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Durmió sin las botas puestas

Javier Quero

Y se las mangaron. Las botas. Un alpinista decidió pasar la noche en un refugio del Mont Blanc a 3.800 metros de altura y al despertar le habían birlado el calzado. Ahora entiendo lo que los medios insinúan al informar de una escalada de robos.

Y se las mangaron. Las botas. Un alpinista decidió pasar la noche en un refugio del Mont Blanc a 3.800 metros de altura y al despertar le habían birlado el calzado. Ahora entiendo lo que los medios insinúan al informar de una escalada de robos. A la víctima la tuvieron que rescatar en helicóptero porque por la nieve, descalzo, se camina regular.

Se antoja entre las consecuencias de la crisis que los cacos tengan que buscar nuevos nichos de negocio, aunque eso les suponga emigrar hasta altas cumbres, donde a falta de un nuevo botín se conforman con unas botas viejas. Tan mal está la cosa para el delincuente de poca monta que el asalto se perpetra a salto de mata.

El hecho es más propio de un guión de Woody Allen que de las páginas de sucesos, donde los rateros han cedido protagonismo a otros expertos en el trinque más sofisticado. Cursos de formación inexistentes que chupan el erario para que prebostes sindicales y patronales se lo lleven calentito. Expedientes de regulación de empleo falsos con los que una barahúnda de cargos públicos se monta cargas privadas. Un duque que esconde los ingresos que empalma, un tesorero sobrestimado más sobresaliente que sobre entrante y hasta una ex ministra balanceándose entre el banco y el banquillo pululan en el punto de mira de los tribunales.

Esos sí que se han puesto las botas al llegar a la cima. En medio de esta jungla de la baratería, llegará el día en que la prudencia nos aconseje a todos acostarnos vestidos y calzados para salvaguardar la ropa, y en especial la tela. El pillaje se ha generalizado y no es plan dormir sin las botas puestas. Por precaución o para estar preparados por si hay que salir corriendo.

¡Annie Hall cumple 40 años!

Ana Laya

Tal vez deba advertir de entrada que este es un artículo ridículamente subjetivo. Soy fan de Woody Allen (sí, es complicado) y me encanta Annie Hall, esa sutilmente triste historia de un amor tan posible y lógico como absurdo e imposible.

Mis razones son simples y nada originales: me encanta la dupla Allen-Keaton; sueño con el día en el que en mi vida suceda algo parecido como el momento de Marshall McLuhan y el intelectual insoportable en la cola del cine; me he visto intentando recrear -patéticamente- momentos icónicos de una relación (como el de las langostas) y fracasando -patéticamente- como Alvy; me he disfrazado de Annie y jamás me han quedado bien ni el chaleco ni la corbata… pero no pierdo la fe; aprecio que Allen haya logrado percibir y retratar esa urgencia -aún muy patente- de ciertos hombres de “educar” a las mujeres y ayudarlas a “entender el mundo”, esa condescendencia espolvoreada con edulcorante que vendría a ser lo que Rebecca Solnit llama mansplaining... y en general me parece que es un retrato hermoso del Nueva York de los 70s y una fuente inagotable de citas, siendo la que más me gusta repetir aquella famosa de Freud:

“Nunca querré pertenecer a un club que acepte a alguien como yo de miembro”.

Annie Hall, además de ser la sexta película escrita y dirigida por Woody Allen, fue la primera que le valió un Oscar como mejor Director y uno como Mejor Actriz a Keaton, además de llevarse el de Mejor Guión Original y hasta el de Mejor Película, derrotando a Star Wars… ¡a Star Wars! ¡Triunfo para los izquierdosos, comunistas, judíos y pornógrafos gays de Nueva York! El guión, escrito por Allen y Marshall Brickman, fue reconocido en 2015 por la Writers Guild of America como el Mejor Guión de Comedia jamás escrito. Y finalmente, la idea original del proyecto Anhedonia, título que tenía originalmente el proyecto y que afortunadamente se descartó, fue el germen de otra de mis películas preferidas de Allen: Misterioso asesinato en Manhattan. Creo que siento debilidad por los hipocondríacos (y por las enfermedades… pero esa es otra historia).

En fin, podríamos pasar el día entero leyendo artículos que analicen sus méritos, escudriñen sus detalles y enumeren sus trivias, pero honestamente la mejor manera de saber cómo ha envejecido la película es volviéndola a ver.

