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Olvidarse de recordar

Javier Mauricio

Olvidar es un problema. Por eso resulta tan complicado escribir sobre ideas de las que deshacerse, y más cuando uno tiende a enterrar el dolor y la tristeza, práctica habitual hoy en día y que nos lleva, aunque alguno diga lo contrario, a enquistar la miseria. De ahí que se me plantee la tarea como algo imposible, pues la letanía de desgracias que se nos acumulan desde hace años podría llenar el papel -e incluso faltaría espacio- hasta terminar con un “las cosas van mal, eso está claro”. Pero de qué serviría -y a quién le importa- semejante despliegue de infortunios, si además se hace evidente la desdicha que nos espera en un horizonte cada vez más cercano.

No me interesa el derrotismo, y mucho menos el convertirme en el culpable de una mala mañana, o tarde, o noche -o cuando sea que tenga usted, querido lector, la amabilidad de leer mis catástrofes mentales-, por lo que evitaré centrarme en esa retahíla de descalabros y pasaré, con su permiso, por encima de tanta diarrea social. Y es que la respuesta a la pregunta “¿qué ideas debemos olvidar en 2017?” es sencilla: absolutamente nada.

Algunos querrán desterrar términos como opaco, confianza, romper, populismo y demagogia. El primero nos provoca una fuerte congoja cuando aparece vinculado a la palabra tarjeta; el segundo nos hace huir si la Casa Real está cerca; el tercero se convierte en un pavor rancio cuando alguien habla de nacionalismo, y el cuarto y quinto, como si fuesen inseparables en la diatriba política, nos llenaron el pasado año de argumentos vacíos.

Y aquí estamos, corriendo en un patio de colegio y sin saber hacia dónde ir, porque de tanto “y tú más”, y “él lo hizo peor” y “nosotros nos llevamos, pero ellos cogieron el doble”, la historia se nos complicó y acabamos por asumir que algunas cosas no tienen remedio.

Quizá este punto, el último, sea el más importante, y el motivo de que me niegue a decirles que debemos olvidar. Porque enterrar o mirar para otro lado -que viene a ser lo mismo- nos sumergirá aún más profundo en este pozo -y disculpen la expresión- de mierda.

No voy a seguir, que bastante he abusado ya de su tiempo y su interés. Eso sí, si han perdido un minuto en leer todo esto, permítanme el consejo y no olviden.

Aunque “las cosas vayan mal, y eso esté claro”.

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La inspiradora respuesta de unos estudiantes a las normas machistas de su instituto

Redacción TO

Foto: @ocean__avenue_
Twitter

Hay lugares donde los códigos de vestimenta y los uniformes unisex persisten. Pero también hay otros donde los estudiantes se rebelan contra ellos. Esto es lo que ha sucedido en un instituto de Hollister, California, donde algunos miembros de la dirección del colegio obligaron a 50 mujeres estudiantes a irse a casa por vestir una ropa que consideraban inadecuada atendiendo a las estrictas normas de la escuela.

La razón por la que tuvieron que cambiarse y regresar es que llevaban tops con los hombros descubiertos. Las mujeres se escandalizaron y protestaron efusivamente, y un grupo de chicos desafió a las normas siendo ellos quienes vistieran los tops. Ninguna regla estipula que los hombres tengan prohibido llevar esta prenda en el instituto.

El medio Yahoo! Style informó de que esta regla se ha respetado por muchos años en la escuela, pero un estudiante –que ha preferido mantener el anonimato a petición de sus padres- ha empleado las redes sociales para desmentirlo. Y lo ha hecho abriendo el libro de fotos de otras promociones, donde se muestra claramente que muchas mujeres han enseñado el hombro a lo largo de los años sin que sufriera llamada de atención alguna.

El propio chico denuncia que la estricta política de conducta solo se ha aplicado en esta ocasión.

Movilizados por esta injusticia, los hombres se solidarizaron con sus compañeras.

Y hablaron con diferentes medios para explicar las respuestas que han recibido de la dirección por ello, y entre las justificaciones hay razones tan sorprendentes como garantizar la seguridad de las mujeres. Una chica ha declarado a Yahoo! Style que considera esta regla como “ridícula”: “La administración asegura que lo hace por nuestra seguridad, pero no entiendo de qué nos mantiene a salvo. No creo que haya nadie tan estúpido como para bajarnos la camisa, y además no tienen derecho a tocarme a mí ni a tocar a nadie”.

Uno de los jóvenes que se rebeló va un poco más lejos y argumenta su enfado a preguntas de The Huffington Post: “Lo que encuentro problemático es que si alguien intenta asaltar a una mujer, parece que la responsabilidad recaiga sobre la víctima, en lugar de en el atacante. Las mujeres merecen ser tratadas con respeto, y eso implica respetar su libertad de expresión y respetar su dignidad individual”.

