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Basta ya de remakes

Jesús Terrés

Foto: RRSS
RRSS

Tras un remake casi siempre se esconde un velado chantaje. En realidad es (casi) la única razón por la el rebaño acude (acudimos) en masa a la cola de los Renoir cada jueves por la noche —como mártires en procesión, con los cirios de nuestra culpa en todo lo alto. Un paso tras otro.

Chantaje porque tras cada remake se esconde una deuda de amor; un amor sincero y nítido al cine forjado en nuestra adolescencia, forjado a hierro y fuego frente a una inmensa pantalla y un cubo de palomitas. ¿Cómo no ser fiel a todo aquello que sentiste viendo Alien, el octavo pasajero, Desafío Total, Robocop, Funny Games, Los Cazafantasmas o Blade runner? Cada película fue un acontecimiento, una muesca en tu visión del cine (del mundo) y desde luego una página imprescindible en ese supuesto diario de tus días inolvidables… ¿cuántas veces te has emocionado escuchando a Vangelis o ante el primer plano de los spinners volando frente al luminoso de Coca-Cola y aquella voz robótica anunciando un viaje al planeta Koyo desde el dirigible? Emoción sincera: eso es el cine.

Aquella deuda fue la culpable de que soportaras estoicamente aquel bodrio llamado Alien Prometheus, la misma que engrasa el complicado engranaje emocional que esta semana te ha arrastrado a ver Covenant y que te arrastrará (y además con un hálito de esperanza: esto es lo más cruel) el próximo siete de octubre a visitar de nuevo aquel sombrío Los Ángeles de Rick Deckard vía Denis Villeneuve, Hampton Fancher y Ryan Gosling. Será un blockbuster olvidable y mustio —¿algún remake no lo es? Y sin embargo no conseguirá arañar un ápice de aquella emoción perfecta, de aquel amor inolvidable.

¿No es maravilloso, el cine?

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Dolor, impotencia y rabia

José Antonio Montano

Foto: Stringer
Reuters

Dolor, impotencia y rabia. Por este orden. Y emoción y recuerdo.

Dolor nada más conocer la noticia. Me encontraba en mi casa de Málaga disfrutando de agosto, como las víctimas que paseaban por Las Ramblas de Barcelona. Me he enterado en uno de los vistazos a Twitter. La última vez que estuve en Barcelona me alojé cerca de donde ha salido la furgoneta, en un hotel de la calle Pelayo. El paseo por Las Ramblas lo iniciaba –como tantos barceloneses y turistas– en el lugar de los atropellos de hoy. No he necesitado ver las imágenes para imaginar el horror. La muerte en un lugar lleno de vida.

Impotencia por el atentado, por los crímenes. Ese mal segregado por el ser humano, que lo embadurna con religión e ideología: por lo que cuenta con cómplices, y con emisores de condenas con “pero”, y con equidistantes. Aquí lo hemos vivido hasta la náusea con el terrorismo etarra. Ahora lo vivimos con el terrorismo islamista. Asesinos con aparato retórico.

Rabia al ver lo que escribía Arnaldo Otegi (no he podido evitar asomarme): “Noticias muy preocupantes desde Barcelona. Prudencia y solidaridad con las víctimas de este ataque y con el conjunto de los Països Catalans”. El cómplice de tantísimos crímenes de ETA exhibiendo apestosamente una supuesta “preocupación”, y añadiendo el mojón nacionalista. Abyecto y repulsivo cinismo.

Emoción al leer lo que ha escrito Arcadi Espada en su blog de El Mundo: “Después de tantos años el kilómetro sentimental era esto. Ir tragando decenas y decenas de vídeos, mirando que no esté en ninguno tu hija, habitual por aquellos lugares, que salió por la mañana y ha tardado en responder al teléfono”. Y el recuerdo de que me pasó lo mismo el 11 de marzo de 2004 en Madrid: mi chica solía tomar temprano aquel tren de Atocha y también tardó demasiado en responder.

Y contra estos alivios íntimos se recorta el dolor (hay que volver al dolor) por los que no respondieron, por los que no han respondido esta tarde.

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Una ciudad extraña

Ferrán Caballero

La noticia de los atentados me llega lejos de casa, visitando castillos del Loira. Ayer estuvimos en Poitiers y bromée por whatsapp con unos amigos sobre la necesidad de seguir defendiendo la cristiandad. La broma tenía sentido por cosas como las de hoy, pero hoy seguramente no haría la broma.

