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Woody

Iker Izquierdo

Woody Allen sucumbe a la fiebre de la televisión y dirigirá su propia serie, producida por Amazon.

Woody Allen sucumbe a la fiebre de la televisión y dirigirá su propia serie, producida por Amazon. Seguramente sea su primer contacto con la televisión desde la década de los 60 cuando escribía para el Ed Sullivan Show, The Tonight Show o Candid Camera.

En los últimos años, Woody Allen ya no es el Woody de siempre. Desde Sweet & Lowdown no ha hecho una sola película que me haya encandilado como lo hicieron muchas de sus anteriores films. Pero afortunadamente nos ha dejado un puñado de obras maestras para la posteridad.
Allen no pasará a la historia como uno de los más grandes del 7º arte. Ese honor lo comparten sólo unos pocos que hicieron sus películas en la época dorada de Hollywood: los 30, 40 y 50. Pero hay tres largometrajes que valen por toda una carrera. Pocos tienen en su haber obras de la calidad de Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas.

Las imágenes de Nueva York en blanco y negro al ritmo de la música de George Gershwin; Michael Caine enamorando a una preciosa exalcohólica en una extraordinaria librería de Manhattan, o el propio Woody matando una araña en el apartamento de Diane Keaton, son escenas que quedarán por siempre en nuestra retina.

Su humor judío, tan compasivo y a veces tan corrosivo, colorea cada película con una pátina especial, al igual que el romanticismo y las controversias morales que hacen de sus películas algo muy personal, pero que es fácilmente compartido por no pocos individuos.

No podemos saber lo que deparará este nuevo proyecto televisivo de Woody Allen, pero esperemos que nos traiga de vuelta el Allen más divertido, romántico e inteligente que una vez fue y parece haber desaparecido. Y si no, siempre nos quedará Manhattan.

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Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales

Redacción TO

Foto: Jenn Welch

Desde que el escándalo de abusos sexuales en el seno de Hollywood estallara, las noticias sobre los presuntos casos de abusos por parte de figuras importantes como el productor Harvey Weinstein o el actor Kevin Spacey han proliferado por la red. Si estás cansado de ver la cara de Weinstein o de Spacey en todas esas noticias, estás de enhorabuena.

Navegar por la web sin sentir asco al ver los retratos de estas personalidades es tan fácil como instalar una extensión en el navegador Google Chrome.

La comediante neoyorquina Jenn Welch ha creado una extensión de Chrome que elimina los rostros de las fotos de Weinstein, Spacey y otros muchos “depredadores” famosos, o al menos celebridades que no cuentan con una gran popularidad, y los reemplaza rápidamente con monísimas imágenes de perritos espaciales.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales

Welch, que es ella misma una víctima y superviviente de una agresión sexual, ha explicado que aunque la extensión presenta imágenes alegres, su inspiración fue cualquier cosa menos trivial. La comediante dijo en declaraciones a The Daily Dot que “cuando eres un superviviente de una violación, es muy emocionante que finalmente todo esto esté sucediendo y que estos depredadores y abusadores finalmente se enfrenten a consecuencias, aunque también es increíblemente provocador ver constantemente las caras de estos hombres en todas las noticias y redes sociales”. Por ello, puso en marcha esta iniciativa.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales 2
Además de a Weinstein y Spacey, esta extensión te da la opción de ocultar los rostros de Donald Trump, Woody Allen, James Toback, Bill Cosby y Roman Polansky. Además puedes bloquear a personajes a tu elección.

Aunque en un principio se planteó sustituir las imágenes de estas personalidades públicas con simples fotos de cachorros, de repente recordó que tenía una colección de montajes de perros en el espacio que había realizado para su antiguo blog. Ahí fue cuando Space Pug Safe Sapce, la extensión definitiva para no ver estas caras, nació.

Una extensión de Chrome tapa la cara de Harvey Weinstein o Kevin Spacey con fotos de perritos espaciales 1

Según Welch, “el trauma por una violación se traduce en un trastorno de estrés postraumático, lo que puede ser debilitante. Puedo elegir no leer un artículo, pero una imagen carga sin previo aviso, y últimamente todas estas imágenes en las noticias han sido sofocantes”. Gracias a su inesperada creación ya todos podemos evitar esas caras no deseadas en nuestras pantallas.

