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Bienvenidos, adiós y vuelvan el año que viene

Ignacio Vidal-Folch

Entre los “logros” del Estado Islámico está el hundimiento que sus comandos terroristas han causado en la industria turística, todavía en pañales, de varios países de la cuenca sur del Mediterráneo, que veían en ella un motor de progreso. Un daño multimillonario, y no sólo económico sino mental, pues ya se sabe que el contacto siquiera fugaz y superficial con la banalidad de otros países, que tanto estimula el turismo, hace que la propia bobería se injerte de ideas y costumbres diferentes, de lo que se deriva, es inevitable, cierto movimiento, cuestionamiento de lo ya dado, evolución, cambio. Algo se aprende sobre la naturaleza humana y la forma del mundo no sólo cuando se emprende viaje sino también cuando se recibe en casa a unos forasteros, siempre y cuando vengan en son de paz y mejor aún si con ánimo cordial y ganas de gastarse un poco de dinero.

Millones de turistas que en busca no tanto de exotismo barato cuanto precisamente de cambio y movimiento probaban suerte en Túnez, en Turquía y en otros países del Sur, para los que constituían una bendición en forma de divisas y un agente para la tolerancia, el relativismo y el diálogo, por superficial que éste fuese, ahora, temerosos de sufrir un atentado, prefieren quedarse en Europa. Y en Europa lo más conveniente resulta ser España, que cuenta con una excelente infraestructura médica, el nivel de criminalidad bajo control, suave clima, amenos paisajes y una población en general tolerante y hospitalaria.

Bienvenidos sean esos 75 millones de forasteros. Seguro que el año que viene se batirá esa marca. Conviene sin embargo que las autoridades piensen en regular las condiciones en que se instalan pues la sobrepresencia del turista, además de degradar un poco los paisajes con su “práctica” y horrenda vestimenta (a base de chanclas, sandalias “supercómodas”, pareos, camisetas y pantalones pirata, entre otras aberraciones entre las que en invierno despierta el anorak acolchado, al que tan proclive es el turista) causa sensibles problemas colaterales, por ejemplo en el mercado de la vivienda de alquiler en las grandes ciudades. Pero mientras tanto adelante con esos 75 millones, y que vengan muchos más, pues no es nada cierto eso que se dice de que “en España no cabe ni un tonto más”. Con un poco de buena voluntad cabemos todos. Vayan pasando hacia el fondo, hagan el favor.

El mapa tridimensional que utiliza tus fotografías en las redes para construir ciudades

Redacción TO

Foto: Julie Jacobson
AP Photo

En ciudades como Madrid o Basilea, visualmente tan atractivas, los usuarios de redes sociales andan todo el tiempo haciendo fotos, desde cualquier ángulo, en todas partes. Casi podía pensar uno que, juntando todas ellas, podría hacerse un mapa de la ciudad, con todos sus monumentos, con todas sus plazas.

Lo que parecía una ocurrencia se ha convertido en realidad desde que un grupo de investigadores sacó adelante la idea.

El proyecto VarCity, desarrollado por científicos de la Escuela Politécnica Federal de Zurich (ETH), una universidad pionera en investigación a nivel mundial, ha puesto a prueba esta tesis para crear mapas urbanos tridimensionales. De momento, solo lo han experimentado con la propia ciudad suiza, pero los resultados son reveladores.

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El proceso de detección de objetos urbanos se ha realizado a partir de unos algoritmos complejos desarrollados por la universidad. | Fuente: VarCity

El equipo de investigadores del ETH, que puso en marcha VarCity en 2012 con dinero del Consejo Europeo de Financiación, ha seguido un proceso muy concreto basado en la captura e interpretación simultánea de imágenes de todos los rincones de la ciudad, obtenidas aprovechando tres fuentes distintas.

La primera es la más importante. Utilizando una técnica que recuerda a la empleada por Google para hacer su Street View, adhirieron una cámara de 360 grados a un vehículo para recoger imágenes dentro de una ruta prefijada.

Sin embargo, este plan tenía una laguna: no todas las zonas de la ciudad eran accesibles en coche. Es aquí donde entraron en juego las redes sociales. Los científicos se dieron cuenta de que los recursos que ofrecían abiertamente los usuarios en las redes son riquísimos y han podido perfeccionar sus mapas gracias a éstos.

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Imagen del mapa tridimensional creado por el proyecto. | Fuente: VarCity

El complemento a estas dos fuentes ha partido de las tomas aéreas, que ofrecen una perspectiva cenital que ayuda a ver con detalle las formas de los tejados y del suelo.

