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Turismo sostenible para entender un tiempo incomprensible

Gonzalo Gragera

Suele pronunciar su nombre en estas fechas, cuando aún asoma el abrigo por la patita del perchero. Imagino que para cuadrar en los días de la primavera y el verano, en donde mayor afluencia de turistas se espera en las principales ciudades –con lo bien que se viaja en otoño y en invierno, sin aglomeraciones ni altas temperaturas-. Todo en ella está destinado al consumo y al comercio. Como siempre, mercaderes en el templo. Algo muy antiguo que pasa, embuste mediante, por el filtro de la novedad. Pero esto tiene siglos de vida, por mucho networking que nos propongamos. Vender y comprar, dar y recibir, comer y no morir, de eso se trata. Me refiero a FITUR, la Feria Internacional del Turismo, la cual se celebra en Madrid.

El comercio ha sido uno de los principales baremos, junto con el arte y la filosofía, para medir y comprender el tiempo en que vivimos. El modo en que nace, la manera en la que se desenvuelve, las reglas en que se desarrolla, el cómo valoramos el intercambio, sus relaciones… Cada una de estas partes, partes de su constitución, son interesantes para averiguar dónde nos encontramos. En qué lugar de la historia. Y de ahí a analizarla.

En FITUR, fiesta del comercio, salta a la vista un signo crucial de hoy día: la propaganda. Herramienta estrella en la política –cuyo canal sería el de las emociones- y en el lenguaje publicitario; por tanto, en los negocios; por tanto, en el comercio. Propaganda. Propaganda de la que se aprovecha el consejero de turno, baño de masas, para presumir de comunidad o de gestión, para hacerse fotos con el empresario, perdón, emprendedor, y apuntarse el tanto, ¿no es así, Susana Díaz? Propaganda que se resume, en esta feria, en un concepto divertido y enigmático: turismo sostenible.

¿Qué es el turismo sostenible? Pues algo que suena a agujero negro de la galaxia o a entelequia, a una cosa abstracta y lejana. Un sintagma hueco, vacío, que aparenta decir más de lo que dice. Pero en el que, sorpresa, a pesar de su nimiedad como concepto, todos creen. Todos le atribuyen un significado, como un dogma de fe –Jorge Bustos lo llamó liquidez posmoderna-, aunque no diga nada. Y nada como el turismo sostenible, que parte del comercio, para comprender, desde lo incomprensible, el mundo que acontece: desde la política a los negocios. Pasando por el resto.

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Aterriza en España la primera herramienta para cambiar dinero desde casa

Lidia Ramírez

Foto: Dinuka Liyanawatte
Reuters

El viaje comienza con los planes. Reserva del vuelo, del hotel, planificación de ruta, alquiler de coche, cambio de divisas… Todo esto intentamos hacerlo con el suficiente tiempo necesario para ahorrarnos algún ‘dinerillo’. Para ello hay cientos de páginas para comparar, por ejemplo, precios de billetes de avión, de hotel o de alquiler de coches. Sin embargo, a la hora de cambiar el dinero para adecuarnos a la moneda del destino comienzan las diferentes peregrinaciones pagando comisiones sin tener muy clara la mejor opción. El cambio de moneda es la parte del viaje que falta por controlar, la que siempre se recuerda demasiado tarde y por la que se paga demasiado.

Esto es lo que pensó Tal Ekroni, un joven emprendedor de tan sólo 28 años, profesor de finanzas en el College of Management Academic Studies de Israel, que vio un hueco en este mercado y decidió crear el primer agregador de cambio de divisas para viajeros: FlyMoney. “Una vez varios alumnos me comentaron cuál era la forma más fácil de cambiar dinero para viajar a India porque tenían dificultadas para conseguir rupias. En ese momento descubrí que, en pleno siglo XXI, había un gran vacío en el mercado ya que no había herramientas que facilitaran la vida de los viajeros al cambiar dinero”, cuenta Ekroni a The Objective.

Llega a España la primera app para cambiar dinero desde casa
Tal Ekroni, fundador de FlyMoney. | Foto cedida por Interface Tourism Spain

Supervisado por el Banco de España y el Banco Central Europeo, el cambio de divisas se realiza a través de la web, sin estrés ni necesidad de hacer colas en bancos o aeropuertos y pagar comisiones excesivas. “Todo el proceso es transparente y con la mayor seguridad garantizada. Además, las tarifas proporcionadas son las mejores en el mercado”, asegura el joven emprendedor quien apunta que, además, la herramienta muestra al cliente una comparación para la misma transacción de intercambio si la operación se llevase a cabo a través de una entidad bancaria o aeropuerto. “Siempre ganamos en el aspecto del precio”, insiste Ekroni.

Tras realizar la compra el viajero puede recoger sus divisas en proveedores instalados en alguno de los 56 aeropuertos asociados a la red de FlyMoney (eligiendo si prefieren hacerlo a la salida del viaje o en la llegada al destino), pedir que se le envíe el dinero a casa por mensajero o incluso recogerlo en cualquiera de las oficinas de Correos que existen en España con una espera máxima de un día y medio.

