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Sarkozy, ejemplo para Mas

Ignacio Vidal-Folch

Después de mucha demora el ex presidente francés Nicolas Sarkozy sigue ahora los pasos de Jacques Chirac y se convertirá en el segundo presidente de la V República francesa en ser llevado a juicio, en ambos casos por manejar el dinero con excesiva y fraudulenta desenvoltura. Este hecho ¿honra o deshonra a las altas instituciones de gobernación del país vecino? ¿Quedará maltrecha su noción de la “grandeur” que tan cara le es, o saldrá de este mal viaje reforzada?

A lo mejor saldrá reforzada la noción de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Y con ella la democracia. Lo que es seguro es que a Sarkozy no se le ocurrirá pretender que al juzgarle a él es a todos los franceses a quien se pretende llevar ante los tribunales.

Este sería un buen tema de meditación para Artur Mas –el ex presidente de la Generalidad de Cataluña que tanto se jactaba de su “astucia” para engañar al Estado– durante las largas  sesiones del juicio al que estos días le vemos sometido, en compañía de algunas de sus compinches más conspicuas, acusados de desobedientes y prevaricadores, y de donde todos esperamos que salgan inhabilitados, para que nunca más puedan aprovechar los momentos de más debilidad e incertidumbre de la Nación para asestarle puñaladas en la espalda.

Pero si no aprende de Sarkozy compostura, por lo menos el Astuto hallará en su ejemplo algún consuelo y relativizará la amargura del trago por el que está pasando; pues si los ex presidentes de Francia, gran nación europea, pueden llegar a ser asentados en el banquillo, por qué no habrían de serlo los ex presidentes de las autonomías españolas como Matas, Camps o él mismo…

Pues mira que aquel 1967...

Víctor de la Serna

Con esto de las elecciones del 77 hemos tenido estos días en los periódicos una racioncilla de recuerdos de hace 40 años, y yo mismo he rebuscado en algunos de ellos y los he publicado aquí. Puesto ya a la nostalgia, ansiando hallar en ella algo de solaz y también alguna clave del monumental caos en el que angustiadamente nos encontramos hoy -y como he cumplido ya demasiados años- me deslizo traicioneramente y sin apenas intentarlo hasta otra efeméride aún más redonda. Medio siglo: mi verano de 1967. O, lo que es lo mismo, lo que fue conocer en un instante las experiencias del inmigrante indeseado, del europeo integrado y esperanzado y del descubridor de remotas culturas culinarias. Pensándolo bien, cada una de ellas tiene algo que ver con el resto de mi vida…

Terminaba yo Segundo de Derecho en la Complutense, la dictadura seguía en pie y sin haber sufrido aún los embates de ETA, y yo salía cada vez que podía de aquel país nuestro, estrecho y pacato. Me apunté al curso de verano de la Academia de Derecho Internacional de La Haya, aun a sabiendas de que sólo me darían un papelito como asistente pero que no podría optar a sacar el diploma oficial, ya que éste era para graduados. Pero, todavía indeciso entre la diplomacia y el periodismo, me lancé con mucho entusiasmo a ello.

La cosa pudo terminar antes de empezar, y es que en 1967 los españoles no es que fuésemos como los pobres refugiados sirios de hoy, pero sí lo más parecido a los rumanos o los marroquíes o los ecuatorianos que hoy buscan una vida mejor en la próspera Unión Europea. No nos vendría mal recordarlo alguna vez.

A partir de 1960 los españoles nos habíamos lanzado a la emigración, en una oleada sin parangón desde el exilio de 1939, y esta vez hacia Europa, no hacia América. En las fronteras no éramos bien recibidos si no presentábamos contratos de trabajo, y en el aeropuerto de Schiphol pasé media hora bastante desagradable bajo la mirada hosca de un poli holandés que no acababa de creerse las explicaciones de un chaval español que decía algo tan raro como que iba a estudiar Derecho Internacional. Tras presentar el papel de la Academia y la dirección de mi pensión, y mostrar los pocos florines que llevaba en el bolsillo, por fin conseguí que me sellara el pasaporte tras enseñar el único documento que de verdad le interesaba: mi billete de vuelta para el mes siguiente.