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Ignatius Farray: "Sigo siendo un p*** loser"

Jorge Raya Pons

Foto: EL FIN DE LA COMEDIA
COMEDY CENTRAL

Es importante que sepan esto: he visto dos veces a Ignatius Farray y la primera fue en una sala de espera. Era junio y hacía tanto calor que sus gafas estaban empañadas. La segunda fue en el bar Picnic, en Malasaña, y a falta de media hora tenía el recinto lleno. Era septiembre y volvía a los monólogos. Hizo esperar al público una hora. Salió con energía, nos miró a todos y, en un paréntesis de intimidad, dijo: “Sabíais que esto iba a empezar tarde”. Y todo el mundo respondió con risas.

* * *

Es mediodía en la segunda planta de la sede de Comedy Central en Madrid. Entra Ignatius Farray vestido de corto: una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Fuera hace calor, y le caen unas gotas de sudor alrededor de las cejas. No levanta mucho la mirada. “Soy Nacho”, dice, presentándose. “Encantado”.

Ignatius Farray está en todas partes: con Andreu Buenafuente en Late Motiv (Movistar+), con David Broncano y Quequé en La vida moderna (Cadena Ser), tiene su propia serie de televisión (El fin de la comedia), tiene sus monólogos casi semanales en distintos bares de Malasaña. Está en todas partes, le digo, y arrastra dos o tres años de éxito. Él se apresura a desmentirlo, con una risa muy sincera: “En realidad solo este último año. Sigo siendo un puto loser.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 1
Ignatius Farray, posando en el ático del edificio de Comedy Central. | Foto: Ana Laya/The Objective

Ignatius Farray es el rey de la comedia. Un canario de metro ochenta, que ha pasado los cuarenta, calvo salvo por una pelusa que cubre la parte alta de su cabeza –la llama la Selva-. Tiene una barba poblada, de varios meses y sin recortar, y unas gafas negras de pasta como Woody Allen. Ignatius lleva un año creciendo sin parar en la comedia. “Este año la cosa no ha parado”, dice. “La rueda de la comedia me ha pasado por encima. Lo noto porque la gente me saluda por la calle”.

Uno se pregunta qué ha sido de él todo este tiempo. Nació en un pueblo llamado Granadilla del Sur, al sur de la isla de Tenerife, y el absurdo comienza en el momento en que no hay una Granadilla del Norte. Dice que allí fue muy feliz, que tuvo una infancia tranquila, que aquello es muy distinto a Madrid. Dice que fue un chico más bien tímido, pero que en determinado momento algo se desató por dentro: “Recuerdo que hubo un año, no sé si fue en 5º o 6º de EGB –con 10 ó 12 años–, que de repente me vine arriba y me convertí en el payaso de la clase. ¡Me llamaban Woody!”.

–¿Por qué? –le pregunto.

–Por Woody Allen. Me decían: “Eh, Woody, ¡háztelo ahí!”.

Tiene anécdotas de infancia que son memorables, algunas aficiones inimaginables cuando uno solo conoce el personaje, y todas ellas permiten comprender mejor que Ignatius no solo es divertido, sino también retorcido. “Me acuerdo de que en una época me dio por el tenis”, cuenta Ignatius, conteniendo la risa. “Había una cancha en el pueblo y me pasaba la tarde allí solo, peloteando contra la pared. Era por el 88 y ya se sabía que los Juegos Olímpicos iban a ser en Barcelona. Yo llegué a falsificar cartas que me enviaba a mí mismo poniendo que era Samaranch, el presidente del Comité Olímpico, que se dirigía a mí diciendo que habían estado observándome y que querían que yo representara a España en tenis. Yo luego esas cartas se las enseñaba a mi hermano para impresionarle. Y él se lo creía”.

Pasó poco tiempo hasta que comprendió que no solo se divertía haciendo chistes, sino que quería hacerlos todo el tiempo. Ignatius supo que le ilusionaba cada vez más hacer reír a la gente, y comenzó a alimentar esa ilusión, aun creyendo que nunca sería capaz de ganarse la vida con ello. “Me impresionaban Faemino y Cansado”, dice. “La primera vez que me subí a un escenario fue para imitarlos en el casino del pueblo”. ¿A los dos?, le pregunto. Y él se ríe, afirmando con la cabeza.

