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Solo les queda la ambigüedad

Gonzalo Gragera

Foto: Carlos Garcia Rawlins
Reuters

Hay ocasiones en las que ponerse de perfil es un modo de mostrar, con claridad, sin titubeos, las intenciones. Podemos incurre en esta contradicción casi siempre, y es que tratan de maquillar su pensamiento con un resultado llamativo: se retratan con mayor contundencia. Diríamos que en la ambigüedad de su discurso está la exactitud –y decepción- de su pensamiento. Hemos asistido a la paradoja en multitud de discursos, actos, eventos, declaraciones. De la frivolidad y conveniencia del aliño indumentario –la camisa callejera para los mítines y las chaquetas formales para las ruedas de prensa- hasta los últimos comentarios de Miguel Urbán sobre la crisis que vive Venezuela. Comentarios en los que el político apuntó que desea una solución al problema. Cabría preguntar cuál. Aunque esa sea la clave, nunca responderán, claro. Mejor con las cartas, las pocas que van quedando, bocabajo.

El principal escollo de Podemos ha sido la ausencia de claridad, total o parcial, en sus propuestas. Demasiado moderados para los extremos y demasiado extremo para los moderados; demasiado institucional para el cántico anémico de cualquier atisbo de reflexión de la calle y demasiado callejero, infantil, para la compleja relación de los pasillos institucionales, solo aptos para mayores de edad, como las discotecas. Entre estos dos puntos, el partido no ha guardado, no ha sabido guardar, el equilibrio. Aunque lo hayan intentado. Aunque se hayan empeñado en demostrar que no es así. Pero sin el descontento general y difuso de la masa, sin las tesis de Laclau soplando en la nuca, sin la ingenua sospecha de una sociedad que considera que lo nuevo es lo mejor… nada.

Este disminuir en las expectaciones que nos sugería Podemos solo puede generar frustraciones. Donde sea: en interesados y en disidentes. En los primeros, porque tuvieron en su mano un partido transgresor que retocara, que reformulara, bases del sistema –respecto de su economía, de su sociedad, de su cultura-; en los segundos, porque qué será del periodismo sin una de sus mejores escuelas -junto con la literatura y la precariedad-: enfrentarse a un poder cuya cuestión e indagación produce enemigos y haters. Aun así, algo queda. Como ese Miguel Urbán en las calles de Madrid, indicando a los reporteros que su deseo es que se resuelva, sin responder al cómo ni condenar la situación, el problema de Venezuela; una respuesta con la que esquiva, aunque aparente transparencia, su pensamiento. Podemos en toda su dimensión; es decir, en su incesante paradoja.

Iglesias, la moción y el circo

Melchor Miralles

Foto: Francisco Seco
AP Photo, File

Pablo Iglesias dispone de una habilidad especial para acertar en los diagnósticos y proponer soluciones disparatadas. Es lo que tienen el populismo barato y las pulsiones autoritarias. Sí, es verdad que la situación de España puede calificarse de grave. Y no es solo como consecuencia de los casos de corrupción que van aflorando poco a poco, y los que quedan por salir, son también la crisis institucional, el poder judicial por los suelos, el problema catalán en ascuas, el paro que vuelve, la falta de confianza de los ciudadanos en los políticos, la economía que no termina de recuperar, el hastío general, la crisis de los medios de comunicación. Pero con su anuncio de moción de censura, Iglesias, que manda en Podemos como Rajoy en el PP, lo que ha hecho es montar un circo, tratar de forzar un debate con Rajoy antes de que declare en el juicio de la Gurtel, intentar presionar de nuevo al PSOE en pleno proceso de primarias y torpedear si le es posible un acuerdo para que el Gobierno saque adelante los presupuestos. Lo que viene siendo montar un cristo, un circo, un jaleo, currarse la página, que dicen en el talego.

