toda la vida alrededor, excusándole desdenes y escarceos. Dicen que siempre llevaba con él una campana en la que había grabado “No contesto preguntas tontas”. La usaba para llamar a su esposa. En otra ocasión le dedicó un libro. Ella saltó de alegría, hasta que leyó: “Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”. Por toda esa felicidad que es capaz de darle una mascota a un tirano, por toda esa devoción vertical que jamás se fatiga. Nunca le dijo que la quería. Sólo una vez: “Vos sos un brazo mío”. Pero sin un brazo se puede vivir.

“No llegaré a saber / si era de verdad / lo que dijiste que era / ni qué fui para ti / ni cómo hubiera sido / vivir juntos / querernos / esperarnos / estar. / Ya no estás / en un día futuro / no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas”, escribía Idea. “¿Querrías haber compartido con él la vida de todos los días?”, le preguntaron a Vilariño en una entrevista. “Yo no digo ahí que querría eso, sino que eso no podría ser”, contestó ella, muy señora. En fin, qué íbamos a esperar de un caballero que un día se metió en la cama y decidió vivir ahí doce años, los doce últimos, hasta la muerte, que como golpe de efecto está bien pero luego eso hay que comérselo. Hay muchos otros que llevan esa misma cama a cuestas, lo prometo: los veo por la calle, los trato y muchas veces los distingo. Viven y hacen lo que se espera de ellos -que en el caso de Onetti era leer, beber y escribir postrado al colchón-, pero están en el mundo sólo en carne, porque han abandonado ya. No luchan, no habitan, no se la juegan. Turistas de mierda.

En 1974, antes de retirarse al somier, Onetti fue jurado de un premio literario que organizaba la revista Marcha: el elegido fue un relato que la dictadura consideró pornográfico, y un día todos los miembros del jurado fueron detenidos. Pasó tres meses en la cárcel. Luego, por presiones internacionales -por ser un escritor famoso ya fuera de Uruguay-, lo trasladaron a un psiquiátrico, como haciéndole un favor. Él quería ahorcarse igual, pero hasta para eso fue pusilánime. Allí fue Idea a verle, y más tarde escribió sobre el encuentro. Sería el último.

-Tengo sesenta y tres-, dijo él. -Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo.

(…)

Esta historia me tiene fascinada, para qué va una a andar haciéndose la punki. Onetti, Dorotea, Idea. Pienso que al final todos somos uno de los tres, tampoco importa mucho cuál, porque los tres pierden. No hay zanja buena. Miren a Onetti: se salvó del torrente poético de Idea, que era una flor rara que iba a roerle la salud mental, pero se convirtió en un lisiado existencial, muerto en vida al lado de Dorotea. Quizás hubiese sido un desgraciado también con ella, porque la nube negra reside dentro y lo ensucia todo, pero no se molestó en averiguarlo: se llevó lo bello que pudo y después se alimentó de las rentas.

La esposa fue la única mujer que le vivió al escritor lo cotidiano, conoció sus miserias y recogió sus fiestas. Pudo besarle siempre sin pedir permiso: fue la más feliz, seguro, y la más indigna. Juan era una victoria pírrica; había que renunciar a lo demás para levantar el trofeo. Por el camino se le quedó todo: la juventud, el amor propio, la belleza. Hasta la orquesta en la que tocaba a Bach al violín. No era la más débil, Dorotea, al revés. Menudo miura, embistiendo a cualquier precio. ¿Algún loco en la sala? ¿Cuántos hay capaces de esto?

A Idea no le fue mejor, aunque al menos no se convirtió en alfombrilla. A mí su orgullo doliente, su filosofía autárquica y su soledad elegida y entera me hacen pensar en aquel diálogo de ‘Beginners’:

-Digamos que desde que eras pequeño siempre quisiste tener un león, ¿verdad? Y esperas, y esperas, y el león no aparece. Pero entonces aparece una jirafa. Puedes quedarte solo o puedes irte con la jirafa.

-Esperaré al león.

