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La demagogia de los otros

Gregorio Luri

En España hay dos partidos socialdemócratas. Uno es el PP y el otro, el resto. Mientras la cosa siga así y el resto se empeñe en continuar siéndolo, hay PP para rato (con perdón), especialmente si en lugar de competir por el espacio compartido, el resto pugna entre sí por ver quién representa mejor a la socialdemocracia centrífuga. En la derecha de nuestro espectro político, aunque muchos votantes no lo sepan, no hay nadie. Esto puede ser bueno, malo o regular; no entraré a analizarlo. Me limito a constatar lo obvio: aquí está este libro nítidamente socialdemócrata de Lassalle con ese “cuanto peor para todos, mejor para mi” de la página 51, que no me parece piadoso comentar.

No tiene sentido criticar a Lassalle por usar los tópicos socialdemócratas, tratar a Rawls como el pontífice universal de la justicia; creer que la “cosmovisión ilustrada” y la idea de contrato social son el fundamento ineludible de la democracia; preferir Kelsen a Schmitt; defender la sociedad abierta (un constructo coyuntural de la guerra fría) a la sociedad cerrada y hasta a la sociedad porosa; aliñar su discurso con las manidas referencias a la “alteridad como oportunidad”… y negarle la condición de “otro” al neoconservador, al neoliberal y a ese “ciudadano blanco del Medio Oeste que vive en una caravana, cobra un subsidio y pasa horas delante del televisor con el rifle en el regazo” (p. 52). Sin embargo hay que decir algo sobre su coherencia a la hora de elegir sus referentes intelectuales.

Llevo décadas estudiando a Leo Strauss y no he reconocido su pensamiento en nada de cuanto Lassalle le hace decir. ¡No puede imaginarse cuánto le agradecería que me mostrase una sola línea de las miles escritas por Strauss en la que hable de la visión geopolítica que estas páginas le atribuyen! Pero no es esto lo que me ha llamado más la atención. Lo que me ha dejado perplejo es que rechace rotundamente a Strauss y recoja con aprecio las ideas de dos de las personas que mejor han hablado de él: su discípulo Rorty y su amigo Hans Jonas. Lassalle toma al primero como referencia para elaborar una alternativa al populismo (p. 115) y con el “principio de responsabilidad” del segundo, cierra el libro.

Comparto algunos síntomas de lo que Lassalle considera un síndrome populista y me resultan tan alarmantes como a él: el auge de la razón victimológica, del sentimentalismo, del resentimiento y de la indignación. Pero todos ellos son muy anteriores a la emergencia de lo que el mismo Lassalle considera populismo, tanto es así, que podemos encontrar sus causas remotas en esa Ilustración cuyo relato cree tan necesario reescribir como cura de las actuales calenturas democráticas. Quizás debiera tener presente que fue Diderot quien hizo de la indignación un deber republicano por razones impecablemente ilustradas. Véanse las entradas “Indignation”, “Ressentiment” y “Droit Naturel” de la Encyclopédie.

Soy consciente de que no he dicho nada sobre el populismo, pero es que, a mi humilde parecer, el populismo no es sino la demagogia de los otros, de esos ciudadanos norteamericanos, por ejemplo, escandalosamente empeñados en priorizar sus intereses a nuestros prejuicios.

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Estados Unidos acaba con la neutralidad de la red: ¿Es el fin de Internet como lo conocemos?

Ana Laya

Foto: Kyle Grillot
Reuters

Desde el jueves 14 de diciembre Internet ha dejado de ser un servicio público de libre acceso. La norma, aprobada por la mayoría republicana de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos, le ha otorgado a las compañías proveedoras de Internet el poder de modificar las experiencias online de millones de ciudadanos estadounidenses, ya que ahora éstas podrán bloquear páginas o cobrar extra por una mayor calidad del servicio o por el acceso a ciertos contenidos (¿bajo qué criterio? Buena pregunta, la respuesta es tristemente obvia). Esta medida no solo afecta directamente a Estados Unidos sino que además sienta un precedente peligroso para el resto del mundo.

Como explica la web Save the Internet, la neutralidad es el principio básico que siempre ha regido a Internet. Es Internet, tal y como lo conocemos hasta ahora, sin que compañías como AT&T, Comcast y Verizon, en el caso de Estados Unidos, o en un futuro en España: Movistar, Orange y Vodafone, tengan el derecho a decidir a qué contenidos puedes acceder y cómo acceder a ellos. La neutralidad es lo que garantiza que no haya exclusión, que todos, independientemente de que nos conectemos a la red desde un locutorio o desde un iPhone X, tengamos acceso a los mismos contenidos.