El director del instituto, Adrián Ramírez, explica a Yahoo! Style que el incidente de los vestidos le ha dado una “lección”. Ahora, añade, van a reconsiderar su código de vestimenta y van a incluir en estas discusiones a los representantes estudiantiles. Esto supone todo un avance.

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Pequeños

José Antonio Montano

Qué pequeños han sido los nacionalistas en estos días tristísimos para Barcelona, Cataluña, España. Y los que no han sido pequeños es que no son del todo nacionalistas. Serían estos los nacionalistas llevaderos, o ‘conllevaderos’: aquellos para los que, aunque se consideren nacionalistas, el nacionalismo no es la razón principal –tendente a absoluta– de su vivir. Aquí  hablo de los otros, los nacionalistas puros. Esos insoportables.

El espectáculo que han dado, sobre los cadáveres calientes, ha sido abyecto y repulsivo. Se ha impuesto en ellos la pulsión de abusar, tergiversar, usurpar. Están en una dinámica delirante en la que la realidad se ha disipado; también la de los muertos. Todo vale exclusivamente para la causa. En este sentido, los separatistas han ganado: se han separado por su cuenta y no hay nada que hacer. Solo dejar constancia de la porquería, para que el nacimiento de su nación apeste. (Como ha apestado, por otra parte, el nacimiento de todas las naciones: pero a nosotros nos ha tocado asistir a este).

Además del ‘conseller’ catalán de Interior, Joaquim Forn, distinguiendo entre víctimas españolas y catalanas, sirvan varios como muestra. Raül Romeva, exhibiéndose en la prensa internacional como “ministro de Exteriores”, satisfecho de que lo tomen en serio al fin. La Asamblea Nacional Catalana, pidiendo a un medio de Estados Unidos que no utilice la bandera española en sus homenajes. Josep Maria Mainat, haciendo propaganda independentista y llamando a votar el 1 de octubre en el referéndum golpista. O este tuit de Súmate: “No sé cómo lo veis pero la frase ‘Si la Guardia Civil viene a cerrar el Parlament se encontrará a los Mossos’ hoy ha tomado otro significado”…

Sí, los nacionalistas han sido pequeños estos días. Aunque la cosa va al revés: por ser pequeños es por lo que son nacionalistas.

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La fisura incurable

Ignacio Vidal-Folch

¿Pero cómo pudo ser? ¿Cómo pudieron cambiarles así? Sobre la alienación que permitió al imán diabólico lavar el cerebro a unos chicos de Ripoll a quienes todos, o casi todos los que les conocían, consideraban encantadores, honestos, simpáticos, generosos, sociables y plenamente integrados en la comunidad, y que de repente resultaron ser unos asesinos de masas, lo más veraz, sencillo y sensato que se ha escrito en estos días –o por lo menos, que yo haya leído—es lo que le dijo un tal Raschid, primo de uno de los terroristas y vecino de Ripoll, a Nacho Carretero, de El País:

“Sí, nos criamos aquí y no tenemos problemas de convivencia, pero somos y siempre seremos los moros. En el colegio éramos los moros y las chicas no querían salir con nosotros. Y los mayores creen que vendemos hachís.”

Claro que no por eso cualquiera coge un coche y mata a quien se le ponga por delante. Pero ése es el trauma esencial, la fisura en el orgullo personal por donde se puede colar el discurso destructivo del imán, y no hay programa integrador, por bienintencionado y encomiable que sea, que cierre esa fisura, ese verdadero “hecho diferencial”. Ni los vecinos más cordiales, como hay que suponer que son los de Ripoll, pueden hacerlo. Y así sucede en todo el mundo: incluso en el “melting pot” de Nueva York las comunidades raciales y hasta nacionales siguen instaladas cada una en su propio barrio, y hasta el anterior presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, tuvo que sufrir que quien le sucedería en el cargo, Donald Trump, le acusase de no ser realmente americano de nacimiento.

Es una lástima grande tener que resignarse a una realidad cuya peligrosidad potencial el recurso de la razón, de la política y de la educación puede paliar, pero no suprimir. Puede ser que reconocerlo no ayude a resolver el problema, pero puede por lo menos ayudar a entenderlo.

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Ni Sofia Coppola, ni Tinder: la seducción era otra cosa

Lorena G. Maldonado

La frigidez no es un pecado, pero sí una lástima. Ayer salí de ver La seducción, de Sofia Coppola, cargando con una anorgasmia militante -en mi barrio se dice revenía’- y corrí al Burger King a meterme entre pecho y espalda una vulgar pero sincera tendercrisp que me devolviese a la tierra, que me conectase de nuevo con la carne, la saliva y la culpa, con la lascivia del queso americano y la grosera humanidad de dos labios abriéndose. La parte de la vida que me interesa suele alojarse al otro lado de la boca que se desprende, que se ensancha como una flor carnívora llena de fascinaciones, admiración, estupor o apetitos. La película fue como el antónimo: más o menos un rictus.

