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Lex Luthor, la Gürtel y yo

Jesús Terrés

Vaya por delante una confesión. Hace ya algún tiempo tuve una reunión de trabajo con uno de los más importantes implicados en el caso Gürtel; el colega tenía en mente construir un canal de Youtube en torno al concepto “tirar de la manta”: sin piedad pero con AdSense. De aquello (evidentemente) no salió nada, pero las cosas como son —fue la reunión más surrealista de mi vida.

Lo recuerdo hoy, cuando arranca el macrojuicio del caso de corrupción que más (creo) nos ha carcomido las entrañas: 120 millones defraudados, 37 acusados y 360 años de cárcel. Parece una broma, pero no lo es. Pues bien, más allá del lodazal moral que arrastra esta gentuza, recuerdo dos detalles que aquel día quedaron grabados a fuego en mi memoria. El primero: el amigo nos contaba que en las reuniones con políticos y empresarios, era norma guardar los móviles en un cofre de plomo para evitar las escuchas (¡como la kriptonita de Superman!). El segundo, que aún guardo como oro en paño, y lo hago porque fue precisamente en aquel instante cuando entendí la magnitud del horror: la absoluta falta de arrepentimiento, es más —mucho peor que eso: el no reconocimiento de daño. La negación sincera y sin dobleces: que se jodan. El vacile (todavía) por los logros, las fiestas, las furcias, los pelucos y lo vivido. “Lo hemos pasado de puta madre”, y ahora van a por nosotros. El mal, cobijado bajo el ego de lo mundano. Y luego, que por qué soy animalista.

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El apoyo de los corruptos y la moral 

Melchor Miralles

Sucede en todos lados. La corrupción en la política, y en las sociedades. Y el apoyo entre los corruptos. Lo hemos visto aquí en España, y lo vemos en Brasil con Michel Temer, el presidente, que se ha salvado de ir a un procedimiento penal que comprometía su mandato gracias al bloqueo por parte de la Cámara de Diputados. 263 votaron a favor de Temer y 227 en contra, o sea, por la labor de que se hiciera justicia. Ahora, para reanudar el proceso penal, habrá que esperar a que abandone su puesto, pero queda aún un año y medio. A Temer se le acusa de corrupción pasiva por haberse beneficiado de un soborno ofrecido por la empresa de alimentación JBS a cambio de favores varios, variados y cuantiosos.

Es una constante. Los corruptos apoyan a los corruptos. Se cubren los unos a los otros. Se salvan el pellejo no porque sean cómplices en una tropelía concreta, sino porque saben que, ayudando, recibirán ayuda cuando les trinquen a ellos. Por eso siempre sido que en la corrupción hay que perseguir a los corruptos y a los corruptores, lo cual no suele hacerse. Y además no me cabe duda de que el problema de la corrupción es un problema de la crisis moral que padece la sociedad en la que vivimos, donde los principios esenciales de siempre parece que ya no existen.

No son solo los políticos. Quienes acceden a los puestos de responsabilidad pública son un reflejo de los ciudadanos. El personal es así. Hay mucha corrupción, no solo en la política, y seguirá habiéndola, porque la cosa no tiene pinta de evolucionar a mejor, sino a peor. La última crisis creo que ha alejado a la peña de las instituciones, y cunde el sálvese quien pueda como pueda, y vale casi todo. Moral, principios, esa antigualla. Y así nos va.

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El plasma pixelado

Ricardo Dudda

Foto: Chema Moya
Reuters

Las imágenes del juicio de Gürtel en las que ha declarado como testigo el presidente Mariano Rajoy están pixeladas, como granuladas, son de mala calidad. Son fotografías de pantallas de televisión, de la señal de vídeo de la Audiencia Nacional, porque no se permiten cámaras de la prensa en la sala. El efecto es potente. Rajoy se desenvuelve con chulería como si estuviera respondiendo a Pablo Iglesias en el Congreso (“No parece un razonamiento muy brillante”, “‘Hacemos lo que podemos’ significa que no hicimos nada”, “Lo siento mucho, pero las cosas son como son y a veces no son como a uno le gustaría que fueran”, “Las respuestas tienen que ser gallegas, no van a ser riojanas”) para defender su inocencia, pero visualmente parece culpable: sentado ante jueces, con mirada hostil, en imágenes como de cámara de seguridad u obtenidas clandestinamente, parece un Mubarak, o un Fujimori, o un
Hussein en sus respectivos juicios. La distancia entre los delitos de estos líderes y Rajoy es enorme, pero son imágenes que condenan.