* * *

Es septiembre y el calor no remite. El bar Picnic cumple nueve años, casi una década de monólogos y cervezas, y desde hace unos meses cuenta con un embajador de oro. Este local tiene dos plantas, una a nivel de calle y otra subterránea, y es en la segunda –con poca luz, tonos rojizos y un paisaje hawaiano de fondo– donde está el pequeño escenario.

Es miércoles y son las diez de la noche. Ignatius toma el micrófono y todo el mundo se encorva hacia delante, como esperando el momento de reír. El público está expectante. En la planta de arriba hay tanto ruido que se hace difícil escuchar a Ignatius. Él dice: “Habrá un momento en que os daréis cuenta de que arriba se lo están pasando mejor”. Luego pregunta si hay alguien que se ofenda con facilidad y descubre que hay un negro. Le apunta con el dedo, con una risa incontenible. “¿Eres negro?”, le pregunta. El chico le responde que aunque lo parezca no lo es. Ignatius exclama: “Eso es todavía más insultante que cualquier cosa que pudiéramos decirte”. Entonces Ignatius comienza a imitarle con una voz extraña: “No, no. Aunque lo parezca. Me ha pasado mil veces. ¡Soy como vosotros!”. Pide un aplauso y todos aplauden. El chico, que no es negro y quizá solo un poco moreno, también aplaude.

* * *

Ignatius siempre quiso hacer reír, pero comenzó en el humor bastante tarde. Tenía 29 años y volvía a Madrid desde Londres. Allí vivió dos años. “Recuerdo que fui a la aventura”, dice, rememorando una historia que cuenta a menudo. “Solía ir a un comedy club. La propietaria se dio cuenta de que no entendía demasiado bien a los cómicos y me dejaba entrar por la mitad de precio. A mí me gustaba solo por estar allí. En Londres comencé a tomármelo más en serio. Luego llegó la casualidad de que en España estaba empezando a llegar la moda de los monólogos con El club de la comedia, Paramount Comedy… Aquella confluencia me lo hizo imaginar de una manera más concreta… A lo mejor sí me atrevía a subirme al escenario para actuar”.

El líder de los Canarios arios habla con mucha dulzura y tiene la voz grave. A veces pierde la compostura y se pone a gritar, sin que nadie pueda verlo venir. Y es gracioso porque es su factor sorpresa. Tiene un humor muy salvaje y sin prejuicios: no le importa bromear sobre los negros, los judíos o el nazismo. Y, como él dice, puede hacerlo porque no es racista, ni antisemita, ni fascista. Es más bien izquierdista y sin horizontes. Es ese humor negro el que causa muchas veces las críticas. “Igual que mucha gente admite hablar de muchas cosas de cualquier manera, hay gente que enseguida cae en el malentendido, que cree que hay un propósito de hacer daño o para que ellos se sientan ofendidos”, dice, dando una justificación. “Llega a ser un poco ridículo. Con eso no digo que un cómico no pueda meter la pata. Creo que se puede hablar de todos los temas, pero no se puede hablar de todos los temas de cualquier manera. Se puede ser desagradable o impertinente, y eso ya no es comedia”.

Y tras una breve pausa, continúa: “Pienso que la comedia debe crear conciliación. Desde el momento en que tenemos ese punto de complicidad y nos estamos riendo juntos de algo, nos acerca más que enfrenta. Creo que la gente que se ofende no está entendiendo de qué va el asunto”.

Ignatius comienza a sentirse más suelto en la entrevista y le pregunto a qué le teme más, si al silencio o a la ofensa. Su respuesta es clara, aunque fragmentada: “Los silencios no me molestan especialmente, forman parte de esa tensión. Un cómico tiene que estar acostumbrado a ese tipo de situaciones. Si te dedicas a esto, ese tipo de situaciones tensas en las que algo no está yendo bien te ocurren continuamente. De alguna manera tienes que aprender a disfrutar de esos momentitos. Si no, lo vas a pasar bastante mal. Hay que encontrarle la gracia”.