Así, tan resumido, parece una tarea sencilla. Pero no lo es. Tuvieron que desarrollar unos algoritmos de gran complejidad y emplear un ordenador específico para esta investigación para conseguir el alto nivel de precisión exigido. La tecnología que ellos mismos manipularon permitió que la computadora diferenciara entre aceras y carreteras, entre hierba y pavimento, entre bancos y farolas. Este fue uno de los grandes retos a los que se enfrentó el equipo.

“Cuantas más imágenes y vídeos puede evaluar la plataforma, más preciso es el resultado”, explica Kenneth Vanhoey, unos de los integrantes del equipo, en la página web de la universidad. “El objetivo de nuestro proyecto consistía en desarrollar los algoritmos necesarios para crear modelos tridimensionales de ciudad, asumiendo que el volumen disponible de imágenes y vídeos iría creciendo con el paso de los años”.

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Esta tecnología permite tomar con exactitud medidas como el tamaño de las fachadas de los edificios. | Fuente: VarCity

En este sentido, anticiparon que el protagonismo de las redes sociales era ascendente.

Desde entonces, han colaborado con el proyecto cinco empresas y otras cuatro han nacido en el proceso. Entre ellas, Spectando, que presta un servicio de construcción virtual y análisis de daños, y Parquery, que monitoriza espacios de aparcamiento aprovechando su conocimiento tridimensional de la ciudad.

El hito de los desarrolladores de VarCity reside en llevar un paso más allá el trabajo de compañías como Google. Con la tecnología de VarCity, es posible calcular con rigor, por ejemplo, el tamaño de la fachada de un edificio, mejorar la información de los GPS o navegar por la ciudad, a través de internet, con una visión tridimensional de los objetos. El resultado final es asombroso y se puede disfrutar en un vídeo que ha lanzado la propia universidad.

Letra cursiva

Eugenio Fouz

Puedo escribir los versos más tristes esta noche”. Puedo escribir como si fuera el poeta chileno y dejar caer una estrella fugaz a su lado. Puedo afirmar que sé lo que significa estar enamorado porque, por extraño que parezca, Neruda en este poema habla de amor y desamor (que en el fondo son una misma cosa). Podría, en fin, reproducir líneas enteras de firmas ajenas y hacer creer al lector no cultivado que la disposición maestra de las palabras era mía. Mi memoria me mima.

Los especialistas de la mente y la rima aseguran que lo peor de la locura y las letras en general resulta de la caótica mezcla de lecturas, géneros literarios, y preocupaciones. Y a mí hoy me inquieta una notician procedente del país de las vacas sagradas y la no-violencia que trata del fraude detectado en ese país durante los exámenes de acceso a Estudios Superiores. Según parece, la India es el país del mundo en el que hay mayor número de copiones. Tanto es así que la administración se ha visto obligada a adoptar severísimas medidas de control llegando a exigir ciertas condiciones en la indumentaria de los estudiantes.

Las buenas escuelas educan a sus alumnos. Quizás éstas no logren convertir a todos en individuos creativos y geniales; sin embargo, al menos deberían instruirles y convencerles de la importancia de ser honestos.

Me encuentro mareado. Es posible que haya leído más de la cuenta. Oigo voces en la cabeza que me hablan en susurros. Unas veces me confiesan “Yo la quise, y a veces ella también me quiso”, otras veces suenan a lamento “pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido”. Podría fingir que las líneas me pertenecen, pero no voy a hacerlo porque la letra cursiva me delata.

Nuevos dilemas morales en las sociedades abiertas

Antonio García Maldonado

Foto: Jonathan Ernst
Reuters

Aunque el presidente Trump y su sospechosa ‘Russian-Connection’ hayan hecho saltar las alarmas en la Comunidad de Inteligencia, parece improbable que los intercambios de información entre distintos servicios dejen de incrementarse en los próximos años ante la persistente amenaza terrorista. El atentado de Mánchester ha vuelto a imponer la realidad del mundo frente a los sueños “emancipadores” de fantasmales soberanías recuperadas que nos mantendrán seguros en nuestro perímetro. Y este atentado ha sido una negación paradigmática de la justificación emocional del Brexit. Por un lado, el terrorista suicida que se inmoló en el Mánchester Arena, Ismael Abedi, no sólo tenía nacionalidad británica, sino que había nacido en el país. Por otro, parte de la red a la que pertenecía (su padre y su hermano incluidos) ya estaba en Libia, su país de origen, plenamente integrada en estructuras del ISIS. Es decir: ninguna frontera impermeable a ningún extranjero habría podido impedir este atentado. Incluso, sin porosidad alguna, quizá estarían aún en suelo británico los detenidos en Libia, y quién sabe si no habrían cometido otros atentados. Ambos han sido detenidos gracias a la cooperación en materia de seguridad e inteligencia con socios europeos, la misma con la que la primera ministra Theresa May amenazó en un primer momento a la próxima UE de 27. El Brexit es un sinsentido que pretendía solucionar una disputa del Partido Conservador a costa de hacer más vulnerable a Gran Bretaña en materia de seguridad.