En La Haya aprendí más en la calle, tomando cafés o cervezas con los compañeros, o visitando la maravillosa Mauritshuis para reencontrarme con el inigualable Vermeer y descubrir esa chica de la perla y esa vista de Delft, que en unas clases muy por encima de mi nivel académico primerizo. Sí que me esforcé con los conflictos entre Bolivia y Chile o con la caza de criminales de la II Guerra Mundial, pero todo eso era de Primera División y yo daba el nivel de alevín, y gracias. La mayoría de los alumnos eran mayores, ya con la licenciatura en el bolsillo, e incluso me susurraron, señalando a una menuda chica española: “Tiene 27 años y ya es doctora. Se llama Elisa Pérez Vera”. Nunca más nos hemos vuelto a encontrar, pero estoy bien enterado, como todos, de su distinguida carrera posterior, que incluye unos años en el Tribunal Constitucional.

Pese a mi insuficiencia académica, fue un buen verano, rodeado de chicos y chicas llegados de países más libres que el mío y a los que no me cansaba de hacer preguntas, porque ya estaba convencido de que pronto íbamos a dejar de ser los parientes pobres de la Europa democrática y había que empezar a ponerse las pilas.

Y, miren por donde, en ese país supuestamente tan poco gastronómico como es Holanda empecé yo a descubrir mi otra vocación: aquel delicioso arenque fresco, el ‘groene haring’, que te vendían los de los carritos al borde de la playa de Scheveningen y te tomabas de un bocado con una cañita de cerveza, y aquella revelación asiática, la noche en que los tres compañeros de piso quisimos invitar a nuestra encantadora casera, una viuda muy mayor que soñaba con cenar en el Garoeda, el clásico restaurante indonesio de la Lange Voorhout. (La Haya fue, tras la independencia de su colonia asiática en 1956, el lugar de refugio de gran parte de la burguesía de Yakarta que optó por el exilio).

Aquella noche, justo antes de regresar a Madrid, ante los innumerables platillos de una ‘rijsttafel’ o ‘mesa de arroz’ -que es lo que nosotros llamaríamos ‘menú de degustación’-, entre ‘nasi goreng’ y ‘bami goreng’, disfrutando hasta de los picantes algo salvajes de alguno de ellos, me preguntaba yo si sabría explicar esas sensaciones inéditas a los amigos. Tardé unos años, pero no mucho más tarde ya reseñaba yo mis cenas y almuerzos en letra de molde.

Quizá, sin saberlo, empezaba yo ese verano de 1967 más cerca de la diplomacia y lo acababa girando hacia el periodismo…

Los escandalizaditos

Miguel Ángel Quintana Paz

Contaba el filósofo Leszek Kołakowski un chiste que luego Fernando Savater ha retomado en alguna de sus obras, acaso porque sea una broma especialmente exitosa entre filósofos. Versa así: una anciana solterona, de mentalidad escrupulosamente puritana, telefonea un día, alarmada, a su policía local. “Agentes, hay unos jóvenes bañándose en el arroyo que corre al lado de mi casa, ¡y están desnudos! ¿No podrían hacer algo contra semejante escándalo?”. Los policías acuden hasta el lugar de los hechos, explican a los mozalbetes el problema y estos, muy comprensivos, se desplazan corriente arriba a un paraje más despoblado, donde su desnudez no pueda escandalizar. Sin embargo, a los pocos minutos la comisaría recibe una nueva llamada de la misma señora: “Agentes, ¡desde mi casa se sigue viendo a los impúdicos jovenzuelos esos! ¡Incluso se pueden oír a veces sus lujuriosos gritos! ¿No les habían advertido bien al respecto?”. De nuevo un coche de policía se traslada hasta donde los inocentes muchachos chapotean y ríen, inconscientes del marasmo en que están sumiendo a una respetable mujer. Como son buenos chicos, no tienen problema en volver a desplazar su lugar de juegos, esta vez varias millas arriba por el refrescante arroyuelo. Pero, unos instantes más tarde, la policía local vuelve a recibir una llamada de nuestra querida amiga: “Agentes, me temo que he de molestarles de nuevo por el mismo asunto. Y es que, si me subo a la azotea de mi casa y utilizo unos prismáticos, ¡sigo viendo a esos indecentes!”.

Aunque imaginamos a la escandalizada dama de chiste como vestigio de un remoto pasado, nada podría llamarnos más a engaño. Si el lector recapacita un momento sobre ello, probablemente notará que vivimos en una sociedad donde proliferan quienes se sienten escandalizaditos constantemente por todo tipo de asuntos, asuntos que hubieran parecido intrascendentes a nuestros ancestros.