La startup, que fue elegida como la más innovadora de Europa en la competición Visa Everywhere Initiative, cuyo premio se entregó en Copenhague este pasado mes de julio, ofrece más de 72
opciones de divisas diferentes de 117 países, entre los que se encuentran Israel, Rusia, Jordania, Dinamarca, Alemania, España, Suiza, Marruecos, Australia, Uruguay, Paraguay, Brasil, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, México, Trinidad y Tobago y República Dominicana.

Y por si algo falla, FlyMoney tiene un servicio de atención al cliente 24 horas y además ofrece la posibilidad de cancelar el pedido sin coste. ¿Alguna vez cambiar dinero fue tan fácil?

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Nosotros, los disrrumpidos

Juan Claudio de Ramón

Foto: Geert Vanden Wijngaert
AP

Cuando hablamos de disrupción tecnológica nos solemos referir a los efectos destructivos que sobre empresas y trabajadores tienen adelantos técnicos que de manera súbita hacen obsoletas viejas y asentadas maneras de producir. El ejemplo más claro quizá sea el de los taxistas, que ven desplomarse el valor de sus licencias y desaparecer su modus vivendi ante el auge de las aplicaciones móviles que permiten geolocalizar conductores privados dispuestos a realizar el mismo trayecto a menor coste. En este y en otros sectores, el vertiginoso ritmo que ha alcanzado el cambio tecnológico (admira pensar que el smartphone sólo tiene diez años) abrirá escenarios difíciles de gestionar por los gobiernos. Pero nosotros, los usuarios, a los que se nos suele creer beneficiarios netos de las nuevas técnicas, ¿no hemos sido también disrrumpidos?

El verbo es horrible, el participio feísimo, pero quizá por ello, preciso y adecuado. Basta con pensar en algunos pasos de nuestra vida diaria, antes rutinarios y placenteros, hoy penosos y enmarañados. En el parque empujo el columpio de mi hija, y mientras lo hago, siento la llamada del smartphone en el bolsillo. Al poco tiempo estoy empujando con una mano y chateando con la otra, privándome de ese momento de intimidad con mi hija que no tardaré en añorar. Y si levanto la mirada, veo que a otros padres les sucede lo mismo. Por la noche, intento ver una película con mi mujer. Compruebo que, por buena que esta sea, me cuesta seguir la trama hasta el final. Y es que nuestro lapso de atención se ha reducido enormemente, y ya la mente cede a la distracción ante todo cuanto excede de las pequeñas píldoras informativas de la era digital. Los viejos atracones de lectura, basados en la capacidad de concentración –concentrarse en aburrirse sin dejar de rendir– quedaron atrás.

Leo en este periódico que las apps de mensajería son ya el principal canal de comunicación de adultos y adolescentes. Bien lo sé: cinco chats diversos llevan un rato parpadeando en mi móvil. Antes de que acabe esta columna, los habré mirado. Y aunque lejos de mí cualquier tentación mecanoclasta, me pregunto qué estará haciendo esta tecnología a mi cerebro. No es buena señal que los que la inventaron, allá en Silicon Valley, estén todos arrepentidos. Justin Rosenstein, el ingeniero que diseñó el botón “me gusta” en Facebook, admite que le quita el sueño haber contribuido a alumbrar un mundo en que todos estamos distraídos todo el tiempo. Llevar el dedo a la pantalla del móvil 2.617 veces al día de media no puede ser bueno para un cableado mental que sencillamente no evolucionó para saber hacer varias cosas a la vez.

Ya veremos cómo acaba todo esto. Mi esperanza es que el péndulo vuelva pronto a la posición de reposo. Nos quedan muchas tardes de parque disfrutando de la venerable tecnología lúdica del columpio. La próxima vez, me dejaré el teléfono en casa.

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La historia de Max, el perro del anuncio de la Lotería de Navidad

Carola Melguizo

Foto: Anuncio Lotería de Navidad 2017 – #DANIELLE, una película de Alejandro Amenábar [Oficial]
Leo Burnett

Todavía falta un mes para el sorteo de la Lotería de Navidad, pero gracias a su anuncio -un cortometraje de 20 minutos dirigido por Alejandro Amenábar- ya se siente la magia en el ambiente. Una magia que adquiere mayor significado cuando descubres la historia de Max, el perro que acompaña a los protagonistas en el spot.

Es un cruce de podenco portugués, tiene cinco años y se llama Maximiliano, pero los amigos le dicen Max. Su vida ha sido una auténtica película. Nació en Sevilla y a los pocos días fue abandonado en una caja de zapatos. En la Asociación Protectora El Buen Amigo lo cuidaron y le pusieron por nombre Bolita. A los 7 meses encontró un hogar, pero la felicidad duró poco y el pequeño volvió al refugio. Dos abandonos en menos de un año. Una realidad tristísima que, por desgracia, se repite con demasiada frecuencia en nuestro país.