La propuesta de revertir las reglas que la misma FCC aprobara en 2015 fue liderada por Ajit Pai, actual Presidente de la FCC nombrado por Donald Trump y ex-abogado corporativo de Verizon. Pai ignoró la presión no sólo de la opinión pública sino también de una gran parte de abogados, legisladores, corporaciones y organizaciones sin fines de lucro. Mientras que parte de los apoyos que logró la polémica discusión online de la propuesta, aparentemente fueron dejados por… ¿zombies?.

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Sí, el hombre que bebe (siempre) de una taza de Reese’s gigante y le parece una broma graciosísima es el que de momento ha logrado acabar con la neutralidad de la red. | Foto: Aaron P. Bernstein / Reuters.

El argumento de esta mayoría nada silenciosa, entre la que se encuentran los representantes de gigantes como Facebook, Twitter y Amazon, es que esta ley pretende solucionar un problema que no existe y sus consecuencias, en cambio, son peligrosas. “La decisión adoptada por la FCC hoy es decepcionante y dañina”, comentó Sheryl Sandberg, COO de Facebook, “un Internet abierto es clave para nuevas ideas y oportunidades económicas”, agregó.

Werner Vogels, CTO de Amazon, Brad Smith CLO de Microsoft, Alexis Ohanian, cofundador de Reddit, y plataformas como Netflix y Vimeo también expresaron a través de Twitter su rechazo a la decisión de la FCC augurando que este es solo el comienzo de una larga batalla legal.

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Manifestantes congregados frente a la FCC durante las deliberaciones. | Foto: Yuri Gripas / Reuters.

Sí, la neutralidad en la red no es simplemente importante, la neutralidad ES la red. Aquí algunas claves para entender lo que la decisión de la FCC simboliza, implica, permite, prohibe y cómo puede ser revertida:

¿En qué consiste la decisión de la FCC?

Después de una batalla de 10 años sobre el futuro de Internet, en 2015 la FCC adoptó medidas para asegurar la neutralidad de la red basándose en el Título II del Acta de Comunicaciones.

Específicamente, en febrero las compañías proveedoras de Internet fueron recalificadas como “teleoperadores comunes” bajo el Título II, dándole así a la FCC la autoridad de asegurar que compañías como Verizon, AT&T y Comcast no pudieran bloquear, ralentizar o interferir de ninguna manera con el tráfico web (AT&T fue condenada en el pasado por bloquear FaceTime, y en general, los teleoperadores no son empresas que gocen particularmente de buena fama en cuanto a transparencia), preservando así un terreno de juego neutral para todos los involucrados. Estas reglas acompañaron un pico histórico de innovación e inversión online especialmente en Estados Unidos.

Ahora, de acuerdo con la nueva decisión de la FCC, los teleoperadores han dejado de estar calificados bajo ese “Título II”. Esto deja con las manos atadas a la FCC porque retira su capacidad de imponer sanciones a las compañías que decidan, por ejemplo, discriminar la velocidad de transmisión de datos de algunos servicios a su favor. La única regla real que tienen que seguir los proveedores de Internet es anunciar que están haciendo lo que están haciendo. Por ejemplo, si un servicio de streaming pertenece o tiene algún acuerdo con un proveedor, este podría funcionar mejor que otro sin dicho acuerdo. Sin ir muy lejos, HBO, Netflix, Amazon Prime, se verían afectadas a menos que se decidan a pagar un fee, una cuota, o a asociarse (¿a qué costo?) a un teleoperador.

Y si esto afecta a los gigantes del streaming y a los de la redes sociales, está demás decir cómo afectará a los potenciales nuevos emprendedores que quieran triunfar o busquen sencillamente tener algo de presencia online.

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Manifestantes en California a favor de la Net Neutrality. Photo: Kyle Grillot / Reuters.

¿Cómo rechazar la decisión?

El Congreso tiene la potestad de revertir la decisión de la FCC, por eso numerosas entidades como Save the Internet están llamando a los ciudadanos a escribirle a sus representantes en el Congreso para que implementen una ‘moción de desaprobación’. Medida permitida por una ley conocida como Revisión de Acta del Congreso (Congressional Review Act, CRA).

