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Trump y los culpables

Gonzalo Gragera

Si tuviéramos que elegir entre las conductas universales, en tiempo y en espacio, en época y en contexto, de los mandatarios con dotes y facilidades para el arte de lo excéntrico, una de ellas sería la del principio de exclusión. O de negación de lo propio y retrato malvado y conspirador de lo ajeno. Con tal de no irnos demasiado lejos en la historia, dejaremos algunos ejemplos recientes. Y es que Franco tuvo a sus masones como Chávez y Castro tuvieron al imperialismo yanqui, como el nacionalismo presume de un Estado en el que viven pero oprime. Trump, siguiendo esta actitud –acaso mejor hablar de conductas o gestos, de estrategias para colmar titulares, que de política-, la ha tomado con el periodismo y con Obama, a quienes acusa de enemigos del pueblo en el primer caso y de filtrar informaciones en el segundo.

Esta campaña de Trump, el ademán, no nos asombra: se puede ver a diario en colegios de primaria. Así que apuntemos la obviedad: no es de este asunto la postura infantil lo que extraña sino que esta haya alcanzado altas cotas de la administración del Estado. Que el Despacho Oval de la Casa Blanca se convierta en un jardín de infancia, vaya. Si quieren mayores pruebas, busquemos en Google la foto de una de sus asesoras. Aunque cabe decir que esta falta de consideración por el bien público no es exclusiva del gobierno de Trump –hubo quien aplaudió, en otros dirigentes, esa “naturalidad”-. Pero acaso sí premeditada. O buscada. O quién sabe. Ventajas del populismo: al no tener principios ni ideario definido más allá de la voluntad de un pueblo, voluntad acotada a conveniencia desde el seno de un partido, el contrario nunca intuye lo que va a suceder, o cuáles son las intenciones de sus actos. En la nada de su ideología, el todo de su impredecible pensamiento.

Trump llegó al poder gracias a la confrontación de opuestos que no existen, al menos desde el retrato que nos ofreció. Ahora es el momento, cuarenta días después, de consolidar ese conflicto, vacío y ficticio. Del también sencillo e infantil tirar la piedra y esconder la mano. Desde la ocurrencia, hay que dar motivos para el titular de la prensa y para el debate en el mundo. Debate no solo del hecho, también de la finalidad que esconde el hecho, incluso de su propia veracidad, de que sea real, de que quiera llegar a algo más allá del simple escándalo. Pero en esa cuestión, parece, solo nos calma el tiempo. Qué buen socio de gobierno. Qué encuestador. Qué gran politólogo.

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El himno nacional de Marta Sánchez

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Luca Piergiovanni
EFE

El mismo esfuerzo que Marta Sánchez culminó el otro día en el teatro de la Zarzuela, al cantar con letra propia y mucho énfasis y convicción el himno nacional— se viene repitiendo periódicamente. “Cómo es posible que el himno no tenga letra, vamos a resolverlo ahora mismo.”

Antes de éste, el último intento que recuerdo era una sugerencia de Joaquín Sabina que decía: “Ciudadanos / en guerra por la paz / y la diosa Razón, / mano en el corazón. / Ciudadanos /ni súbditos ni amos / ni resignación / ni carne de cañón. / Pan amasado / con fe y dignidad / no hay nada más sagrado / que la libertad…”

Aunque no me gusta mucho que los ciudadanos estén en guerra por la paz, ni me parece bonito que sean “pan amasado”, se entiende la intención progresista del poeta y no se me ocurriría criticar su buena voluntad, como tampoco hacer befa la especie de nostalgia por la tierra natal que parece haber movido a Marta Sánchez a escribir versos de emigrante como éstos:

“Vuelvo a casa, / a mi amada tierra, / la que vio nacer / mi corazón aquí. / Hoy te canto / para decirte cuánto / orgullo hay en mí, / por eso resistí. / Crece mi amor /cada vez que me voy, / pero no olvides que / sin ti no sé vivir…”

El hecho de que la mayoría de las palabras en lengua española sean llanas es la causa de muchos, muchos ripios, en la poesía y sobre todo en la canción, de muchos versos que riman “ti” con “mí”…

Marta Sánchez parecía genuinamente emocionada cantando el himno en el escenario de la Zarzuela, y me alegro de que su corazón palpite y sea ardiente, pero convengamos en que la autenticidad no garantiza el acierto de la empresa poética. Empresa que se me antoja fallida. Se mire como se mire, la mejor versión de una letra para el himno es la de Pemán –“Viva España, / alzad la frente hijos del pueblo español / que vuelve a resurgir…”—que le encargó el general Primo de Rivera durante su dictadura, si no estoy engañado. Aunque me parece un tanto surreal eso de que la patria siguiese “sobre el azul del mar / el caminar del sol”, en conjunto es una letra correcta, de estrofas bien escandidas y dentro de los parámetros de exaltación de lo que se le pide a un himno.

