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Ni tú a tu Elvis ni yo a mi Springsteen

Jordi Amat

Ahora que la explosión permitirá el desbloqueo, caro Bernal, ahora que nuestra socialdemocracia apenas es nada más que un recuerdo disolviéndose donde habite el olvido, tal vez haya llegado el momento de arreglar lo nuestro. Porque al fin, si hubiésemos seguido enrocado en un “no es no” cansino, nuestra discordia podría acabar pareciéndose a una latosa charla de cascarrabias y en el geriátrico, ya ves, estaremos de acuerdo que mejor será dedicarse a comentar, como hacíamos con los poemas en hispánicas, batas de enfermeras (cuenta botones, imagina elipsis, piensa en la vejez sin jubilación). Bernal, tío, de todo ya hace demasiado. Ni leen en filología, a Pla lo manosea cualquiera, lo del bienestar es pasado y el rocanrol sólo es un país para viejos. Viejos como tú y como yo. Aceptémoslo. No podemos volver a cantar otra jodida vieja canción. Ni tú a tu Elvis ni yo a mi Springsteen. Ni cuero, joder, ni desgastados jeans.

Así en teoría, ¡qué poco teníamos que ver, tocayo, uno y otro! Pero el otro día te leía hablando de cómics, del fervor infantil, y nos veía a los dos, a ti en la Badalona que podría haber cantado Sabino y a mí en la pija Bonanova, perdidos en la habitación mientras los ojos saltaban de una viñeta a la siguiente. ¿Una forma de escapismo? Tal vez vengamos de ese lugar.

Luego, como la cuadratura del círculo donde se oculta la respuesta, pensaba en esa escena que el Jefe recrea en las memorias Born to run. Léelo, Bernal. Habla del Rey. Frente al televisor, en un 1956 sin color, Ed Sullivan lo presentó. Confiesa que al niño de Jersey entonces todo le parecía un vacío negro y autoritario y que con él, sí, vale, con Presley, sintió la revolución liberadora que fundó la moral de su vida. De repente un tío surgido de las profundidades de lo reprimido, sexualmente depravado, incendiaba la conciencia pacata de un país autocomplaciente. Aquella voz le dio una razón, el rock clavaba la estacada a tanto miedo y a tanta pena. Y supo que quería vincularse al cambio cultural radical –vida pura- para poder comunicarse con los niños perdidos como él.

Ya ves, Bernal, después de todo, los dos quisimos que ese mundo fuese nuestra patria. Ya ves, viejo amigo, nostálgico apátrida, el coche de Thunder Road está a punto de arrancar y sabemos que nos tocará huir.

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Fuego y furia

Jordi Amat

Foto: Charles Rex Arbogast
AP

En la entrada de la página web de este instituto queda bien establecido su propósito: “investigar y poner al descubierto el capitalismo de amiguetes, el mal uso del dinero de los contribuyentes y otras formas de corrupción o malas conductas gubernamentales”. Digamos, de entrada, que el propósito parece bien loable. El conservador Government Accountability Institute fue creado el año 2012 por el periodista y consultor político Peter Schweizer –autor del bestseller de 2015Clinton Cash, una investigación sobre el enriquecimiento de los Clinton a través de las donación a su fundación– y por Steve Bannon –otro que tal–. Digamos también que ese propósito, a partir de la investigación, ha pretendido incrustar socialmente una determinada sospecha.

Al contemplar la oscura niebla de la Gran Regresión en su circunstancia tradicionalmente despejada, sectores crecientes de las clases medias, depauperadas, naturalizaron la sensación que habían sido víctimas de una estafa del sistema. El problema no sería la mutación imparable de dicho sistema. No lo sería la complejidad de la nueva realidad creada por la deslocalización, la globalización y el capitalismo (des)controlado por los mercados. No. Mejor una respuesta sencilla. Mejor un rostro para señalar a los culpables del terremoto. La culpa es de las élites políticas. Sobre esa media verdad, sobre la política de la denuncia, ha crecido una de las ramas del nuevo populismo.

