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Durmió sin las botas puestas

Javier Quero

Y se las mangaron. Las botas. Un alpinista decidió pasar la noche en un refugio del Mont Blanc a 3.800 metros de altura y al despertar le habían birlado el calzado. Ahora entiendo lo que los medios insinúan al informar de una escalada de robos.

Y se las mangaron. Las botas. Un alpinista decidió pasar la noche en un refugio del Mont Blanc a 3.800 metros de altura y al despertar le habían birlado el calzado. Ahora entiendo lo que los medios insinúan al informar de una escalada de robos. A la víctima la tuvieron que rescatar en helicóptero porque por la nieve, descalzo, se camina regular.

Se antoja entre las consecuencias de la crisis que los cacos tengan que buscar nuevos nichos de negocio, aunque eso les suponga emigrar hasta altas cumbres, donde a falta de un nuevo botín se conforman con unas botas viejas. Tan mal está la cosa para el delincuente de poca monta que el asalto se perpetra a salto de mata.

El hecho es más propio de un guión de Woody Allen que de las páginas de sucesos, donde los rateros han cedido protagonismo a otros expertos en el trinque más sofisticado. Cursos de formación inexistentes que chupan el erario para que prebostes sindicales y patronales se lo lleven calentito. Expedientes de regulación de empleo falsos con los que una barahúnda de cargos públicos se monta cargas privadas. Un duque que esconde los ingresos que empalma, un tesorero sobrestimado más sobresaliente que sobre entrante y hasta una ex ministra balanceándose entre el banco y el banquillo pululan en el punto de mira de los tribunales.

Esos sí que se han puesto las botas al llegar a la cima. En medio de esta jungla de la baratería, llegará el día en que la prudencia nos aconseje a todos acostarnos vestidos y calzados para salvaguardar la ropa, y en especial la tela. El pillaje se ha generalizado y no es plan dormir sin las botas puestas. Por precaución o para estar preparados por si hay que salir corriendo.

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Ignatius Farray: "Sigo siendo un p*** loser"

Jorge Raya Pons

Foto: EL FIN DE LA COMEDIA
COMEDY CENTRAL

Es importante que sepan esto: he visto dos veces a Ignatius Farray y la primera fue en una sala de espera. Era junio y hacía tanto calor que sus gafas estaban empañadas. La segunda fue en el bar Picnic, en Malasaña, y a falta de media hora tenía el recinto lleno. Era septiembre y volvía a los monólogos. Hizo esperar al público una hora. Salió con energía, nos miró a todos y, en un paréntesis de intimidad, dijo: “Sabíais que esto iba a empezar tarde”. Y todo el mundo respondió con risas.

* * *

Es mediodía en la segunda planta de la sede de Comedy Central en Madrid. Entra Ignatius Farray vestido de corto: una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Fuera hace calor, y le caen unas gotas de sudor alrededor de las cejas. No levanta mucho la mirada. “Soy Nacho”, dice, presentándose. “Encantado”.

Ignatius Farray está en todas partes: con Andreu Buenafuente en Late Motiv (Movistar+), con David Broncano y Quequé en La vida moderna (Cadena Ser), tiene su propia serie de televisión (El fin de la comedia), tiene sus monólogos casi semanales en distintos bares de Malasaña. Está en todas partes, le digo, y arrastra dos o tres años de éxito. Él se apresura a desmentirlo, con una risa muy sincera: “En realidad solo este último año. Sigo siendo un puto loser.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 1
Ignatius Farray, posando en el ático del edificio de Comedy Central. | Foto: Ana Laya/The Objective

Ignatius Farray es el rey de la comedia. Un canario de metro ochenta, que ha pasado los cuarenta, calvo salvo por una pelusa que cubre la parte alta de su cabeza –la llama la Selva-. Tiene una barba poblada, de varios meses y sin recortar, y unas gafas negras de pasta como Woody Allen. Ignatius lleva un año creciendo sin parar en la comedia. “Este año la cosa no ha parado”, dice. “La rueda de la comedia me ha pasado por encima. Lo noto porque la gente me saluda por la calle”.