“Lo que puedo decir es que compartir inteligencia es muy importante”, ha declarado el secretario general de la OTAN, Jens Stoltemberg, al valorar el atentado y las posibles respuestas de los países de la Alianza Atlántica. Declaración que adquiere toda su dimensión cuando vemos, atentado tras atentado, que suele concurrir otro hecho adicional al de que el terrorista es un nacional de segunda o tercera generación de inmigrantes: el sujeto ha estado ya fichado, o de alguna forma bajo el radar de los servicios de inteligencia y seguridad de algún país. Por tanto, en un primer diagnóstico hay que concluir que el trabajo de recolección de información se hace bien, y que en el proceso de inteligencia que transforma esta información en materia sensible para ser considerada relevante por las instituciones, algo ocurre. Quizá es el propio sistema legal, para algunos demasiado garantista. Para otros, aún demasiado opaco. No existe un consenso a este respecto, y las opiniones suelen estar demasiado condicionadas por los apriorismos ideológicos. Pero siempre será un fracaso colectivo (no sé si evitable) escuchar que el terrorista “no era desconocido para las fuerzas de seguridad”. Algunos piensan que es el precio de la libertad. Yo tengo mis dudas, aunque no tengo certezas en contrario. Sólo sé que, paradójicamente, estaremos haciendo las cosas mejor cuando nos empiecen a decir que ninguna fuerza de seguridad, ningún servicio de inteligencia, tenía ni idea de quién se acaba de inmolar.

Qué nos enseña el libro más repelente de todos

Miguel Ángel Quintana Paz

¿Qué título de libro podría considerarse el más repelente de entre todos los clásicos? Si la pregunta atañera a las partes de una obra, seguramente cualquiera de la autobiografía de Friedrich Nietzsche, Ecce homo, sería digna candidata: “Por qué soy tan inteligente”, “Por qué soy tan sabio”, “Por qué escribo tan buenos libros”. En cuanto a volúmenes completos, Leszek Kołakowski alcanzó una marca importante con su “Por qué tengo razón en todo”, rótulo que tantas veces habrán anhelado, al menos como subtítulo, tantos otros profesores en tantos otros escritos más.

Con todo y con eso, de modo menos pomposo, pero igual de mordaz, fue el filósofo Søren Kierkegaard quien acuñó hace casi dos siglos un título febrilmente repulsivo para nuestra mente contemporánea. Lo hizo en su libro Enten-Eller, que suele traducirse con la disyuntiva “O lo uno o lo otro”, aunque podría asimismo ser “O bien una cosa, o bien la otra”.

¿Por qué resulta repulsivo ese título de Kierkegaard hoy en día? Vivimos en una época en que se nos ha vuelto más antipático que nunca renunciar a nada. Señores sesentones confían en verse bien juveniles y disfrutar a la vez de las mieles del reconocimiento por su amplia experiencia; jóvenes veinteañeros gustan de presentarse como tiernos modernetes, pero a la vez se quejan si su sueldo no alcanza el de un curtido profesional. Hacemos viajes lejanos con la intención de sumergirnos en otras culturas, pero allí nos refugiamos en el hotel que más se asemeja al de enfrente de casa. Queremos educar a nuestros hijos para el mundo real, pero les rodeamos de algodones que solo les prepararían para vivir sempiternamente en una colchonería.

Acaso este fenómeno adquiera especial virulencia en nuestro país. No pocos españoles están convencidos de que nuestra nación podría funcionar igual una escandinava, pero sin la sólida confianza entre sus ciudadanos que reina en aquellas sociedades. Deseamos tener impuestos tan bajos como en las Bahamas, pero con servicios públicos tan caros como los fineses. Protestamos porque nuestras universidades no están entre las mejores del mundo, pero acatamos que los criterios de selección en ellas sigan columpiándose entre el padrinazgo y el amiguismo. Si la asistencia a la eucaristía dominical continuara siendo masiva en España, no resultaría raro comprobar cada semana cómo varios feligreses porfiarían por estar a la vez en misa y repicando.