El ‘Estudio de la Fundación Affinity sobre el abandono, la pérdida y la adopción de animales de compañía en España (2016)’ arroja cifras alarmantes. El año pasado, más de 100.000 perros fueron recogidos por refugios y protectoras en todo el territorio español. Las camadas no deseadas son la principal motivo de abandono. De ahí la importancia de fomentar la adopción y la esterilización como estrategia para reducir la población de animales abandonados.

La suerte de Bolita cambió el día que Ainhoa Larregui Echenique vió una foto suya y decidió adoptarlo. Con el cambio de familia vino también el cambio nombre y de ciudad. Madrid lo recibió con los brazos abiertos y él demostró que con el cariño y los conocimientos de adiestramiento de su humana podía aprender lo que le pidieran. Consciente de las habilidades de Max, Larregui contactó con Rafael Casado, experto en el adiestramiento de perros para cine y televisión. Con él se formó profesionalmente y las ofertas laborales no tardaron en llegar: anuncios para empresas extranjeras, cortometrajes, etc.

Fue Casado precisamente quien avisó a Larregui que una agencia buscaba un perro que supiera bostezar. Habilidad difícil de encontrar que resultó decisiva a la hora de elegir al perro que acompañaría a Danielle por las calles de Madrid y que al final encontraría su propio final feliz en los brazos del lotero. Un hombre que expresa su simpatía por el animal desde el primer encuentro y que aboga por la tenencia responsable al recordarle a la extraterrestre que el perro debe ir atado. Más allá de sus capacidades interpretativas, en el plano emocional, el papel parece escrito para Max. Son varias las similitudes entre las dos historias.

Max: un viejo conocido

Si su cara te parece familiar, no es porque se trata de un perro mestizo, sino porque lo has visto un montón de veces. Amenábar lo consagró como perro estrella, pero ya había hecho trabajos importantes antes del spot de lotería. Max es el perro que presentaba los cortes de publicidad en Antena3 y el que bailaba al ritmo de la canción de The Bangles en los brazos de la abuela de la familia Sandoval en el anuncio de La Casera de hace un par de veranos.

Son muchas las protectoras que aprovechan la popularidad del sorteo de Navidad para vender décimos o participaciones que les permiten recaudar fondos para financiar la labor que desempeñan durante todo el año. Que la historia del pequeño Max sirva para impulsar estas ventas y que sean muchos los perros sin hogar que se beneficien este año del Sorteo Extraordinario de Navidad. Si el mayor premio es compartirlo, qué mejor que compartirlo con ellos.

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Salir de uno mismo (también en política)

David Blázquez

La política –liberal, conservadora o progresista – ha tenido siempre como uno de sus atributos más nobles la capacidad de abrir el horizonte de los ciudadanos, llevándolos de lo particular a lo común. Los partidos necesitaban dar con elementos compartidos y llegar a acuerdos para definir objetivos y estrategias compartidas. Fuera por convencimiento o necesidad electoral, los políticos se veían obligados a reflexionar y hablar del “bien común”.

Los avances tecnológicos permiten hoy rastrear cada vez con mayor éxito nuestras huellas digitales, consintiendo a los equipos de campaña de los partidos políticos (con la ayuda de empresas como Cambridge Analytica) identificar con precisión quirúrgica nuestros desvelos y preocupaciones. La inagotable información acerca de las preferencias de los potenciales votantes de la que disponen los partidos ha ido transformando el discurso político: ya no se trata de convencerte de algo distinto de lo que piensas, sino de reforzar tu convencimiento acerca de lo que ya saben que te preocupa, de manera que termines “comprando” el proyecto que responda con más precisión a tu “necesidad”.

Empujados por los datos, los partidos han ido mutando su estructura, pasando de ser plataformas en las que confluían diversidades que tenían que persuadir y ser persuadidas para converger, hasta convertirse en agrupaciones de particularidades cada vez más polarizadas y amalgamadas por un único cemento común: el sentimiento de agravio. Lo importante no es lograr que te identifiques con un proyecto potencialmente interesante para otros, sino que encuentres un rincón para tu insatisfacción y alguien contra quien gritarla. La tendencia introspectiva e individualizadora de las campañas y de los partidos aglutinadores de “movimientos”, encuentra un terreno fértil en sociedades como la nuestra en las que la propia identidad está cada vez más definida por la interacción con otros en términos de autorreferencialidad. Todo esto suena a la enésima vuelta a la tuerca del individualismo del que hablaba Tocqueville en 1840, ese pecado democrático que “elimina la fuente de las virtudes públicas y termina, a la larga, por destruir el resto de virtudes y desembocar en el egoísmo”. Mark Lilla lo ha llamado “el modelo Facebook de personalidad”: el otro es importante no porque me saque de mí mismo y amplíe mi horizonte –esa debería ser la función primordial de la amistad y la política–, sino porque, like tras like, refuerza mi personalidad en los términos en que yo la imagino y la presento en mi muro.

En un momento en que todo parece empujarnos hacia nosotros mismos, urgen iniciativas sociales y políticas que compensen la fuerza centrípeta de la tecnología, recuperando la pasión por encontrar lo que nos une y favoreciendo el encuentro con quien piensa y siente diferente.

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