Uno se pregunta qué ha sido de él todo este tiempo. Nació en un pueblo llamado Granadilla del Sur, al sur de la isla de Tenerife, y el absurdo comienza en el momento en que no hay una Granadilla del Norte. Dice que allí fue muy feliz, que tuvo una infancia tranquila, que aquello es muy distinto a Madrid. Dice que fue un chico más bien tímido, pero que en determinado momento algo se desató por dentro: “Recuerdo que hubo un año, no sé si fue en 5º o 6º de EGB –con 10 ó 12 años–, que de repente me vine arriba y me convertí en el payaso de la clase. ¡Me llamaban Woody!”.

–¿Por qué? –le pregunto.

–Por Woody Allen. Me decían: “Eh, Woody, ¡háztelo ahí!”.

Tiene anécdotas de infancia que son memorables, algunas aficiones inimaginables cuando uno solo conoce el personaje, y todas ellas permiten comprender mejor que Ignatius no solo es divertido, sino también retorcido. “Me acuerdo de que en una época me dio por el tenis”, cuenta Ignatius, conteniendo la risa. “Había una cancha en el pueblo y me pasaba la tarde allí solo, peloteando contra la pared. Era por el 88 y ya se sabía que los Juegos Olímpicos iban a ser en Barcelona. Yo llegué a falsificar cartas que me enviaba a mí mismo poniendo que era Samaranch, el presidente del Comité Olímpico, que se dirigía a mí diciendo que habían estado observándome y que querían que yo representara a España en tenis. Yo luego esas cartas se las enseñaba a mi hermano para impresionarle. Y él se lo creía”.

Pasó poco tiempo hasta que comprendió que no solo se divertía haciendo chistes, sino que quería hacerlos todo el tiempo. Ignatius supo que le ilusionaba cada vez más hacer reír a la gente, y comenzó a alimentar esa ilusión, aun creyendo que nunca sería capaz de ganarse la vida con ello. “Me impresionaban Faemino y Cansado”, dice. “La primera vez que me subí a un escenario fue para imitarlos en el casino del pueblo”. ¿A los dos?, le pregunto. Y él se ríe, afirmando con la cabeza.

* * *

Es septiembre y el calor no remite. El bar Picnic cumple nueve años, casi una década de monólogos y cervezas, y desde hace unos meses cuenta con un embajador de oro. Este local tiene dos plantas, una a nivel de calle y otra subterránea, y es en la segunda –con poca luz, tonos rojizos y un paisaje hawaiano de fondo– donde está el pequeño escenario.

Es miércoles y son las diez de la noche. Ignatius toma el micrófono y todo el mundo se encorva hacia delante, como esperando el momento de reír. El público está expectante. En la planta de arriba hay tanto ruido que se hace difícil escuchar a Ignatius. Él dice: “Habrá un momento en que os daréis cuenta de que arriba se lo están pasando mejor”. Luego pregunta si hay alguien que se ofenda con facilidad y descubre que hay un negro. Le apunta con el dedo, con una risa incontenible. “¿Eres negro?”, le pregunta. El chico le responde que aunque lo parezca no lo es. Ignatius exclama: “Eso es todavía más insultante que cualquier cosa que pudiéramos decirte”. Entonces Ignatius comienza a imitarle con una voz extraña: “No, no. Aunque lo parezca. Me ha pasado mil veces. ¡Soy como vosotros!”. Pide un aplauso y todos aplauden. El chico, que no es negro y quizá solo un poco moreno, también aplaude.