Un caso curioso se produjo hace unos años, cuando a los miembros de selección olímpica española de baloncesto en Pekín 2008 se les ocurrió acabar cierto spot publicitario con una broma: estiraron con los dedos sus ojos para que estos adoptaran una forma rasgada y,  por tanto, aludieran al tipo de ojos que suelen tener los habitantes del que sería su país anfitrión. Puede recordar el lector el resultado de tal chaza en este enlace. Y quizá también recuerde el escándalo que se produjo entonces entre la prensa anglosajona: periódicos respetables como The New York Times, The Guardian o Los Angeles Times acusaron a los jugadores españoles de un sañudo racismo antichino. ¿Tenían razón estos medios de lengua inglesa, o simplemente se adentraron así en el campo de los escandalizaditos? La respuesta no pudo ser más concluyente: cuando a alguien, por fin, se le ocurrió preguntar a los propios periodistas chinos o a la federación china qué opinaban de toda esta vicisitud, su respuesta vino a ser que les parecía un gesto muy divertido de unos cuantos españolitos y que, en modo alguno, veían ofensa ahí. Los anglosajones esta vez, al intentar ofenderse en el nombre de otros, habían desatinado.

Debemos, pues, distinguir entre el ofendidito, que ya examinamos en otra ocasión, y el escandalizadito: el primero se ofende por cosas que presuntamente le atañen; el escandalizadito, en cambio, ha ascendido a nivel PRO y consigue ofenderse por cosas que ni siquiera le conciernen realmente. A veces se escandaliza por cosas que hipotéticamente ofenden a otros (como los sesudos periodistas de The New York Times), a veces por cosas que ofenden “la moral” o “la corrección” o “la bondad” (como algunas solteronas que viven junto a arroyuelos).

Esto nos puede llevar a sospechar que un escandalizadito en realidad extrae algún tipo de satisfacción en su escándalo, al igual, de nuevo, de lo que intuimos que le pasaba a nuestra vieja amiga célibe. Aunque, precisamente porque dice estar escandalizado, nos pretende convencer de todo lo contrario, de que tal escándalo le provoca angustias insufribles. Por consiguiente, un escandalizadito es, ante todo, un embustero. Que quizá ha empezado por mentirse a sí mismo (no puede aceptar que contemplar unos cuerpos lozanos en flor no le provocan escándalo, sino otra cosa; o que comprobar el afable humor con que se tratan entre sí chinos y españoles tampoco le provoca escándalo, sino acaso envidia).

Nada de esto implica que escandalizarse por lo que acaece en el mundo sea siempre erróneo o hipócrita. Nuestros afanes y nuestros días están repletos de cosas que bien merecen nuestra denuncia ética o nuestro pasmo moral. Lo que ocurre, simplemente, es que hemos de diferenciar entre aquellas cosas que sí que merecen nuestro justo repudio y aquellas otras que, al modo de ancianas señoras con prismáticos en la azotea, no son más que alimento para escandalizaditas. Presentemos entonces algunas pistas, pues, para distinguir al escandalizadito y no confundirlo con alguien que simplemente denuncia algo malo con buenas razones.

1)      En primer lugar, reconocerás a un escandalizadito porque no desea explicar o argumentar el motivo de su “escándalo”: prefiere dedicarse a otras actividades, como rasgarse las vestiduras, grititar condenas (copio el verbo a García Máiquez) o, en los casos más virulentos, agredir incluso a quien haya osado llevarles la contraria. En este sentido, reconoceré que adolezco del hobby de asistir a cursos sobre feminismo radical y, trascurridos unos minutos, plantear a la ponente algún dato científico que desmonte diez o doce cosas de las que lleva dichas. Su reacción, escandalizadita, suele ser la de acusarme de machismo a mí y a la autora del estudio científico, hacer alguna alusión a Donald Trump y dejar el dato mondo y lirondo sin refutar. Lo cual, naturalmente, es muy ilustrativo para aquellos a los que nos importan los datos y no los exabruptos de señoras.

2)      Un segundo rasgo por el que reconocerás al escandalizadito es su tendencia a preocuparse por lo que les sucede a personas de tierras lejanas y exóticos rincones, mientras que le embarga mucha menor emoción cuando de ponerse manos a la obra con alguien cercano se trata. Aunque ya hemos hablado aquí de ello, no me resisto a volver a recordar el dato: un 62 % de los españoles afirma que acogería gustoso a un refugiado sirio en su casa, y muchos de ellos se muestran escandalizados porque el Estado español aún no ha recibido a cuantos se comprometió a alojar. Ahora bien, la encuesta se hizo mientras esos refugiados están aún en Siria, o en Alemania. Será interesante comparar esa cifra de 62 %, y esos escándalos, con la cifra real de domicilios que se ofrezcan a las primeras decenas de miles de refugiados que pisen nuestro suelo. De hecho, hace unos años, cierta cadena televisiva hizo ya un miniexperimento social muy divertido: una presunta ONG pedía en la calle firmas para alojar a los sintecho. Todos los transeúntes a los que se les solicitaba firmaban encantados. Unos metros después, otra miembro de esa ONG, acompañada de un presunto sintecho, pedía a esos firmantes alojo para él en sus domicilios. Todos rehusaron. Con una excusa unánime: “Es que vivo con mi familia en casa”. Lo cual arroja la conclusión de que todos los españoles somos muy generosos, pero todas nuestras familias son despiadadas.