Ante este panorama, Kierkegaard nos recuerda una verdad repelente: a veces (muchas más veces de las que hoy creemos) se debe optar entre o bien una cosa o bien otra. Enten-Eller, en danés. Hoy suena fascista hablar de esa manera, pero aun así es preciso recordarlo: no puedes hacer todo lo que quieras ni tener todo lo que quieras ni hablar con solvencia de todo cuanto te gustaría hablar (aunque uses Twitter).

¿Cómo es que hemos llegado en nuestros días a olvidar tan simple verdad? El mismo libro de Kierkegaard nos responde con una de sus fábulas más famosas, la del payaso en el escenario del teatro. Reza así:

Se declaró en cierta ocasión un incendio entre los bastidores de un teatro. Un payaso salió al escenario para dar la noticia al público. Pero este creyó que se trataba de un chiste y aplaudió fervoroso. El payaso repitió la noticia y los aplausos se volvieron aún más entusiastas. Así sospecho yo que se irá a pique el mundo, entre el júbilo general de la gente biempensante, que creerá que solo se trata de un chiste.

Hoy se ha vuelto un lugar común decir que vivimos en una “sociedad del espectáculo”. Pero las cosas no estaban tan claras hace dos siglos, por lo que no resulta arbitrario atribuir a Kierkegaard cierto mérito previsor. En su cuento del payaso, este filósofo nos habla de un mundo en que todo se verá ya como mero espectáculo teatral. Y por ello pensaremos que todo es posible. Cierta teatralidad tendrán las desgracias que vemos en nuestros televisores; nadie se creerá del todo las noticias que nos proporciona una prensa que día tras día ensucia su fiabilidad. Solo algún sectario se tragará ya del todo lo que declama un político desde su escenario; solo algún ingenuo escuchará las previsiones de los expertos como si de veras se fueran a cumplir. Gracias a las redes sociales, las vidas de los otros desfilan ante nuestras butacas, mitad dramas y mitad comedia; nosotros mismos recitamos la trama de nuestros días ante un público silencioso, que nos contempla tras el foco de la pantalla de nuestro dispositivo.

Teatro, lo nuestro es puro teatro, cantaría hoy La Lupe. Y si somos todos actores, no puede acusársenos entonces de mentir exactamente, pero tampoco debe tomárselos muy en serio durante nuestra actuación. Desde antiguo nos lo han explicado los teóricos de la dramaturgia: ante un escenario (o, con el cine, ante una pantalla) conviene suspender nuestra credulidad, para no hacer el ridículo de aquellos espectadores que, cuando los hermanos Lumière les proyectaron por primera vez la escena de una locomotora que entraba en una estación, se reclinaron contra el respaldo de sus asientos, como temerosos de que el tren les fuese a arrollar.

El problema, naturalmente, es el que nos recuerda Kierkegaard en su fábula del payaso: por mucho que vivamos en un teatro, a veces sí que irrumpen cosas que nos podrían arrollar. Nos resistimos a creérnoslo, cobijados como nos pensamos en nuestro elegante patio de butacas; con esa sonrisa alelada de bebé (Philippe Muray dixit) con que intentamos tomárnoslo todo; convencidos de que es posible seguir contemplando las cosas con un distanciamiento elegante, sin tener nunca que optar de veras por algo contundente: o esto o aquello. Ahora bien, en ocasiones se declarará un incendio. Se acabará la función. Habrá que elegir en serio: o bien por una cosa, o bien por otra. Enten-Eller. Y más nos valdría atender a quienes nos lo anuncien desde el escenario, por muy payasos que sean.

Semanas llevan ardiendo las llamas de la represión chavista en Venezuela. Se ha cobrado ya docenas de muertos. Por bufonesco que resulte Nicolás Maduro, no es con balas de broma como sus tropas acribillan a los venezolanos. Mientras, en España, otros bufones le respaldan y, oh, resultan tan entretenidos. ¿Cómo tomarnos en serio a un payaso que justifica los crímenes del régimen de Caracas, si al fin y al cabo todos sabemos que las llamas del incendio venezolano no nos pueden alcanzar? ¡Démosles más escenarios, otorguémosles mejores púlpitos desde los que propaguen su mensaje, sería tan aburrida la temporada sin ellos! ¡Aplaudamos, aplaudamos! Límpiate eso que te ha saltado sobre la pechera, sin duda es solo salsa de tomate. Y, ante todo, no ceses nunca de sonreír.

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