Una moción de censura primero se negocia y después, alcanzados unos mínimos acuerdos con la oposición, se presenta y se anuncia. Con sus 67 escaños Pablo Iglesias puede proponerla, y si no se echa atrás, que no sería la primera vez, lo hará, y él será quien se presente como candidato. Pero a la vista de las reacciones del resto de los partidos, no parece que vaya a poder sacar más de 80 votos. Todo un éxito. Pero está en las portadas, ocupa espacio, copa titulares, se hace con las tertulias. O sea, lo suyo, lo que le mola a Iglesias.

Política y socialmente se me ocurren argumentos para armar un discurso en defensa de una moción de censura. Insisto, creo que la crisis que padece España es severa, y no me refiero a la económica. Otra cosa es que parezca el momento adecuado, que tenga posibilidades si no de prosperar, al menos de tener alguna utilidad más allá del ruido, ruido y ruido, que termina siendo estéril y hace crecer la desazón. Pero es una reflexión inútil. Pablo Iglesias sabe lo que hace, y solo pretende crear bulla, influir en el PSOE, apretar a Rajoy y ser protagonista. Una moción inútil. Tiempo perdido cuando en España no tenemos tiempo que perder.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos

Jorge Raya Pons

Foto: Wikimedia

Antonio Gramsci (1891-1937) fue un hombre de convicciones férreas que antepuso sus propias ideas a la vida misma. Puede decirse de él que fue valiente, genuino, de una inteligencia inusual, y que su espíritu romántico lo llevó a despreciar a aquellos que no compartían su ímpetu. “Odio a los indiferentes”, dejó escrito en 1917, a sus 26 años. “Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes”.

Este joven comunista de aspecto frágil, de salud quebradiza, vivió demasiados años preso por sus ideas; a Mussolini no le tembló el pulso para contravenir la condición de inmunidad parlamentaria de Gramsci con el ánimo de condenarlo en 1927 a una vida sin libertad. A su vez, el fiscal general recomendó mantener su “cerebro” inoperativo durante veinte años, temeroso de que aquellas ideas que promulgaba, tan peligrosas para el fascismo, se extendieran entre el pueblo. No fue necesario tanto tiempo.

Según defienden algunos estudiosos de su biografía, como Franco Lo Piparo, la detención de Gramsci tampoco incomodó al ala prosoviética del Partido Comunista Italiano (PCI), que defendía con fervor la dictadura del proletariado y observaba con recelo el ánimo demócrata del pensador corso.

La nueva política

¿Realmente queréis comprender qué hay detrás de La Tuerka?”, dijo Pablo Iglesias en 2014, mirando fijamente a cámara. “¿Queréis entender por qué Errejón dice lo que dice? ¿Queréis entender las intenciones de Juan Carlos Monedero o de este humilde presentador? Aquí está la respuesta: Antología, de Antonio Gramsci. Con todos vosotros, una de las mejores cabezas del pensamiento radical de todos los tiempos”.

 

Sin duda ese acontecimiento breve que fue la vida de Gramsci se antoja lejano para las nuevas generaciones y parece que el estudio de su obra, comprendida en unas miles de páginas, se ha convertido en un territorio exclusivo de los académicos. Con todo, lo cierto es que explorando entre los rincones del pensamiento gramsciano se encuentran muchas claves de los tiempos modernos. Sobre todo para explicar el auge de algunos partidos en España, pero también en Europa.

“Yo creo que la importancia de Gramsci radica en que comprendió que la política no deriva mecánicamente de la economía”, dice Javier Franzé, doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. “Gramsci creía que para conquistar el poder, que él lo entiende como una cosa más cultural, las clases tienen que crear una identidad que incluya a otras clases sociales”.

Franzé se refiere a que el pensador corso reinterpretó la forma en que se obtiene el poder, en que se establece una hegemonía. Para Gramsci, la economía es importante, pero no lo es todo; la conquista más importante consiste en la conquista de la cultura. En reconstruir el ideario de los ciudadanos, en crear una identidad común y reunir al pueblo en torno a unos símbolos, a unos valores comunes, a un sentimiento.