Ella no se fue con nadie más, no se conformó nunca. Ella esperó al león, como yo también hubiese hecho. “No sos mío. / No estás / en mi vida / a mi lado / no comés en mi mesa / ni reís ni cantás / ni vivís para mí. / Somos ajenos / tú y yo misma / y mi casa. / Sos un extraño / un huésped / que no busca no quiere / más que una cama / a veces. / Qué puedo hacer / cedértela / pero yo vivo sola”, escribió en otro de sus poemas devastadores. Jamás pudo convencer al felino rugiente pegado al colchón de que la vida estaba allí, en ella. Murieron, los dos, ya se fueron, y todo se quedó revuelto. El alivio que traen las tumbas es que uno ya no tiene que apartarle a nadie más la mirada. Qué más da, con tanto cobarde nunca llegaremos a tiempo. Ya no será. Ya no.

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Eka Kurniawan: “La violencia política y sexual siempre es un tema político para mí”.

Ariana Basciani

Foto: Paula Pedemonte
Pontas Agency

El autor indonesio Eka Kurniawan llega a una Barcelona convulsa dos días después de celebrarse el referéndum catalán; sin embargo, la situación no parece importarle mucho ya que acepta que lo entreviste a propósito del lanzamiento de su novela La belleza es una herida, traducida en castellano y en catalán, por la editorial Lumen como por Més Llibres, respectivamente.

Kurniawan ha sido comparado con García Márquez, Günter Grass o Salman Rushdie. La belleza es una herida lo dio a conocer a nivel internacional, así como a la literatura e historia del país asiático. La ficción nos acerca a Halimunda, una ciudad equiparable a Macondo pero al otro lado del mundo, con personajes femeninos que son el hilo conductor de una turbulenta historia de guerra y amor, un manifiesto político que define qué heridas se abrieron y cuáles se cerraron a partir del colonialismo neerlandés y la ocupación japonesa en el pasado reciente del archipiélago asiático.

Eka Kurniawan: “La violencia política y sexual siempre es un tema político para mi”.
Eka Kurniawan a su paso por Barcelona | Imagen vía The Objective/Ariana Basciani

¿Cuánto tiempo te tomó escribir este libro?

Me tomó dos años cuando estudiaba en la universidad. Quería hablar sobre la historia de Indonesia y cómo los dictadores fueron más allá, qué sucedió antes y después de eso. Así que comencé a leer y a realizar un estudio de la novela.

¿Por qué el libro comienza con una cita de Don Quijote? ¿Ha marcado Cervantes tu literatura?

De hecho tomé prestadas varias cosas de Don Quijote, de cómo él ve la realidad y cómo explica su propia perspectiva de lo que es real. Creo que tomé prestada esa visión, mi novela es sobre la historia de Indonesia, pero los personajes tienen su propia perspectiva de esa realidad.

Pero la cita de Cervantes que escogiste es sobre el amor. ¿La belleza es una herida es entonces un libro sobre el amor?

Sí, hay una coincidencia con el Quijote en ese sentido. Yo tomé prestado ese estilo de la novela, pero al mismo tiempo esa frase va muy bien porque creo que es lo que el personaje intenta expresar, esa falta, que los hombres necesitan a las mujeres.

Claro, tu libro narra la historia de mujeres fuertes y de los hombres que se enamoran de ellas. ¿Cómo y dónde hallaste la voz para plasmar esta polifonía femenina?

Primero leí los hechos históricos de Indonesia, todos escritos por hombres. Todos los soldados son hombres, todos los héroes son hombres, el que libera a la nación es un hombre, así que todo es sobre hombres. Entonces pensé ¿dónde estaba la voz de la mujeres? Es algo muy trágico que sucede con las mujeres en épocas de guerra, pero al mismo tiempo era algo bueno para muchas de ellas, porque después de una vida turbulenta, todo tiene que ver con la supervivencia. Creo que es por eso que todas las mujeres –indonesias- tienen un carácter muy fuerte. Por ejemplo, en mi novela, todas las mujeres son sobrevivientes hasta el final. Yo crecí con tres hermanas y solía vivir con mi madre, así que estoy acostumbrado a las mujeres, a mis amigas y muchas veces tomo prestado el carácter de alguna que conozco para escribir. Es la forma en la que llego a conocerlas mejor y crear mis personajes.