Si mis razones no son suficientes, aquí 7 escenas neuróticas y geniales para que la recuerden, para que la conozcan si no han tenido hasta ahora el placer, y para que en cualquier caso se la apunten como plan para uno de estos fines de semana de primavera.

¡Disfruten!

1. “Me gusta el cuero.”

2. “La masturbación es sexo con alguien a quien quiero.”

3. Marshall McLuhan is in da house.

4. “Me encanta ser reducida a un estereotipo cultural.”

5. “Se me olvidó mi mantra”.

Sí, Jeff Goldblum aparece en Annie Hall… 5 segundos.

6. Los subtítulos.

7. El inolvidable monólogo inicial.

Sí, la vida está llena de soledad, miseria, sufrimiento, infelicidad… y se acaba demasiado rápido. WoodyAllenada fundamental.

¿A quién pedimos cuentas por no acoger más refugiados?

Antonio García Maldonado

La atención a los que huyen de la guerra e intentan entrar en Europa para salvar su vida debería ser una de las prioridades políticas de todas las administraciones públicas. Y así lo reclama cada manifestación que durante los últimos días se ha convocado a lo largo y ancho del continente, con especial fuerza en Barcelona. Se exige un cambio en la política de acogida: más cuotas, mejor trato. Welcome Refugees. Son reclamos legítimos y esperanzadores que yo comparto y defiendo. Hay un deber moral que no se puede eludir, y no hay un “wonderful and beautiful wall” que pare a personas que no tienen nada que perder.

Pero no deja de sorprender que el foco de los reclamos se haya puesto, precisamente, en las instituciones comunitarias. La UE, dominada por los Estados y el Consejo en un momento de repliegue nacionalista y auge del populismo xenófobo, no es culpable de la cuota rácana que cada país ha decidido con el único criterio de que su panorama político no sea engullido por los Le Pen, Wilders, Farage, Orban o Kazynscki. La Comisión es una institución encargada de realizar el trabajo sucio, el brazo ejecutor y no decisor de una política basada en el repliegue identitario del Estado-nación, no en el federalismo europeo. La culpa, por tanto, no es de la Unión Europea, sino de los Estados, ineficientes a fin de cuentas para resolver un problema de esta envergadura, pero que conservan el poder balsámico de la promesa de la frontera segura. Más Europa es menos Estado. Y eso hay que votarlo.

Aunque, siendo los Estados más responsables que la UE, tampoco son estos entes insolidarios por capricho. La realidad es que, a poco que los países aprueban políticas de asilo generosas, la extrema derecha crece. Pensemos en Merkel, a la que creció a su derecha Alternativa por Alemania apenas soltó un Wilkommen a los refugiados. O en Gert Wilders, que sigue subiendo en las encuestas pese a decir que acabará “con la escoria marroquí” de Holanda. Muchos ciudadanos apoyan estas declaraciones. Y esa presión de base se traslada a sus Gobiernos, que su vez empujan en el Consejo para restringir las cuotas de asilo.

¿Qué tal, por tanto, si empezamos por admitir que este no es un problema de una casta de burócratas insolidarios de Bruselas contra un pueblo deseoso de echar una mano frente al drama? A lo mejor más de uno se encontraba, sin darse cuenta, manifestándose contra sí mismo. Estamos en una lucha política entre unos ciudadanos y otros, y es en el mercado político electoral donde se jugará la partida. No en los despachos de Bruselas. Las manifestaciones contra los gestores son necesarias, pero más aún la persuasión con el vecino receloso.

La crisis migratoria según san Mateo

Juan Claudio de Ramón

El economista de la desigualdad Branco Milanovic ha acuñado un concepto verdaderamente útil para entender lo que está pasando: el de renta de ciudadanía. Con él quiere expresarse una realidad sencilla a menudo pasada por alto: así como las personas obtienen su bienestar de una serie posible –y en el caso más ventajoso, acumulativa– de rentas (del trabajo o del capital, pero también las de origen familiar o las que somos capaces de extraer de un particular talento con el que la naturaleza nos dotó), los ciudadanos resultan premiados o penalizados en su posición patrimonial según nazcan en un país rico o pobre. Es indudable que haber visto la primera luz en Europa, en algún momento posterior a la última guerra, devenga de por sí unas rentas que no están al alcance de la mayoría de aquellos que nacen en vastas porciones del resto del mundo. En un mundo desigual, nos dice Milanovic, la pregunta «¿A qué te dedicas?» es acaso menos relevante que esta otra: «¿De dónde vienes?».