En fin: Pemán celebra la patria orgullosa y solar de los navegantes y descubridores imperiales y de los trabajadores (“los yunques y las ruedas”); Sabina, una patria izquierdista, indómita, libertaria; y Marta Sánchez el regreso permanente al país soleado del que se siente orgullosa y donde le gustaría ser enterrada: “Y si algún día / no puedo volver / guárdame un sitio para / descansar al fin.”

Yo diría que sería mejor dejar correr este asunto de la letra de la Marcha Real; deberíamos tener en consideración el hecho de que las letras de los himnos nacionales tienen un mensaje agresivo y belicoso –“La Marsellesa” es repugnante en este sentido; del “God save the Queen” actualmente se omite el párrafo más combativo– que hoy día resulta muy desagradable, pero sin esa combatividad no tienen mucho sentido.

Yo diría que es mejor hacer de la necesidad virtud, o sea alegrarnos de que el himno español no tenga letra y celebrar esa carencia como una superioridad de la inteligencia nacional que no se quiso rebajar, cuando tocaba, cuando todos los países lo hacían, a cantar a coro fanfarronadas.

Sería lo mejor, insisto, pero ya sé que insisto en vano. La tentación de poner letra al himno debe de tener un atractivo grande y atávico. Marta Sánchez lo ha hecho de la mejor manera que ha sabido y merece un respeto. Quedamos a la espera de la próxima intentona.

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David contra Goliat

Laura Fàbregas

Foto: ALVARO BARRIENTOS
AP Images / Archivo

En el documental de La Pelota Vasca: la piel contra la piedra, de Julio Medem, hay una afirmación de Arnaldo Otegi que ilustra hasta qué punto el pensamiento reaccionario es consubstancial al nacionalismo. El exlíder de la izquierda abertzale reivindica que los vascos son los “últimos índigenas de Europa” y confiesa que el día que en su tierra “se coma en hamburgueserías”, “se oiga música rock americana”, “todo el mundo vista ropa americana” y “esté en vez de contemplando los montes funcionando con internet”, será “un día tan aburrido que no merecerá la pena vivir”.

El nacionalismo siempre se ha opuesto al progreso, y ha ido en contra de la libertad de elegir de las personas. ¿Qué hay de malo en que la gente prefiera navegar por internet a ver los montes? Cuando hay libertad, hay gustos para todos. Algunos más mayoritarios y otros menos.

La historiadora Elvira Roca Barea ha publicado un ensayo, titulado Imperiofobia y leyenda negra (Siruela), que explica que los que más se han opuesto históricamente a la llegada de nuevas culturas han sido los pequeños líderes y las oligarquías territoriales dueñas de territorios feudales que veían en peligro su dominio cuando los imperios llegaban y derribaban fronteras.

El pensamiento dominante, no obstante, defiende a ese David pequeño y bueno, contra un supuesto Goliat grande y malo. Esto es así, explica Elvira Roca, porque la tendencia natural del ser humano es recluirse en lo propio y lo conocido. Abrirse a nuevas gentes, lenguas y funcionamientos es lo que merece un esfuerzo. En los imperios es donde se encuentran mayores niveles de libertad y de posibilidades. Precisamente por ser tan grandes se asume la crítica interna y la libertad de expresión. Solo hay que observar el nivel de autocrítica que impera en Estados Unidos.

Como pasa con las ideas de la Ilustración, los proyectos de integración son siempre más difíciles de tirar adelante que los de destrucción. Pero es un esfuerzo que merece la pena, porque son muchos los siglos en los que se impusieron la sangre, las guerras y la muerte.

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Suburbios, Masacres y la Pesadilla Americana

Andrés Miguel Rondón

Foto: Mike Stocker
South Florida Sun-Sentinel via AP

Ante otra espantosa masacre en una secundaria norteamericana, esta vez en Florida, el mismo debate tonto sobre las armas reina en todas las redes, comedores y medios del país. Demócratas, con razón, critican que Estados Unidos es el único país desarrollado que sufre masacres escolares, ya que es el único país de la OECD donde la población tiene fácil acceso a las armas.

Los republicanos, que tienen serios conflictos de interés con la NRA (National Rifle Association, uno de sus patronos principales) y cuyos votantes son mayoritariamente orgulloso propietarios de armas, argumentan, en una falsa dicotomía, que el problema no son las armas sino el estado mental de los que jalan sus gatillos. Propio de la actual polarización política que atraviesa dicho país, a ojos extranjeros este debate es de una indolencia intelectual espectacular.

