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¿Hay que regular el uso del tacón de aguja?

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Gonzalo Fuentes
Reuters/File

En el desfile de Chanel en París, un poco coqueto, un poco ramplón, con sus espejos y sus jarrones con calas, y sus modelos desfilando por la pasarela en traje chaqueta rosado, y su decadente público de desocupados, me consterna ver que las chicas siguen llevando, como en los tiempos de la antigüedad más oscuros y represivos, zapatos con tacones altos, so pretexto de que realzan su figura, la estilizan.

Pervive la barbarie y el disparate cosificador de la mujer, que tanto la degrada al hacerla asumir la imagen desvalida, necesitada de ayuda, que está implícita en el erotismo masoquista del tacón de aguja, destructor del pie femenino.

Su uso -como el del también degradante burka- debería ser estrictamente regulado: prohibido y multado en horas hábiles de trabajo, por lo menos, y en toda clase de espacios públicos, hasta por lo menos las 23 horas. Después, que cada una haga lo que le apetezca. Que se droguen y emborrachen y se pongan tacones. Ancha es Castilla. 

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Un paseo por la Florencia de Gucci y Ferragamo

Claudia Preysler Ledo

Foto: .
Museo Salvatore Ferragamo

Si eres de aquellos paseantes que presta atención al nombre de las calles, más por curiosidad que por orientación, al recorrer las de Florencia deberías de reparar en algunos, como Via Cartolai, Via Tessitori o Via Tintori. Más allá de todas las maravillas artísticas que hay que descubrir cuando se visita esta ciudad, las calles de los papeleros, los tejedores y los tintoreros, por nombrar solo algunas, ponen sobre la pista al viajero de otra ruta.

Orgullo toscano

Aunque pensar en Milán evoque ya el estilo y los grandes nombres de la moda italiana, la fama de este país en el arte de la alta costura no sólo se concentra en esta urbe. Ya desde el siglo XIII, antes de la llegada de la familia Medici, veintiún gremios de mercaderes y artesanos gobernaban la entonces república independiente de Florencia. Los mismos que todavía hoy dan nombre a sus vias y recuerdan que el comercio y la artesanía son dos señas de identidad que los toscanos siempre han lucido con orgullo.

“Un florentino que no es un mercader, que no ha recorrido el mundo, ha visto naciones extranjeras y a sus gentes, y ha regresado a Florencia con algo de riqueza, no goza de estima propia en absoluto”, escribió el comerciante de seda renacentista Gregorio Datti.

Siglos después, la misma dignidad toscana volvía a abrirse paso cuando Maurizio Gucci, hermano del fundador del imperio textil, bromeaba: “Gucci es tan florentino como Johnnie Walker es escocés, y no hay mucho que alguien pueda enseñar a un florentino sobre comercio y artesanía”.

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Imagen del el antiguo Pallazo della Mercanzia. | Foto vía Gucci.com

Una parada en el Gucci Garden

La periodista Sara Gay Forden cuenta esta anécdota en su libro sobre la historia la casa Guccio Gucci, cuyas iniciales son hoy reproducidas (e imitadas) en bolsos, cinturones o camisetas, como distintivo de clase y poderío económico.

Como homenaje a su historia y a su ciudad, desde este febrero, la firma italiana ha elegido el antiguo Pallazo della Mercanzia, situado en la famosa Piazza de la Signoria florentina, como sede de su colección. El Gucci Garden fusiona arte y moda en una suerte de museo multiespacio, un concepto cada vez más popular entre las casas de alta costura.

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Guccificación. Imagen vía Gucci.com

Mientras que en la planta baja se sitúa la divertida tienda de objetos singulares y el restaurante, a cargo del triestellato chef Massimo Bottura, algunos de los objetos y diseños más singulares o con mayor valor simbólico para la firma se exhiben en las plantas superiores del jardín, mezcladas con el onírico universo de Alessandro Michaele, actual genio creativo de Gucci.

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La osteria de Massimo Bottura | Imagen vía Gucci.com

En la última sala encontramos maletas y bocetos que recuerdan el origen de la marca. A finales del siglo XIX,  mientras trabajaba en el Hotel Savoy de Londres, Guccio Gucci observó el gran cuidado que los ricos huéspedes que llegaban procuraban a sus posesiones, contenidas en pilas de maletas hechas de cuero y grabadas con sus iniciales.