A esta distancia de casa, la Rambla de la que hablaban no parecía mi Rambla. A esta distancia, la Rambla era una gran calle más de una gran ciudad más, como los Campos Elíseos, y también para mí ha sido durante un rato una calle emblemática, simbólica, en lugar de la calle por la que bajo al menos un día a la semana para comer con mi abuela. Por un momento podría haber cumplido el sueño cosmopolita de quienes tras cada atentado cercano nos exigen un recuerdo igualmente sentido y sincero para con los atentados lejanos. Pero esto sólo es posible al precio de que nuestra ciudad y su sufrimiento nos sea tan extraña como las demás, y días como estos son perfectos recordatorios de por qué esto ni puede ni debe ser así.

La Rambla puede ser, qué duda cabe, símbolo de lo mejor de Barcelona. En ella se encuentran como en ningún otro lugar los turistas con los inmigrantes y con los barceloneses de toda la vida. Especialmente en la zona de la Boquería, en pleno centro del atentado. Símbolo de Barcelona, por lo tanto, que resulta ser mi ciudad. Y símbolo del terrorismo islámico, que resulta ser mi enemigo y que atentando en la Rambla nos ha recordado como no podría hacerlo mejor que sus enemigos somos nosotros, nuestros vecinos, nuestros turistas y nuestros pakis. Que su enemigo es nuestro modo de vida y que por esto no tienen reparo en atentar contra sus hermanos musulmanes, porque el terrorismo no es nada personal y a ellos los quieren radicales o muertos, jamás libres e integrados.

Pero la Rambla de Barcelona es algo más que un símbolo de las virtudes del cosmopolitismo del turismo y el kebab. La Rambla es la calle por la que en cualquier momento de cualquier día puede pasar alguien que conozco. Y todavía ahora no sé quién pasaba hoy por allí y quién no había. Sé que no estaban allí mis familiares más cercanos ni mis amigos más íntimos ni esa alumna que me ha preguntado si estaba bien antes de explicarme lo de su primo. Y sé que muchos de mis amigos de facebook tampoco estaban allí, pero sigo sin saber recordar a todos los que faltan por confirmar. Hoy es necesario saber qué hacen y cómo están todos aquellos a quienes habitualmente podemos olvidar por días e incluso semanas. La consciencia de esta ignorancia y de los peligros que en ella habitan crea hoy una distancia entre nosotros que vuelve extraña a nuestra ciudad y a su dolor. Y esta es una victoria que, por desgracia, ya no les podremos negar a los terroristas.

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¿Tiene límites la libertad de expresión? Respuesta corta: no

Miguel Ángel Quintana Paz

Muchos me han reprochado un tono excesivamente ditirámbico en mi artículo En defensa de la libertad de expresión hace quince días aquí en The Objective. Abogar en pro de esa libertad está bien, vienen a decirme, pero ¿qué hay de sus razonables limitaciones? “Toda libertad tiene límites”, “tu libertad acaba donde empieza la mía”, “está bien la libertad, pero no el libertinaje” y otros cuantos proverbios de similar jaez solían acompañar tan amables amonestaciones.

Como firme partidario de la libertad de expresión, agradezco que la gente haga uso de ella justo para lo que ese artículo (y Stuart Mill) defendían: para ayudarnos a avanzar en el conocimiento. Pues es cierto que en ese artículo omití la espinosa cuestión de qué límites legítimos podrían imponerse a la libertad de expresión. Y es cierto también que ahí se juega gran parte de este asunto. Pocos hoy en día se atreven a condenar de plano tal libertad; ¡ah!, pero a la hora de definir sus presuntamente razonables límites pueden a menudo dejarla tan recortada como una mujer tras pasar por manos de Jack el Destripador. (Y Jack también pensaba que eso era lo razonable).

Ahora bien, si no abordé el problema de los límites de la libertad de expresión en aquel texto es por lo que el título de este explicita: porque creo que no existen. Uno tiene derecho a dejar que fluyan sus ideas sin importar lo tremendamente feotas que nos parezcan a los demás. De hecho, las ideas más originales son justo aquellas que nadie se ha atrevido a pensar antes, a menudo porque la presión social nos lo impedía. Sería absurdo usar esa presión social, con sus ofendiditos y escandalizaditos, para coartar tales ideas y el progreso que pudieran proporcionarnos (ya sea al apoyarlas, ya sea al aprender a rebatirlas).

Esto parece especialmente importante recordarlo hoy, en que tantos límites espurios se intenta imponer a esta libertad. No ya, por supuesto y como siempre, en los países autoritarios, sino en medio de nuestro democrático Occidente; y no solo por parte del poderoso Estado, sino de más y más gente que se une a la batalla contra la libertad de expresarse… de los demás.