Bannon, que ha sido un creador de opinión de gran influencia, es uno de sus gurús. Lo fue como productor de documentales (a favor de Reagan o contra el movimiento de los indignados en Wall Street), como director y guionista (ojo con la tesis de fondo de Generation Zero y su impugnación en toda regla de la generación de los sesenta) o como presidente ejecutivo de uno de los portales claves en la penetración social del populismo de derechas (Breitbart.com). Figura clave en la campaña electoral del Presidente Trump, durante algo más de medio año, como es bien sabido, Bannon fue jefe de estrategia de la Casa Blanca. Ahora, en Fire and fury del veterano periodista Michael Wolff, la Ala Oeste que él conoció aparece más bien descrita como el camarote de los Hermanos Marx.

Bannon es una de las principales fuentes de este libro tan polémico y alarmante. En su arranque, con la eficiencia de un buen reportero, el autor describe una cena entre amigos en Greenwich Village. Hace sólo un año. 3 de enero de 2017. La escena la domina la conversación entre Bannon y Roger Ailes, mítico consultor republicano y pez gordo de Fox News. Los dos son hombres del poder mediático comprometidos en la consolidación de una la hegemonía antisistema de la alt right. Rápidamente queda también bien establecido lo que Bannon, en ese momento, vio en Trump. Era un momento de duda global. El Brexit en el Reino Unido, olas de inmigrantes agujereando las fronteras de una Europa sin capacidad de la Unión para dar una respuesta común, el desencanto enquistado entre las clases trabajadoras, el pánico a otro colapso financiero. En síntesis, un momento de vacilación ante los espasmos de la globalización. Ese era su momento. Un momento para el fuego y para la furia. Y Trump era perfecto para vehicular aquel mensaje populista y reaccionario que valía como un refugio ante tanta intemperie. Podía ser el líder de una ofensiva nacionalista desesperada.

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El mito del origen

Jordi Amat

Foto: GABRIEL BOUYS
AFP

Uno de los problemas metodológicos para (intentar) comprender el procés es fijar cuándo empezó todo. Y para ese misterio no hay respuesta porque no hubo un principio único sino que a lo largo del tiempo se fueron solapando factores diversos. En este caso, pues, el mito del origen es sólo eso: un mito.

Vayamos a la prehistoria. Sirvámonos de la arqueología. Digamos que el modelo territorial, consensuado durante la Transición para dar forma al Estado de 1978, era un modelo abierto porque aquel fue un tiempo tenso y pragmático, pero precisamente por ello, porque el cambio democratizador estaba en movimiento, el modelo también era indeterminado y por tanto ambiguo. Y que el despliegue de esa ambigüedad, a la larga, podía acabar por crear una disfunción que desde hace demasiado está poniendo en riesgo el sistema entero. Dicha ambigüedad impactó con la realidad cuando, por vez primera, dos culturas políticas nacionalistas –el pujolismo, la aznaridad– se confrontaron en el poder. Y el intento más ambicioso por resolver dicha ambigüedad fundacional del modelo, adaptándolo a las nuevas coordenadas, fue la idea de reforma del Estatut que propuso Pasqual Maragall al asumir la presidencia de la Generalitat.

Pero desde muy pronto, fruto del liderazgo menguante de Maragall, la idea seminal del Estatut no fue articulada como solución compartida sino que actuó como acelerador de la competencia interna. La ponencia parlamentaria que lo redactaba, en lugar de ser el marco de profundización en un renovado consenso, incubó un afán de soberanización que era el trasunto de la rivalidad cainita entre Esquerra Republicana y Convergència i Unió. Allí germinó el procés. En su seno llevaba una semilla cuyo fruto sería la pugna por el poder local y el dominio del movimiento político central de la sociedad catalana. Las elecciones del 21 de diciembre, que se desarrollarán en unas circunstancias de indignante anormalidad institucional, ocultarán, otra vez, ese origen viciado.