El presidente del plasma acude para defenderse y controlar su discurso, no ha hecho el paseíllo de entrada a la audiencia ante la prensa porque condena mediáticamente, pero no puede controlar su imagen en el juicio. TVE parece que lo sabe, y no ha emitido la declaración en La1: hay un tuit entre divertido y amargo que muestra pantallas de varias cadenas, todas emitiendo el juicio excepto La1, que tiene un
programa de cocina.

El tuitero Tsevan Rabtan, que escribe siempre con rigor y seriedad sobre temas judiciales, comenta: “Lo que estamos viendo es un sainete. Un interrogatorio que solo busca que un testigo se incrimine”. Y sigue: “Esta declaración hace mucho rato que es un sainete. Los magistrados dan cuerda para que no se diga que favorecen a Rajoy.” ¿Por qué ha ido Rajoy a declarar? ¿Es porque sabe que no tiene nada que perder? La imagen que lo incrimina, lo sorprendente de su presencia en el juicio de un macrocaso de corrupción de su partido, quizá no le afecta porque ya nada parece afectarle. Por eso puede lo mismo hacerse el olvidadizo que afirmar que lo recuerda todo. A veces da la sensación de que lo que afectaría a un presidente cualquiera a Rajoy no solo le resbala sino que incluso le hace más fuerte.

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Sobre la elegante desaparición de Miguel Blesa

Ignacio Vidal-Folch

Foto: Francisco Seco
AP

Sin ninguna ironía (y sin que me mueva, espero, el pueril afán de llamar la atención entre una opinión que en este asunto se ha mostrado despiadada, cuando no directamente vil) diré que todo, en la manera en que ha puesto punto final a sus cuitas el señor Miguel Blesa, es literario y elegante.

Ir a matarse lejos de casa, en un sitio donde había pasado horas muy felices; llevarse la propia escopeta, para no tener que recurrir, como solía hacer cuando iba allí de cacería, a las armas de sus amigos, y ahorrarles así por lo menos tener que dar molestas explicaciones a la policía; esperar hasta después del desayuno con el obvio propósito de no dejarles sin dormir; incluso esa última frase dicha como al desgaire, “apúntate el teléfono de mi mujer por si tienes que llamarla”; y abandonar el mundo sin dejar mensajes de despedida, sin reproches ni justificaciones, es la muerte de un romano, o de un japonés. Es el británico “never explain, never complain”.

Algunos analistas le reprochan esa muerte autoinfligida como un acto de “cobardía” o como una fuga, indignados de que así Blesa eluda la cárcel. En esto recuerdan al partido comunista soviético que detestaba que sus víctimas se suicidasen, sustrayéndose así traicioneramente a la Justicia bolchevique y a la propiedad estatal; pues el Estado debía poder disponer no sólo de la vida sino también de la muerte de sus ciudadanos.

Rabiosos por la fuga de Blesa, algunos se jactan de que esa muerte no les da pena ninguna; otros la celebran; otros dicen con mil formulaciones: “se lo tenía bien merecido”. En casi todo acontecimiento, sea pequeño o grande, es menos interesante el acontecimiento mismo que lo que éste revela sobre la calidad del respetable público asistente.

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La lucha por la paz de Nelson Mandela sigue en pie

Redacción TO

Foto: Theana Calitz
AP

Hace tan solo cuatro años de la muerte de Nelson Mandela y la lucha por la paz del primer presidente negro de Sudáfrica, conocido por sus esfuerzos por acabar con el apartheid y por su gran solidaridad, sigue viva, especialmente a través del legado que dejó a su fundación.