Gente como los directivos de Google, que acaban de despedir a un biólogo, James Damore, por expresar ideas científicas que no les gustan.

O como los universitarios de Middlebury, que atacan al politólogo Charles Murray mientras este intentaba dar una conferencia que al final debió cancelar (y, de paso, le tuercen el cuello a un profesor que le acompañaba pero, curiosamente, era el encargado de oponérsele en el debate).

O como el Estado canadiense, que corta toda financiación científica al psicólogo Jordan Peterson, antiguo profesor de Harvard, justo cuando este cobra fama por opinar contra el proyecto gubernamental de multar a quien no use con cada persona el apelativo que esta elija entre los más de 70 géneros que hoy Facebook reconoce.

O como los casos que semana tras semana reporta The Heterodox Academy, asociación fundada en EE. UU. por Jonathan Haidt, preocupado por la creciente dificultad para expresar en sus universidades ideas que no coincidan con las de la mayoría (en varias disciplinas, el profesorado se adscribe en un 95 % a la izquierda). Una reciente encuesta de esta organización, por ejemplo, apunta a que los estudiantes conservadores y centristas sienten a menudo auténtico pavor a que los profesores les penalicen por dar sus verdaderas opiniones en clase, a diferencia de los izquierdistas: algo que sin duda impide que la universidad sea el espacio de libre debate que debería ser.

En medio de tan umbroso panorama, no viene mal empezar por un contundente “no” ante la pregunta de si estamos legitimados para, repletos de bondad, censurar las opiniones que nos disgustan. Ahora bien, seguramente al lector le están viniendo a las mientes casos en que sí le parece razonable prohibir que se digan ciertas cosas: por ejemplo, negarle el derecho a un gracioso a gritar “¡Fuego!” en un teatro repleto para provocar una aglomeración y, posiblemente, muertos y heridos en la estampida (el ejemplo es del propio John Stuart Mill). O prohibir que un mafioso entre en mi negocio y me explique que, si no le pago cierta cuota mensual, tiene la opinión de que muy probablemente los cristales de mi escaparate se quebrarán pronto (y quizá mi familia sufra algún quebranto más). O impedir que, ante una airada multitud que protesta por el problema X, su cabecilla grite desde el estrado que el culpable de su problema X es un señor que entonces pasaba por allí, y anime a los concurrentes a darle al malhadado el palizón que se merece.

En efecto, en todos esos ejemplos (y varios más) sí que resultaría razonable prohibir al gracioso, al mafioso y al cabecilla que hagan lo que hacen; y castigarlos por su comportamiento. ¿Va esto en contra de lo que he dicho sobre los no-límites de la libertad de expresión? No, porque en todos esos casos no estamos en realidad ante la libre expresión de ideas por parte del graciosillo, del mafioso y del cabecilla. Para aclarar esto un poco más, debo explicarle al lector algunas nociones básicas de filosofía del lenguaje; pero prometo que seré lo más breve posible.

Veamos: el lenguaje sin duda sirve para expresar ideas, y es ahí donde debe fluir carente de límite alguno, sin importar lo muy bondadoso que se nos presente el limitador (que, por cierto, siempre se nos presenta de manera bondadosa, ya sea nombre de la moral, la religión, los Derechos Humanos, la fraternidad universal o la defensa de los débiles). Pero el lenguaje no solo sirve para eso. Como diría uno de los principales filósofos del siglo XX, J. L. Austin, el lenguaje también sirve para “hacer cosas con palabras”.

Creo que con un ejemplo se entenderá mejor esto. Cuando yo le prometo a alguien que mañana iré a instalarle internet en su casa para que pueda disfrutar de The Objective, no solo estoy expresándole una opinión sobre el mundo. Estoy también haciendo algo: comprometerme a ir. Eso que hago (mi compromiso) suena a una buena acción en el caso que acabo de poner (al fin y al cabo, gracias a mí podrá mañana leer nada menos que The Objective).

Pero también podría ser una mala acción. Fijémonos en el caso que adujimos antes del mafioso: cuando él viene a decirme que o le pago o mañana mi escaparate estará roto, tampoco está solo expresando ideas sobre el mundo (como haría, por ejemplo, una pitonisa o un meteorólogo que predijeran que mañana una granizada romperá mi cristal). En realidad, está haciendo algo con sus palabras: está amenazándome. Prohibir sus amenazas no sería, pues, limitar su libertad de expresión: sería limitar su capacidad de hacer otra de las cosas que se puede hacer con el lenguaje, aparte de expresar ideas: amenazar.

