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Palabras mágicas

Ignacio Vidal-Folch

Es encantador el modo en que estos aprendices de hombre se escudan tras su propia escritura al tiempo que la muestran –un poco en esto como el torero con la capa roja.

Varios ensayos del sinólogo Leys, recogidos en “Breviario de saberes inútiles”, hablan del gran poder mágico que los orientales atribuyen a la palabra escrita con bella caligrafía, llegando al extremo de una aldea que contrató los servicios del calígrafo más famoso de su época para que escribiera el cartel que protegiese a sus vecinos de los ataques continuos de un tigre feroz que se había cobrado ya varias víctimas. A la entrada de la aldea el cartel decía: “Los tigres no son bienvenidos.”

El ridículo de Harvard

Jordi Bernal

Foto: Manu Fernandez
AP Photo/Archivo

Conocida y repetida es la sentencia de Tarradellas: “En política se puede hacer de todo menos el ridículo”. No parecen los políticos independentistas actuales muy dados al recuerdo del presidente que reinstauró la Generalitat de Cataluña democrática en la los años de la Transición. El ridículo es su modo de actuar. Ridículo Junqueras cuando, sin ruborizarse ni abrocharse la americana por imperativo físico, afirmó que podía parar la economía catalana unos días sin más y más chulo que un pisador ubérrimo de uvas. La cara de los eurodiputados debió de ser inenarrable. No entro ya en el hecho de que Junqueras afirmara en otra ocasión que el torturador Miquel Badia fue un demócrata ejemplar. Como siempre, tratándose de Junqueras, la historia es pura mitomanía falsaria. De meapilas mixtificador, vamos. De programa bien-pagá-y-Soler de TV3.

Luego está el ministro de exteriores (sic) del estalinista Psuc Romeva. El nadador sin pelo ni Cheever que le escriba. El compañero de viaje borderline. Ahí está quejándose de que cazas españoles sobrevuelen cielo catalán. Una vez más, el flipe de los representantes europeos tuvo que ser considerable: un tipo que lloriquea por que las fuerzas armadas de su país realizan ejercicios militares en su espacio aéreo.

Si no fuera suficiente, superando a Nat King Cole 4% Arturo Mas, o sería Luther King, yo ya no sé, aparece en escena haciendo el clown uno de Gerona. Y dice, previo viaje pagado por usted y moi, que los EEUU son muy libres y España una cacicada decimonónica. Les recuerda, con apuntes de bachiller, los fundamentos de la democracia norteamericana. Sí, esa que no admite segregaciones ni deslealtades tejanas ni tonterías de pastelero. Se le olvida apuntar al convergente que, en Cataluña, se utiliza el calificativo “unionista” como estigma. Y que su Frente de Liberación Popular para un referéndum se basa en un pacto con comunistas que quieren acabar con la democracia liberal.

También se le olvida, en Harvard oh yeah y pagado por usted y moi, al pastelero de Gerona recordar que la soberanía de España, al igual que la de Estados Unidos, reside en el conjunto de sus ciudadanos. Valor de ley, si atendemos a la formación cultural puramente yanqui.

No se puede ir por la vida haciendo el ridículo, pastelero. Incluso más acá de la política.

El viejo topo se hace europeísta

Juan Claudio de Ramón

Se critica el decorado: algunos lo quieren minimalista; otros, suntuoso. Casi todos coinciden en que falla la iluminación, pero cada uno pondría el foco en un lugar distinto. El encargado de la tramoya, que se ha ido complicando a lo largo de los años, está bajo constante escrutinio. El casting suscita comentarios de todo tipo, aunque hay consenso en que los intérpretes de antaño tenían más grandeza. Un desarrollo interesante es que cada vez se presta más atención a los actores secundarios, e incluso sucede que alguien a quien se creía figurante concentra de pronto todas las miradas. Sobre todo, preocupa el guion: según una influyente escuela de comentaristas, le falta dramatismo y le sobran acotaciones. No se atiene a moldes conocidos: no está claro si es comedia del arte o teatro épico; más parece que se está inventando un nuevo género. Sobre todo, la trama ha dejado de avanzar. Algunos sospechan, aunque no se atreven a decirlo, que el problema está en un público filisteo que no entiende: habría que evacuar el patio de butacas, o mejor aún, representar la obra a telón bajado. Los espectadores creen, en cambio, que es el director el que no entiende nada y están como locos por traspasar la cuarta pared.

Da igual. El caso es que todos hablan de lo mismo. La Unión Europea es ya la única obra en cartel, the only show in town, como se dice en inglés. La utopía tecnocrática de un puñado de altos funcionarios de los años cincuenta se ha colado en los bares de todo el continente. En Europa se habla, en suma, de Europa, dato que no parece condecirse con prematuras actas de fallecimiento. Por una suerte de heterogénesis de los fines, o acaso eso que Hegel llamaba argucias de la razón, todas las amenazas existenciales de la Unión Europea están contribuyendo a generar esa conciencia europea que nos hacía falta, peso previo y necesario para la conformación de un demos europeo. Sí, un nutrido grupo de espectadores ha abandonado el palco; ahí se les ve discutiendo acaloradamente entre ellos a la salida del teatro, sin saber a dónde dirigirse ni si les hará falta paraguas. Cunde la sensación de que si finalmente la obra bajase del cartel, a los pocos días los europeos empezarían a producir el remake.