Los miembros fundacionales de Podemos son admiradores confesos de su obra y, una vez nació el partido, decidieron poner sus teorías en práctica, despertando la simpatía de los indignados del 15M. Comenzaron a aparecer en todos los medios, todo el tiempo, haciendo valer una frase que a Juan Carlos Monedero le gusta repetir: “Antes los revolucionarios iban a la sierra, ahora van a la televisión”.  Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero e Iñigo Errejón, los tres politólogos, habían aprendido de Gramsci que la batalla política se gana en el terreno de las ideas.

La enseñanza de la palabra patria se puede conectar con Gramsci

“En los años 70 y 80, el marxismo había caído en una suerte de mecanicismo torpe, en un pensamiento perezoso que solo servía para justificar a la URSS“, explica Monedero a The Objective, dando contexto a la importancia de Gramsci en su partido. “Todo el pensamiento crítico estaba en un callejón sin salida donde, por un lado, si asumías el marxismo, te quedabas encajonado en el pensamiento soviético, y si renunciabas al marxismo, descartabas años de reflexiones sobre el capitalismo. En cualquiera de los casos perdías. En ese contexto se produce una renovación muy importante del pensamiento marxista sobre la base de Gramsci”.

En la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, los profesores fueron siempre más de Gramsci que de Marx, explica Monedero, que se reconoce devoto del pensador italiano. Esto tiene mucho que ver con aquellos hombres que les antecedieron, como Manuel Sacristán o Paco Fernández Buey, quienes allanaron un terreno que facilitaba una visión más crítica del marxismo, más abierta a quienes como Gramsci dieron una vuelta de tuerca a unas teorías que, originalmente, nacieron en un contexto y en una época muy concreta.

Algunos neofascistas se han valido del aprendizaje de Gramsci para estudiar la construcción de símbolos nacionales

Gramsci, a fin de cuentas, creía en la unión de las clases, en la evolución hacia un estado superior, yendo más allá de la disputa entre burgueses y proletarios, restando importancia a la lucha de clases. En otras palabras, el pensador italiano cuestionó de arriba abajo los fundamentos del marxismo. Ahora, sus principios o su “metodología”, como matiza el profesor Franzé, son también utilizados por las corrientes “neofascistas”. Entre ellas destaca el Frente Nacional francés, que, a través de intelectuales como Alain de Benoist, recuperaron las reflexiones gramscianas.

Ochenta años sin Antonio Gramsci, padre espiritual de Podemos
Lápida de Antonio Gramsci. | Foto: Massimiliano Calamelli/Flickr

Cautiverio y muerte

Gramsci estudió todos los días de su vida; analizó la cultura, la religión, las costumbres, las inquietudes de los intelectuales. Durante su larga estancia en prisión, casi nueve años, lidió con la enfermedad, con la soledad, con la penumbra. Tuvo años de gran productividad intelectual y acceso a toda clase de libros. Aquella posibilidad le abrió un mundo y de aquellos años nacieron los tomos de sus Cuadernos de la cárcel, donde se condensa todo su pensamiento.

Un día como hoy, hace 80 años, murió el sardo jorobado, como lo llamaba Mussolini, en una clínica de Roma. Aquejado de varias enfermedades, todas ellas graves, no le fue concedida la libertad hasta que los síntomas fueron más que evidentes. En sus Cuadernos se mostró como un hombre de una gran capacidad analítica. “Creo que vivir quiere decir tomar partido”, escribió siendo joven, y se preocupó por mantener esta promesa hasta el final.

Contó su hermano que, momentos antes de morir, las monjas que cuidaban de Antonio Gramsci trataron de convertirlo al catolicismo. Él estaba postrado en la cama, débil y consciente de que la vida se marchaba. La única respuesta que recibieron de Gramsci fue un gesto: él volteándose, dándoles la espalda, incapaz de concederles aquella voluntad. Gramsci mantuvo hasta último término la que había sido su palabra.

