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Durmió sin las botas puestas

Javier Quero

Y se las mangaron. Las botas. Un alpinista decidió pasar la noche en un refugio del Mont Blanc a 3.800 metros de altura y al despertar le habían birlado el calzado. Ahora entiendo lo que los medios insinúan al informar de una escalada de robos.

Y se las mangaron. Las botas. Un alpinista decidió pasar la noche en un refugio del Mont Blanc a 3.800 metros de altura y al despertar le habían birlado el calzado. Ahora entiendo lo que los medios insinúan al informar de una escalada de robos. A la víctima la tuvieron que rescatar en helicóptero porque por la nieve, descalzo, se camina regular.

Se antoja entre las consecuencias de la crisis que los cacos tengan que buscar nuevos nichos de negocio, aunque eso les suponga emigrar hasta altas cumbres, donde a falta de un nuevo botín se conforman con unas botas viejas. Tan mal está la cosa para el delincuente de poca monta que el asalto se perpetra a salto de mata.

El hecho es más propio de un guión de Woody Allen que de las páginas de sucesos, donde los rateros han cedido protagonismo a otros expertos en el trinque más sofisticado. Cursos de formación inexistentes que chupan el erario para que prebostes sindicales y patronales se lo lleven calentito. Expedientes de regulación de empleo falsos con los que una barahúnda de cargos públicos se monta cargas privadas. Un duque que esconde los ingresos que empalma, un tesorero sobrestimado más sobresaliente que sobre entrante y hasta una ex ministra balanceándose entre el banco y el banquillo pululan en el punto de mira de los tribunales.

Esos sí que se han puesto las botas al llegar a la cima. En medio de esta jungla de la baratería, llegará el día en que la prudencia nos aconseje a todos acostarnos vestidos y calzados para salvaguardar la ropa, y en especial la tela. El pillaje se ha generalizado y no es plan dormir sin las botas puestas. Por precaución o para estar preparados por si hay que salir corriendo.

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Una década después: Cinco lecciones de la crisis

Ferrán Caballero

Dicen que de la experiencia se aprende, pero yo no soy tan optimista. Estas son, de todos modos, las lecciones que creo que deberíamos haber sacado de esta larga crisis.

1- La alternativa al capitalismo real es el extremismo antisistema. Cuando empezó la crisis, y empezó a decirse que era una crisis sistémica y no sólo económica, los más valientes llegaron a decir que había que refundar el capitalismo para darle un rostro más humano. A estas alturas deberíamos haber visto que la única alternativa al sistema capitalista es la antisistema. Y que esa no es una alternativa seria.

2- La libertad sin responsabilidad sale carísima. Decían que era una crisis de valores, y a estas alturas ya sabemos que es de necio escuchar valor y no preguntar el precio. Los rescates bancarios nos salieron carísimos, también porque nos impidieron ver cómo el valor de la responsabilidad es el premio y no el precio de la libertad.

3- La protección nos hace dependientes. Y la dependencia nos hace más vulnerables y por lo tanto menos libres. Se sigue lógicamente de la lección anterior, y explica por qué quienes más han sufrido la crisis han sido los más necesitados. De aquí el principio liberal de que para ser libres debemos protegernos tanto de la fortaleza del Estado como de su debilidad.

4- La soberanía es de quien se la puede pagar. Los nostálgicos de la vieja soberanía deberían quejarse menos de la austera Merkel que de sus derrochadores gobiernos. Uno sólo puede tener la libertad que puede costearse, y eso a menudo quiere decir hacer menos de lo que le gustaría.

5- No hemos aprendido nada. En momentos de incertidumbre tendemos a refugiarnos en nuestros principios o prejuicios, que para eso están. Y tendemos a blindarnos contra los hechos que los contradicen, porque de nada sirve alimentar el temor con dudas.

Es célebre la cita de Santayana que dice que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Se suele leer aquí que el pueblo que conoce bien su historia puede ahorrarse errores como los del pasado, pero yo no soy tan optimista. Más bien me parece que para poder repetir la historia habría que conocerla con un detalle inalcanzable a la razón humana. Y que si no aprendemos de nuestros errores pasados al menos tampoco sabremos cómo cometerlos de nuevo. Cometeremos otros, claro, pero espero que esto les sirva de consuelo.