* * *

Ignatius siempre quiso hacer reír, pero comenzó en el humor bastante tarde. Tenía 29 años y volvía a Madrid desde Londres. Allí vivió dos años. “Recuerdo que fui a la aventura”, dice, rememorando una historia que cuenta a menudo. “Solía ir a un comedy club. La propietaria se dio cuenta de que no entendía demasiado bien a los cómicos y me dejaba entrar por la mitad de precio. A mí me gustaba solo por estar allí. En Londres comencé a tomármelo más en serio. Luego llegó la casualidad de que en España estaba empezando a llegar la moda de los monólogos con El club de la comedia, Paramount Comedy… Aquella confluencia me lo hizo imaginar de una manera más concreta… A lo mejor sí me atrevía a subirme al escenario para actuar”.

El líder de los Canarios arios habla con mucha dulzura y tiene la voz grave. A veces pierde la compostura y se pone a gritar, sin que nadie pueda verlo venir. Y es gracioso porque es su factor sorpresa. Tiene un humor muy salvaje y sin prejuicios: no le importa bromear sobre los negros, los judíos o el nazismo. Y, como él dice, puede hacerlo porque no es racista, ni antisemita, ni fascista. Es más bien izquierdista y sin horizontes. Es ese humor negro el que causa muchas veces las críticas. “Igual que mucha gente admite hablar de muchas cosas de cualquier manera, hay gente que enseguida cae en el malentendido, que cree que hay un propósito de hacer daño o para que ellos se sientan ofendidos”, dice, dando una justificación. “Llega a ser un poco ridículo. Con eso no digo que un cómico no pueda meter la pata. Creo que se puede hablar de todos los temas, pero no se puede hablar de todos los temas de cualquier manera. Se puede ser desagradable o impertinente, y eso ya no es comedia”.

Y tras una breve pausa, continúa: “Pienso que la comedia debe crear conciliación. Desde el momento en que tenemos ese punto de complicidad y nos estamos riendo juntos de algo, nos acerca más que enfrenta. Creo que la gente que se ofende no está entendiendo de qué va el asunto”.

Ignatius comienza a sentirse más suelto en la entrevista y le pregunto a qué le teme más, si al silencio o a la ofensa. Su respuesta es clara, aunque fragmentada: “Los silencios no me molestan especialmente, forman parte de esa tensión. Un cómico tiene que estar acostumbrado a ese tipo de situaciones. Si te dedicas a esto, ese tipo de situaciones tensas en las que algo no está yendo bien te ocurren continuamente. De alguna manera tienes que aprender a disfrutar de esos momentitos. Si no, lo vas a pasar bastante mal. Hay que encontrarle la gracia”.

¿Y en cuanto a la ofensa? “Yo… Yo lo paso muy mal. Cuando noto que he metido la pata… Cuando veo que la gente se ofende y no hay ningún motivo, me quedo bastante tranquilo. Pero cuando noto que he metido la pata y he podido ofender a alguien… que he hecho algo a alguien que realmente le molestaba… siento una sensación horrible. Te lo juro: no paro de pedir perdón. A veces lo paso mal si pienso que tengo que disculparme con alguien y al final de la actuación no lo encuentro. En los 15 años que llevo en la comedia, la sensación que más se ha repetido es la de arrepentimiento y remordimiento”.

Y entonces ríe, pero se siente como una risa nerviosa: “La sensación de remordimiento es permanente”.

* * *

La función de Ignatius esta noche es servir de gancho comercial: se limita a presentar a otros cómicos más jóvenes antes de que ellos se lancen al vacío y luego se pone a un lado. Es un gesto generoso. Pero eso el público no lo sabe porque han venido a ver a Ignatius. La sala se vacía paulatinamente. Ignatius se sienta muy cerca del escenario y se esfuerza por reír. Da una palmada a cada cómico cada vez que su espectáculo termina. Les dice unas palabras. No solo les presenta, sino que les apoya. Algunos de ellos tienen verdadero talento. Ignatius se gira a menudo para comprobar que los otros espectadores también disfrutan, y unos pocos lo hacen. A veces se gira y levanta el dedo índice y sonríe y pide silencio cuando algunas hablan.