Michael J. Coren afirma en Quartz que el uso de la CRA es probablemente el único camino que podría seguir el Congreso y que, en efecto, en 2017 los republicanos ya se han valido de la misma para rechazar 15 regulaciones impuestas por la Administración Obama, y esta vez por primera vez podría ser usada para salvar una.

El senador de Massachussetts Ed Markey y el representante de Pensilvania, Mike Doyle, ambos demócratas, ya han comunicado sus planes de aplicar la CRA para que se discuta la decisión de la FCC en el Congreso. Si la moción pasa y recibe la firma del presidente, la decisión de la FCC sería rechazada, el orden abierto de Internet de la era Obama sería reinstaurado y cualquier decisión similar de la FCC tendría que tener aprobación previa del Congreso.

La Administración Trump está haciendo todo lo posible para acallar a las voces disidentes, señala Save the Internet. “Si perdemos la neutralidad de la red, lo habrá logrado”, sentencia.

¿Afectará esta medida a Europa?

Michael McLoughlin señala en El Confidencial que por aquí Internet seguirá siendo igual, por lo menos hasta nuevo aviso, y que “el pasado año la UE dio luz verde a una serie de directrices emitidas por el Berec, la máxima autoridad comunitaria a la hora de regular las telecomunicaciones en el Viejo Continente”. Las regulaciones publicadas por Berec el 16 de agosto para proteger Internet son hasta la fecha, según el grupo Save the Internet Europe, fuertes y representan una victoria avasallante de la neutralidad.

Sin embargo, añade McLoughlin, las consecuencias de la votación de la FCC pueden sentirse en Europa, ya que plataformas como Netflix o HBO son globales, y “si una de estas plataformas se ve afectada en un mercado tan importante como EEUU esto podría conllevar, por ejemplo, una subida de precios o la restricción de algunos servicios debido a menores capacidades de transmisión”.

Por otra parte, Saurabh Singh, en India Today señala que aunque técnicamente la medida aplicada en Estados Unidos no debería tener demasiado impacto, considerando que Internet es una entidad con menos fronteras que los mercados financieros o de bienes, los expertos de la industria creen que sus efectos se harán sentir en muchos otros países, incluida, en este caso, India. No será inmediatamente, señala, pero será pronto (¿y será para siempre?).

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Trabajar en un café con internet gratis (de manera medianamente eficiente) puede convertirse en un recuerdo lejano. | Foto: Brendan McDermid / Reuters.

¿Cómo te puede afectar a ti?

Un buen ejemplo de los cambios que podrían suceder ahora que las compañías teleoperadoras se ven empoderadas frente a los individuos es que Internet empiece a funcionar como lo hace la televisión por cable. Los teleoperadores podrían empezar a vender Internet por paquetes, uno básico sin costes adicionales, que incluya Wikipedia y Google, por decir algo, y otro premium que incluya acceso a redes sociales, y así.

Ro Khanna, representante del Congreso por el Distrito 17 de California (donde está Silicon Valley) ha mostrado el modelo portugués como ejemplo de lo que podría y no debería suceder.

Otra gran preocupación es que sin reglas que prohiban el acceso prioritario prepago a grandes compañías a Internet de alta velocidad, los pequeños negocios, las startups innovadoras pero sin un mecenas millonario, los estudiantes, las bibliotecas públicas y cualquier usuario con menor poder adquisitivo, serán relegados al “canal lento” de Internet.

Si bien, como argumentaba Farhad Manjoo en el New York Times el pasado noviembre, internet como lo conocemos está agonizando, ya que las grandes compañías como Apple, Facebook, Google, Microsoft y Amazon ya controlan “gran parte de la infraestructura online, desde las app stores hasta los sistemas operativos y la nube para almacenar contenidos”, la desaparición de lo que queda de neutralidad, no ayuda para nada. En todo caso introduce un nuevo gigante en la ecuación: los teleoperadores.

Si las reglas de juego ya no eran particularmente justas, en este escenario son directamente absurdas. Este, por suerte, parece no ser el capítulo final de esta historia.

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Donald Trump señala el camino hacia la paz

José Carlos Rodríguez

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¿Qué pasa en Cataluña?

Laura Fàbregas

Foto: YVES HERMAN
Reuters

¿Qué pasa en Cataluña? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí, y por qué los que no somos independentistas hemos tardado tanto en hablar?