3)      La tercera característica que te permitirá reconocer a un escandalizadito es que no es feliz. Hay que tener una vida triste para ir a buscar placer en el escándalo, en vez de en todas las cosas buenas que hoy pululan por la Tierra. Naturalmente, un escandalizadito negará la premisa mayor de este razonamiento, y berreará que vivimos en uno de los momentos históricos más depauperados, con peores expectativas para los pobres y con menos paz. Le suele sentar mal que los datos digan lo contrario. Y por ello, si empiezas a aducírselos, suele acallarte con el chasquido de su túnica rasgada.

4)      Una cuarta señal de que te encuentras ante un escandalizadito es la siguiente: el escandalizadito a menudo gana dinero gracias a su es-cán-da-lo, es un escándalo.

Por último, cabe plantearse: ¿cómo hemos de reaccionar ante un escandalizadito? Ante todo, evitemos caer en su mismo error: lo suyo es contagioso, y sería paradójico que nos escandalizásemos demasiado por la existencia de seres de su jaez. En este sentido resulta ejemplar la actitud de los muchachos de la historia con que hemos empezado: ante una escandalizadita, recoge tus aperos y vete a seguir jugando con tus amigos río arriba. En cueros, por supuesto.

Los hombres maravillosos

David Lopez

Foto: ALBERT GEA
Reuters

Algunos filósofos e historiadores rodean de prodigios la cuna de la soberanía. Presentan a fundadores como Moisés, Licurgo, Numa, Mahoma o Carlomagno investidos de un poder extraordinario y bajo un ascendiente divino; todos ellos son genios inspirados y hombres portentosos; tal es la condición, nos dicen, para reconocer al verdadero conductor de pueblos, lo cual explica la dificultad en la que nos hallamos a la hora de reputar como tal a un Mas, a un Puigdemont o a un Junqueras.

Es rasgo de nuestro tiempo que los legisladores sean reemplazados por funcionarios y por agitadores electorales desprovistos de fatalidad. Seríamos sus cómplices, no obstante, si su ardor fuera verdadero, si tuvieran un destino y corrieran hacia él en pos del martirio, pero no tienen ni siquiera la excusa de ser destructores genuinos; en la economía de cada uno de sus gestos está implícita la necesidad de la fuerza para consumar sus designios, pero carecen de la osadía y del vigor necesarios; de hecho, al querer darle una pátina de legalidad a lo que sólo puede ser disruptivo y violento, los nacionalistas le hacen el juego a su adversario y acaban enredándose en sus argumentos, en sus razones legales, en un toma y daca ocioso, en una querella dialéctica sobre posiciones perdidas de antemano; así, cuando los nacionalistas cifran sus aspiraciones en el derecho a la autodeterminación y en la soberanía, los constitucionalistas les recuerdan que la existencia del Estado nacional impide que se pueda ejercer la autodeterminación de una parte de su territorio; cuando los constitucionalistas alegan que no hay nacionalidades, sino caracteres nacionales, que cada parte está obligada a mantener el Estado tal cual es, pues sus principios constituyentes se penetran, los nacionalistas responden que las mismas leyes no convienen a pueblos distintos, que Cataluña y España ni tienen alma general ni unidad moral y que no se puede hablar de pacto desde el momento en el que existen muchos principios nacionales en el mismo territorio; y sentencian que no quieren tener la nación invadida por un usurpador empeñado en pasar por ley lo que es desafuero o injusticia. Conforme con estos extremos, Puigdemont insiste, por su parte, en que no hay una voluntad explícita de vivir juntos bajo un mismo gobierno en el presente, y tiene la ambición de darle independencia jurídica a Cataluña; Puigdemont cree que una Cámara territorial como el Parlament puede decretar por mayoría de votos que un pueblo no tenga tal Estado, sino tal otro; no sin engaño, confía en la eficacia de una Cámara cuya legitimidad limitada viene prescrita por el poder que la Constitución española le otorga, una Constitución que hace que el propio Puigdemont sea actualmente un gobernante de derecho y no de hecho.