* * *

En El fin de la comedia, Ignatius se expone a conciencia y sin reservas: es tímido, discreto y profundamente nostálgico. Casi una molécula de agua. Ignatius confiesa que su personaje es bastante genuino, pero reconoce que uno no puede renunciar siempre a ciertas construcciones que gustan al espectador: “Un cómico está para que la gente se ría y se lo pase bien”, dice, agregando: “Pero no puedes caer en hacer cosas que no te apetecen hacer. Cuando te das cuenta de que estás hablando de ciertas cosas, no porque te salgan del corazón sino porque es lo que quiere la gente, acabas cayendo en esa trampa. Es una tentación de la que hay que huir”.

Se puede advertir de sus palabras que a Ignatius no le importa ser una estrella. Él persigue otras metas no tan efímeras, quizá la más evidente sea la autenticidad. Ignatius tiene un pensamiento muy colectivo, tiene ese sentimiento de comunidad, y eso está presente en la proximidad que plantea constantemente al público. Ignatius es la antítesis del ególatra y parece evitar distracciones: si bien asegura que no ha tenido tentaciones de la industria del cine, afirma que tampoco le atraen en absoluto. Incluso estando en la cresta de la ola, lo que quiere es conservar su teleserie, su programa en la radio, los monólogos nocturnos. Disfrutar el momento.

“Es verdad que tradicionalmente en el mundo del stand-up comedy muchos cómicos –la generación de los 70 en Estados Unidos, la época dorada– terminaron siendo muy mediáticos, estrellas de cine. Como Robin Williams o Steve Martin”, dice, poniendo un contexto necesario a la pregunta. “Comenzaron de una manera muy arrastrada y terminaron así. En cuanto pudieron lo dejaron para dedicarse al cine o a otras cosas. Luego les quedó la sensación, y esto lo han dicho ellos, de que fue una especie de traición a sí mismos. Muchos de ellos, en la medida que pudieron al final de sus carreras, trataron de retomar esos inicios que ellos sentían como más auténticos. Hay que intentar mantener la llama viva”.

En cualquier caso, le pregunto nuevamente si le ha surgido la posibilidad de tomar ese tren que han aprovechado Dani Rovira o Berto Romero, por ejemplo. Ignatius dice que no con la cabeza y ríe: “La verdad es que a mí eso me ha pasado. He tenido esa suerte. Intento disfrutar de mi trabajo, de mi oficio, sin caer en esa locura”. Luego hace una pausa y concluye: “No doy la talla”.

* * *

Cuando termina son las doce y media y espero a Ignatius casi en la puerta. Le digo: “Hola, Nacho”. Y él me saluda, recordándome vagamente. Hace unos minutos le ha lamido el pezón a un joven. Lo ha levantado muy alto y sin esfuerzo, como si tuviera el peso de una pluma, y le ha lamido el pezón izquierdo. Ignatius y yo comentamos la noche, la actuación de Pedro Silva y recordamos la entrevista de junio. Viste una camiseta negra, los pantalones de chándal de un azul eléctrico, los calcetines por los tobillos, las deportivas blancas. Nos despedimos y le digo que la vamos a publicar esta semana.

Entonces me da las gracias y un abrazo, y luego se marcha.

Ignatius Farray: "Sigo siendo un puto loser" 2
Ignatius Farray, sobre el escenario del Picnic. | Foto: Jorge Raya/The Objective

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Una década después: Cinco lecciones de la crisis

Ferrán Caballero

Dicen que de la experiencia se aprende, pero yo no soy tan optimista. Estas son, de todos modos, las lecciones que creo que deberíamos haber sacado de esta larga crisis.