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Una década después: Cinco lecciones de la crisis

Joseba Louzao

Foto: Richard Drew
AP

Decía un personaje novelesco de Claudio Magris que, en el fondo, él era muy optimista porque las cosas siempre salían mucho peor de lo que había pensado. Me he repetido la frase en numerosas ocasiones. Y no he podido evitar pensar en ella cuando se me propuso responder a la pregunta que encabeza esta sección. No sé si hemos aprendido demasiado con la crisis. Es más, algunos indicadores recientes nos demuestran lo empecinados que somos en nuestros propios errores. Como sostenía el psicólogo conductual Dan Ariely, éstos aparecen de forma sistemática e, incluso, terminan por ser previsibles. Sin embargo, los seguimos cometiendo con acostumbrada tozudez. ¿Hemos aprendido algo de la crisis? No lo sé. Pero tengo claro que estas son las cinco lecciones que deberíamos haber asimilado. Otra cuestión es que consigamos en alguna ocasión.

  1. Los demás no siempre son los responsables. La lista es larga. Hemos señalado a políticos, banqueros, grandes empresas, economistas… Ellos son los principales culpables. Y nada más. La lógica depredadora es un misterio porque habitualmente sólo alcanza al prójimo. Una crisis como la sufrida no se explica como responsabilidad de unos pocos, pero siempre ha sido más sencillo echar balones fuera. Sin embargo, hemos vivido despreocupados en el exceso durante años. Somos culpables por nuestra irresponsabilidad y voracidad. Nosotros decidimos cotidianamente, nos guste o no. Después no deberíamos mirar hacia otro lado.
  2. Lo sólido se desvanece en el aire. O, mejor dicho, no hay nada tan sólido como para no caer. La fragilidad nos acompaña, pero nos negamos a aceptarlo. Cualquier avance, por asegurado que esté, puede desvanecerse. El trabajo, el valor de los bienes inmuebles y tantos otros ámbitos que parecieron sólidos hoy no lo son. Si echamos la vista, comprenderemos que antes de nosotros hubo quien creyó en la solidez de una espectro.
  3. No debemos matar moscas a cañonazos. El presidente Emmanuel Macron aseguraba el otro día que “la historia va a juzgarnos y juzgará con severidad los cálculos a corto plazo, las comodidades del momento”. Dejando de lado la fórmula inicial, porque la historia no juzga ni juzgará, los cálculos a corto plazo nos metieron en esta crisis. Y, con total seguridad, lo volveremos a repetir. Muchas de las soluciones se aplican desde los cálculos electorales o los deseos más perentorios. Por desgracia, los terminaremos pagando a medio o largo plazo. Nosotros o nuestros hijos.
  4. El miedo no nos ayuda a tomar decisiones. El mundo se transforma a un ritmo tan acelerado como descompasado. La crisis económica e institucional que azotó al continente europeo ha intensifica y multiplicado las voces de aciagos profetas de calamidades. Como defiende Pascal Bruckner, el lenguaje del miedo es paradójico y, en última instancia, tranquilizador: sabemos que nos encaminamos hacia lo peor. El miedo puede dejar de ser episódico en un mundo repleto de inseguridades y convertirse en algo inalterable. La crisis económica ha facilitado el surgimiento de una angustia colectiva, un sentimiento global de inseguridad difícilmente soportable que puede dificultar la identificación adecuada de los peligros reales. Por esta razón, tenemos la labor de recordar que saldremos otra vez de las dificultades (y volveremos a caer en ellas), el problema es saber cuánto costará liberarnos de nuestros miedos más irreflexivos
  5. Y, para finalizar un desiderátum, tenemos queaprender a conjugar coherencia, responsabilidad y credibilidad. Sin mirar para otro lado. Todos y cada uno de nosotros.