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CINEMA DA CAMERA en el Gucci Garden. | Imagen vía Gucci.com

Cuando regresó a Florencia, tras trabajar en varias firmas dedicadas a la piel, en 1921 reunió el suficiente conocimiento y dinero como para abrir su propia tienda, dedicada los artículos de cuero y las reparaciones de este material. El comercio, que no tardó en ser rentable, se situaba, estratégicamente, cerca de la Via dei Tornabuoni, una de las calles más elegantes de la ciudad, que hoy se disputa con la Via del Corso los letreros de todas las grandes firmas de moda, y donde se encuentra la tienda de Gucci.

El zapatero que fue a Hollywood y volvió a Florencia

Tras un paseo por Oltrarno, donde poliferan los pequeños talleres dedicados al tejido de lana, la seda y los brocados, de vuelta al otro lado del río, accediendo por el Ponte Santa Trinita, se encuentra el Palazzo Spina Feroni, sede del Museo Salvattore Ferragamo.

El famoso zapatero que calzó a las celebridades del joven Hollywood de los años 20, regresó a Italia en 1927 para establecerse en Florencia, conocida por su buen hacer artesano.

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Piezas de la exposición ‘1927. Il rittorno a Italia’ en el Museo Salvattore Ferragamo | Foto vía Museo Salvattore Ferragamo

Hasta el 2 de mayo, el museo conmemora el aniversario de esta vuelta con la exposición 1921. Il ritorno a Italia, que acoge una amplia selección de pintura, escultura, fotografías, artes decorativas, y por supuesto, zapatos, que ilustran la historia de Italia durante esos años. La muestra, no solo recomendable para los amantes de la moda, recorre la vanguardia de los años 20, cuyas corrientes estéticas influenciaron el trabajo de Ferragamo.

Además de su colección de zapatos (10.000 de la propia firma y piezas de época), de vestidos y de su archivo de documentos, el museo organiza exposiciones temporales, como la que ahora apura sus últimos días. A partir del 24 de mayo, acogerá la muestra Italia en Hollywood, dedicada a la época que el diseñador de zapatos pasó en California.

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Il Ritorno a Italia recorre la vanguardia de los años 20. | Foto vía Museo Salvattore Ferragamo

Polimoda, la fábrica de diseñadores

Además de este museo, la familia Ferragamo está presente en la escuela de moda más importante de Italia: el Instituto Polimoda, que, desde 2006, preside Ferruccio Ferragamo, está considerado como el mejor lugar para formarse en estudios de diseño y gestión de moda y marcas de lujo.

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Polimoda Firenze. | Imagen vía Facebook de Polimoda.

En 1986, las primeras clases se impartían en la Villa Strozzi de Florencia. Tras la apertura de dos nuevos campus especializados, en el 2000, los tres espacios se unificaron en una sede en la Via Curtatone, donde hoy se asienta la escuela.

Quien presenta un proyecto de fin de grado o máster en Polimoda, puede acabar haciendo carrera en el bussiness of fashion: directivos de importantes firmas acuden al instituto florentino en busca del talento y el buen hacer artesano que, todavía hoy, se cocina entre los muros de la joya de la Toscana.

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Todo podría ser mentira

Gregorio Luri

Foto: EMILIO MORENATTI
AP

Este artículo está escrito con un estado de ánimo tan exaltado que no estoy seguro de que deban leerlo quienes me consideran una persona ecuánime, pero es que la alcaldesa de Barcelona me ha puesto de los nervios al considerar que es más digno de rememoración un payaso que un soldado. No es una anécdota que esta mujer insípida se permita dar una calle a un actor que si fuera de derechas sería machista, mientras desprecia al Almirante Cervera. Es la confirmación de que se ha instalado en la ortodoxia un síndrome político que podemos caracterizar por los siguientes síntomas:

  1. Tendencia irrefrenable a estar a favor de todo lo bueno y en contra de todo lo malo.
  2. Convicción de ser el pueblo. Pero se enfadan mucho si les preguntas: “¿Cuando hablas de pueblo te refieres a ti y a quién más?”
  3. Ignorancia olímpica del arte fundamental del humanismo, el “ars nesciendi” de Vives. No saben que no saben.
  4. Insolencia ante las contrariedades. Si los hechos les llevan la contraria, desprecian a los hechos.
  5. Es decir, tachan de fascista a cualquiera que ponga en cuestión sus ocurrencias.
  6. Libertad de expresión, que ejercen con más frecuencia que la libertad de pensamiento.
  7. Igualdad, entendida como igual derecho a ser distinto… siempre que sean ellos los que decidan qué diferencias son respetables.
  8. Espíritu crítico (que es aquel que coincide con el suyo).
  9. Autonomía. Al mismo tiempo que hacen de la autonomía proclamada el principal dogma de la religión laica del presente, están llenando el mundo de terapeutas. La utopía, por lo que se ve, es una sociedad terapéutica.
  10. Respetan la naturaleza de todos los seres… excepto la del hombre, al que ven como un inocente polimorfo.
  11. Antimilitaristas y pacifistas. Es decir, aceptan que nunca asumirán la responsabilidad de gobernar la nación y eso les permite, para decirlo con palabras de Orwell, reírse de los uniformes que velan sus sueños.
  12. Son de lágrima fácil ante todo aquello que les permite sentir lástima. Creen que la bondad es adornarse la conciencia con abalorios emotivos.
  13. Piensan que la indignación es una virtud política… siempre que vaya dirigida contra los otros.
  14. Memoria selectiva. Poseen el monopolio de la memoria histórica.
  15. Antiautoritarios. Tanto, que no consideran necesario levantarse de la silla cuando le entregan las llaves de la ciudad al presidente de un gobierno extranjero.
  16. Innovadores. Hasta el punto de que no les importa estar equivocados… con tal de no estar anticuados.
  17. Laicos y respetuosos con toda religión que no sea la de sus abuelos.
  18. Revolucionarios. Ya han invadido la lengua con comisarios políticos.
  19. Pluralistas y multiculturales, hasta el extremo de estar erosionando la cultura común, que es el ecosistema humano que nos permiten disponer de estrategias compartidas para entendernos con desconocidos.
  20. Son la ortodoxia y por lo mismo, son incapaces de alejarse de sí mismos para contemplarse irónicamente.

¿Es grave?

Honestamente, no sé hasta qué punto el cabreo agudiza o entorpece mi mirada. Ante la duda, quizás deba acabar diciéndoles a ustedes lo que dijo un pastor sueco a sus feligreses un Viernes Santo que le salió un sermón terrorífico: “No lloréis, hermanos, que todo podría ser mentira”.

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La última batalla del Gabo

Carlos Mayoral

Foto: Rogelio A. Galaviz C.
Flickr bajo Licencia Creative Commons

El Gabo dijo adiós un abril hace ahora cuatro años. Había muerto haciendo con la batalla lo que hacía el coronel de su obra: presentarla, que es mucho más importante que haberla ganado. García Márquez no coincide con Aureliano en eso de promover treinta y dos levantamientos y perderlos todos. Sabía muy bien que hay algo de paradoja en ese juego: la primera victoria consiste en haberlo intentado. El Gabo peleó, como ese mismo coronel que llevaba quince años esperando la carta con la pensión de veterano de guerra, silenciosamente, consciente de que serían los idealismos de una tierra y no el hambre asociado a ella los encargados de juzgar al hombre latinoamericano. No dejó de intentarlo el de Aracataca, presentó esa batalla en un mundo de las letras anquilosado, decimonónico y que desde el punto de vista hispánico se deshacía: olvidado a un lado del océano, ahogado bajo las aguas turbias de la dictadura al otro.

¿Y cómo peleó contra él? Hasta la llegada del colombiano, los pocos puentes establecidos entre Europa y Sudamérica, véanse los Rubén Darío o los César Vallejo, adoptaban el talento iberoamericano bajo el aspecto ajado con maquillaje gris y tacones de aguja de la vieja Europa. Dicho de otro modo, hasta su llegada, el escritor hispanohablante no podía ser conocido sin el rigor formal europeo. El Gabo cambia las normas. Con un estilo heredado de maestros como Carpentier u Onetti, decide que la literatura hispanoamericana colocará el corazón allí, en el centro del continente que más magia y más hechizo desprende de todo el globo. Llamen a ese corazón Macondo, Comala, Xurandó, Leoncio Prado o Santa María, me importa un carajo. Lo realmente sustancial es que de una vez por todas el párrafo o la estrofa habita allí, en el único lugar donde un coronel, por volver al principio del texto, puede ser derrotado en treinta dos levantamientos y pasar por el gran héroe que todos quisimos ser. Aparece un nuevo léxico, un nuevo escalón gramatical. Aparecen nuevos escenarios, nuevas personalidades. Aparece una nueva forma de entender la realidad. Todo desemboca en un estallido de cuya onomatopeya surgió la etiqueta del grupo literario más talentoso del siglo XX. Es el legado del Gabo más allá de la batalla, lo que quedará cuando el ruido y el polvo hayan desaparecido.