ETA y nosotros

Miguel Ángel Quintana Paz

Fermín era taxista y llevaba en su flamante Simca 1000 a un cliente que acababa de recoger por Bilbao, un tanto apresurado. María Ángeles era estudiante y esperaba a sus amigas en la cafetería en que iban a comer, que aquella tarde tenían examen. Dionisio era dueño de un taller del que sacó el coche para hacer sitio al de su contable, como cada día.

Parecen tres personajes de tres historias que tienen poco que ver. Pero no fueron personajes, sino personas reales. Y sus tres historias, aunque empiezan distintas, acaban igual. Pues en las tres irrumpió, a los pocos segundos de la escena que hemos esbozado, otro personaje: ETA. Terroristas de esta banda asesinaron a Fermín, María Ángeles y Dionisio en la España de los años 70.

Mas así como es preciso contar las historias de los muertos, debemos también atrevernos a contar las de los vivos. ¿Cómo reaccionaron los españoles de los años 70 a parejos asesinatos? Uno se puede hacer una primera idea de ello leyendo el capítulo “Agosto” del libro Diarios, de Arcadi Espada. Allí este periodista repasa, lustros más tarde, las noticias que el periódico El País fue publicando a medida que ETA desengranaba muertos a fines de los 70.

El tono en que El País narra esos sucesos no puede resultarnos hoy más descorazonador. De las víctimas a menudo se insinúan presuntas “culpabilidades” sin prueba alguna y un tanto WTF (por ejemplo, que “en círculos políticos se le consideraba confidente o amigo de la Guardia Civil”). O se puntualiza que la víctima quiso escapar (dónde vamos a llegar) “por lo que fue rematado por los agresores”, a ver si no. De los victimarios a menudo se copia el lenguaje que, evidentemente, enorgullece un tanto a tales victimarios: en lugar de decir “asesinato”, se habla de “acción armada” o incluso de “intervención”, que, como punza Espada, “también lo usan los banqueros y los ministros de Hacienda y nadie los mete en la cárcel”.

Pero no solo el periodismo de la época resultaba mejorable. La reacción de la sociedad en su conjunto (exceptuadas las fuerzas de seguridad, que pagaron duro su empeño) tampoco puede etiquetarse de loable. Todas las víctimas de aquel tiempo coinciden: se sintieron solas, cuando no despreciadas, por las instituciones, por sus compañeros de trabajo, por sus vecinos. Hay fotografías que reflejan, desoladoras, aquel desamparo: el asesinado yace en el suelo mientras sus compañeros de trabajo prosiguen alrededor sus tareas de cada día, apartándose si acaso un poquito del charco de sangre en torno al muerto, que las manchas de sangre luego se quitan muy mal.

Se han propuesto varias explicaciones para esta desidia de los españoles ante la ETA de los años 70 y 80. Nuestra sociedad salía de una dictadura y por lo tanto se hallaba desarticulada, poco ducha en lo de movilizarse y participar contra el mal. O también: ETA asesinó a panaderos, albañiles, cocineros, carpinteros; cualquiera podía estar en su diana, mientras que si te quedabas calladito tampoco es que fueras a hacer ningún daño directo a nadie. O también: ETA había contado con simpatías izquierdistas y nacionalistas por su oposición a Franco; y a veces lleva tiempo modificar tus afinidades.

Sin embargo, lo importante es que todo aquello cambió. Pasó el tiempo y a principios de este siglo ETA ya concitaba rechazos viscerales en casi todas las capas de la sociedad española. Naturalmente, esto fue así porque lo único que pasó no fue el tiempo. Pasó también que muchos intelectuales y políticos se comprometieron en la lucha contra ETA de un modo tan meritorio como brillante. Me resisto a citar siquiera algunos, pues por fortuna son tantos que siempre quedarían otros relevantes por mencionar. Una de las cosas en mi vida con las que estoy más satisfecho es haber llegado a ser amigo de varios de ellos. Pero el lector seguramente sabrá a quiénes me refiero. A todos los que se jugaron la vida explicándonos a los españoles por qué el terrorismo no tenía justificación; por qué hacía falta combatirlo desde el pequeño lugar que cada cual ocupásemos; y por qué era posible vencerlo con las armas de la democracia.