En el primer acto, los europeos se mataban; en el segundo, aprendieron a cooperar; no descartemos que al acabar el tercero, que ahora empieza envuelto en brumas, seamos los europeístas los que también podamos exclamar, admirados: ¡Bien excavado, viejo topo!

Ojos en el corazón

Lea Vélez

Foto: DENIS BALIBOUSE
Reuters

Año 2004. Viajábamos de Inglaterra a Madrid en coche, sin paradas. El viaje había sido incómodo, largo, cansado. Dejábamos Francia atrás. En cuando cruzamos la frontera de Irún y cogimos esa cuesta de pura curva y contra curva a 120 por hora, vimos los primeros coches quemados. Los restos de un horrible accidente. Cien metros más abajo, un camión volcado en la cuneta. Un kilómetro después, dos coches con los hierros entrelazados en un abrazo mortal, cristales rotos, esqueletos oxidados, restos de coches volcados, frenazos frescos sobre el asfalto, vehículos empujados de cualquier forma hacia el arcén. Durante las siguientes cuatro horas de viaje hasta Madrid, mi marido y yo nos encontramos con cada accidente, tragedia, despiste, con cada sueño agotado en los arcenes de aquel verano. Eran los restos de la guerra.
Alucinados ante aquel paisaje apocalíptico buscábamos explicación. ¿Hubo lluvias torrenciales? ¿Bancos densos de niebla? ¿Un loco al volante? Al fin, adivinamos la causa. No era cosa del clima, ni de que hubiera habido más despistes de la cuenta, ni más borrachos o chiflados o atentados terroristas. Es que existen las guerras constantes e invisibles. Esas que se barren cada día porque da miedo mirar. Las guerras que nadie sabe que existen hasta que el tipo al que le toca siempre barrer, recoger, ordenar y esconder los restos de todo lo malo, se planta. En el verano de 2004 hubo una huelga de conductores de grúa. Comenzó en el País Vasco y se extendió al resto de España. Nadie retiró los coches siniestrados durante más de un mes y en ese mes, las carreteras se llenaron de fantasmas. Aquel viaje me marcó para siempre, y el corazón, ese que si no ve no siente, aprendió a mirar lo que no está.
A veces hago ese ejercicio mental con otras cosas terribles, como el cáncer. Imagino todos los cuerpos graves, enfermos, asustados, los muertos que causa la enfermedad. Pienso en lo que no se ve y le doy la imagen metafórica de aquel cementerio de coches del verano del 2004.

Susana Díaz: vivir es decidir

David Martínez

Foto: GERARD JULIEN
AFP PHOTO
“Se vive durante 20 años; luego, se sobrevive”, escuché defender una vez a Felipe González. Las preocupaciones de la vida adulta, la toma de conciencia sobre los aspectos más dolientes de la existencia -“envejecer, morir es el único argumento de la obra”, enseñó Gil de Biedma- nos estrechan el camino y lo condicionan todo una vez doblada la esquina de la madurez. Es entonces cuando acaba el prólogo alegre de la infancia y primera juventud para dar paso a lo serio: concatenar golpes, decepcionar, ser decepcionado y embarcarse en el frenesí imparable de la toma de decisiones, que no otra cosa es vivir. Casi siempre, por cierto, dejando con cada una de ellas un notable parte de daños colaterales. Esto es lo sustancial y por eso la psicología nos dice que la felicidad se manifiesta por momentos, nunca como un estado duradero; Cervantes escribió que esta se halla en el camino y no en la posada; o el catolicismo justifica el “valle de lágrimas” con el argumento de que precede a la vida eterna. Y también por eso nos esforzamos en buscar evasiones que nos distraigan de lo mollar, así sea circunstancialmente -excusas para no pensar-.

Decidir, decidir y decidir. No paramos de tomar una alternativa u otra en el laberinto de la vida, sabiendo además que el final será el mismo en cualquier caso, dotando así de una trascendencia a nuestros movimientos que por supuesto no tienen. (¿O sí la tienen?) Esta columna iba a versar sobre la decisión política más importante en la carrera de Susana Díaz, que es la de lanzarse a una batalla que en el mejor de los casos le otorgará el mando de un partido roto y reducido a la mitad de lo que era hace pocos años, con la seguridad de que perderá las próximas elecciones generales. Porque ni ella ni nadie puede remontar 14 puntos en menos de un ciclo electoral.

Iba a ir de eso, pero qué pequeña se queda la contienda política patria cuando se amplia el foco para conseguir una panorámica más completa. Díaz ha tomado una decisión que marcará toda su trayectoria y también -al menos durante un tiempo- la del PSOE y la de la política nacional, pero ninguna decisión de ninguna otra persona te afectará tanto como la menor de las que tomes tú mismo hoy. Será difícil, quizá, probablemente dañes a alguien, y después de ella tampoco te librarás del acoso de la memoria, pertinaz en esa misión de recordarnos que nos estamos muriendo, como supo ver Michi Panero. O que vamos sobreviviendo, que diría el más optimista González. Sí, vivir es decidir y autoengañarse, pero todo vale la pena cuando la elección de turno te lleva a empezar de nuevo. Porque Pavese tenía razón: La mayor alegría del mundo es comenzar.

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