Claro que no todo el mundo va a ser folclórico emocional, pero una cosa es la sobriedad -esa que nos angustió en la exquisita Shame– y otra la abulia: ahí Coppola en su filme protagonizado por un corrillo de hembras psicópatas y un macho castrado -qué iracundo, el cabo, cuando tiró la tortuga-. Casi extrañé la testosterona trumpista de Eastwood, que fue El Seductor en la de Don Siegel (¡1971!). Qué sangre tan acuosa aquí, qué raza tan pocha, qué poco cachondos estamos en este banquete de la revolución sexual.

La seducción: madre mía. A los que quiero les deseo que nunca les tonteen así. Una hora y media asistiendo a un cortejo de amebas. En los lavacabezas de la peluquería he vivido más tensión sexual. Al terminar, sentí por fin una trémula excitación mientras hundía mi patata gajo en la salsa, y recordé que no sé nada de cine -algunos amigos han montado un cinefórum y se esfuerzan, con mucha paciencia, en corregirme esta anemia cultural-, pero oye, me dije a mí misma, en el relato del deseo te defiendes, como todos los veleidosos. En el relato, por lo menos, que los engranajes ya son otra cosa -y sólo marchan si no se comete la torpeza de desmontarlos para entenderlos-.

¿Por qué me entusiasman Roberto Álamo, Bardem, Luis Tosar, Paul Dano o Alan Rickman y me quedo gélida con el mismísimo Brad Pitt? Miren: no lo sé. La vida tiene estas cosas. También el bueno de Colin Farrell me dejó en La seducción mortalmente aburrida, con las papilas gustativas de vacaciones, con una tristeza muy rara, parecida a la que uno siente cuando ve a una pareja besarse mal.

Sí. En el deseo llevamos años auscultándonos; pero en la seducción todos somos un poco bisoños, porque cada cuadrilátero es una historia. Entre los breves apuntes: uno, lo importante no es follar, lo importante es el contexto -o, si quieren, como decía Pessoa, lo fundamental del amor es lo que lo rodea-. En la película el contexto es delicioso, pero Coppola se pone muy esteta e ignora nuestro mejor secreto como civilización: debajo de tantas capas de diplomacia, seguimos debiéndonos a la suciedad.

Dos, el capricho físico no tiene nada que ver con la belleza del otro, sino con algo menos canónico y más oscuro: algo que está, quizá, en el sonido de una risa, en el olor, en el tacto, en el ping-pong dialéctico, en el látigo imperceptible de la pestaña. No sé ustedes, pero yo me he quedado noqueada alguna vez con una carcajada perfectamente ejecutada, libre, limpísima, y se me han contraído las piernas. Colgarse de una risa -de sus ojos guiñados y su barbilla oscilante, redimida- es muy parecido al amor: inexplicable, sombrío. Ya quisiera esa autoridad ese Colin Farrell de rasgos preceptivos que arrastra la perversión de un chupete.

Tres. Hay un aviso, siempre. El deseo tiene ese decoro: el del golpe primero, el de “huye o juega, pero no balbucees”. Y después todo eso tan hermoso que ha muerto a manos de Tinder: el ser conscientes de que cuando se enseñan las cartas, se acaba la partida. Todos empezamos de cero en cada conquista, todos hemos entendido que nadie, por suerte, es infalible, todos nos hemos puesto alhajas -como las cursis de la peli- y hemos comprobado, no sin cierto patetismo, que no sirven para nada, todos hemos experimentado celos verdosos y todos nos hemos vengado de forma más o menos poética -esto ya según la elegancia-. Pero ninguna de estas similitudes entre la sentimentalidad humana y La seducción me conectó en ningún momento con la historia: por poco reveladoras, por superficiales.

Me niego a creer -repito, desde mi corta educación cinematográfica, pero con mi derecho al desencanto a nivel usuario- que la de Coppola trascienda a reflejar ni un milímetro del alma de la mujer: no albergamos en el pecho esa casa de locas. No sacia mis ansias feministas que Colin Farrell sea un animal pánfilo, sin maldades: el sexo y la violencia requieren de un contrario a la altura. No, menoscabar la virilidad de un hombre no te subrayará como mujer. La poderosa Nicole Kidman no asume que el despecho no sólo es antierótico, sino que practicarlo jamás hizo a una ganadora.

Es irónico: tal vez en los setenta, cuando se estrenó El seductor, el espectador aún pudiese encontrar en el cine el morbo que no rascaba en su vida. Hoy, en medio del neoliberalismo rústico y su espesa oferta sexual, nos estamos volviendo unos reprimidos culturales. O peor: hemos dejado de reinventar las posibilidades del cuerpo. En seducción hemos desaprendido, es obvio -miren ahí a la gente en sus aplicaciones, llamando “tomar un café” al “echar un polvo”- y el sexo lo hemos cursado tanto que nos hastía. Quizá algún día, de nuevo, una risa. Quizá algún día, otra vez, la tensión dialéctica y las cartas boca abajo, en partida tirante y lenta. Mientras, contra la oquedad existencial, nos quedan las hamburguesas.

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