Triunfaron, como digo. Los españoles llegamos a sentirnos unidos ya no solo contra ETA, sino también alrededor de aquellos valores que nos diferenciaban de ETA. La resistencia contra ETA podía haber sido violenta. Podía haber sido autoritaria. Podía haber sido la de un nacionalismo españolista antivasco. Pero fue democrática.

(Cierto es que en los 80 hubo aún ramalazos socialistas de combatir a ETA desde la ilegalidad de los GAL. Pero, por fortuna, hacia el año 2000 todo aquello se había quedado en el pasado).

Esta unidad de los españoles contra ETA solo disgustó y aún disgusta, lógicamente, a dos grupos: los que creen que no debería existir unidad alguna entre los españoles y los que creen que no hay que estar contra ETA. Aunque ninguno de esos grupos es exiguo en lugares como el País Vasco, lo cierto es que en el resto de España su repercusión fue nimia hasta hace poco. Concretamente, hasta la irrupción de Podemos como fuerza política conspicua.

Precisemos: no es que Podemos no desee que exista unidad entre un número lo más alto posible de españoles; en el manual de cualquier populista, obtener la unidad de su “pueblo” es un paso imprescindible. Ahora bien, esa unidad el populista desea que reúna dos requisitos: en primer lugar, que sea una unidad arracimada tras la bandera que él enarbola; en segundo lugar, que sea una unidad contra los enemigos que él desea, no contra cualesquier otros. Dado que la unidad de los españoles contra ETA no implica que por ello vayamos a votar a Podemos, y dado que ETA no pertenece a “la casta”, “la trama” o demás chivos expiatorios del imaginario podemita, se explica perfectamente esa tibieza, y perdonen el eufemismo, con que Podemos ha abordado siempre la cuestión etarra. Tibieza que contrasta, naturalmente, con la calurosa acogida que brinda a quienes zumban a las novias de guardias civiles acompañadas de tales guardias civiles.

Y así nos encontramos con un Podemos incómodo ante esa repugnancia hacia ETA que aún hoy nos acomuna a la inmensa mayoría de españoles. Incomodidad que trata de paliar mediante dos métodos muy simples, pero a la vez eficaces. Se llevan usando desde hace años por todos los que no quieren que el repudio del terrorismo sea uno de nuestros vínculos nacionales. El primer método consiste en diluir el término “terrorismo” en una sopa donde, prácticamente, cualquier cosa enojosa pueda ser etiquetada como tal: hablar, pues, de “terrorismo machista”, o “terrorismo ambiental”, o “terrorismo urbanístico”, o “terrorismo económico”. Cuando todo es terrorismo, entonces un terrorismo concreto, como el de ETA, no es tan grave. De hecho, de eso va el segundo método. Este estriba en resistirse a llamar terrorismo a lo que sí está claro que lo es.

Ahora bien, terrorismo no es cualquier cosa que provoque terror: si así fuera, las películas de fantasmas serían paradigmáticamente terroristas. El terrorismo tiene una definición muy precisa, que naturalmente usted nunca aprenderá en ningún documento de Podemos, y que habremos de recordar. Terrorismo es utilizar la muerte de alguien para, publicitándola, obtener beneficios políticos. Lo explicó hace años Rafael Sánchez Ferlosio de modo exquisito: si a un soldado se le muere de un rayo, pocos minutos antes de que él le dispare, el hombre al que iba a matar, para él esa casualidad meteorológica será igual de válida que si él mismo hubiera eliminado a su objetivo; pero para un terrorista ese rayo habrá desbaratado sus propósitos. El terrorista mata para poder decir que él ha matado. Y para extraer algún beneficio político del terror que ello provocará en la sociedad. Todo lo contrario de quienes cometen otro tipo de desmanes ambientales, financieros o urbanísticos: no solo evitan reivindicar su acción, sino que tratan de ocultar su participación en ella.