Efectivamente un loco con un cuchillo es muchísimo menos peligroso que un loco con un fusil semiautomático. Es moralmente reprochable que los republicanos adrede ignoren este punto tan obvio. Pero también es cierto que el hecho de que jóvenes norteamericanos lleguen al nihilismo de asesinar, suicidarse, y causar terror como fin en sí mismo apunta a problemas mucho más serios y profundos que el simple debate de armas sugiere. Hay algo en el cuerpo Americano que está podrido y es importante que ambos partidos se den la vuelta para verlo.

El experimento americano, aquella fantasía utópica que llego a su apogeo en la posguerra – The American Dream, con sus coches, sus suburbios, sus blockbusters – claramente ha fracasado. La epidemia de opioides, el creciente populismo, la plutocracia desvergonzada de los lobbyes, la vida como realidad televisiva son, junto a las masacres escolares, síntomas del mismo tumor. Y es que la meritocracia, el consumo y las apariencias, por más confort que traigan, no son, en sí mismas, premisas para una vida digna de vivirla. Lleva, en desafortunados resbalones, al nihilismo.

El High School norteamericano es un microcosmo de su cultura, sus esplendores y ansiedades. Produce, en su competitividad darwiniana, algunas de las mentes más brillantes e industriosas del mundo. Pero es fecunda también en otra cosa: la envidia, el bullying, y la profunda pesadumbre de los losers. El problema es que, como muestran todas las estadísticas (en especial la de desigualdad económica), cada vez hay más perdedores que ganadores. Cosa natural en toda meritocracia, por cierto: en una carrera de cien metros solo se dan tres medallas.

El vínculo entre las masacres escolares y el síndrome de los losers no es absoluto, pero la correlación es fuerte. La literatura del caso de Columbine, predecesor a todas las masacres actuales, apunta en esa dirección. Hay por supuesto otros factores, ninguno de los cuales justifican de ninguna manera la sociopatía de los jóvenes nihilistas. Pero invita a una conversación más seria y desnuda del problema. Una que tal vez nunca tengan los políticos norteamericanos. Pero que hace mucha falta.

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Oxfam, el negocio de la indignación

José Carlos Rodríguez

Foto: Andres Martinez Casares
Reuters

Somos tan ricos que nos indigna ver pobreza. Nos ofende. Y somos tan ciegos, que al contemplarla nos preguntamos ¿por qué? Cuando lo extraordinario, lo imprevisible, lo que desafía la condición del hombre, es la riqueza. Nosotros somos el fenómeno que crea admiración para quien sepa de historia algo más que unos capítulos de Cuéntame. Pero no. La sociedad opulenta mira la riqueza, heredada de generaciones anteriores y creada de nuevo día a día, con los ojos de un niño. Piensa que siempre ha estado ahí y no se plantea cómo ha legado la tarta que está a punto de tomar.

Hay organizaciones especialmente ciegas, excepto para su propio beneficio. Es el caso de Oxfam. Su modelo de negocio es sencillo. Nos dice que lo nuestro no nos pertenece, que lo que poseemos es la causa de que otros no tengan nada. Y que la desigualdad entre ricos y pobres sólo se solucionará si les entregamos a ellos lo que tenemos para que lo repartan a quien menos tienen. Nos dicen que somos indignos de vivir como lo hacemos, y nos ofrecen el consuelo de pagarles, a ellos, la cantidad de dinero en que valoremos nuestra mala conciencia.

La verdad es que el capitalismo ha llegado allá donde no hay un sátrapa como Nicolás Maduro o Kim Jon-un, y que éste ha hecho que la pobreza se desplome. En 1980 vivía en la pobreza extrema el 44 por ciento de la población mundial. En 2005 se había reducido a la mitad, y hoy estamos por debajo del 10 por ciento. Oxfam lucha, denodadamente, para que la producción y el comercio en libertad, aunque sea vigilada, para que lo que está haciendo de la pobreza un recuerdo para centenares de millones de personas, deje de existir. Y para eso publica unos informes con mentiras sonrojantes, que sólo una prensa adicta a las fake news puede tragarse sin empacho. Mienten para contribuir a que en este mundo se detenga el secular descenso de la verdadera pobreza en el mundo.

Su presidente, Juan Alberto Fuentes, ha sido detenido en una operación contra la corrupción en Guatemala. La organización acoge a personas que abusan de su influencia para organizar fiestas sexuales con menores. Pero la falta de ética ha sido la seña de identidad de Oxfam desde el principio, y por otros motivos.

Oxfam ha hecho de la indignación su negocio. Pero mi indignación es con ellos.

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