La prensa suele comparar tu obra con la de García Márquez, ¿es una referencia en tu obra?

Puede que haya consistencias, inconsistencias o influencia con su obra, pero al mismo tiempo tengo mucha influencia del folclor indonesio. Sí tengo una influencia de García Márquez pero también de mis propios orígenes.

¿Podríamos hablar de un realismo mágico indonesio?

Quizás es realismo mágico, pero quiero pensar que es diferente. Por ejemplo, García Márquez toma elementos fantásticos, pero en mi novela las referencias vienen dadas de las historias del horror de la realidad indonesia, de la espiritualidad o de lo supernatural.

Hay dos temas tabús en la novela: la prostitución y la violación. ¿Por qué los elegiste como hilos conductores de los personajes femeninos?

Yo suelo pensar que mi libro es una novela política. Tengo que hablar de la política indonesia y de la historia política; al mismo tiempo también quería estudiar los detalles individuales de las relaciones entre mujeres y hombres, esposas y esposos. Necesitaba hablar de la política y la violencia en la historia de mi país. Al final toda la violencia política y  sexual siempre es un tema político para mí.

¿Un libro político dentro de la ficción?

Sí, es un libro político. Tiene dos capas, una que habla de la ocupación colonial, la revolución y el comunismo; otra, más abajo, de la política entre patriarcado y el feminismo.

¿Es una crítica al etnocentrismo europeo y japonés?

Hay mucho prejuicio, es una deuda colonial. En Indonesia solemos pensar que todos los hombres son muy malos. Quizás hago una crítica al prejuicio porque existe hacia los nativos indonesios. En la novela plasmo esa situación a través de los personajes principales que son mitad indonesios, mitad extranjeros. La violencia no desaparece en estos contextos, al final el que tiene el poder, es el que abusa de la gente.

Eka Kurniawan: “La violencia política y sexual siempre es un tema político para mi”. 2
Portada del libro La belleza es una herida | Imagen vía Editorial Lumen

¿Cómo ves el futuro de la literatura en general y en Indonesia?

Creo que hay una tendencia a la novela experimental o a la metaficción. En España, Enrique Vila Mata o en Argentina, César Aira, creo que puedes encontrar la misma tendencia en cualquier parte del mundo; al mismo tiempo varios autores están en contra y van a lo clásico y a la novela tradicional. Creo que así será la tendencia en el futuro. En Indonesia es lo mismo, ahora hay mucha metaficción, también todo es muy experimental y muy nuevo, pero creo que se regresará a lo clásico.

¿Cómo podrías promocionar la literatura indonesia?

Para conocer y comprender la literatura indonesia hay que conocer la lengua indonesia y no es muy popular, así que no puedo decir que se haga muy famosa en el mundo, porque es muy difícil de traducir.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

He estado pensando en mi próxima novela que comenzaré a escribir el año que viene pero primero terminaré la promoción en España de este libro, y luego viajaré a promocionar otras novelas en Estados Unidos y el Reino Unido.

Por último, volvamos a la novela. ¿El título La belleza es una herida es una metáfora de tu país?

Sí, más o menos, hay una tendencia a jugar con el doble sentido, puede ser una metáfora para hablar de mi propio país o también puede ser tan simple como el sentimiento de los personajes principales.

Más allá de su respuesta, el título de la novela La belleza es una herida es parte principal del cierre de libro, más intenso y amoroso que desgarrador, lo que nos lleva a reflexionar sobre la riqueza estética de la obra, ya que esta no solo tiene que ver con la pregunta hacia lo visible, lo apreciable en la historia de ficción, sino hacia la complejidad que hayamos entre líneas.

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