1- La alternativa al capitalismo real es el extremismo antisistema. Cuando empezó la crisis, y empezó a decirse que era una crisis sistémica y no sólo económica, los más valientes llegaron a decir que había que refundar el capitalismo para darle un rostro más humano. A estas alturas deberíamos haber visto que la única alternativa al sistema capitalista es la antisistema. Y que esa no es una alternativa seria.

2- La libertad sin responsabilidad sale carísima. Decían que era una crisis de valores, y a estas alturas ya sabemos que es de necio escuchar valor y no preguntar el precio. Los rescates bancarios nos salieron carísimos, también porque nos impidieron ver cómo el valor de la responsabilidad es el premio y no el precio de la libertad.

3- La protección nos hace dependientes. Y la dependencia nos hace más vulnerables y por lo tanto menos libres. Se sigue lógicamente de la lección anterior, y explica por qué quienes más han sufrido la crisis han sido los más necesitados. De aquí el principio liberal de que para ser libres debemos protegernos tanto de la fortaleza del Estado como de su debilidad.

4- La soberanía es de quien se la puede pagar. Los nostálgicos de la vieja soberanía deberían quejarse menos de la austera Merkel que de sus derrochadores gobiernos. Uno sólo puede tener la libertad que puede costearse, y eso a menudo quiere decir hacer menos de lo que le gustaría.

5- No hemos aprendido nada. En momentos de incertidumbre tendemos a refugiarnos en nuestros principios o prejuicios, que para eso están. Y tendemos a blindarnos contra los hechos que los contradicen, porque de nada sirve alimentar el temor con dudas.

Es célebre la cita de Santayana que dice que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Se suele leer aquí que el pueblo que conoce bien su historia puede ahorrarse errores como los del pasado, pero yo no soy tan optimista. Más bien me parece que para poder repetir la historia habría que conocerla con un detalle inalcanzable a la razón humana. Y que si no aprendemos de nuestros errores pasados al menos tampoco sabremos cómo cometerlos de nuevo. Cometeremos otros, claro, pero espero que esto les sirva de consuelo.

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Una década después: Cinco lecciones de la crisis

Joseba Louzao

Foto: Richard Drew
AP

Decía un personaje novelesco de Claudio Magris que, en el fondo, él era muy optimista porque las cosas siempre salían mucho peor de lo que había pensado. Me he repetido la frase en numerosas ocasiones. Y no he podido evitar pensar en ella cuando se me propuso responder a la pregunta que encabeza esta sección. No sé si hemos aprendido demasiado con la crisis. Es más, algunos indicadores recientes nos demuestran lo empecinados que somos en nuestros propios errores. Como sostenía el psicólogo conductual Dan Ariely, éstos aparecen de forma sistemática e, incluso, terminan por ser previsibles. Sin embargo, los seguimos cometiendo con acostumbrada tozudez. ¿Hemos aprendido algo de la crisis? No lo sé. Pero tengo claro que estas son las cinco lecciones que deberíamos haber asimilado. Otra cuestión es que consigamos en alguna ocasión.