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Algunas verdades desagradables

Andrés Cañizález

Foto: Cristian Hernandez
EFE

En estos días atroces que vive Venezuela, cuando logro desconectarme de la mecánica nacional, he vuelto sobre las páginas de un texto clásico de la historia del siglo XX. Se trata de “La República española y la guerra civil (1931-1939)” del estadounidense Gabriel Jackson, que ni más ni menos permite entender, literalmente desde su incubación, cómo se fueron dando los pasos hasta llegar a la guerra civil, cuyas heridas aún no están curadas del todo en la España del siglo XXI.

No trazaré acá un paralelismo entre aquello y lo que vivimos en Venezuela, aunque no tengo dudas de que sería un terreno de interesante indagación. En realidad, Jackson me ha permitido dar con algo que desde hace varias semanas me viene dando vueltas en la cabeza. Se trata de las verdades incómodas, aquellas que nadie quiere oír, pese a que pocos segundos antes en una reunión social o familiar alguien te dice ¿Y cómo ves la vaina?

Jackson lo sintetiza de esta forma: “las pasiones políticas impidieron a la mayoría de los observadores reconocer las verdades desagradables con respecto al bando con el cual simpatizaban”. En no pocas ocasiones he manifestado públicamente mi voto de confianza a la dirigencia de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD). En mi rol de periodista e intelectual público intento que el apoyo a la MUD no me empañe la visión y el análisis del momento tan dramático y definitorio que vivimos.

Esta adhesión pública, sin que medie un interés económico o un vínculo partidista, no la hago sólo ahora cuando día por medio tenemos a algún diputado opositor herido o vejado por estar al frente de las manifestaciones de calle. Lo expresé sin ambages en noviembre-diciembre del año pasado, cuando la vocería opositora pasaba por una hora oscura tras el fracasado diálogo con el gobierno y lo que fue, en el imaginario popular, el enfriamiento de la calle.

Sobre esto último hay mucha tela para cortar, pues si se revisan las cifras del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social en realidad la calle tiene bastante tiempo sin estar lo que se dice fría, aún pese a la represión y la criminalización de la protesta popular, ésta última ampliamente denunciada por Provea.

Primera verdad. No hay ninguna señal de un resquebrajamiento serio al interior de las Fuerzas Armadas, al menos al momento en que escribo estas líneas. Hay malestar en mandos medios y cansancio en los uniformados que deben salir a la calle, pero el duopolio represivo de alto mando de la FAN y gobierno de Nicolás Maduro se mantiene amalgamado. Sin una ruptura en esta alianza no habrá cambio. La represión de la protesta, junto a las muertes a cuentagotas que se vienen registrando, hay que decirlo, se pueden mantener por largo tiempo.

Segunda verdad. Un escenario de cambio no nos conducirá necesariamente a la democracia. Como demócrata que soy y venezolano que vive en Venezuela sin plan B de emigrar, deseo profundamente que cualquier posibilidad de cambio desemboque en la restauración democrática, bajo los principios trazados en la Constitución de 1999. Ese es, sin duda, mi deseo más profundo.

Pero existe un claro riesgo (y la constituyente empujada por Maduro le pone fecha a ese escenario) de que pasemos no a más democracia sino a más dictadura. La represión puede subir de tono, se eliminen instancias judiciales independientes y sencillamente se militariza todo aquello que tenga que ver con la protesta política (ya hay bastante señales de que se puede ir en esa dirección). El punto culminante de tener más dictadura podría ser la salida de Maduro del poder y su reemplazo por alguna junta militar que asuma bajo la lógica de que “hay que poner orden”.

Tercera verdad. La caída de la dictadura no se resolverá en cuestión de horas con la huida del tirano. En el imaginario venezolano pesa mucho la visión idílica de que una vez que Pérez Jiménez huyó hubo en el país un florecimiento democrático inmediato, en 1958.

El madurismo, como degeneración autocrática del chavismo, combina no sólo la condición de una dictadura convencional (represión, censura, control de las instituciones) sino que hay dos elementos que a veces soslayamos. Por un lado, la condición de narcotraficantes que han adquirido muchos de quienes son figuras oficiales, junto al poder tras bambalinas que tiene la dictadura cubana en Venezuela, asunto que se ha acrecentado tras la muerte de Hugo Chávez y la asunción de Nicolás Maduro.