¿Y en cuanto a la ofensa? “Yo… Yo lo paso muy mal. Cuando noto que he metido la pata… Cuando veo que la gente se ofende y no hay ningún motivo, me quedo bastante tranquilo. Pero cuando noto que he metido la pata y he podido ofender a alguien… que he hecho algo a alguien que realmente le molestaba… siento una sensación horrible. Te lo juro: no paro de pedir perdón. A veces lo paso mal si pienso que tengo que disculparme con alguien y al final de la actuación no lo encuentro. En los 15 años que llevo en la comedia, la sensación que más se ha repetido es la de arrepentimiento y remordimiento”.

Y entonces ríe, pero se siente como una risa nerviosa: “La sensación de remordimiento es permanente”.

* * *

La función de Ignatius esta noche es servir de gancho comercial: se limita a presentar a otros cómicos más jóvenes antes de que ellos se lancen al vacío y luego se pone a un lado. Es un gesto generoso. Pero eso el público no lo sabe porque han venido a ver a Ignatius. La sala se vacía paulatinamente. Ignatius se sienta muy cerca del escenario y se esfuerza por reír. Da una palmada a cada cómico cada vez que su espectáculo termina. Les dice unas palabras. No solo les presenta, sino que les apoya. Algunos de ellos tienen verdadero talento. Ignatius se gira a menudo para comprobar que los otros espectadores también disfrutan, y unos pocos lo hacen. A veces se gira y levanta el dedo índice y sonríe y pide silencio cuando algunas hablan.

* * *

En El fin de la comedia, Ignatius se expone a conciencia y sin reservas: es tímido, discreto y profundamente nostálgico. Casi una molécula de agua. Ignatius confiesa que su personaje es bastante genuino, pero reconoce que uno no puede renunciar siempre a ciertas construcciones que gustan al espectador: “Un cómico está para que la gente se ría y se lo pase bien”, dice, agregando: “Pero no puedes caer en hacer cosas que no te apetecen hacer. Cuando te das cuenta de que estás hablando de ciertas cosas, no porque te salgan del corazón sino porque es lo que quiere la gente, acabas cayendo en esa trampa. Es una tentación de la que hay que huir”.

Se puede advertir de sus palabras que a Ignatius no le importa ser una estrella. Él persigue otras metas no tan efímeras, quizá la más evidente sea la autenticidad. Ignatius tiene un pensamiento muy colectivo, tiene ese sentimiento de comunidad, y eso está presente en la proximidad que plantea constantemente al público. Ignatius es la antítesis del ególatra y parece evitar distracciones: si bien asegura que no ha tenido tentaciones de la industria del cine, afirma que tampoco le atraen en absoluto. Incluso estando en la cresta de la ola, lo que quiere es conservar su teleserie, su programa en la radio, los monólogos nocturnos. Disfrutar el momento.

“Es verdad que tradicionalmente en el mundo del stand-up comedy muchos cómicos –la generación de los 70 en Estados Unidos, la época dorada– terminaron siendo muy mediáticos, estrellas de cine. Como Robin Williams o Steve Martin”, dice, poniendo un contexto necesario a la pregunta. “Comenzaron de una manera muy arrastrada y terminaron así. En cuanto pudieron lo dejaron para dedicarse al cine o a otras cosas. Luego les quedó la sensación, y esto lo han dicho ellos, de que fue una especie de traición a sí mismos. Muchos de ellos, en la medida que pudieron al final de sus carreras, trataron de retomar esos inicios que ellos sentían como más auténticos. Hay que intentar mantener la llama viva”.

En cualquier caso, le pregunto nuevamente si le ha surgido la posibilidad de tomar ese tren que han aprovechado Dani Rovira o Berto Romero, por ejemplo. Ignatius dice que no con la cabeza y ríe: “La verdad es que a mí eso me ha pasado. He tenido esa suerte. Intento disfrutar de mi trabajo, de mi oficio, sin caer en esa locura”. Luego hace una pausa y concluye: “No doy la talla”.

* * *

Cuando termina son las doce y media y espero a Ignatius casi en la puerta. Le digo: “Hola, Nacho”. Y él me saluda, recordándome vagamente. Hace unos minutos le ha lamido el pezón a un joven. Lo ha levantado muy alto y sin esfuerzo, como si tuviera el peso de una pluma, y le ha lamido el pezón izquierdo. Ignatius y yo comentamos la noche, la actuación de Pedro Silva y recordamos la entrevista de junio. Viste una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Nos despedimos y le digo que la vamos a publicar esta semana.