  1. Los demás no siempre son los responsables. La lista es larga. Hemos señalado a políticos, banqueros, grandes empresas, economistas… Ellos son los principales culpables. Y nada más. La lógica depredadora es un misterio porque habitualmente sólo alcanza al prójimo. Una crisis como la sufrida no se explica como responsabilidad de unos pocos, pero siempre ha sido más sencillo echar balones fuera. Sin embargo, hemos vivido despreocupados en el exceso durante años. Somos culpables por nuestra irresponsabilidad y voracidad. Nosotros decidimos cotidianamente, nos guste o no. Después no deberíamos mirar hacia otro lado.
  2. Lo sólido se desvanece en el aire. O, mejor dicho, no hay nada tan sólido como para no caer. La fragilidad nos acompaña, pero nos negamos a aceptarlo. Cualquier avance, por asegurado que esté, puede desvanecerse. El trabajo, el valor de los bienes inmuebles y tantos otros ámbitos que parecieron sólidos hoy no lo son. Si echamos la vista, comprenderemos que antes de nosotros hubo quien creyó en la solidez de una espectro.
  3. No debemos matar moscas a cañonazos. El presidente Emmanuel Macron aseguraba el otro día que “la historia va a juzgarnos y juzgará con severidad los cálculos a corto plazo, las comodidades del momento”. Dejando de lado la fórmula inicial, porque la historia no juzga ni juzgará, los cálculos a corto plazo nos metieron en esta crisis. Y, con total seguridad, lo volveremos a repetir. Muchas de las soluciones se aplican desde los cálculos electorales o los deseos más perentorios. Por desgracia, los terminaremos pagando a medio o largo plazo. Nosotros o nuestros hijos.
  4. El miedo no nos ayuda a tomar decisiones. El mundo se transforma a un ritmo tan acelerado como descompasado. La crisis económica e institucional que azotó al continente europeo ha intensifica y multiplicado las voces de aciagos profetas de calamidades. Como defiende Pascal Bruckner, el lenguaje del miedo es paradójico y, en última instancia, tranquilizador: sabemos que nos encaminamos hacia lo peor. El miedo puede dejar de ser episódico en un mundo repleto de inseguridades y convertirse en algo inalterable. La crisis económica ha facilitado el surgimiento de una angustia colectiva, un sentimiento global de inseguridad difícilmente soportable que puede dificultar la identificación adecuada de los peligros reales. Por esta razón, tenemos la labor de recordar que saldremos otra vez de las dificultades (y volveremos a caer en ellas), el problema es saber cuánto costará liberarnos de nuestros miedos más irreflexivos
  5. Y, para finalizar un desiderátum, tenemos queaprender a conjugar coherencia, responsabilidad y credibilidad. Sin mirar para otro lado. Todos y cada uno de nosotros.

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Algunas verdades desagradables

Andrés Cañizález

Foto: Cristian Hernandez
EFE

En estos días atroces que vive Venezuela, cuando logro desconectarme de la mecánica nacional, he vuelto sobre las páginas de un texto clásico de la historia del siglo XX. Se trata de “La República española y la guerra civil (1931-1939)” del estadounidense Gabriel Jackson, que ni más ni menos permite entender, literalmente desde su incubación, cómo se fueron dando los pasos hasta llegar a la guerra civil, cuyas heridas aún no están curadas del todo en la España del siglo XXI.

No trazaré acá un paralelismo entre aquello y lo que vivimos en Venezuela, aunque no tengo dudas de que sería un terreno de interesante indagación. En realidad, Jackson me ha permitido dar con algo que desde hace varias semanas me viene dando vueltas en la cabeza. Se trata de las verdades incómodas, aquellas que nadie quiere oír, pese a que pocos segundos antes en una reunión social o familiar alguien te dice ¿Y cómo ves la vaina?

Jackson lo sintetiza de esta forma: “las pasiones políticas impidieron a la mayoría de los observadores reconocer las verdades desagradables con respecto al bando con el cual simpatizaban”. En no pocas ocasiones he manifestado públicamente mi voto de confianza a la dirigencia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). En mi rol de periodista e intelectual público intento que el apoyo a la MUD no me empañe la visión y el análisis del momento tan dramático y definitorio que vivimos.

Esta adhesión pública, sin que medie un interés económico o un vínculo partidista, no la hago sólo ahora cuando día por medio tenemos a algún diputado opositor herido o vejado por estar al frente de las manifestaciones de calle. Lo expresé sin ambages en noviembre-diciembre del año pasado, cuando la vocería opositora pasaba por una hora oscura tras el fracasado diálogo con el gobierno y lo que fue, en el imaginario popular, el enfriamiento de la calle.

Sobre esto último hay mucha tela para cortar, pues si se revisan las cifras del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social en realidad la calle tiene bastante tiempo sin estar lo que se dice fría, aún pese a la represión y la criminalización de la protesta popular, ésta última ampliamente denunciada por Provea.