Cuarta verdad. Tarde o temprano llegaremos a una mesa de negociación. El enquistamiento del chavismo en la estructura del Estado y la adhesión sin reticencias del sector militar (que además se encarga del trabajo represivo) no se acabará solamente con la renuncia de Maduro (en caso de que éste renuncie por voluntad propia o forzado por los militares).

Algunas verdades desagradables 1
Las autoridades venezolanas reprimen con violencia las protestas de la oposición. | Foto: Ivan Alvarado / Reuters

Lo último que se ha discutido, de un grupo de países “amigos”, con naciones que sean colocadas a partes iguales por el gobierno y la oposición, podría ser una vía concreta no de dialogar (el tiempo del diálogo creo yo se acabó el 1 de diciembre de 2016) sino de negociar. Si usted le da crédito a lo que he dicho en las líneas anteriores entenderá que hay mucho que negociar.

Ni la crisis económica (aún agudizándose como se prevé) ni una agenda permanente de protestas en la calle (con la intensidad que viene sucediendo) generarán –por sí solas- el anhelado cambio democrático.

Ni será rápido, ni será fácil. Esa es la quinta verdad. Un buen amigo me considera un pesimista, cuando le comparto esta visión. Trato de mirar la realidad sin que los cristales de mis anteojos estén empañados por lo que deseo para mis hijos (que vivan en un país libre y próspero). No estoy diciendo que estamos condenados como sociedad, sólo que debemos afrontar este momento definitorio para la vida nacional mirando no sólo las posibilidades, sino también los riesgos.

Se trata de mantenerse, en esta hora de crisis, con convicciones firmes y resiliencia en la actuación cotidiana, tanto social como individualmente.

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RefAid, la app para refugiados que fue creada en tan sólo un fin de semana

Redacción TO

Foto: MARKO DJURICA
Reuters

RefAid, una aplicación que utilizan más de 400 ONGs a lo largo y ancho del planeta -incluidas algunas grandes como la Cruz Roja, Save The Children o Médicos del Mundo- ayuda a conectar a miles de refugiados con diferentes e importantes servicios.

Esta app fue creada por Shelley Taylor, un exasesor de gigantes tecnológicos como AOL, Cisco, Microsoft y Yahoo. Ante la crisis humanitaria que vivimos en Europa, Taylor decidió crear una aplicación con la que poder organizar los servicios de las diferentes ONGs y las personas que necesitaran ayuda. A través de una plataforma de su propiedad que se dedica a ayudar a que los usuarios moneticen a sus seguidores y aprendan a manejar su marca, el exasesor de Sillicon Valley utilizó algunas herramientas que ya se usaban en la plataforma, como las de geolocalización y datos en tiempo real, para adaptarlas a RefAid. Tras preguntarle a algunas organizaciones humanitarias sobre sus necesidades más inmediatas en términos de comunicación, Taylor y su equipo crearon RefAid en el transcurso de un fin de semana adaptando Trellyz, la aplicación que había creado previamente para ayudar a las empresas a gestionar sus marcas.

Lo que logra RefAid es poner en manos de refugiados, migrantes y cooperantes un sistema de gestión de contenidos y comunicación que permite a las ONGs gestionar y actualizar sus servicios, con el fin de ofrecer su ayuda a donde, con urgencia, más se necesita.

RefAid solo pide a los refugiados un correo electrónico con el fin de proteger su identidad

RefAid – Refugee Aid App from trellyz on Vimeo.

Los refugiados y migrantes que llegan a Europa han pasado por experiencias a menudo traumáticas, por lo que pedirles que acudan a las autoridades si necesitan algo es complicado, ya que desconfían de ellas. RefAid solo les pide un correo electrónico con el fin de proteger su identidad. De esta forma están seguros que no serán devueltos a sus países de origen.

RefAid se puso en marcha en febrero de 2016 en el Reino Unido e Italia, y ahora está disponible en 14 países: Grecia, Reino Unido, Irlanda, Italia, Francia, Alemania, Bélgica, Eslovenia, Croacia, Hungría, Bulgaria, Malta, Turquía y Estados Unidos.

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