Entonces me da las gracias y un abrazo, y luego se marcha.

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Ignatius Farray, sobre el escenario del Picnic. | Foto: Jorge Raya/The Objective

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¡Annie Hall cumple 40 años!

Ana Laya

Tal vez deba advertir de entrada que este es un artículo ridículamente subjetivo. Soy fan de Woody Allen (sí, es complicado) y me encanta Annie Hall, esa sutilmente triste historia de un amor tan posible y lógico como absurdo e imposible.

Mis razones son simples y nada originales: me encanta la dupla Allen-Keaton; sueño con el día en el que en mi vida suceda algo parecido como el momento de Marshall McLuhan y el intelectual insoportable en la cola del cine; me he visto intentando recrear -patéticamente- momentos icónicos de una relación (como el de las langostas) y fracasando -patéticamente- como Alvy; me he disfrazado de Annie y jamás me han quedado bien ni el chaleco ni la corbata… pero no pierdo la fe; aprecio que Allen haya logrado percibir y retratar esa urgencia -aún muy patente- de ciertos hombres de “educar” a las mujeres y ayudarlas a “entender el mundo”, esa condescendencia espolvoreada con edulcorante que vendría a ser lo que Rebecca Solnit llama mansplaining... y en general me parece que es un retrato hermoso del Nueva York de los 70s y una fuente inagotable de citas, siendo la que más me gusta repetir aquella famosa de Freud:

“Nunca querré pertenecer a un club que acepte a alguien como yo de miembro”.

Annie Hall, además de ser la sexta película escrita y dirigida por Woody Allen, fue la primera que le valió un Oscar como mejor Director y uno como Mejor Actriz a Keaton, además de llevarse el de Mejor Guión Original y hasta el de Mejor Película, derrotando a Star Wars… ¡a Star Wars! ¡Triunfo para los izquierdosos, comunistas, judíos y pornógrafos gays de Nueva York! El guión, escrito por Allen y Marshall Brickman, fue reconocido en 2015 por la Writers Guild of America como el Mejor Guión de Comedia jamás escrito. Y finalmente, la idea original del proyecto Anhedonia, título que tenía originalmente el proyecto y que afortunadamente se descartó, fue el germen de otra de mis películas preferidas de Allen: Misterioso asesinato en Manhattan. Creo que siento debilidad por los hipocondríacos (y por las enfermedades… pero esa es otra historia).

En fin, podríamos pasar el día entero leyendo artículos que analicen sus méritos, escudriñen sus detalles y enumeren sus trivias, pero honestamente la mejor manera de saber cómo ha envejecido la película es volviéndola a ver.

Si mis razones no son suficientes, aquí 7 escenas neuróticas y geniales para que la recuerden, para que la conozcan si no han tenido hasta ahora el placer, y para que en cualquier caso se la apunten como plan para uno de estos fines de semana de primavera.

¡Disfruten!

1. “Me gusta el cuero.”

2. “La masturbación es sexo con alguien a quien quiero.”

3. Marshall McLuhan is in da house.

4. “Me encanta ser reducida a un estereotipo cultural.”

5. “Se me olvidó mi mantra”.

Sí, Jeff Goldblum aparece en Annie Hall… 5 segundos.

6. Los subtítulos.

7. El inolvidable monólogo inicial.

Sí, la vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, infelicidad… y se acaba demasiado rápido. WoodyAllenada fundamental.

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La tristeza también tiene su lado bueno

María Hernández

Cada vez más vemos cómo las empresas intentan fomentar entre sus empleados la positividad y la felicidad. En algunas agencias de publicidad, por ejemplo, los creativos cuentan con lo que llaman “sala de pensar”, un espacio diferente y divertido para fomentar la creatividad. Y no solo pasa esto en las empresas: anuncios a todas horas nos recuerdan que debemos evitar la tristeza, buscar motivos para ser felices, para estar alegres.
Sin embargo, varios estudios científicos han demostrado que las emociones negativas despiertan mucho más la creatividad. Si no, que se lo digan a cantantes y poetas del mundo entero, que nos ofrecen constantemente sus letras más profundas sobre sus amores, o más bien sus desamores. Vamos, que si necesitas buenas ideas, mejor estar triste.