Primera verdad. No hay ninguna señal de un resquebrajamiento serio al interior de las Fuerzas Armadas, al menos al momento en que escribo estas líneas. Hay malestar en mandos medios y cansancio en los uniformados que deben salir a la calle, pero el duopolio represivo de alto mando de la FAN y gobierno de Nicolás Maduro se mantiene amalgamado. Sin una ruptura en esta alianza no habrá cambio. La represión de la protesta, junto a las muertes a cuentagotas que se vienen registrando, hay que decirlo, se pueden mantener por largo tiempo.

Segunda verdad. Un escenario de cambio no nos conducirá necesariamente a la democracia. Como demócrata que soy y venezolano que vive en Venezuela sin plan B de emigrar, deseo profundamente que cualquier posibilidad de cambio desemboque en la restauración democrática, bajo los principios trazados en la Constitución de 1999. Ese es, sin duda, mi deseo más profundo.

Pero existe un claro riesgo (y la constituyente empujada por Maduro le pone fecha a ese escenario) de que pasemos no a más democracia sino a más dictadura. La represión puede subir de tono, se eliminen instancias judiciales independientes y sencillamente se militariza todo aquello que tenga que ver con la protesta política (ya hay bastante señales de que se puede ir en esa dirección). El punto culminante de tener más dictadura podría ser la salida de Maduro del poder y su reemplazo por alguna junta militar que asuma bajo la lógica de que “hay que poner orden”.

Tercera verdad. La caída de la dictadura no se resolverá en cuestión de horas con la huida del tirano. En el imaginario venezolano pesa mucho la visión idílica de que una vez que Pérez Jiménez huyó hubo en el país un florecimiento democrático inmediato, en 1958.

El madurismo, como degeneración autocrática del chavismo, combina no sólo la condición de una dictadura convencional (represión, censura, control de las instituciones) sino que hay dos elementos que a veces soslayamos. Por un lado, la condición de narcotraficantes que han adquirido muchos de quienes son figuras oficiales, junto al poder tras bambalinas que tiene la dictadura cubana en Venezuela, asunto que se ha acrecentado tras la muerte de Hugo Chávez y la asunción de Nicolás Maduro.

Cuarta verdad. Tarde o temprano llegaremos a una mesa de negociación. El enquistamiento del chavismo en la estructura del Estado y la adhesión sin reticencias del sector militar (que además se encarga del trabajo represivo) no se acabará solamente con la renuncia de Maduro (en caso de que éste renuncie por voluntad propia o forzado por los militares).

Algunas verdades desagradables 1
Las autoridades venezolanas reprimen con violencia las protestas de la oposición. | Foto: Ivan Alvarado / Reuters

Lo último que se ha discutido, de un grupo de países “amigos”, con naciones que sean colocadas a partes iguales por el gobierno y la oposición, podría ser una vía concreta no de dialogar (el tiempo del diálogo creo yo se acabó el 1 de diciembre de 2016) sino de negociar. Si usted le da crédito a lo que he dicho en las líneas anteriores entenderá que hay mucho que negociar.

Ni la crisis económica (aún agudizándose como se prevé) ni una agenda permanente de protestas en la calle (con la intensidad que viene sucediendo) generarán –por sí solas- el anhelado cambio democrático.

Ni será rápido, ni será fácil. Esa es la quinta verdad. Un buen amigo me considera un pesimista, cuando le comparto esta visión. Trato de mirar la realidad sin que los cristales de mis anteojos estén empañados por lo que deseo para mis hijos (que vivan en un país libre y próspero). No estoy diciendo que estamos condenados como sociedad, sólo que debemos afrontar este momento definitorio para la vida nacional mirando no sólo las posibilidades, sino también los riesgos.

Se trata de mantenerse, en esta hora de crisis, con convicciones firmes y resiliencia en la actuación cotidiana, tanto social como individualmente.

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