Libró su última batalla contra la memoria. Y ganó, claro. Había dejado en las nuestras, por suerte, la sensación constante de que hay un tipo de narración que permite una sorpresa en el siguiente renglón, que encuentra magia en lo cotidiano. Durante su última batalla demostró que su pluma sobreviviría al olvido y a la soledad. Es decir, permitan que acabe este texto como lo empecé, quiero decir, con una paradoja: Gabriel García Márquez sabía muy bien que hay olvidos que permanecen en la memoria. Millones de lectores siguen olvidándole hojeando sus páginas cada día. Ese hojeo seguirá vivo. Pasen cuatro o, como ocurrió con aquellas estirpes condenadas, cien años más de sufrimiento.

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El árbol de la vida

José Antonio Montano

Foto: Mikhail Pavstyuk
Unsplash

He terminado ‘El árbol de la vida’, el libro de memorias que Eugenio Trías escribió en 1999 y publicó en 2003. Yo lo leí entonces y me decepcionó, y esa decepción significó el enfriamiento de mi pasión de casi veinte años por Trías. Ahora, en cambio, me ha encantado y mi pasión renace. Quizá porque Trías ya está muerto, lo que ha acentuado en el libro su intención testamentaria, y porque en estos años yo me he hecho más receptivo a lo que el libro tenía que decir, que decirme. Este, y no aquel, era el momento.

Su tema es la vocación; la aventura de una vida encaminándose a la vocación y, una vez desvelada, abriéndose paso con ella. Una aventura con tropiezos y con regresiones pero que, al cabo, traza una línea con apariencia de fatalidad (de fatalidad gozosa). Igual que en el ‘azar objetivo’ de los surrealistas, el azar de los hechos puede leerse después como necesidad. La vida, al fin, como novela, como poema. Tiene que ver con lo que se propuso Goethe, uno de los autores predilectos de Trías, cuando contó también su vida en ‘Poesía y Verdad’.

La vocación que descubre y a la que se entrega Trías es la filosofía. Le tentaba ser poeta, novelista, músico, director de cine, pero se impuso la filosofía: la indagación en “el enigma de nuestra propia existencia”, con una voluntad metafísica que no era ya de su tiempo (pero que Trías inserta en su tiempo). Su instrumento fue la escritura en su forma ensayística (sí fue, plenamente, escritor): “Yo entiendo el ensayo como un ejercicio de tiento y experimentación con la escritura en su búsqueda de las claves más secretas de nuestra experiencia; o de ese ‘dato’ que se nos da bajo la forma de la existencia”.

Lo mejor de ‘El árbol de la vida’ es que nos permite conocer el trasunto vital de su filosofía, que tan intensamente ha influido en la vida de sus lectores. Es como ir de la vida de los lectores de Trías a la vida de Trías. La filosofía es la mediación. Así operó en el propio Trías. En su momento descubre, y decide: “Fue entonces, también, cuando comprendí una verdad que estaba latente en lo que llevaba escribiendo, pero que no había asumido en toda su radicalidad y verdad: que la única fuente auténtica de la filosofía, o de lo que a partir de entonces sería ‘mi’ filosofía, solo podía hallarla en el manantial, entonces inagotable, de mi propia experiencia de vida”. Y esto lo llevaría a cabo, dada su opción por el ensayo filosófico, así: “Mi filosofía sería, desde entonces, una especie de espejo transferencial, aparentemente ‘objetivo’ (y lleno de ‘efectos distanciadores’ brechtianos) de mis propios ciclos o episodios de vida”.

Esa tensión (esa energía, esa pasión) que fundaba su filosofía se cumplió en mí como lector.

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