Todo tiene una explicación

El hecho de que las emociones negativas faciliten la creatividad tiene una explicación bastante sencilla: una de las habilidades necesarias para ser creativo es la de solucionar problemas, y esto es mucho más sencillo si se han tenido problemas reales. La científica Anna Jordanous, de la Universidad de Kent, y el lingüista Bill Keller, de la Universidad de Sussex, han llevado a cabo un estudio en el que han determinado cuáles son los componentes que intervienen en el proceso creativo. Son catorce en total, entre los que se encuentran la capacidad de tratar con lo incierto, la independencia y la libertad, la originalidad o la espontaneidad. Según la actividad que tengamos que llevar a cabo, estos catorce componentes deberán encontrarse en un nivel u otro para ser efectivos, es decir, no existe la fórmula exacta de la creatividad.

Pero no han sido ellos los únicos en estudiar este tema. Numerosos estudios han tratado de establecer la relación entre la creatividad y enfermedades mentales como la depresión. El danés Karol Jan Borowiecki examinó en un estudio el estado emocional de Amadeus Mozart, Ludwig van Beethoven y Franz Liszt, tres de los compositores más influyentes en la cultura occidental.

Partitura identificada como una creación de Mozart durante su infancia (Foto: Kerstin Joensson/AP)
Partitura identificada como una creación de Mozart durante su infancia. (Foto: Kerstin Joensson/AP)

Utilizó un software de análisis del lenguaje para estudiar textos escritos por estos tres artistas en busca de emociones, tanto positivas como negativas, y después los comparó con sus composiciones más importantes en ese periodo de tiempo. Así, el autor de este estudio descubrió que había una unión entre los períodos más tristes de la vida de estos compositores y sus mejores piezas musicales. “La creatividad, medida por el número de composiciones importantes, es atribuible causalmente a estados de ánimo negativos, especialmente a la tristeza”, explica el investigador.
“La tristeza es una emoción importante, muy importante. La tristeza se genera por la constatación y aceptación de una pérdida, pérdida que incide en nuestro mundo afectivo-relacional”, explica Antonio Esquivias, especialista en educación emocional, y añade que “los artistas, que necesitan crear algo nuevo, encuentran con mucha frecuencia inspiración en la tristeza y esta emoción se encuentra en el origen de algunas de las más bellas obras de arte, tanto de la literatura, como de la música o la pintura y el cine”.

” Los artistas, que necesitan crear algo nuevo, encuentran con mucha frecuencia inspiración en la tristeza”

Como todo, esto se ve mucho mejor con ejemplos. Por eso hemos decidido ahondar un poco más en el mundo de la música y la pintura para buscar signos de esta relación en algunos de los artistas más reconocidos, tanto nacional como internacionalmente.

La “nube negra” de Joaquín Sabina

El famoso cantautor andaluz Joaquín Sabina es un perfecto ejemplo de que una depresión puede ser la causa de la creación de verdaderas obras de arte.

En el año 2005, tras superar una depresión causada por una enfermedad y una ruptura, el cantante publicó su disco “Alivio de luto”. Este álbum dio un paso hacia la sencillez, con una instrumentación más básica para centrarse en la sensibilidad de la música.

“Cuando juego mi muerte al verso que no escribo, cuando solo recibo noticias de la muerte”

“Cuando juego mi muerte al verso que no escribo, cuando solo recibo noticias de la muerte, cuando corta la espada de lo que ya no existe, cuando deshojo el triste racimo de la nada”. Estos son algunos de los versos de “Nube negra”, una de las canciones de este disco, que expresa claramente la difícil época por la que pasó el artista.
Sabina, en numerosas entrevistas, declaró que fue adicto a la cocaína y que, durante la época en que consumía, también se bebía a menudo más de una botella de whisky. Explica que fueron sus amigos los que lo sacaron de esta depresión en la que no sabe cómo entró.