J.L. Austin estaba convencido de que muchos de nuestros problemas filosóficos venían de que no habíamos aprendido a distinguir entre estas dos funciones del lenguaje: una para constatar hechos u opiniones sobre el mundo, otra para hacer cosas en el mundo (Austin llamó a esta segunda función “performativa”). De similar manera, creo que muchas dificultades para entender la libertad de expresión provienen también de ahí, de no distinguir entre expresar ideas y hacer otras cosas con el lenguaje: algunas de ellas, perfectamente censurables.

Así, es fácil entender que el graciosete que grita “¡Fuego!” en el teatro para causar pánico no está tampoco “dando su opinión”; ni el que incita a apalizar a un ser humano está solo expresando “cómo opina que estará de dolorido el cuerpo de la víctima dentro de un rato”: están haciendo otra cosa (participar en la acción que creará cuerpos doloridos un rato después de sus gritos). Tampoco el que se pone a gritar en un cine o una conferencia, impidiéndonos a los demás disfrutar de ellos, está “expresando opiniones”: está produciendo ruido. Y hacerle callar no será ir contra su libertad de expresión, sino negarle el derecho a impedirnos a los demás escuchar. O, por poner un ejemplo más, el que se pone a persuadir a una niña de siete años de que mantenga una relación sexual con él, tampoco está “contándole sus ideas”: está insinuándosele, y esta es una acción que podemos perfectamente optar por prohibir.

En suma: cuando usamos el lenguaje para “hacer cosas”, naturalmente muchas de esas cosas que se hacen podrían ser ilegales o incluso punibles. Pero ello no afecta en modo alguno al derecho a usar el lenguaje para expresar opiniones, que debe permanecer ilimitado. Incluso aunque esas opiniones creen luego reacciones de ofensa en la gente: esas reacciones son ya cosa del ofendido (la prueba es que unos se ofenderá y otros no), no es la acción concreta que realizó el que meramente opinó.

Permítame el lector (como no estamos en Canadá, no preciso decir también lectora, lectore, lectoro y lecturu) que concluya este artículo con un pequeño acertijo. Su fin es comprobar si ha comprendido a J. L. Austin sobre el lenguaje “performativo”. Ahí va:

En esta última frase del artículo afirmo que con ella acabo este artículo; ¿hago entonces acaso, amigo lector, un uso performativo del lenguaje al decir que termino cuando de hecho termino?

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Fichados

José María Albert de Paco

Están Jordi Cañas, Miquel Iceta, Loquillo, Federico Jiménez Losantos, Albert Rivera, Alfonso Guerra, Antonio Muñoz Molina, Xavier García Albiol, Carles Francino, Miquel Roca, Rosa Díez, Toni Cantó, Pedrojota Ramírez y, cómo no, Albert Boadella. Todos ellos han hecho méritos (bien que unos más que otros) para figurar en el apartado ‘Banalización del nazismo’ de la Base de Datos de la Catalanofobia del diario Vilaweb, que registra, con un alarde taxonómico propio de la entomología, lo que sus hacedores consideran manifestaciones de odio a Cataluña.

Según recoge la página de inicio, “el proyecto responde a una doble finalidad: reparar la memoria histórica de todos los damnificados por [dicha] lacra y servir como herramienta de búsqueda a los investigadores”, sin renunciar a convertirse “en una fuente útil de conocimiento para el público en general”. El de ‘Banalización del nazismo’ es sólo uno de los criterios de ordenación de la BDD Catalanofobia de Vilaweb, que incluye otras veinte categorías, delimitadas en función de los “elementos discursivos”. Así, en ‘Catalanismo y enfermedad mental’ aparecen señalados Carina Mejías (que habló en cierta ocasión de la esquizofrenia del proceso), Ramón de España (autor de El manicomio catalán y El derecho a delirar), la asociación Libres e Iguales (por referirse al proceso el proceso de paranoico), Aleix Vidal-Quadras (“La independencia es un delirio”) y, nuevamente, Albert Boadella.

De la otra tipología por que se rige el archivo, y que toma en consideración los casos, se siguen las secciones ‘Casos de discriminación lingüística’, ‘Casos de discurso del odio’ (donde, entre otros, figura Arcadi Espada -cuyo protagonismo, a decir verdad, ha sido injustamente soslayado-), ‘Casos de hostilidades contra personas o entidades’ y ‘Otros casos’.

Operativa desde septiembre de 2016 (sólo Europa Press dio la noticia), la BBD de Vilaweb también dedica un apunte a Antonio Machado a cuenta de su “españoles incompletos”. Aunque, dada la profusión de especificaciones de carácter policial (fecha, localización, datos de la víctima, datos del autor,…), tal vez antecedente o ficha sean más precisos que apunte.

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