Da lo mismo que esta sea una ventaja no ganada, por definición azarosa, tanto como un billete de lotería premiado: es previsible que muchos de aquellos que han sido agraciados con esta renta de ciudadanía o de nacionalidad tiendan a defenderla con orgullo si la sienten amenazada por recién llegados. Atención, no siempre las penalidades socioeconómicas estarán detrás del rechazo al foráneo: a menudo un racista no es más que un racista. Puede que la tesis de «los perdedores de la globalización» explique parcialmente la pandemia populista, pero no debemos permitir que blanquee o disculpe la xenofobia, virus de una cepa que no necesita de la desigualdad para propagarse. Y sin embargo, los que apostamos por un liberalismo cosmopolita haremos bien en recordar lo contraintuitiva que puede parecer a veces la solidaridad. Aspiramos a que nuestros países se parezcan a esa viña evangélica, en la que los jornaleros llegados a última hora reciben la misma renta que los contratados al alba; pero quién podría asegurar que nosotros mismos, en una coyuntura complicada, no interpretaríamos, en la parábola contada por Mateo, el papel de quien se irrita ante la igualitaria manera en que Dios administra los recursos de su hacienda. El nacionalismo no es más, suele recordar Arcadi Espada, que pensar que por haber estado primero se tienen más derechos. En un año en que en las elecciones en Francia y Alemania habrá quien haga valer con ímpetu su precedencia cronológica en el reparto de los recursos, no está de más recordar el profundo aliento ético de una parábola evangélica que nos impele a dar lo mismo, el mismo denario básico y esencial al menos, al último y al primero: al que huye de la miseria o la guerra y al que nació en la viña afortunada.

Mejor le dejamos lo de la violencia a los criminales

Cristian Campos

A veces fantaseo con soluciones sencillas a problemas complejos. Ya saben, con eso que los cuñados llaman “cuñadismo”. Es vox populi que a los problemas complejos les corresponden soluciones igualmente complejas y únicamente al alcance de unas pocas mentes privilegiadas iniciadas en los arcanos del embrollo padre. Y yo estoy de acuerdo con ello. Pero lo que me pide el cuerpo cuando dejo que mi troglodita interior prevalezca sobre ese barniz de socialización que llevo a cuestas es cortar por lo sano y que sea lo que Dios quiera.

Esta es la primera columna del año y la cosa anda relajada. Permítanme que fantasee entonces con lo que ocurriría si a los problemas provocados por las mafias de la droga se respondiera con la legalización de estas. Si a la violencia sexual masculina se respondiera con la castración química del tipejo en cuestión. Si a la crisis de refugiados se respondiera permitiendo la entrada sin límite de mujeres, niños y ancianos pero también con un filtro de agujero extraordinariamente fino para los hombres en edad militar. Si Occidente colonizara los estados fallidos, aquellos países que no sólo han demostrando repetidamente su incapacidad para gobernarse solos sino que han acabado por convertirse en un grave problema endémico para el resto de naciones del planeta. Si se respondiera con la deportación inmediata de todo aquel que, con la excusa de la religión o de cualquier otro tipo, trabaje por la subversión de los valores y la supresión de los derechos humanos vigentes en Occidente, entre ellos el de la igualdad de hombres y mujeres.

Todo esto son sólo desvaríos, por supuesto. Desvaríos de una inaceptable violencia. Porque la violencia jamás ha conseguido nada, ¿cierto? Es cierto que la violencia le ha permitido a las mafias de la droga arrasar naciones enteras, asesinar a decenas de miles de personas y envenenar a millones. Que miles de mujeres son violadas, forzadas y acosadas con violencia cada año. Que los derechos humanos sólo retroceden en aquellos barrios y ciudades en las que la violencia del Estado es más débil que la ejercida por los caciques religiosos locales. Que los Estados fallidos son pasto fácil para déspotas, psicópatas y asesinos de masas de toda calaña y condición. Todo eso es cierto. Pero ¿cómo vamos a responder a la violencia criminal con violencia legal? ¿Nos hemos vuelto locos?

Mejor le dejamos lo de la violencia extrema a nuestros enemigos, que parece que a ellos no les provoca ningún reparo moral ejercerla.

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