Joaquín Sabina ofrece un concierto en el Hammerstein Ballroom de Nueva York, su primero en EEUU  (Foto: Donald Traill/AP)
Joaquín Sabina ofrece un concierto en el Hammerstein Ballroom de Nueva York, su primero en EEUU. (Foto: Donald Traill/AP)

“Me falta una mujer, me sobran seis tequilas, no ver para querer, malditas sean las pilas que me hacen trasnochar echándonos de menos, echándome de más, almíbar y centeno”. Así comienza la canción “Seis tequilas”, otra muestra de que los malos momentos por los que pasó el cantautor le inspiraron la creación de canciones que, como la mayoría de sus letras, son verdaderas obras de arte.

El rock más triste

Saliendo del territorio nacional y acercándonos a otro género musical, nos encontramos con los casos de Axl Rose, el vocalista del grupo Guns n Roses, y Kurt Cobain, el nombre más conocido del grupo Nirvana.

Kurt Cobain en un documental emitido en 1993 (Foto: Mark J.Terrill/AP)
Kurt Cobain en un documental emitido en 1993. (Foto: Mark J.Terrill/AP)

De ambos artistas se ha dicho durante años que fueron diagnosticados como bipolares. Aunque ha habido mucha polémica y mucha especulación alrededor de estos diagnósticos, lo cierto es que, bipolares o no, ambos cantantes pasaron por etapas realmente complicadas durante su vida, tanto que Kurt Cobain se acabó suicidando a los 27 años.
El último albúm del grupo Nirvana, “In Utero”, es considerado por algunos como una nota de suicidio del cantante. Canciones como “Rape me” (Viólame) muestran su rabia: “Rape me, rape me my friend, rape me, rape me again” (viólame, viólame mi amigo, viólame, viólame otra vez). Y otras, como Heart-Shaped Box, son una muestra de su melancolía y su tristeza: “I’ve been locked inside your Heart-Shaped box for weeks” (he estado encerrado en tu caja con forma de corazón durante semanas).
Lo mismo ocurre con “Appetite for destruction”, el primer álbum de Guns n’ Roses, en el que encontramos letras con mucha fuerza y rabia, como las de “Out ta get me”: “They scream and yell, and fight all night, you can’t tell me, I lose my head, I close my eyes, they won’t touch me, cause I got somethin, I been buildin up inside, for so fuckin long” (Chillan y gritan, y pelean toda la noche, no puedes decírmelo, pierdo la cabeza, cierro los ojos, no me tocarán, porque tengo algo, que he estado construyendo dentro de mí, durante un jodido largo tiempo).

Axl Rose en un concierto de Guns n' Roses en el O2 Arena de Londres (Foto: Mark Allan/AP)
Axl Rose en un concierto de Guns n’ Roses en el O2 Arena de Londres. (Foto: Mark Allan/AP)

La tristeza también se pinta

Pero la tristeza no solo se manifiesta con palabras. Y una prueba de ello son las numerosas obras de Vincent Van Gogh. El famoso pintor holandés sufrió numerosos problemas de salud durante su vida, entre los que se encontraban ataques de epilepsia y episodios de lo que se cree que podría ser bipolaridad. Además, el artista ingería grandes cantidades de Absenta, cuyos componentes agravaban su epilepsia y depresión.

En Mayo de 1889, Van Gogh ingresó en un hospital psiquiátrico, y durante el año que permaneció allí pintó algunos de sus cuadros más conocidos, como “Lirios” o “La noche estrellada”. Durante ese año pintó alrededor de 140 cuadros.

"La noche estrellada" de Van Gogh en una exposición en Beijing (Foto: Mark Schiefelbein/AP)
“La noche estrellada” de Van Gogh en una exposición en Beijing. (Foto: Mark Schiefelbein/AP)

Esto es una prueba más de que no es necesario ser feliz o estar contento para tener ideas creativas o para crear obras de arte realmente buenas.

Estos cuatro artistas son solo un ejemplo de todas las teorías que relacionan la tristeza y la creatividad, pero no son los únicos: Woody Allen, Agatha Christie, Charles Dickens, Ernest Hemingway, Joan Miró, Sylvia Plath, Edgar Allan Poe, Paul Gauguin, Franz Kafka y muchos otros, que nos han dejado un increíble legado cultural, también sufrieron depresiones a lo largo de su vida.
Pero, como dice la frase popular “la excepción confirma la regla”, no todas las obras de arte vienen de la tristeza o la depresión. Así que todavía nos quedan opciones de convertirnos en artistas. Y si no, pues al menos seremos felices.

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