La obra instituyente que impulsa el President es puramente humana, huérfana de milagros y de esas personalidades pasmosas que describen los historiadores y los filósofos de antaño en torno a la fundación de los pueblos; como todas las cosas humanas, está plagada de defectos y de insuficiencias, pero posee una gran capacidad movilizadora y el potencial de suscitar choques violentos; por ello, sólo cabe anhelar esa prudencia que aconseja no alimentar ansias y pasiones, y, a falta de prohombres, conformarse con una mano habilidosa.

Escorpiones en una botella

Juan Claudio de Ramón

Foto: Manu Fernandez
AP Photo/Archivo

Quienes nos oponemos a la consideración de España como un ente plurinacional hemos de admitir que nuestra postura contiene un ángulo ciego o, al menos, un zona de inconsistencia que ha de aclararse. Al fin y al cabo, nuestra actual Constitución sí habla, de manera enfática y en lugar prominente, de una nación, que es la española. ¿Por qué, a fin de cuentas, esta sí y las otras no? Algunos de nuestros conciudadanos –sospecho que no tantos, pero eso importa menos– están convencidos de la existencia sentimental y material de otras naciones, sean la vasca o la gallega o la catalana. ¿Por qué preterirlas a favor de la española?

Es un asunto con el que un antinacionalista honesto debe encararse. Por mi parte, diré de entrada que con gusto suprimiría las referencias a la nación española de nuestra Carta Magna. Allí donde se lea «nación española» preferiría que se dijese sencillamente «España», lo que supone sustituir la categoría por la cosa, lo abstracto por lo concreto. El modelo son constituciones como las de Canadá o Suiza, que se las apañan para darse fundamento y norma sin mencionar en ningún momento una palabra de la que cabe dudar tenga un significado fecundo en el siglo XXI. Porque obligar a toda comunidad a ahormarse al molde de nación es la primera violencia que se hace a la complejidad del mundo. La nación no es, como se dice, un parapeto de la diversidad, sino lo contrario: el expediente más eficaz que tuvo la modernidad para acabar con la multiplicidad de lo real.

Pero hay más. En realidad, en ningún lugar dice nuestra Constitución que España sea una nación; sencillamente lo presume. Al hacerlo, se hace cargo de una larga tradición que nace en el inolvidable momento gaditano de 1812. Esta es la clave: la oportunidad histórica. España se constituye en nación cuando procede, en el siglo de las naciones, cuando la nación era una construcción ideológica útil para legitimar el paso de una soberanía dinástica a otra popular y con el tiempo democrática. Y en ese momento, que un jurista llamaría el procesalmente adecuado, no hay duda de que vascos y catalanes no sólo se identifican plenamente con la nación española sino que contribuyen a fraguarla. Las abultadas pesquisas del profesor Marfany, recientemente publicadas, no dejan lugar a la duda para el caso catalán.

Esto es lo primero que cansa y aburre del soberanismo catalán: su intento de poner por planta en el año 2017 un programa ideológico típicamente decimonónico. Pero la pega de vetustez es lo de menos. El problema radica en que, en su empeño por asegurar la unidad, todas las naciones son excluyentes en su fase constitutiva. Todas sin excepción se erigen frente a algo, y al hacerlo mienten y violentan su propia pluralidad interna. La ventaja de la nación española, frente a la catalana o la vasca, es que, como dice Arcadi Espada, sus mentiras fueron contadas hace mucho tiempo, y ya han marchitado a la luz del estudio. Cuando menos, de sus leyendas fundantes nos permitimos tener una concepción abierta y un ojo escéptico. Por ello, la nación española, en el pasado excluyente, está ahora en condiciones de ser inclusiva, sobre todo en el marco pluralista que diseñó nuestra constitución. Puede acoger, y de hecho acoge, su multitud de lenguas, de una manera improbable en los casos de la nación vasca o catalana, a cuya forja estamos asistiendo y que son dependientes del hecho étnico y privativo de una lengua propia, que se quiere única. La nación española es, en suma y como dicen sus críticos, banal, sin entender que eso es elogio y no crítica, mientras que las suyas son plúmbeas y vienen cargadas de deberes y malos humores. La Constitución española de 1978 contiene, en fin, la simiente de un benemérito y refrescante Estado post-nacional, donde cada uno pueda vivir su identidad libre de coacciones. De ahí que sea lamentable y ridículo el empeño de volver a trazar lindes nacionales entre nosotros. Lo grotesco es que ese empeño provenga de un partido que se dice igualitarista, y que lo haga, nada menos, en nombre de la convivencia, cuando solo puede servir a su destrucción. Porque las naciones no saben convivir y llenar el Estado con más de una es como llenar una botella con escorpiones: no sale bien.

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