El político, que recibió el premio Nobel de la Paz en el año 1993, dedicó su vida al servicio de la sociedad, como abogado defensor de los derechos humanos y como preso de conciencia.

Por esta razón, la ONU celebra cada año desde 2009 el Día Internacional de Nelson Mandela, coincidiendo con la fecha de su nacimiento, el 18 de julio. “Cada uno tiene la capacidad y la responsabilidad de forjar un mundo mejor, y el Día de Mandela es una ocasión para que cada uno actúe e inspire el cambio”, explica la ONU.

Su lucha por la igualdad 

En 1944, Mandela fundó, junto a otros políticos, la Liga Juvenil del Congreso Nacional Africano (ANCYL). Desde entonces, su vida estuvo caracterizada por una gran actividad política, centrada en la lucha por la igualdad, en concreto contra el apartheid.

Tras años de lucha contra las leyes injustas y de haber sido juzgado por traición y absuelto años más tarde, en 1961 se formó el movimiento ANC, con Mandela como comandante jefe. Pero al líder de la ANC solo le quedaba un año para predicar libremente por el mundo sus ideales y los motivos de su lucha política.

En 1962, fue detenido por salir ilegalmente del país y por incitar a la huelga y fue condenado a cinco años de cárcel. En 1963, cuando fue condenado a cadena perpetua junto a otros dirigentes del ANC, comenzaron los 27 años que el Nobel de la Paz pasó encarcelado por su oposición al gobierno.

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Esta celda es el lugar donde Mandela estuvo encarcelado durante 18 años. | Foto: Schalk van Zuydam/AP

Mandela pasó gran parte de su condena, 18 años en una celda de cuatro metros cuadrados en la cárcel de Robben Island. Pero esta pequeña celda también fue el lugar desde donde creció su reputación, convirtiéndose en un potente símbolo de la resistencia a medida que el movimiento contra el apartheid cobraba fuerza. Durante sus años de encarcelamiento, Nelson Mandela se negó a cambiar su posición e ideas políticas para obtener la libertad.

Después de varios años de protestas en masa contra el apartheid y de negociaciones del ANC con el Gobierno de Sudáfrica, Mandela fue excarcelado en 1990.

Su presidencia

Su liberación fue un gran impulso en la carrera política de Mandela.

En 1993, su lucha por la paz y la igualdad fue reconocida al recibir el Premio Nobel de la Paz. Tan solo un año más tarde, el ANC ganó por abrumadora mayoría las primeras elecciones multirraciales celebradas en Sudáfrica y Mandela se convirtió en el presidente del país, un cargo que ocupó hasta 1999.

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Nelson Mandela se convirtió en un potente símbolo de la lucha contra la igualdad en Sudáfrica. | Foto: David Brauchli/AP

“Nunca, nunca jamás volverá a suceder que esta hermosa tierra experimente de nuevo la opresión de los unos sobre los otros”, dijo el día que tomó posesión del cargo. A sus 76 años, el líder político se sumergió de lleno en la creación de iniciativas para acabar con las desigualdades entre blancos y negros en un país con históricas diferencias entre razas. Durante su mandato, se centró en aspectos como el desarrollo de la vivienda, la educación y la economía para mejorar la calidad de vida de los sudafricanos.

La fundación Nelson Mandela

Tras acabar sus años de presidencia, en 1999, Mandela creó una fundación sin ánimo de lucro dedicada a mantener sus ideales sociales y políticos.

La fundación se ha encargado, tras su muerte en 2013, de mantener el legado y la misión del expresidente sudafricano de promover la libertad y la igualdad en la sociedad. Con este objetivo, lleva años defendiendo el diálogo y las actividades filosóficas sobre la justicia social.

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Nelson Mandela celebra su cumpleaños con niños en su fundación en Johannesburgo. | Foto: Denis Farrell/AP

Además, la fundación mantiene un archivo de información sobre la vida de Mandela para todo aquel que quiera conocer la obra del Nobel de la Paz.

En definitiva, el objetivo de la fundación es lograr “una sociedad que recuerde su pasado, escuche a todas sus voces persiga la justicia social”, como ellos mismos explican.

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