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Elvis Presley: 7 cosas que quizá no conocías sobre el Rey

Jorge Raya Pons

Foto: AP Photo

La sombra de Elvis es alargada: no solo ha vendido entre 500 y 600 millones de discos —parece imposible dar una cifra exacta—, sino que se ha convertido en una referencia cultural básica del siglo XX. Con su pelo engrasado, los mechones meciéndose en su frente cuando movía las rodillas y las caderas. Antes de morir el 16 de agosto de 1977, hace 40 años, Elvis apenas podía respirar cuando se presentaba ante el público, obeso y cansado, pero conservaba ese atributo hipnótico y nada común de absorber todas las miradas. Desde entonces nadie ha conseguido alcanzarle y, a día de hoy, mantiene el trono del rock and roll.

Si quieres conocer un poco más sobre el Rey, te contamos siete cosas que quizá no conocías sobre él.

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Socialdemocracia: la izquierda optimista

Antonio García Maldonado

Las primarias socialistas han resuelto un problema cardinal del PSOE: el liderazgo. Desde la incomprensible decisión de Rubalcaba de presentarse al congreso de Sevilla en 2012, todo ha sido transitorio e inestable. Y lo era en la medida en que Susana Díaz no competía. El líder del PSOE sería ella o alguien que compitiera contra ella. Es de agradecer que esta incógnita pospuesta se haya definido. Los resultados son tan contundentes dadas las expectativas contrarias, que Sánchez es ya hoy el líder indiscutido que nunca le dejaron ser. Desde ese año del congreso de Sevilla, el debate sólo ha girado formalmente hacia fuera, porque todo se jugaba dentro. En este escenario, no sorprende la victoria de Sánchez, que es justamente percibido como alguien que hizo lo que pudo con su partido en contra desde el primer día y evitó el sorpasso en un momento extraordinariamente complicado.

No veo su victoria como parte de un movimiento global anti-élites. El así llamado aparato del PSOE –también los regionales y muchos medios sobreactuados– se ha ganado a pulso durante años la antipatía que han reflejado las urnas, hubiera o no crisis global. Es llamativa, además, la pésima campaña –si es que la hubo– de Susana Díaz y sus partidarios. Yo no creo que haya pesado tanto la abstención como los impúdicos “idus de octubre”. Las formas entonces y cierta arrogancia posterior. No compro ese diagnóstico que dice que Sánchez ha ganado ni por la abstención ni por el contexto anti-élites. Latía de fondo una pregunta que ni en conversaciones privadas me supieron responder estos meses: si tan malo, malísimo, era Sánchez, ¿por qué se le apoyó en 2014?

Sánchez tiene ahora el reto de convertir un movimiento político orgánico que ha contagiado a muchos militantes en una alternativa de Gobierno a medio plazo, sin prisas excesivas. Ahora que está consolidado, me parecería un error que entrara al trapo de fantasmales mociones de censura. Hay cierto cansancio no ya de inestabilidad política, sino de política. Si nos olvidamos del PSOE una temporada, tampoco estará mal. El PSOE ha comprado un tiempo precioso para rearmarse de ideas en la oposición y redefinir un proyecto socialdemócrata atractivo. Sin el ruido y los trabajos de apagafuegos interno, todo será más fácil para Sánchez.

Mucho se ha escrito sobre el declive electoral de la socialdemocracia. Las identidades políticas están ahora más fragmentadas, la base del capitalismo industrial sobre la que se construyó ha desaparecido o cambiado mucho, y la crisis de las clases medias parece haberle dado la puntilla al marco político-económico en el que se construyeron los Estados del bienestar. También están quebrados los consensos intergeneracionales, con un Estado más garantista y generoso con los mayores que con los jóvenes, que han pagado en mucha mayor medida la factura de la crisis, y que no ven cómo pueden alcanzar la prosperidad de sus mayores. Sirva como anécdota la paradójica rebaja en la tarifa de AVE para los mayores de 60 años, que hace que muchos padres paguen a sus hijos los trenes que antes éstos, en su precariedad, les han subvencionado vía impuestos. Esta quiebra intergeneracional se agudiza en el comportamiento electoral entre el más envejecido medio rural y las ciudades. La socialdemocracia era, sobre todo, un gran consenso económico-social, y ha estallado por los aires. Frente a las reducciones populistas y neoliberales, ningún conjunto de ideas progresistas parece capaz de instaurar una visión abarcadora políticamente competitiva.