¿Logrará Podemos que llamemos terrorismo a cualquier cosa y que no califiquemos así a ETA, sino que volvamos a los años 70 y denominemos a sus atentados “intervenciones armadas” y a sus masacres meras “expresiones de un conflicto”? De todos nosotros hoy, en 2017, depende. De nosotros, que no somos tan valientes ni tan brillantes como los intelectuales y políticos que se jugaron el tipo contra ETA desde los años 80. Pero que tenemos una gran ventaja sobre ellos: que contamos con su precedente. Y podemos ejercer, pues, de enanos a hombros de gigantes morales.

El sexo no vende, viva el activismo

Redacción TO

Foto: PEPSI

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca hemos podido ver cómo las grandes empresas norteamericanas, especialmente las afincadas en Silicon Valley, se han vestido con sus mejores galas activistas para enfrentarse a las medidas más reaccionarias del presidente. Estas iniciativas, sin embargo, parecen más encaminadas a mejorar su imagen corporativa que a proclamarse como parte del cambio social.

Algunos ejemplos lograron una gran difusión y todos ellos han recibido el aplauso de la opinión pública, con algunos matices. Solo dos días después de que el presidente Trump firmara la orden ejecutiva que restringía la entrada a Estados Unidos de ciudadanos procedentes de una serie especificada de países musulmanes, la cadena cafetera Starbucks anunció sus planes de contratar a 10.000 refugiados. Airbnb, por su parte, declaró que proporcionaría alojamiento gratis a aquellos que se hubieran quedado varados en aeropuertos norteamericanos a la espera de resolver su situación. ¿Por qué no extienden su voluntad a otras situaciones alejadas de los focos mediáticos?

El sexo no vende, viva el activismo 2
Starbucks es una de las empresas que utilizan estrategias de compromiso social para acercarse a sus consumidores. | Foto: Kim Hong-Ji

Resulta reveladora la columna que escribió al respecto Alex Holder, director de contenido de la revista Elle, en el diario The Guardian. En este artículo, titulado El sexo ya no vende, lo que vende es el activismo. Y no permitas que las marcas se enteren, Holder señala las múltiples formas en que las multinacionales tratan de convencer al mundo de que tienen conciencia. En un mercado con tanta competencia, donde la variedad de productos es tan amplia y las calidades tan parejas, la implicación con este tipo de causas marca la diferencia.

Otras empresas, quizá no tan populares, también han empleado esta clase de estrategias para aproximarse a los consumidores. Patagonia se ha comprometido durante décadas con causas medioambientales. El día de las elecciones cerró todos sus comercios en Estados Unidos con la intención clara de lanzar un mensaje: no es un día para comprar, sino para votar. Obviamente contra Trump.

Estas tácticas que adoptan las grandes corporaciones son, normalmente, beneficiosas para sus cuentas. Detrás de todas las políticas de responsabilidad social hay un lavado de cara, una forma de mostrarse al mundo como un ente comprometido con la paz y la ecología ante unos consumidores que, alcanzados por su honestidad, pasan a ver la marca con otros ojos.

Sin embargo, existen casos como el de Pepsi y su polémico anuncio con Kendall Jenner, en el que la marca sale perjudicada. Cuando resulta tan evidente la espectacularización de un movimiento social, pasa a convertirse en parodia. Y esto no sienta bien. Tras la emisión de la publicidad, cayó un mar de críticas sobre la compañía, que se ha visto incapaz de defenderse y ha optado por retirar el anuncio.

Que las grandes compañías traten de agradar a sus clientes mediante buenas acciones, aunque estos hechos no se produzcan desde la sinceridad y desde un compromiso verdadero, son una buena noticia. Pero también es cierto que a menudo se incurre en el error y en el exceso, sobre todo cuando se menosprecia al espectador. En estos casos, las consecuencias se trasladan a la imagen y a las ventas. Es peligroso jugar con el compromiso social de las personas.

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