La respuesta tiene que ver con el factor humano. Hemos tardado tanto en alzar la voz porque por mucho tiempo hemos sentido que formábamos parte de ellos: del mismo pueblo, no sé si un sol poble, pero sí un pueblo cívicamente unido. Hemos abandonado progresivamente el espacio público por temor al ostracismo o la muerte civil. A que nuestros más allegados pensaran que no éramos dignos de su confianza. Porque, digan lo que digan, la libertad más difícil no se ejerce ni contra el poder –en democracia, siempre algo abstracto y lejano– ni tampoco contra la publicidad. La libertad más difícil se ejerce contra los amigos. Contra los tuyos.

El sociólogo Émile Durkheim habló de “efervescencia colectiva” para explicar este fenómeno donde una sociedad comparte prácticas, hábitos y creencias como, por ejemplo, las Diadas. Durkheim ha sustituido a Montesquieu quien, probablemente, hoy sería un facha para la mitad de catalanes.

En Cataluña se han roto los valores de la ilustración. Los que hacen que un individuo pueda discrepar de los suyos a través de la razón independientemente de la compasión, el amor y las emociones que pueda sentir por ellos. Por eso tanta gente se sintió interpelada en la jornada del 1 de octubre al ver que una parte de los suyos recibía porrazos. Aunque pensara que eran ellos los que estaban equivocados. Como una madre que no quiere que metan a su hijo en la cárcel, aún sabiendo que es culpable. El valor está en decirle a su hijo que se ha equivocado, pero nadie discutiría el amor y lealtad de esa madre.

El nacionalismo destroza el terreno común que posibilita el debate, incluso entre familiares. Un liberal, un socialdemócrata e incluso un comunista pueden debatir sobre cuál es la mejor manera de generar riqueza y distribuirla. Un nacionalista no puede, porque aunque lo vista de racionalidad, el último eslabón de esta ideología apela a la parte emocional. Y si no estás con los tuyos, eres un traidor.

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Inés a secas

Aurora Nacarino-Brabo

Foto: Pau BARRENA
AFP

‘Merlín el encantador’ es una de las películas que más me gustaban cuando era pequeña. Todavía recuerdo los diálogos. Al principio de la historia, cuando Arturo conoce al mago, este le dice que puede llamarle “Merlín a secas”. Durante mucho tiempo pensé que “Asecas” era el apellido. Luego entendí que Merlín no necesitaba un apellido para ser reconocido.

El cómico Toni Albà llamó el otro día “mala puta” a Inés. Inés a secas. Esta Inés es una persona que, al parecer, se disfraza de demócrata para conseguir votos. Todo el mundo entendió que se refería a Inés Arrimadas, a la que el independentismo desprecia porque va camino de conventirse en la candidata más votada en Cataluña. Tanto la temen que la expresidenta del Parlament, Núria Gispert, quiso mandarla de vuelta a su Andalucía natal: “¿Por qué no vuelves a Cádiz?”.

De este asunto hemos sacado en claro que el actor es un humorista con muy poca gracia y también un machista impresentable. Pero el machismo tiene bula cuanto más a la izquierda en el eje ideológico y más hacia la independencia en el eje territorial se formula. También lo sabe Miquel Iceta, que hace unos días sufrió los insultos homófobos de un profesor de nanociencia, nanotecnología y enano mental de la Universidad de Barcelona.

Ante la indignación y el revuelo provocados por las palabras de Albà, el actor se ha apresurado a decir que no se refería a Arrimadas. Un torpe intento por buscar una exculpación que no ha de llegar. No solo porque Inés, como Merlín, no necesite de apellido para ser reconocida, sino porque no cabe disculpa para quien llama mala puta a ninguna Inés del mundo.

No obstante, estoy convencida de que, de ser preguntado, Albà afirmaría con sinceridad rotunda no ser machista. También creo que Gispert, en su fuero interno, está convencida de que la xenofobia es una idea aborrecible. Y el profesor de Barcelona negará tener nada contra los homosexuales. Pero, ay, todos esos atributos: ser mujer, haber nacido fuera, ser gay adquieren una dimensión moral nueva una vez se pasan por el filtro de la identidad nacional.

Entonces sí, bajo la luz de la vergüenza, contemplados en su españolidad, Iceta es un maricón e Inés es una mala puta que ha de volver a su tierra. No tendrán tanta suerte. Cádiz sabrá esperar.

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