Además, la revolución digital y los avances tecnológicos han generado un extraño clima de alarma y prevención ante un futuro que se presenta más incierto que nunca. Crecen el miedo y el pesimismo respecto al progreso. La traducción política de todo esto es la vuelta a las viejas certidumbres de la frontera, a la homogeneidad social y a la retórica proteccionista ante los bárbaros de las fronteras, sea en forma de ISIS, refugiados, robots que nos robarán el trabajo, élites financieras corruptas o políticos que vacían la democracia entregando poderes a la madrastra Bruselas. El populismo de derechas y de izquierdas ha aprovechado la ocasión, aunque la socialdemocracia europea se lo puso fácil con una gestión lamentable de la crisis financiera.

He leído recientemente dos libros, La edad de la ira, de Pankaj Mishra, y el monumental La transformación del mundo. Una historia global del siglo XIX, de Jürgen  Osterhammel, y me ha sorprendido la sencillez del diagnóstico certero de fondo en el malestar global actual, y cómo hemos repetido errores del pasado al gestionar etapas de transformaciones sociales derivadas de avances científico-técnicos. El esplendor del progreso de finales del siglo XIX, con la electrificación a gran escala, el crecimiento exponencial de las ciudades y las vías de tren por todo el mundo, dejó de lado a demasiados, que serían el caldo de cultivo de movimientos políticos posteriores, de infausto recuerdo. Y no ha pasado algo tan diferente ahora, tampoco en España. La globalización científico-técnica, económica y financiera ha tenido demasiados perdedores, y muchos que se perciben como tal (aunque no lo sean, a efectos políticos es irrelevante). El declive de las expectativas, el aumento de las desigualdades y la asunción de un marco de relaciones socio-laborales ajeno a al bienestarismo europeo, impulsado en muchas ocasiones por los propios socialdemócratas, explican mucho de la desafección y el abandono de esta opción política.

Ante este panorama, ¿qué puede hacer la socialdemocracia? La teoría parece clara: apostar por la redefinición de las prioridades del Estado del bienestar, con mayor atención a jóvenes y personas vulnerables. Hacer compatible la solidaridad con unas legítimas aspiraciones económicas de la clase media, fomentar la innovación y la educación para prepararnos para competir en un mundo global que por más que Trump y May se empeñen, seguirá en su dinámica de intercambios. Creo que, para empezar, cualquier líder socialdemócrata del siglo XX debería abrazar la globalización, pensar y hablar de Europa, asumir y mostrar una visión optimista y hablar del potencial del progreso en la etapa científico-técnica más fascinante de la historia. Incluso un país tan políticamente huraño como Francia ha sido receptivo a un mensaje optimista y europeísta en las últimas elecciones presidenciales.

Aunque Macron no es la solución socialdemócrata, menos aún en España, donde el PSOE tiene a su izquierda un Podemos que no crece pero que tiene un suelo electoral fuerte. Macron era lo más progresista que se podía permitir Francia en un momento nacional tan reaccionario, pero su movimiento y su triunfo están circunscritos a un país políticamente muy particular que estaba deseando votar conservador. Pero sí hay que aprender del optimismo de la voluntad de Macron para poder encarar la ingente tarea de redefinir un espacio ideológico que tiene entre sus principales retos el de volver a ser la vanguardia del progreso y deshacer esa falacia que dice que girar a la izquierda (si por tal cosa entendemos prestar más atención a la igualdad y al reparto justo de riqueza y oportunidades) significa ir al pasado. El potencial transformador del mundo nunca ha sido mayor, y de la socialdemocracia espero que me lo explique y que lo defienda con optimismo. Como supo hacer en su día. En esa tarea espero ver a Pedro Sánchez y al equipo que lo acompañe.

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